martes, 23 de octubre de 2007

Los pinos duermen
cuando la nieve baila
su blanca danza

risa caliente
tu voz pidiéndome
que te desnude

triste o feliz
oía los pájaros
la salamandra

martes, 16 de octubre de 2007

Lunar

Esta es la tercera vez y espero que pueda ser la última. Que hablo de la mujer de Ugo.

En realidad no hablaré de ella, sino de Ugo o de aquel otro.

Una dramática luna parecía mirarnos; nunca he sido dado a pensar en cursilerías de esas, pero no pude evitar ver cómo la luna competía con la luz de su rostro; hasta pudiera inventar que era octubre. Pero no lo haré, no sé qué mes era, sé que no hacía frío aún, así que tal vez era agosto, o septiembre.

No. Hablaré, creo, de mí.

Cuando llegué al lugar de la reunión, una bodega mal ventilada pero con enormes ventanas que permitían a la luz lunar desempolvarse, Ugo y su mujer estaban sentados solos. Fingí no verlos, no evidenciar la maravilla que me asfixiaba en su presencia, pero ella me vio. “Evodio”, llamó, envueltas sus palabras en felicidad melosa que me pareció genuina.

Abeja, fui.

Nada más sentarme llegó Iselda e invitó a Ugo a bailar. Me quedé con su mujer; ella, sonriente, me explicó entonces la diferencia entre bailar, danzar y bailotear. Evidentemente y según lo que pude entender, Ugo no hacía ninguna de estas tres actividades. Reímos ambos y vi todo lo luna que ella era.

Ella me dijo que tenían rato de haber llegado, casi me regañó por tardarme, halagado le respondí que ni pensaba ir. Volteó a verme como si hubiera hecho una declaración descabellada, luego sonrió, acarició mi nariz. Mientes, susurró.

Pasaron dos o tres horas de música, tragos y baile, saludos de quienes llegaban y adioses breves de los pocos que se iban. En realidad a ella la saludaban, a mí me aguantaban solamente, nunca he sido amiguero. Ni de fiestas, fui solo por ella. A medianoche llegó Salvador, aquel actor que vivía en una casa de huéspedes cercana a la línea y sin preguntar si podía se sentó con nosotros.

Ugo se lo tomó muy bien, hasta se mostró obsequioso y elogió el teatro callejero actividad de aquellos días de Salvador. Igual Ugo no estuvo mucho con nosotros, iba y venía, se sentaba, besaba su mujer, me palmeaba cariñosamente y bailaba con las mujeres de otros. Yo apenas hablé, y eso por decir algo, en realidad no hablé lo que se dice nada.

Ugo conversaba en una mesa lejana. En la mesa éramos tres y sólo dos contaban; vi cómo Salvador ofrecía algo. Ella se inclinó hacia él y al parecer respondió sí, aunque apenas escuché que dijo: pero afuera. Se levantaron y ella sólo con ojos llenos de luna me miró sin decir ni con su gesto nada.

Los vi salir y cuando calculé que ya habían bajado la escalera, me puse de pie y salí también. No iba siguiéndolos, No quería espiar. Pero tuve en mi cuerpo el caminar sigiloso del que no desea ser notado, del que acecha. Al salir a la calle caminé unos pasos y me detuve en el primer poste; protegido por la oscuridad la busqué para cuidarla, me dije, y los vi, estaban a unos 20 metros, hablando de cerca, él tenía algo en sus manos, lo encendió. Fumaban y lo hacían con la procura del que no desea ser visto –qué equivocación la mía, supe después. Luego de hacerlo, Salvador le dijo algo al oído mientras repasaba su cabello lunar con una mano hasta llegar a la cintura.

El relampagueo en el vientre que sentí no se debió, quiero creerlo, a esa mano que ahora estaba aposentada en su trasero, sino al descubrimiento de aquellos sus ojos fijos en mí: ella me veía mientras Salvador tocaba ahora sus senos y metía después la mano entre sus piernas. Ella con los ojos muy abiertos me miraba encadenándome, obligándome a no moverme. Sentí llorarme entero, mientras mi cuerpo palpitaba al mismo tiempo que el de ella.

Quise entonces renunciar de aquella escena, decir no actúo, no me sé el papel, y al voltear para huir, lo vi. Ugo estaba de pie en el quicio de la puerta del salón.

La mirada verde ilumina su rostro mientras ve cómo el amante de su mujer mira a Salvador tocarla y a ella estremecerse con los ojos muy abiertos. Vaciando su mirada en ellos, en ambos que la miran.

Me quedé pero juré que nunca más los buscaría. Que el estar sin su cabello y sin su aroma no podría ser peor que estar adentro de ella desde afuera.

Mentí en mi juramento y aprendí que existir en esa mujer ajena era lo menos malo de aquellos, grises días.

Era octubre, por qué no.



(De “Evodio, el diario”)

jueves, 11 de octubre de 2007

No podrás mirar en el espejo lo que veo
cuando en él me miro

y la voz que escucharás cuando te hable
no es la misma que yo escucho
desde allá (¿o acá?)muy dentro

Las palabras deberán oscurecerse
para que puedan
por fin

Iluminarnos

viernes, 5 de octubre de 2007

(Desamparo Epistolar: Crónicas)

Amarillo.

Para que te alegres, amor, si estás triste. Si la tristeza no te invade, que este amarillo sirva para qué digas qué onda. Como yo te digo Quihubo, loco ¿cómo estamos? Por estos andares todo transcurre, así: de aquí para allá, nada más; nada de arriba para abajo, de adentro hacia fuera, no… nada de trastornos.

Cuánta babosada te digo, lo que pasa es que no sé qué contarte para acercarme un poco: ¿Que las flores están en todas partes, que antier llovió en la madrugada, que desperté sin miedo, que me sentí sola como siempre, que el verde aún sigue aquí y también allá, que este lugar es bello, que apabullada de soledad, aplastada por el cansancio de lo vital, que acongojada por el deseo, que aturdida por la angustia, que llena de frustración y etcéteras, me hundo?

Te recuerdo. Mucho ¿Y tú? ¿A quién recuerdas? Ojala te venga a la memoria por lo menos el recuerdo del pedazo más cercano al vacío que está en la punta de mi lengua. Allí te recuerdo. Pero también en los oídos y en las manos y en los ojos, te recuerdo. Chin, ya casi me pongo cursi. Te escribo algo que leí en un Selecciones (si te digo que yo leo tooooodo…). Es de Mark Twain:

“¡Qué parte tan pequeña de la existencia de una persona son sus actos y sus palabras! Su verdadera vida transcurre dentro de su cabeza, y nadie, salvo ella, la conoce. El molino de su mente trabaja todo el día, y sus pensamientos, no esas otras cosas, son su historia. Estos son su vida, y no se escriben ni pueden escribirse, Cada día daría para un libro de 80,000 palabras, 365 libros en un año. Las biografías son sólo la ropa y los botones de un hombre; la biografía del hombre mismo no puede escribirse.”

¿Por qué te digo esto? No sé… tal vez por algo que hablamos un día. Ahora déjame decirte de esto que me encontré en un periódico (El Imparcial, si te digo que yo leo… etcétera), dice así:

“Viva el PAN y viva el PRI. Perdóname Dios Mío /Cuando me entierren quiero que me canten / puras canciones de Chalino Sánchez /Maqui Fernández: Te amo todavía”

Se llamaba Mateo y se colgó con una cuerda de nylon de una viga en su recámara… ¡ouch!

Me cansé. Son las cinco treinta y estuve trabajando con ganas. Tengo aquí una carta natal que alguien me consiguió una vez y que nunca he leído por completo, sólo pedacitos cuando de repente me la encuentro y quiero divertirme. Dice que la longitud del lugar y la latitud del ídem en que nací es, respectivamente: 099W30´00´´ y 19N25´00´´; está hecha en computadora y trae un chorro de cosas, 12 cuartillas en total (todos los cálculos fueron hechos por comput. –dice). Mira, en el capítulo IV, en cualidades relevantes dice que:

“tienes una manera atractiva y comprometedora de expresarte, incluso artística. En muchos casos seguramente aprecias la belleza. Tienes muchos y muy agradables roces sociales. Dices las cosas precisas en el momento exacto y eres muy decorosa.”

Lo que he subrayado es lo más cierto, como tú sabes. Ja. Mira esto otro:

“Los demás te pueden parecer muy emocionales y difíciles. Tiendes a idealizar a otros y puedes tratar con vagos, confusos y pocos reales.”

Qué ambigüedad tan cierta (¿cierta?). Me da un último consejo:


“Evita a gentes criminales”

¿Cómo ves? ¡qué chinga!

¿Cómo estás? Ojala que bien, que tu nariz, tu boca, tus pies y tu ombligo estén bien contigo tal y como debe ser. Me duele la cabeza… ¿qué hacen los relojes cuando nadie los ve? Ay, mi cabecita. Mira lo que alguien me dice en una carta que viene desde allá, un ladito del mar:


“La amaría siempre / hasta el tiempo / que los dos fuésemos cadáveres/ putrefactos / y aún así / la amaría.”

No sé cómo se hace para creer esto ¿Tú sabes? ¿Quién me amaría a mí, aún con gusanos?

Es octubre, con viento y sol, algo frío el asunto (ja, también la cuestión, el detalle, el ejemplo y el etcétera están fríos)

Los árboles, muy conscientes del otoño, se desprenden perezosamente de sus hojas, ayudados por el aire que corre y vuela… ¿sabes tú a dónde va?

Un beso.

Mejor que sean dos.



miércoles, 3 de octubre de 2007

Mi lugar

Es así, estamos mis amigas y yo tomando una bebida caliente. Hace frío, mucho, de nuestra boca sale vaho, nubecitas que hacen que todo parezca escena invernal.


Es invierno, nuestras ropas son muy abrigadoras. Estamos en el exterior, alrededor de algo que parece ser una mesa de concreto sin sillas, muy alta, lo que permite que estemos de pie, pero cómodamente charlando, medio recargadas. Cerca de donde estamos hay un local, no sé si una tienda, cafetería, un lugar bastante iluminado.

Me percato de la noche de improviso.

