sábado, 30 de agosto de 2008

Escribir es recordar
Carrizos rojos (4)

Quihubo, loco. Te abrazo con ganas. Esta máquina zumba y zumba (zumbido y zumbo), desespera un poco, tú ya te habrías quejado (¿hubieras?); lo cierto es que aún escribe (¿escribir es grabar letras golpeando tipos de metal sobre el papel?... puede ser) y lo demás está de más ¿o no? … No, ya sé.

Te hablaré del Marco –el anarco- El lunes, cuando llegamos en la panga (“la panga en que me iré”) a carrizosrojos, en medio del desconcierto ante el desolado –aparentemente- paisaje, tuvimos una reacción y/o sensación –por