Entonces es cuando sales por una puerta de cristal junto con algunas otras personas, traes un abrigo oscuro y largo, desabotonado, y una gorra que parece sombrero o viceversa, el cabello desordenado; pienso que así lo traes siempre, me gusta la idea.
Te diriges hacia nosotras, te veo muy alto, como eres, y al llegar me abrazas, así:

Dices hola a mis amigas, te inclinas un poco hacia mí y me besas leve en los labios, me acercas a tu cuerpo con tu brazo derecho y yo giro para recibirte. Esto no lo olvido: al voltear breve, mi cabeza puede meterse fugazmente al espacio caliente en tu costado, tu abrigo abierto deja que aspire la sensación de panecito tibio que allí guardas. Eso me regala plenitud y el pensamiento de saber que ese es mi lugar. Luego nos invitas a otro sitio, ríes y comentas que hace frío. Me gusta tu risa. Tienes bigote y los ojos te brillan, son grises.

No sé que son los sueños, no puedo concebir de dónde nacen, por qué las neuronas deciden darnos uno u otro. (¿Alguien tiene un manual de oniromancia?). Los recuerdos de lo diario se fijan gracias a los sueños… que nada tienen que ver con ellos.

Tres veces (en los ¿cinco? últimos años), he soñado lo que describí al inicio. Tres veces que despierto y recuerdo con exactitud el sueño y es así como digo. Tres veces que en este trabajar nocturno mi cerebro te pone a que me abraces.

Y yo no te conozco, no he visto tu rostro sino en ese repetido sueño. Y el refugio adentro de tu abrigo, sólo lo he tenido en esa escena onírica que tanto me perturba.

No puedo saber qué son los sueños. No sé dónde estás si existes.


sábado, 29 de septiembre de 2007

"el clàsico que escribe una tragedia observando cierto nùmero de reglas que èl conoce es màs libre que el poeta que escribe lo que le pasa por la cabeza y que es esclavo de otras reglas que ignora" Raymond Queneau

viernes, 28 de septiembre de 2007

recado para un escritor desconocido

Tus puertas y tus ventanas.

me gusta pensar en tu olor
y pensar que hueles como los higos cuando los desnudas ¿has olido eso tan dulce y tan extraño?

y creer que tienes las manos grandes
y que son tibias
y que no sabes dónde ponerlas (aunque sepas)

e imagino que miras como desde lejos
que el color de tus ojos no te deja estar
ni aún estando

me gusta leerte y sentir
que entro
sentir que salgo
que me asomo
que veo

lunes, 24 de septiembre de 2007

Puente 3

Arriba y abajo

Ella iba caminando, era una nochecita otoñal, tibia aún y allá lejos, pero a punto de estar cerca ve el puente y bajo el arco algún resabio de luz que, difuminada, es el eco de lo que el día fue. Va hacia el oeste, ningún caminante visible se dirige en dirección contraria. Ella siente curiosidad por saber de quién son los pasos que escucha atrás suyo desde hace minutos y voltea.

Es Miranda, quien le pide que la espere para caminar juntas. Lo hacen y al llegar a donde el puente presenta las opciones de subir o continuar descendiendo la calle, Miranda dice que ella sube. ¿Por qué -quiere saber ella, harás tal cosa, si así perderás tiempo y te cansarás bastante más? Y entonces Mir le contó aquello.

Le dice que era una noche de un otoño también como éste que recién empieza, no recuerda si hace uno o dos años. Miranda caminaba despreocupada aunque un poco estorbosamente porque en cada mano llevaba una bolsa llena de mercancía que acababa de comprar, y la calle, como sabemos, tiene una elevación que aunque no es muy perceptible allí está. Las bolsas, pesadas ambas, ya le estaban haciendo renegar –palabra de Mir-; veía hacia el arco del puente, deseando pasarlo, ya que a partir de él, la calle tiene un declive bastante favorecedor para el caminante. Cuando se fue acercando se percató que un hombre caminaba en dirección opuesta, hacia el este y no pensó absolutamente –énfasis de Mir en esta palabra- nada de tal hecho que, por otra parte es más que común. El hombre era de estatura regular y delgado, no se veía su rostro porque, aunque no era muy noche sí era otoño y ya se sabe. Mir ajustó automáticamente la posibilidad de saludarlo al cruzarse bajo el arco si: a) era alguien conocido o b) no era demasiado desconocido.

No alcanzó a elegir opción. Al momento de encontrarse, justo bajo el arco para peatones, el hombre aquel en un movimiento que Mir describe como felino y alevoso le hizo algo.

¿Te hizo algo, qué? Pregunta ella quien ha seguido la narración de Mir detenidas ambas al pie del puente.

Me agarró, dice Mir, desconsolada y en los ojos brillándole el escándalo. ¿Qué te agarró? Pregunta ella quien casi se divierte y casi se asusta ante las posibles respuestas.

Metió su mano caliente entre mis muslos y me apretó. Mir se cubre el rostro, casi llora... ¡Me apretó!

Mir dice que se quedó paralizada no sabe cuánto pero que su cuerpo temblaba cuando reaccionó y el hombre iba ya muy lejos. Nadie había que caminara cerca y desde los autos, dos o tres, dice, no cree que alguien haya visto algo porque sucedió abajo del arco. No solté las bolsas, esto en sus labios suena como autoreproche y, continúa, cuando me sobrepuse caminé con tanto coraje que ni cuenta me di cuando llegué a mi casa. Desde entonces no vuelvo a pasar abajo del arco y menos de noche.

Ella no puede convencerla de que es difícil que algo así se repita y Mir se va subiendo la pesada pendiente.


Cuando, sola, pasó se dio cuenta de que el arco mide de largo unos 5 metros ¿menos? Y que para cruzarlo se tarda uno ¿cuántos: dos, tres minutos? ¿Menos de uno?

Se apresuró.

Desde entonces no puede evitar cierto escozor y sobresalto cuando es noche y tiene que caminar por allí, ve a los caminantes, algunos son delgados y de estatura regular, a algunos no les puede ver el rostro. Pasa siempre apretando las piernas pero no puede negar la esperanza de sentir aquel susto descrito por Miranda, el temblor.

Aquella mano caliente.

Apretando.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Puente 2

Muertos.

El puente es un lugar especial, sitio que flota y no está. No es el remitente ni el destinatario de nuestros caminos. Es un cordón umbilical que une y separa.

Hay una fotografía que siempre atrajo mi atención, en ella se ve el Puente de Arco, por la calle, aún de tierra y piedras, caminan personas, una mujer con rebozo, un carro jalado por animales, también hay hombres con sombrero, niños, parece que todos se han quedado en un cuello de botella atorados en el arco, algunos voltean hacia arriba casi sin querer, mirando, parece a toda la gente que desde la altura a su vez, mira. Hay que poner mucha atención y así veremos, casi al centro del arco (pero no), frente a las grises montañas del fondo a un hombre oscuro que está como levitando, sus pies arriba de las cabezas de los que van por la calle y, por fin, enfocando en esa imagen que alguien quiso guardar (y consiguió hacerlo) hace casi cien años, notaremos la cuerda que viene desde arriba del puente y que sostiene del cuello al hombre que por supuesto no levita: está colgado. El pie de foto dice que el 9 de junio de 1919, a las 4 de la madrugada fue ahorcado Toribio Caballero por orden del Gobernador de Sonora; la orden la ejecutó el Capitán de la Guarnición de la Plaza. Había robado el Banco de Cananea.

En el periódico El Tiempo, “Diario Independiente”, del martes 10 de junio de 1919 dan la información completa, rechazan el castigo y sobre todo condenan que haya sido en la vía pública, se lamenta el autor de la nota de que muchos niños juegan “al ahorcado” y entre muchos argumentos más, se afirma que: es un acto, el de ahorcar, absolutamente horripilante y se presta muy preferentemente a la crítica de los extranjeros…” (¿Preocupándonos la opinión extranjera?). Y más adelante concluye del espectáculo ofrecido: “Ayer, estupefactos, presenciamos con los ojos desmesuradamente abiertos (…) La verdad debe abrirse paso, aunque nos hundamos en el insondable abismo del desprestigio universal… El silencio sería otorgar; decirlo, tal vez sea el remedio.” (No puedo detenerme en este envidiable estilo por ahora)

Un puente por lo general, si no es mero adorno, tiene altura considerable.

Y por su condición de lugar para acortar distancias, y su potencialmente peligrosa altura un puente es como una pistola tentadora frente a un suicida.

Tal vez por la posibilidad tan a la mano es más común que alguien que desea acabar con su vida no se tome una sobredosis de pastillas en su casa o se corte las venas en la intimidad, sino que se lance a ese otro mundo de la muerte, y es que un puente es la manera también de franquear barreras, aquello que nos sirve para alcanzar un propósito (Independientemente de lo respetables o no que puedan ser las razones que un suicida tenga).

En este puente del que hablo, además de Toribio Caballero, quien no se tiró de él, sino que de él fue colgado, no ha habido, afortunadamente (sé que no es asunto de la fortuna) y salvo dos accidentes mortales, sólo un suicida.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Puente 1

Es un puente de arco, de hecho así se llama: Puente de Arco. Trataré de describirlo:


Por la parte superior une (claro, es un puente) dos elevaciones del pueblo, para permitir que pueda pasarse de un lado al otro, a pie o en auto (1 por vez), es también un lugar para ver, hacia el este o el oeste principalmente y es una vista gozosa. El norte y el sur también pueden verse, son las partes que se unen, pero nadie se para en medio del puente a ver hacia esos puntos cardinales, que desagradables tampoco son, aunque más bien son los lugares de donde se viene y a donde se va y punto.
El puente, sin embargo y aunque tanto se use (porque se usa mucho), no es indispensable, se construyó tal vez con la finalidad de evitar subirbajar pero de que se puede pasar de uno a otro lado sin él, se puede. Abajo del puente no hay arroyo, río, ni barrancos, o abismos, sino la calle principal.
El puente descansa (o se sostiene) sobre dos arcos, uno grande, del ancho de la calle, unos 7 metros y 10 mts. de alto ; otro bastante más pequeño para los peatones, éste mide unos 3 mts de alto, 5 de extensión y 2 de ancho. Es decir uno camina por la acera de la calle principal y esta se divide en dos, una que sigue como si nada desenrollándose hacia enfrente y otra, que sube y sube –y después baja. He calculado unos 100 metros en lo que la banqueta sube y baja o se desenrolla (que, entre paréntesis lo digo, como bien es visible, también sube y baja aunque no tan pronunciadamente)

Y como estoy segura de que para nada me acerqué al puente, si alguien desea verlo:


www.esmexico.com/fotografias/fotos.php?len=&seccion=estados&Punto_I=Calles&Area=Cananea&Estado=Sonora

lunes, 17 de septiembre de 2007

hablar adentro de tu boca

tu saliva es mi palabra
que líquida te dice cosas

viernes, 14 de septiembre de 2007

¿Y nosotros?

¿En qué territorios vagamos sin hallar el rumbo? Ayer leí un análisis al poema “Se equivocó la paloma”, de Rafael Alberti, que también es cantado por Serrat (dato inútil) … resulta que el análisis me dejó ¿hueca?, aunque me divertí. Los animales NO se equivocan, dice el texto una y otra vez… ¿qué es esto?
Sin embargo, no abundaré en cómo el autor desarrolla tal certeza. El poeta no pensaba en todo esto (yo qué sé de lo que Rafael Alberti pudo pensar), cuántas palabras… pero tal vez sí lo rondó la idea, aunque eso ahora no importa. Ya después del poema, lo que el poeta piense o haya pensado, no importa.
Recordé lo que una vez oí acerca de un animal esquizofrénico y cómo concebirlo, un insecto, o por ejemplo: una mariposa loca, un gusano con conducta esquizoide, una mariquita bipolar ¿tú crees?

araña demente
enredo fantástico en la simetría
sin encontrar el preciso
momento indicado

para cerrar el nudo
para el corte del hilo
para dar media vuelta

y contemplar con ojos
de ternura muerta
su alimento

miércoles, 12 de septiembre de 2007

(Desamparo epistolar: crónicas)

Adivinanza

Son las doce y 35 minutos. Hay aquí unos chavos leyendo en voz alta, dictando, creo, acerca de Neptuno, un pequeño planeta helado, sumido (palabra que provoca confusión y cambian a hundido, ja) en la oscuridad por ser el más alejado del sol… bla, bla y bla. Una mujer muy joven está sentada sola, tiene el cabello largo, negro y ondulado: muy largo, muy negro y más o menos rizado, trae un vestido sin mangas que le llega a las rodillas pero con una abertura por el lado izquierdo; al sentarse cruza la pierna y la abertura se va hacia arriba, casi hasta donde el muslo empieza, sus muslos, piernas y demás extremidades (je) son largas, es muy alta y morena… imagínate su pierna larga y morena cruzada dejando ver hasta… trae zapatos ¿dorados? con tacón alto y sin medias; es delgada y enfrente de ella está un joven que busca y busca en una enciclopediota, baja y sube tomos y no he podido pillarlo mirando a la joven ni siquiera de reojo y eso me gusta, este chavo definitivamente me cae bien. Ahora él se pone de pie y se va a los estantes del fondo, indiferente al espectáculo. Ella también se levanta, viene conmigo y pregunta una babosada, lo que no confirma ninguna regla, por supuesto, pero que hace que se me quite un poquito la envidia.


Adivina en qué momento de lo anterior te mentí.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Allí no

estarás en los charcos paridos por la lluvia reciente........... en el globo rojo que vuela con la boca abierta........... en las sucias manos del que vende elotes............ en mi ojo izquierdo que casi no sirve pero que todavía ve.......... en la fila de hormigas llena de fe que se dirige a dónde........... estarás en la gente que come y en la que ya no es

Pero nunca allí

miércoles, 5 de septiembre de 2007

(Desamparo epistolar: Crónicas)

Pozolito tumbador

En Nogales un día nos llegó Iselda, más o menos a las siete al depa arriba del cordovés (¿estás seguro de que ves?) y al ratito llegó un chavo al que le dicen cholo, creo, estábamos los cuatro sentados en un colchón, Ugo y el chavo este, loquísimos; Iselda y yo –yo no tanto, pero- muy circunspectas -¿qué quiere decir esto?-, (es tarde ya, suena el teléfono y yo doy un salto, no era para mí) y qué hacemos y qué rollo, nadie quería quedarse ahí (¿o allí?), el cholo sacó unas pastillas –un chingo de-, caballerosamente ofreciónos y nadie quiso, rarísimo, tampoco Ugo que era incapaz de despreciar algo ofrecido de tan buena manera. Creo que se sentía ya volando y por eso. El cholo se sintió ofendido y, para desagraviarlo, Ugo lo invitó a cenar, no quiso y bueno nosotras sí vamos dijo Iselda, sí, vamos, dije yo, no, dijo el cholofendido yo no voy y Ugo pues qué pedo pinche cholo, vamos ¿no? Y él terquísimo, no, ni madres no voy y no sabíamos cómo sacarlo no era ni amigo siquiera como para que se hubiera quedado solo (además, para esas fechas ya había pasado lo del saxofón y Ugo como que había perdido un poquito de la exagerada confianza que tenía en medio mundo. Esto del sax fue así: nuestra recámara tenía unas ventanotas al patio –especie de no sé qué, como azotea, pero no- donde estaban los cuartos para lavar y tendederos; como las puertas a la calle siempre estaban cerradas con llave, o se suponía que debían estarlo (además en el otro departamento no vivía nadie), no teníamos reparo alguno (mira nada más cómo estoy hablando) en dejar las ventanas abiertas y las dejábamos; y todo adentrito, al alcance de cualquier mano santa que así lo apeteciera; pues sucedió que un día (como dice el poema) llegó un chavo, amigo de Ugo, de cuyo nombre no puedo nunca acordarme, ja, metió sin el menor de los esfuerzos su manita ávida y flaca (era un chavo flaco, pelo lacio y largo, bigote, guitarrista roquero y con mirada torva -¿así se dice?), tomó del atril el saxofón junto con una toalla café, el sax de Ugo y la toalla mía y llevóselos (¡la toalla también!), estábamos en el cine y cuando regresamos el dolor angustia y desesperación de Ugo fue indescriptible (¡qué mamona!) junto con un coraje de los mil demonios (él dijo) y dónde buscarlo… sobre todo dónde encontrarlo. Pasó casi una semana de movilización interbarrial, de pláticas con locos de toda especie, hasta que alguien dijo que el tal, amigo (según esto, mucho) de Ugo andaba por allí ofreciendo a la venta un sax dorado. Luego fue la recuperación, las explicaciones, yo no sabía que era tuyo, alguien me lo vendió, si yo hubiera sabido, pero no, todos sabíamos que el mala onda había sido el ¡Gonzalo se llama! Así que después de un rato más de discusión, está bien dame una madre de esas y vámonos, no pues tienen que ser dos y dos fueron, así bajamos, el cholo no quiso cenar, y allí mismo, enseguida del cordovez (¿seguro que no ha habido otra vez?) había una fonda (se llamaba “Mi fondita” “Tía Lencha” o “Mi Ranchito”, ya no recuerdo) allí íbamos casi todos los días a tomar café, comer tacos o perder-ganar tiempo… ver los músicos originalísimos (o no ¿cómo decírtelo? Entrabas a la fonda y todo cambiaba, ya no estabas en el pinche Nogales, sino en algún sitio desconocido pero mucho más familiar y rico, calientito –por decir de alguna manera-; había rocola –no sé cómo se escribe-, una barra con una cocina aceitosa y oscuridad, el cielo estaba hasta la madre y las lámparas apenas si); te decía, el cholo se fue a seguir en su loquera y nosotros tres entramos. Pedimos Iselda tacos, Ugo pozole y yo quesadillas, tomábamos café o cerveza que para el caso es igual (¿o lo mismo?). Ugo a cada momento se ponía más silencioso, lo que en realidad no se notaba porque Iselda hablaba por los tres, yo pensando babosadas, la verdad. Terminamos, Ugo palidísimo, aquí sí que se puede decir desencajado, rarísimo (ísimo), teníamos que pagar y dijo ten paga tú y yo qué onda qué tienes (aferrada en mi susto) nada, vámonos, paga y vámonos por favor, Iselda según esto muy mujer de primeros auxilios, cruz roja y eso, qué tienes te duele algo, dime para saber qué hacer, y él vámonos a la chingada, yo estaba en el proceso de pagar cuando él intentó levantarse y vi que no podría hacerlo solo, ni ayudado por Iselda y le dije a la seño que bajaba en unos minutos a pagarle, dijo bueno y salimos los tres, yo veía a Ugo y pensaba se va a morir (catastrofista que es uno), su cara parecía máscara cerosa; salimos, dimos unos pasos y de pronto (Iselda y yo lo llevábamos de los brazos) se fue hacia enfrente y casi llegando al suelo lo sostuve y vomitó, Iselda corrió a un lado desde que se nos fue de frente y no quería acercarse, Ugo estaba como muerto, creo que desmayado o algo así, no lo podía levantar y no quería que su rostro llegara al vómito, para entonces ya había un chingo de mirones y nadie me ayudaba hasta que Iselda reaccionó y me ayudó a sostenerlo, no sé cómo lo subimos, eran más de cincuenta escalones oscuros, primero no encontraba la llave de la calle (¿tiene llave la calle?), luego la del depa, por fin entramos, lo depositamos en un colchón, pusímosle una almohada bajo la cabeza y procedimos a ver qué. Entonces se metió un pinche policía quien sin darnos cuenta se había colado detrás, según esto él iba a ver quién le va a pagar a la seño, ella me mandó, decía mirándolo todo con ojo escrutador (¡), yo asustadísima, Ugo como que abría un ojo y cerraba el otro, Iselda espantada y el poli (¡amigo!... jeje) insistiendo y qué le pasó no andará drogado, ¡nooooo, cómo cree!, le cayó mal el pozole que se comió y para evitar más conjeturas me fui con él, le pagué a la seño, dolida con ella de que fuera tan desconfiada aunque claro tenía toda la razón de desconfiar, nos conocía de meses atrás pero eso no quiere decir nada en los negocios ¿no? El poli quería subir de nuevo conmigo y no lo permití, despedíme cortésmente, cerré con llave y subí para encontrarme a Ugo riéndose con Iselda, ya se sentía bien, dijo, seguía pálido y con expresión de muerto (los muertos no tienen expresión ¿o sí?), pero hablaba y se reía, echándole madres al cholo y yo enojada y asustada aún eso te pasa por tragarte toda la porquería que te dan (lo cual no era para nada cierto, pero) e Iselda empezó a decir me tengo que ir, llévenme, no sean gachos, por lo menos encamínenme… y así como a la hora aceptamos encaminarla y… lo que sigue de ahí es otra historia, luego te la cuento, mientras, con un chingo de amor, te beso.

viernes, 31 de agosto de 2007

"Cuatro cosas hay siempre insatisfechas,
nunca contentas desde que en el mundo hay rocío:
las fauces del cocodrilo, el hambre del milano,
las manos del mono y los ojos del hombre."


Proverbio de la jungla, en Los perros rojos / El ankus del rey, de Rudyard Kipling

jueves, 30 de agosto de 2007

Cartita para el que se la quiera poner (como si fuera bufanda, un arete, un lunarcito, algo que no pese, que no estorbe...)

Agridulce sol

Que las ilusiones permiten que nos levantemos y dejemos de llorar, dice mi amiga Pina. Tal vez.
¿Dónde las venden? ¿Quién las regala? ¿Cómo se fabrican?... ¿lo sabes?
Supongo que se necesita soltar un poquito estas amarras… terrestres (mira, eso lo dijo Abigael, muerto querido, dónde se me aparece). Porque con los pies tan pegosteados en el lodoso camino no se puede pretender ni una ilusión, a menos que sea muy pequeña.

Además, estoy comiendo un membrillo, un sabroso fruto amarillo, agridulce y tierno. ¿Qué estarás haciendo? Me pregunto. La última mordida que le ofrezco al que fue membrillo (aún lo es mientras lo recuerde y lo nombre, dicen) me responde que no lo sabré… tal vez nunca.

Recibe un beso con sabor a sol ácido.

martes, 28 de agosto de 2007

Nada

Todo tan redondo
espina

vueltas
rondas infantiles
agarrados de las manos
de los pies
hastiados
del mareo y de la náusea
acumulados
en todos estos círculos
rodeos circunvoluciones
para pisar de nuevo
sobre la huella en el lodo
circular
que nos rodea

sábado, 25 de agosto de 2007

Tiempos:

1

Se encaja entre la saliva el olor
las manos resbalan y se llenan de congoja
atorándose en los nudos

2

Abro los ojos
sin culpa
mientras muerdo las almohadas
en lo oscuro del silencio sucio

3

La vereda sigue siendo
piel para afilar los dientes
y precipitarme entre gemidos
al olvido

4

Tironeando de tu nombre
que me tira y que me salva
me voy rumiando
mi hùmeda
venganza

lunes, 20 de agosto de 2007

Época de lluvias

Empezaste a morir desde hace ya dos meses. Así estás ahora, tirado sobre el sillón polvoso, ocupado en la cada vez más difícil tarea de espantarte el miedo y las moscas.

En un principio fue lento, la muerte no se te veía, pero hoy está presente en cada uno de tus gestos.

Que te estás muriendo se ve claramente cuando te despatarras en el preciso lugar en que estés cuando el dolor te golpea; y te quedas tendido, mientras que, por cuenta propia, tus huesos casi se sepultan en el lodo espeso. Cada vez es más frecuente tropezarse contigo en el jardín, bajo la madreselva llena de aromas; se te ve como a ella, amarillo y agónicamente apenas movido por el aire.

Tu morir se inició junto con las lluvias que este año se adelantaron y que, contra todos los buenos pronósticos, siguen prolongándose.

Ugo se molesta porque el tiempo se me va en mirarte a través de los cristales, con el agua al fondo: el telar hermoso de la lluvia que cae tras las ventanas y todo el día moja el aire, trayendo hasta nosotros el olor.

El olor me recuerda tu llegada hace quién sabe cuánto tiempo, después de aquellos fríos días de invierno en los que, también como en estos de verano, la lluvia llegaba mojándolo todo. Cuando llegaste al barrio, olías a tierra mojada.

Estabas ya viejo, o así lo recuerdo con esta memoria enturbiada por tanta equipata en la que ha nadado. Alguien te golpeó, parecía, y te refugiaste en la casa de madera podrida, vacía y a punto de caer. No creo que te acuerdes que un poco después de tu decisión de venirte a vivir con nosotros, la casa se cayó del todo; ahora ni el menor indicio queda de su ruinosa presencia.

Los niños te visitaban a menudo, llevando alimentos, agua; y cuando escampó te invitaron a salir al sol de nuevo; pero no, esperaste la lluvia nueva para dirigirte con pasos aún temblorosos a esta casa. Respetamos, todos, tu decisión. Menos Ugo, que al principio sintió celos cuando vio con cuánto comedimiento te atendí y recibí con los brazos abiertos, diciendo palabras tiernas, dándote mi compañía para aminorar tu frío. Pasaron meses antes de que Ugo aceptara e incluso aprendiera a quererte, haciendo de tu presencia casi una doméstica costumbre.

Hubiera sido tan grato que alguna vez aceptaras pasar a la casa, pero te aferraste al porche fresco, te acondicionaste el dormir en el sillón y te esmeraste en no darnos molestias. Nuestro empeño porque estuvieras dentro lo borraste cuando entre los dos, Ugo y yo, te metimos a rastras y cerramos la puerta: nos miraste divertido, pero te rehusaste a sentarte, sólo caminabas de un lado a otro, hasta que nos descuidamos y saliste por la ventana.

Por esta ventana te miro y creo que ya no tardas en morirte, aunque Ugo, disgustado, me repita que estoy conjurando la muerte de tanto mirarte y pensarla.

La única explicación a la conducta de Ugo es que no lo desea; claro que yo tampoco, pero él menos que nadie; pienso que ni los niños resentirán tanto como él tu ausencia.

Cuando ya no estés, no vendrán niños a esta casa y Ugo los extrañará en esas tardes huecas del otoño, cuando no tendrá otra cosa que hacer sino contar las hojas acumuladas en el patio, amontonarlas, patear los montones, contar de nuevo las hojas podridas y así sucesivamente hasta conformar los cerros de rutinas que son su única creación. Le harás falta cuando mueras.

No deja de llover y Ugo de nuevo ha retumbado desde la recámara que si qué tanto hago, que si qué hablo, que si con quién…

Y yo no hago nada sino mirar cómo te mueres y pensar qué haré cuando me asome por estos cristales y ya no estés sobre el sillón o dormido debajo del durazno; cuando lo único que haya qué ver sean las gotas rebotando en los techos y sobre las flores.

Ya te estás muriendo, apenas si respiras y cuando lo haces es una batalla que libras contra el aire húmedo. Casi no te mueves, sólo te encoges cada vez más. Parece que tienes frío. Los muertos se enfrían antes que los vivos, le digo a Ugo que se asoma y parece que algo va a responderme; abre la boca con enojo y la cierra percatándose de que no puede negarse a la certeza que ya le está corriendo desde los ojos. Prefiere atrincherarse de nuevo en la recámara.

¿Cuánto tiempo hace que te miro? Todavía llueve y la oscuridad dentro de poco no permitirá que de ti se vea más que la doliente silueta, cada vez más piedra silenciosa.

Ugo sigue llamándome. Iré a decírselo. Que ya no respiras y no te mueves; que te estás poniendo duro tras el cerrado telón de la lluvia tupida.

Sí, le diré que ya nunca volverá a oír tus ladridos.

jueves, 16 de agosto de 2007

Versiones del atardecer mojado

1
Fue la tarde una paloma desnudándose
y la lluvia dejándose venir
me recordó a tu lengua

2
Toda la tarde ha llovido
(la tarde no llueve:
es llovida
La lluvia atardece:
y es atardecida)

3
Yo te quemo y empapados
vemos toda la tarde
la lluvia
sobre el árbol de durazno

miércoles, 15 de agosto de 2007

Texto naufragado en una servilleta

No es envidia al pene, te equivocas
ni es dolor por tu voz calenturienta
ni alergia de tu sombra

No es un viento remolino
ni una caricia en lo profundo del ombligo
ni se siente, tampoco, un fuego fresco

No es, te juro, ese rasguño
ese metal caliente
esa dolencia en la memoria

Ni es la uña solitaria
ni es el pie, ni la barriga
ni lo perfecto, ni lo repetido
ni lo sincrónico
anacrónico
o diacrónico
ni el tiempo…

Ni lo es ese reloj marcando tus segundos
ni estas manchas
telarañas
arañas en la servilleta

No es el café y sus pesadeces
ni inventar palabras
ni decir las inventadas
ni pensar en el invento
ni inventar el pensamiento

No es la puerta que se abre
ni la ventana que se cierra
ni es salir bajar entrar subir
ni taza con estrellas
ni mango con hilachas
ni las conversaciones con descrédito
ni las potencias de las estaciones
ni el árbol sin las hojas
ni tu cuerpo desnudo y mono
rutinario

Monótono dormir del sentimiento…

jueves, 9 de agosto de 2007

Tendremos que desmenuzar el alba
con aullidos
si queremos encontrar caricias
tiradas al descuido en cualquier calle
solitaria
La soledad de nuevo

1
Terca

como reterco es quererte
frente a la imagen
en el espejo
roto
vuelto espinas.

2
La soledad
retercamente
se me viene
con las uñas rotas.

Raspa en el recuerdo.

lunes, 6 de agosto de 2007

Quejumbre

Toda mi vida he visto llover –escupiste, como si dijeras.
Y me redujiste a ser gusano de cebolla, apestoso y llorador*.

Aquí estoy ahora, de pie junto a la máquina que logré construir con tanto esfuerzo, con todos mis ahorros y desvelos, con todos los conocimientos que logré adquirir en las turbias noches de mi esperanza…

Pero si la lluvia que conseguí hacer caer sobre tu huerto no te conmovió, sólo una idea guía mi pensamiento: ¿qué tengo que hacer para que me quieras?

*No quiero detenerme en esto. No sé nada de gusanos, pero si acaso pudiera convertirme en uno en este momento, sería el más apestoso gusano de todos y estaría llorando. Entonces, de cebolla.

jueves, 2 de agosto de 2007

Pasó hace muchos años. Creo no habérselo contado a nadie y no sé por qué lo haré hoy.

Por razones de praxis doméstica, en esos tiempos yo dormía en la sala, en un sofá que tenía una mesita integrada, sobre la mesita siempre estaba mi máquina de escribir portátil y libros y hojas y basura… siempre leía y escribía hasta muy tarde y nada de esto importa es sólo para precisar el recuerdo, las circunstancias.

Era muy tarde, todas dormían, el barrio entero se sentía dormido, sólo algunos perros, lejanos, me hacían permanecer con sus ocasionales ladridos. Oí pasos que entraban por el camino de la privada en cuyo fondo estaba la casa en que vivíamos, podría decirse que hechas bola o hacinadas (pero no lo diré porque no era así) casi diez mujeres (ufff, eso de casi es sólo porque no recuerdo el número exacto). Cuando escuché las pisadas no me preocupé, creí que era algún vecino trasnochado que llegaba.

El sofá estaba pegado a la pared que daba al pasillo que recorría la privada. La pared tenía un gran ventanal enrejado, unos 3 x 3 metros, y oí que tocaban, creí que a la puerta y me levanté, imprudente, para abrir (a esas deshoras, todas dormidas) y recuerdo que abrí la puerta, me asomé y no había nadie… al regresar a lo que hacía antes de la interrupción, tocaron de nuevo y ahora sí localicé el sonido, era la ventana…

Quisiera saber si me puse de pie o si sólo me hinqué para recorrer la pesada cortina y saber quién era y a quién buscaba o que quería (no creo haber pensado todo eso, cuando un momento así llega, actuamos por impulso, mecánicamente)

Abrí, entonces, la cortina y allí estaba, subido a la reja, lo que ayudaba a que quedara a mi altura el hombre aquel. Se me mostraba con el pantalón y ropa interior bajada hasta las rodillas. El tiempo. Cuánto fue, no sé. Cerré la cortina y apagué la luz.

No se lo dije a nadie, y nunca se repitió.
No le vi el rostro, en realidad no vi nada, sólo abarqué la totalidad. Vi la acción y me sorprendió. No lo que vi o no vi. Aquel hombre subido a las rejas, aferrado a ellas, con riesgo de caer y lastimarse, empeñado en que yo le viera sus genitales, aún me pregunto si quería eso ¿Qué lo mirara? No lo miré ¿Qué gritara? No grité.

A veces, como ahora que, repito, no sé por qué lo cuento, me pregunto si conocí a aquel hombre, él sabía que yo estaba allí, pegada casi a la pared, despierta solitariamente a deshoras, él tal vez me conocía.

Me conmueve pensar si le angustió mi falta de respuesta.

De eso no puedo saber más.

lunes, 30 de julio de 2007

viernes, 27 de julio de 2007

miércoles, 25 de julio de 2007

La piel es el límite
la frontera hostil
que me protege

aunque algún instante
se descuide
y permita la llegada
de la siempre sigilosa
y dulce
mordida

martes, 24 de julio de 2007

Nos convertimos en superficies resbalosas. No creemos en nada. Somos un espacio en el que ni la lluvia se detiene. Sólo sabemos de la muerte. Y no queremos. A pesar de que es lo único que podemos detener entre lo que corre y va deslizándose en el tiempo, en esto que somos, en lo que nos convertimos con el llanto. No queremos morir. Y moriremos. No podemos deshacer tan grande y cimentada creencia.
Cuando la lluvia cae me lleno de una ansiedad gozosa que sólo puedo comparar con la que el charco que aún no nace sentirá… qué será ser charco, llenarse de lluvia poco a poco, mojar las pisadas, devorar insectos suicidas, escribir como charco pisoteado.

lunes, 23 de julio de 2007

Y llega la lluvia tras de mí.

Mientras caminaba ni cuenta me di que traía todas las gotas corriendo, anhelosas (opciones: ni yo lo creo, o sólo yo lo creo) de alcanzarme.

Luego llega Alma, mi amiga, que habla conmigo (aunque yo hablo poco), me encanta (¿encanta?.. no sé: me gusta, pero más que eso) oírla y pescar de entre el río de su voz palabras, frases y me digo mientras la oigo que desearía escribir esto y aquello… pero a veces mi anzuelo se rompe o la red se me llena demasiado y no puedo deshebrar a tiempo lo que he pescado y todo se me convierte en un mazacote lingüístico, otro río al que no puedo llegar.

Y Alma se va y sigo escuchando la lluvia y un gato llamado Hugo, las mujeres complejas (que no complicadas), los amigos hombres, el ángel de la Guarda sin pecar, la literatura y la pornografía… y el agua cae como si todo este temario no le importara en lo absoluto, cosa que sospecho es cierta.

A nadie esto le ha de importar, ni a Alma, parece, que se fue tan quitada de la pena después de lloverme encima todas sus palabras dulces que me empapan de dudas y de ganas de escribir sobre los caballos salvajes y la suerte de los muertos, y el pan de levadura...

Creo que a mí sí. Me importa mucho.

viernes, 20 de julio de 2007

martes, 17 de julio de 2007

Hay algunas cosas que no creo que sepas.

¿Sabes cuáles son las criaturas más largas del reino animal?

(alguna ha llegado a medir 40 metros)

no sabes que me caí de una cama a los diez años,
que no puedo oler
no sabes que lloré en una rueda de la fortuna a los 15
no sabes que me gusta chupar la miel de las madreselvas
que amo los truenos y oír las chicharras en la noche
que conocí a Evodio ojos de serpiente
que bailé con Mirna en una triste tarde de octubre
no me gustan las rosas ni los claveles
que mis rodillas tienen muchas cicatrices porque de niña me caía y me caía
no puedo concebir que los muertos estén muertos y espero aún ver a quien ya es polvo o ya es ceniza, o huesos o quién sabe qué
que guardo collares que mi abuela Isabel me regaló hace más de treinta años y nunca he usado, ni usaré
que tengo un lunar en la palma de mi mano izquierda
que no me gustan las peras
que tengo un lunar en la palma de mi mano derecha

Son los sifonóforos y todo lo demás que te conté tampoco importa

viernes, 13 de julio de 2007

Este lo escribimos al alimón hace años, en La Bahía de Navachiste, Sinaloa, Joel Verdugo y yo:


Carta para decirte que:

El mar se nos está
creyendo cielo

Alberga recipiente
las estrellas venidas a menos
y al sol cuando se pierde

El mar llena su espacio
y algunos hipocampos se encabritan
y se arma el carrusel

La música no suena

El mar se nos está volviendo cielo
ya pone el azul en cada espejo
cuando firma

El mar de pronto se nos hizo
cielo
a punto de llover

Ya truena

Pd: en vacaciones ahora
seremos
astronautas

martes, 10 de julio de 2007

Ay, los gatos (gatas) que en la noche lloran como mujeres a quienes se les ha ido un ser querido…

Imposible saber cuándo escuché por primera vez esa canción. Si fue desde esa vez primera que aquel grito me sobresaltó es muy probable:

"Hace tiempo que no he vuelto a verla
y ya no sé qué será de Noelia.
Por la noche la busco en la playa
y en el silencio yo grito:
¡ ¡ N O E L I A A ! !” *

A mediados de los setenta (siglo pasado ¡caramba!), en Nogales, una noche estuvimos mi hermana, mi prima y yo (niñas aún las tres) asomadas a la ventana que daba a la calle, oyendo primero el ruido de cajas y botes de lámina que eran pateados y tirados desde lejos, hasta que vimos a Pedro, aquel lindísimo muchacho de barba y cabello largo recogido siempre con cuidado en una cola: corría de un lado a otro, buscando a Ana, su novia, se asomaba a los corrales, hurgaba entre los matorrales, jalaba las ramas de los mezquites, lloraba, su cabello libre y despeinado volaba junto con su cabeza alucinada que ahora buscaba algún rastro, adentro de depósitos de basura, levantaba piedras, escarbaba buscando el olor… no olvido su grito antes de que la policía llegara a llevárselo: ¡¡¡ANA!!! Me llenó de pánico. Porque el amor.

Han pasado muchos años de aquello (no necesitaba decirlo). Hace unas noches platicaba afuera de mi casa cuando de pronto desde un auto que pasó, con desgarrada voz -no exagero-, gritaron: ¡¡¡MARÌA!!!


Lo que más me incomoda es saber que la sensación es la misma, igualita, es temor de que alguna vez escuche mi nombre gritado con tal angustia, es incertidumbre de no entender por qué alguien puede gritar así a quien ama, es un vuelco en el interior, el estremecimiento, la amenaza (“No sé qué hará ni si vendrá / mas yo la espero.”*)


*“Noelia” (A. Algueró / A. Guijarro), cantada (¡Oh sí!) por Nino Bravo



lunes, 9 de julio de 2007

Podría decir cualquier cosa. Hablar de personas que tal vez no conozco (o que sí). Pudiera decir de fantasmas, de caballos, de títeres extraviados. Tal vez intentar hilvanar un diálogo nocturno con la hoja, con la tinta, con la soledad. Decir que es medianoche y escribo mientras escucho a Chavela vargas…

Pero llueve y no puedo. Las gotas cayendo se escuchan como húmedos y perturbadores rezos y en la ventana la cortina cuando vuela trae consigo gotas minúsculas que pican en las piernas desnudas y el aire mojado mueve las campanas y no puedo escuchar y preguntarme por qué “ya ni llorar es bueno / cuando no hay esperanza / ya ni el vino mitiga…”

Oigo llover como insecto que se mete en un charco, temerariamente, dejando la vida y el mundo detrás. Sólo la lluvia y “yo no sé qué será de mi vida / que de mí no se acuerda ni Dios /ay, pobres de mis ojos / cómo han llorado / por su traición…”

Llueve y no puedo ni siquiera preguntarme el por qué de la dramática selección musical ¿quién me tiene escuchando letras tan dolientes y sin traguito mediador (o propiciador)? Tal vez fue la promesa, la caricia de lo nublado, los hermosos truenos, el relámpago, “aquel amor que destrozó mi vida / aquel amor que fue mi perdición / dónde andará la prenda más querida/dónde andará aquel, aquel amor…”

Llueve. La lluvia me concede escurrirme en arroyos oníricos, gotear desde los techos, sentir que soy bebida con ansia por la tierra seca de las macetas; ya no oigo esas làgrimas que parecen derretir las bocinas con su sal tan dulce... tal vez con su arrullo hasta pueda dormir escondida adentro de un pedazo de agua...
Dèjate encontrar cuando te busque en el profundo hueco de la lejanìa
porque escarbo con el deseo y rompo mi saliva en ello
dèjateme hallar
no sè contar hasta diez
ya no te escondas

sábado, 7 de julio de 2007

cuànto me duelen estas ganas
que te tengo
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viernes, 6 de julio de 2007

lunes, 2 de julio de 2007

Conocí a alguien una vez
que una vez dijo:
el olvido es piedra
y siempre corre en el arroyo.

Conocì a alguien una vez.

Su voz era un arroyo
lleno de piedras.

martes, 26 de junio de 2007

Semillas, granos, nueces

Porque él sabe, le pedí a Manuel me dijera la diferencia entre semilla, grano y nuez. Cariñoso como siempre, y con mucha claridad, me la dijo.

No entendí. Sólo me quedo con una casi certeza y es que todos: grano, nuez, semilla, pueden ser semilla (una, de hecho, lo es...)

Avellanas, almendras, piñones, castañas, pistaches, girasol, calabaza, sésamo, girasol, lino, trigo, anís…

Las semillas de la papaya tienen muchas aplicaciones, entre otras pueden ablandar la carne… no recuerdo haberlas comido, tal vez accidentalmente alguna vez, así como la de sandía, de melón, manzana, pera… (aunque no era mi intención, lo aseguro); e inevitablemente, (ya sabemos que nada es inevitable del todo) la del pepino, y de plátano.

Hay algunas que son mis preferidas: El amaranto y su cercano sabor al maíz reventado, el anís, la linaza y el ajonjolí, con su textura lisa, de joya minúscula.

Comerse un dulce de chilacayote y saborear esa semilla negra entre la pulpa azucarada y casi blanca es un placer… Comer el higo, el kiwi, la fresa (único fruto con la semilla externa), tunas, guayabas, granada, es saborear el gozo de romper y provocar ruidos con los dientes en esos munditos.

Ayer comí bellotas y me pregunto: ¿A qué hambriento o curioso morador de estas tierras se le ocurrió comerlas, cuándo, bajo cuáles circunstancias?

La bellota es ovalada, marrón y por lo general tiene un extremo puntiagudo. Según lo poco que de esta materia entiendo, la bellota es un fruto que es semilla, y está cubierta o protegida por una dura cáscara que cede frente a los dientes del comedor de bellotas. Comer esta semilla es una tradición regional (norte de Sonora) y es una actividad extraña, de temporada (a finales de junio, julio y agosto).

Las bellotas se recogen del suelo antes de las lluvias, después el agua provoca su pudrición (los recogedores expertos, “belloteros”, pueden levantar del suelo kilos –aunque los miden en litros-). Los árboles de bellotas (que no se llaman así, sino encina, roble o algún otro nombre para mí críptico) están desparramados en gran parte de la tierra de este pueblo y de sus alrededores. Ir “a las bellotas” es una labor reconocida, un trabajo cansado pero disfrutable, dicen, y hay técnicas para su desempeño: de rodillas, a cuclillas, acostado bocabajo o más comúnmente, sentados y girando hasta limpiar el pedazo alrededor y casi siempre con un costalito para llenar.

Es costumbre salvaje, según dicen, consumir con placer un fruto (que es semilla), tan amargo (aunque es dulce también), y tan, tan seco (nada qué decir). Con él se pueden preparar suspiros (para interesados en la receta, sólo pedirlo). Pero yo tengo una sugerencia: hay que comer bellotas –siempre que se pueda- acompañadas con una taza de café negro y endulzado… rico.

Muy rico y único.

Pd 1: Hay otras bellotas, más grandes, y definitivamente más amargas que son comidas alegremente (¡ja!) por los cerdos.

Pd 2: Para comer bellotas se necesita saber pelarlas (aunque no falta quién las coma sin tener la menor idea de cómo quitar la envoltura). Romper la cáscara con el menor daño posible (a la cáscara y al fruto-semilla). He conocido, pero ya pasó a formar parte de mi mitología personal a quienes pueden pelar cada bellota teniendo un puño de ellas adentro de la boca (es muy difícil explicar este procedimiento y no lo haré, aunque no por la dificultad)

Pd 3: Algunas bellotas tienen gusano. Hay comedores de gusanos. Se calienta una tortilla de harina y se colocan allí los gusanitos amarillos y gordos (ni parecen animales, sino mantequilla, dicen) y se les pone sal… se enrolla la tortilla y se come con todo y animalitos: también parte de la mitología personal.

Pd 4: Con los gusanos se pueden organizar concursos de resistencia y valor. Los valientes no son, como pudiera pensarse de mi afirmación, los gusanos, sino los concursantes humanos quienes los colocan en la corva o en la parte del brazo donde éste se dobla. Los gusanos, cuando sienten la opresión, muerden. Quien resista más tiempo con el brazo o la pierna doblados, gana (El gusano pierde siempre).

Pd 5: Con las cáscaras de la bellota se pueden hacer concursos para saber quién tira más fuerte y lejos con los dientes la cáscara. No es tan complicado describirlo, pero prefiero abstenerme (¿abstergerme?).

Pd 6: hay bárbaros que juegan a las guerritas con estos proyectiles que alguna vez protegieron a ese fruto y a esa semilla que se llama bellota y que mal mirada parece bala.

Pd 7: Sólo deseaba hablar de las semillas que truenan cuando son mordidas.
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jueves, 21 de junio de 2007

El infinito

Podemos asistir a más de un espectáculo por día
a más de cinco por la noche
comernos entero un gran suceso por segundo
hacer de un gran acontecer la gran noticia diaria
a cada minuto podemos tragarnos un verbo
conjugado en un presente imperfectivo

y el cuerno del gran secreto nos resonará
en las más recónditas veredas
de tu oído y de mi oído
te odia me odias te odiamos nos odias
un odio que resuene tierno
como con las alas rotas
como con la lengua yerta

un odio podremos oírnos por minuto
un odio por palabra
uno por cada uno
uno por persona
uno por cada corazón enteco y dolorido

(y todo nos lo llena el infinito).

miércoles, 20 de junio de 2007

Mariana y Santiago

Es noche primaveral, según el calendario (pero ya casi no, también según el calendario, porque el verano). Fresca y perfumada, solitaria y oscura. Voy caminando, la calle asciende durante más de cien metros.
Los miro caminar delante de mí, a unos dos metros; van tomados de la mano, ella habla sin parar y él voltea a verla y le sonríe, aunque habla muy poco.
Él es un hombre joven, viste camisa azul cielo y ella trae un vestido rojo que le llega debajo de sus rodillas y calza sandalias blancas. Él con su cabello muy corto y oscuro y ella con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas. De vez en vez ella voltea y lo ve con adoración, o eso percibo en esta noche que ya dije cómo es, y que como tal, puede engañarme.
A mi derecha las casas, a la izquierda los autos que descienden, nosotros sobre la banqueta, caminando, subiendo una calle de este pueblo. Ella mira hacia mí, me sonríe con sus siete años felices y sé que los amo, a ambos.
La certeza de mi amor me picotea los ojos y me rezago un poco para que mis hijos no me vean llorar en esta, como ya se ha dicho, noche de primavera, llena de perfume fresco…

viernes, 15 de junio de 2007

Este es un fragmento de carta escrita en otro junio:

“No me siento nada bien. Estoy leyendo. Un libro que se llama De la Onda en adelante (entrevistas a novelistas mexicanos). Pero en realidad no leo. Quisiera salir corriendo-literalmente- a la calle, a una larga calle solitaria, a encontrarme al viento que oigo cómo grita y corre fuerte. Hace frío, qué curioso –es junio cananense-. Un rehilete que está en el jardín suena y suena al dar vuelta tras vuelta. Somos un rehilete, nuestros ruidos son las letras, las palabras ¿no crees? Pero allí –aquí, allá- estamos, indefensos, vulnerables frente a la menor agitación del aire, ansiosos de un breve soplidito para poder movernos. No quiero llorar. De veras que no.
Hasta parece que llueve. Rehilete pinche, engañando al deseo. 23 horas con tres minutos dice un locutor lejano y yo sigo viendo… nada, ni las paredes de esta habitación blanca. Sólo veo, quiero ver, hacia mí. Y no me hallo. Musiquita gacha.”

Y este es otro junio y lo único que cambiaría al tal fragmento es que el título del libro que no estoy leyendo, aunque pretendo, es Cosmoagonías, de Cristina Peri Rossi. Todo, incluyendo el viento, el rehilete, los deseos de lluvia y lo demás, están presentes.

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martes, 12 de junio de 2007

Noche cruel

sin tu mano
para sostener mi corazón
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sábado, 9 de junio de 2007

Borrador para siempre

Que no podías obrar en contra de tus convicciones (¿recuerdas cuánto nos divertía esto de “obrar”?). Tú estabas adherido (me gusta el término, oh, si, te queda) a la idea de que no existe el más allá. Enfáticamente negabas tal posibilidad. (“No seas terca, si insistes en que los fantasmas existen, volveré a jalarte los pies”, decías…)

Entonces…

Cómo se te ocurre llegar y despertarme a medianoche para darme tan espantoso susto, creí que me moría…. ¿por qué me haces esto, qué andas haciendo aquí luego de tantos años, acaso no sabes que estás muerto?

¿Cómo que no eras tú? No me digas eso. No me lo digas. ¿Quién era el que llegó y se acostò conmigo, enfriándome como un invierno anochecido?- ¿quién se metió en mi cama, poniendo su cuerpo a mis espaldas, sus piernas extendidas atrás de las mías haciendo que mi cabello en la nuca se erizara por el miedo?... No eras tú. ¿Te creo?

Me rehúso a dormir de nuevo.

miércoles, 6 de junio de 2007

el abismo es la voraz oscuridad
que come miedos

el silencio es abismo
y la mirada tenue de las aves cuando vuelan
es anhelante intención
de naufragios
en lo negro.

mis gritos nadie los escucha
porque el abismo no deja

martes, 5 de junio de 2007

"Cómo evitar el llanto en una tarde de árboles bañados de luz y viento. Antecede la imagen de dos niños descalzos a las cuatro de la tarde parados en una banqueta con cuarenta y ocho grados encima. Hermosillo se llama así. Desgarrador el sol y los camiones frenando en el corazón de la tierra de una colonia periférica." Carlos Sánchez
El primero que me mordió fue el diablo.

Era un día como cualquiera, afirmación que no dice nada porque ningún día es como ningún otro. Un día soleado, con excesivo sol debería decir, estoy diciendo.
No lo vi. Pero estoy convencida de que él sí me vio venir, ir, acercarme.
Encajó los colmillos en mi muslo izquierdo, con fuerza, con determinación, con ganas de joder. Me protegió, sólo es un decir, el pantalón de mezclilla que llevaba encima, o yo adentro de él, o él alrededor de la parte inferior de mi cuerpo. Me mordió y se quedó allí, mordiéndome eternamente, en una eternidad que duró algunos dolorosos y paralizantes minutos, durante los cuales, dos tres hombres que cerca se encontraban acometieron a golpes y periodicazos que también es decir golpes pero con un periódico, contra el diablo para que despegara sus armas de mi muslo que ya había dejado de pertenecerme y sin el diablo atenazándome no podía ya moverme, debo decir que con sus dientes tenazas tampoco pude. No grité, no dije nada y tengo que reconocer que el diablo tampoco ladró, gruñó, ni alguna de esas cosas que en esas y otras circunstancias un pinche perro mordelón haría.
Después, por consejos de señoras aparecidas de la nada, lavé la herida y me fui a buscar remedio y consejo a un hospital nada cercano, caminando yo, recién mordida bajo el implacable sol de un día cualquiera, que ya sabemos que eso no significa absolutamente nada, sino que no recuerdo qué día era. Por la conmoción pertinente al recién sucedido acto atrozmente canino, es comprensible que yo no me fijara muy bien dónde ponía los pies, dónde fijaba la vista, qué tanto me alejaba de las paredes y los postes hasta que un aparato de refrigeración enjaulado me sacó violentamente de mi ensimismamiento, abriendo una herida sobre mi ceja izquierda. Las heridas en el rostro suelen presumir de sangradoras, ésta no se quedó atrás, me encontré con roja máscara en segundos y para ayudarme estuvieron otros dos tres hombres albañiles que trabajaban arriba de un techo, quienes me medio limpiaron y regañaron. Luego me prestaron, en calidad de regalado un pañuelo limpio y así seguí mi camino infortunado.
Gracias al diablo tengo una cicatriz sobre mi ceja y gracias a que el mismo diablo estaba vacunado no me picaron feamente para agregar humillación a aquella agresión.
Gracias al diablo temo a todos los perros. Gracias a él y a otros dos que también me consideraron apetecible en otros días cualquiera. Uno, pequeño, se llamaba whisky, y por lo menos cinco veces encajó sus colmillitos en mis piernas a pesar de que procuraba caminar lo más lejos que de él podía. Ya se murió con todo y su record de carne humana por él mordisqueada.
El último y tercero no sé cómo se llamaba, pero como el diablo, era negro y también me mordió con todas sus ganas. O sabe ¿serán ganas eso que hace que los perros muerdan?

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lunes, 28 de mayo de 2007

El que con lobos anda


El lobo le enseñó. La primera vez fue el susto. Bajo los árboles nocturnos, y sofocada por el canto de los grillos de la pueblerina plaza de su adolescencia sintió su lengua primera. El corazón desbocado, la sorpresa, la maravillosa sensación. Después vinieron otras, muchas veces en las que ella y el lobo buscaban la oscuridad, las escaleras de aquel salón de baile en las que otras parejas también se refugiaron deseando aprehender el temblor, memorizar las olas. En la candorosa clandestinidad los labios aprendieron pronto las lecciones, y buscaron aquella otra textura con anhelo. Ella recuerda cómo en los sueños los labios se encontraban y llevaron a otros mojados sitios, probando los sabores uno y muchos que de la boca nacieron.

Alguien, luego de muchos años de aquella enseñanza preguntó, creemos que con asombro, quién te enseñó a besar, ella dijo casi con orgullo el lobo. Y así fue.

Pero los besos pasan, el aullido corre y nuestros colmillos son otros filos. Nosotros también.

Hace unos días encontró restos de aquel lobo. Seré breve al reseñarlo: estaba sin desearlo (prefiere fiestas donde también haya hombres, no sé ni por qué lo aclaro) en una fiesta para mujeres y al empezar el show travesti encontró, un tanto extraviada tras kilos (nótese la exageración) de maquillaje, la mirada cansada de un lobo viejo. En el maullido lastimero con que concluyó su representación se notó que él también la reconoció. Lo sé. Y no le importa: los grillos, aquellos, están muertos, la plaza perdida, los sueños ausentes.

Yo, para qué mentir, no me acuerdo de él, aunque a veces alguna saliva me recuerda su olor y el inolvidable dulzor de su lengua caliente.

jueves, 24 de mayo de 2007

El regalito


Me diste un gran regalo al irte
lo disfruté con emoción al recibirlo
enorme y luminoso
y con un moño ingenuamente lila.

Lo puse ante mis labios
para besarlo: se sentía fuerte
limpio y con sabor metálico.

Lo olí y supe que tu ausencia
estaba llena de aromas frescos
de mares y de vientos.

Al moverlo escuché una brisa
como de niños durmiendo:
ruiditos suaves y tiernos.

Me creí feliz y estuve
un rato con tu regalo bailándome
en las manos
pensaba que tu ausencia
era mi patrimonio
la mejor herencia.

Pero hoy no sé qué hacer con el paquete
su peso es algo demasiado duro
no sé dónde ponerlo
no hay mesa, ventana, ni persona que lo aguante
encima
no tiene entrada, ni salida
ni nudo corredizo, tarjeta dedicada, nada.
Me cansa con su aroma suave
mis dedos se enfriaron en el metal de su envoltura
el ruido no es el ronroneo de niños que duermen
sino el suspiro de la carne pudriéndose.

Ven, por favor
lleva tu ausencia lejos
regálala a otra gente
no me la des a mí.
Arrebátamela.
que no es mi santo ni cumpleaños
ni añonuevo ni nada que merezca festejarse
con un regalo
de tal naturaleza.

martes, 22 de mayo de 2007

El regreso podría ser
como un machete cortado
agonizando por la punta hueca

Porque suena a filo
a triste
a resbaladero

Sin embargo es la hoja
y es el desconsuelo

Es la mirada hacia atrás
la avanzada del cangrejo

Es lo blanco


Es el retroceso

sábado, 19 de mayo de 2007

Es difícil entender qué se persigue cuando el resultado que se obtiene es el miedo. ¿El miedo de los demás alimenta? ¿Qué: razones de poder, malabares de política, alguna enfermedad mental aún desconocida… ?

Puedo, tal vez, desgarrando mi entendimiento, forzosamente asimilar el que una persona desee sembrar pánico, asustar mucho, hacer que todo sea tan confuso que la gente no sepa qué hacer, a dónde correr. Disfrutar el desorden, gozar con el caos… Eso, casi lo entiendo.

Pero los niños, ya cuándo olvidarán la amenaza. Todo fue así (y no sé por qué esta necesidad de decirlo, tal vez crea que si lo escribo lo borro, lo convierto en signos y me tapo los ojos): luego del día de violentas muertes (más de veinte) y del sobresalto en este pueblo, llegó otro día, que se llamó viernes. A las diez de esa mañana comenzó la húmeda mancha del rumor, extendiéndose como oscuridad pegajosa a través de celulares, gritos, llamadas telefónicas, avisos radiofónicos. La gente corría, se resguardaba. Vi niños llorando abrazados a su maestra, jovencitas angustiadas, madres mortificadas… Toque de queda por unas horas, Cerrado todo: bancos, escuelas, comercios, hospitales, bibliotecas, changarritos…Las armas intimidan, las amenazas, aunque falsas, como lo fue ésta, también. Quién lo hizo. Para qué. Los niños aún tiemblan, se esconden abajo de la cama, no desean salir a jugar.

Más tarde, de regreso al trabajo, encontré gente bromeando sobre lo pasado: Un hombre que conversaba con otro dijo: es que me dañó el cerebro el toque de queda y yo sonreí… seguí caminando y mi sonrisa creció, hasta convertirse en una tímida carcajada silenciosa que se despeñó resbalando atroz entre las piedras y cuando llegué a mi destino, las lágrimas no me dejaban ver, me fui de boca hasta el helado despeñadero del temor… Es tan difícil vivir.

Trabajé.

Por la noche quise bailar, no estar sola, quise reír, hacer el amor, quise ser feliz… pero sólo logré hacer lo que en mi vida puedo hacer: escuchar música. Sólo dos canciones con Víctor Manuel antes de zozobrar hacia la cueva del sueño plagado de pesadillas... Vivir.

viernes, 18 de mayo de 2007

Hoy es viernes, se oyen sirenas
Para Carlos


La foto que me sobrecoge y angustia es así: una enorme mantis religiosa sostiene con sus patas delanteras a un colibrí y lo devora, desgarrándole la piel y los músculos del pecho con las mandíbulas…

No puede nadie entender.

Anteayer era miércoles. Muy temprano lo supimos. Muertos, desaparecidos, violencia.
Dicen los diarios, el radio, la televisión. Dice el rumor cada vez más escandaloso y sorprendido y totalmente cubierto por el doloroso miedo y por el doloroso dolor que la vida deja de ser preciada, que la vida vale tan poco que cualquiera llega y la tira en los caminos como si de basura se tratase. Parece ser que sólo basta cargarse de armas, mucho odio, autos costosos e impunidad. Y el resultado son personas golpeadas, marcadas, muertas. Uno, siete, once, 23… Las armas y los uniformes mostraron su poder intimidatorio todo el dìa. Patrullan las calles y el cielo. Se les ve ir y venir. Nadie se siente seguro frente a eso.

Ayer era jueves, estuve en la presentación de un libro*, el autor nos hablaba de que “la literatura es un intento de elevar el espíritu del hombre. El hombre es el hombre: la criatura máxima de la creación. Hay hombres buenos, malos y regulares”, también dijo y todos parecimos comprender, pero de pronto se oyeron las patrullas, ambulancias, sirenas varias que destrozan los mares de lo tranquilo y entonces todos los que antes habíamos creído entender, quisimos correr, saber qué pasaba, no saber, protegernos, estar escondidos. Porque nadie sabe quién es quién. Quién persigue, quien es el perseguido. Este juego de la violenta muerte qué fuerza nos obliga a jugarlo… Los helicópteros se encargan de que no sigamos preguntando por el espìritu del hombre…

El pueblo sigue siendo el pueblo, pero ahora es un pueblo asustado. Es un pueblo que está llorando y que no supo cuándo las reglas del juego de la vida cambiaron. Así nadie gana.

¿Qué nos hace ser humanos y creernos menos animales? Si todos somos campamochas comiendo vorazmente las chuparrosas


* el libro es Me lo contaron… Lo cuento, de José Jesús Terán Morales

jueves, 17 de mayo de 2007

Llueve, amor

El dedo humedecido
nada.

Llueve tras la ventana
y los arroyos corren
desde enfrente del sudor.

Llueve
las goteras empapan las almohadas
y la sábana me moja
los cabellos.

Llueve
de los árboles escurren pájaros
con alas derretidas.
la cera de mi piel
en gotas
tiembla,

Afuera llueve
los charcos profundizan los caminos
las manos se deshebran
buscando la ola
en este mar de espuma.

Llueve
el agua corre entre los surcos
mi boca recoge
el olor a tierra mojada
de mi caricia
sola.

lunes, 14 de mayo de 2007

Cuadro

alcantarilla oscura
repleta de estrellas
con la lengua de fuera
maniatadas
dentro de una noche
líquida y espesa
que nos cae del cielo
con la luna

miércoles, 9 de mayo de 2007

No hay dolor más atroz que ser feliz

Para el Sol. Para Pina.
Para Miguel A. Avilés.
“Y si sentís tristeza
cuando mires para atrás
no te olvides que el camino
es pa’l que viene y pa’l que va”


La luna era de octubre, de seguro fue bella. Todas lo son. No puedo, por más que lo intento (en realidad eso no importa, por eso ni es cierto que me esfuerce tanto), recordar cómo o por qué (vivía en Nogales) estuve en Hermosillo ese día (creo era 1986, gracias Sylvia), ni supe cómo llegué, llegamos, Pina y yo al Auditorio (en ruletero, supongo, y tampoco importa), pero allí estábamos, casi puntuales, y desde luego después de muchos que llegaron antes; eso lo supimos cuando entramos y todo estaba lleno, los conocidos, los desconocidos, allí: sentados, sentándose, buscando asiento; no había ni un solo lugar vacío así que nosotras nos apoderamos de un pedazo de escalón, decisión excelente porque con sólo unos 10 minutos sentadas allí alguien comenzó a sacar sillas y a ponerlas hasta adelante, enfrente de la que hasta entonces había sido primera fila y por supuesto Pina y yo allá fuimos a sentarnos en esa privilegiada posición, no lo creíamos, ya éramos dichosas por estar sentadas en los escalones, no suponíamos que la fortuna nos besaría esa noche más, mucho más.

Allí estábamos, entonces, dos afortunadas y jóvenes mujeres (alocadas e ¿ingenuas?, expectantes, gozosas): en primerísima primera fila, pegadas al escenario, a menos de medio metro, podíamos incluso recargarnos en él, tal vez lo hicimos (“Cierto es que hay muchas cosas / que se pueden olvidar, / pero algunas son olvidos / y otras son cosas nomás.”), Pina llevó una grabadora de reportero, nunca supe si grabó el concierto, pero su grabadora allí estaba, en el piso del foro junto con otras más, incluso alguien nos pidió voltear casete al terminar de grabar un lado.

Qué músicos lo acompañaron, lamento no recordar, ni la ropa que yo traía, ni mi peinado, pero sí lo recuerdo a él, vestido de negro, con su negro cabello untado hacia atrás, lloré cuando apareció en el escenario, tan, tan cerca… No sé con qué melodía inició, ni cuál fue su cierre (creo que no importa, y aunque podría inventarme ese recuerdo, no quiero). Cantó, claro (o tal vez no, qué importa), sus milongas, coplas, zambas, “El violín de Becho”, “Mariposa negra”, “Qué pena”, “Guitarra negra”, “Pál que se va”, “Stéfanie”, “Adagio”, “Nene patudo”… Tan cerca estuvimos que recibimos una petición inusitada del cantante, quien mirando hacia nosotras, divertido nos dijo: ¡aplaudan!, porque Pina y yo, con la boca abierta (así me gusta imaginarnos), no acertábamos a palmotear nuestra aprobación como hacían todos.

Se despidió de nosotros, de Hermosillo, de Sonora, de México (ya antes, en dos ocasiones años atràs lo habìamos visto y oìdo cantar), nos dijo que regresaba a su tierra. Aquel fue un concierto… ¿qué palabras puedo utilizar para poder decir: lindo, emotivo, gratificante, grande? Tal vez ninguno de estos términos alcance. No alcanza.

Salimos todos inmersos en la nube de la satisfacción y no puedo entender, o sí –ahora que escribo esto de la nube- cómo es que me encontré sola, niña perdida siempre, y no sé cómo es que llegué a la casa de Pina, yo, incapaz de saber del norte y del sur (alguien debió llevarme, no recuerdo). Querida Doña Julia, su mamá, me alimentó como tantas veces hizo… recuerdo que comí hígado encebollado, tal vez lo tengo presente tan claramente porque no lo como mucho: al rato llegó Pina preocupada porque nos extraviamos en esa confusión feliz, te busqué por todas partes, tal vez dijo; no te encontré parece que yo dije; nos saludamos como sobrevivientes, exultantes. Ella llegaba con una sorpresa feliz: me trajo el Sol, dijo a mi oído, creo que allí, en esa ocasión, en la sala de la casa de los papás de Pina, supe que él sabía mi dirección en Cananea y agradecí saberlo, supe también la fecha de su cumpleaños, que es la de mi hermana, nunca lo olvidaré pensé. Yo traía un casete de 90 minutos, en el lado A: Ella Fitzgerald, lado B: Mongo Santamaría, casete que Humberto me regaló (Que pena / que no me duela / tu nombre ahora / Que pena / que no me duela / el dolor.), preciado para mí porque además traía la caligrafía peculiar de ese hombre que casi diez años después en una habitación nocturna murió sin luna, tan solo y dolorosamente. El casete se lo presté al Sol, como manifestación de lo maravillosa que la noche era, también gracias a su presencia.
El Sol nos invitó a cenar, salimos rumbo al centro y en la Serdán entramos a un lugar con mariachis (qué absurdo, sé que lo pensé), yo no cené, ellos pidieron brochetas y los tres carnívoros hablamos de los sentidos. El Sol defendió (Quien te querrá / pregunto quien serás / la que yo conocía / no ha existido jamás.) la postura de que el sentido del tacto, mientras yo afirmaba que la vista, Pina tal vez que el olfato… qué sentido nos haría más falta en caso de perderlo, el Sol argumentando que la piel es el contacto, la barrera y la posibilidad de estar inmersos en el mundo (qué de asuntos profundos hablan tres amigos cuando han oído un concierto entrañable, se alimentan de carne y se meten en un sitio con el mariachi desbocado). Años después leí un libro que se llama Diario de una esquizofrénica, quiero que sepas Sol, que lo cuando leía te di la razón porque pensé: hace más de diez años el Sol dijo algo muy parecido a ese infierno helado que es no estar aunque estemos.
Al salir de ese lugar, calientitos por el jolgorio de la música bravía, y aderezados con la charla tan sabrosa y la emoción, aún, del concierto ("Stéfanie, yo ayer estaba solo / y hoy también / pero en mi cama / ha quedado el perfume de tu piel.”), nos recibió como en un sueño malformado la mala noticia: en esa callecita donde el Sol estacionó su auto (un pick up, recuerdo, con ventanita en la ventana trasera) alguien, aprovechando las sombras y la soledad, forzó la ventanita ya mencionada y robó. (discúlpame Sol, que no recuerde si la caja de herramientas, si alguna otra cosa… lo que recuerdo con énfasis es que se llevaron también el casete que recién te había prestado.
Humberto.)

No puedo oír el nombre de Zitarrosa sin que a mi memoria lleguen como brisa, como suave caricia, el Sol, los días aquellos, Pina, Doña Julia, el tacto, Ella Fitzgerald, Mongo Santamaría, Humberto… ¿Antes o después de esa accidentada cena fuimos y caminamos en un parque, con grandes árboles y flores, Pina cortándolas y el Sol diciendo que no, que las flores se mueren si las cortamos?

Alfredo Zitarrosa murió el 17 de enero de 1989 en Montevideo, Uruguay (“Que pensarás / a quien le dirás / que conmigo podías / perdonarte y llorar”)
Stéfanie
(
Alfredo Zitarrosa)
Stéfanie, no hay dolor más atroz que ser feliz.

Decías anoche: "óuvi-me, po- favó,* bésame aquí" (fonético).
Stéfanie, sé que tu corazón "fala yi mi"* (fonético).
Y eso es dolor, Stéfanie…

Stéfanie, yo ayer estaba solo y hoy también
pero en mi cama ha quedado el perfume de tu piel.
Te veo salir, correr por el pasillo del hotel:
la vida es cruel, Stéfanie…

Stéfanie, hay una sombra oscura tras de ti;
de tu ternura, recuerdo la mirada azul- turquí,
los pies calientes, tus palabras de amor en portugués,
pero no a ti, Stéfanie…

Sé más valiente; hazme saber si va a sobrevivir
entre la gente el color de tu pelo, Stéfanie...
Debes vivir la soledad que sales a vender;
sé más mujer, Stéfanie…

Stéfanie, yo tampoco te quiero, mas tu amor,
por el dinero, ha olvidado al obrero y al señor.
Esta canción que pregunta por ti, que no ha dormido,
es puro olvido… Stéfanie…!

* Expresiones fonéticas por "ouve-me, por favor" y "fala de mim", respectivamente, "óyeme (u oíme), por favor" y "habla de mí", en portugués.
(El texto presentado es trascripción fiel de como fue publicado en la tapa del disco Guitarra negra, España, 1977)

martes, 8 de mayo de 2007

No quiero que tu recuerdo siga diciendo mentiras
¿Pero cómo cubrirle la lengua cuando llega
Y me lame?

lunes, 7 de mayo de 2007

A veces siento miedo
de que un día
los pájaros que crías con esmero
me coman la cabeza

miércoles, 2 de mayo de 2007

Con Ugo
Eludible

Ahora
a duras penas sostienen su marcha
encabalgada
los minutos;
cuando, aquí,
las lunas enloquecen
ensordecidas por los ramalazos
muertos
de calles hechas polvo,
arroyos de silencio,
lodo,
cañadas.

Aquí, donde arrastré
las uñas en los cerros
para hacer que las palabras
en jirones,
encaminaran sus pisadas suaves,
amargadas,
sobre un papel grasiento
y en líneas temblorosas.

Aquí,
el verbo se ahorcó
colgando de las ramas
bajas
del mezquite;
así la lengua enferma
reptó hasta las calles
a tejer en nudos
la corbata de las decepciones.

Aquí se concluyó el deseo irrealizable,
se desbarrancó la prisa
de lentas huellas digitales
repletas de manantiales resecos
y despellejadas veredas
acariciadoras en espinas.

Aquí,
luego de rodar en abismos de piedras
y de aceras tapizadas de peatones:
mudos, callados
y cada vez más silenciosos,
vino a quedar sobre la vía del tren,
despedazada,
hecha trocitos,
la risa:
meros retazos de telas de colores.

Aquí,
el habla se extravió,
descoyuntada,
marcada paso a paso,
señalada con un dedo de fuego
lagrimeante
en cada salto,
en cada una de sus manecillas,
de sus ruidos tenues,
sus arrullos inaudibles.

Aquí el sol da media vuelta
en las mañanas
y desencantados frente a la nuca
atardecida,
los sonidos,
uno a uno,
se arrojan de cabeza a los canales
de agua sucia
a flotar con gatos muertos
y basura.
....................................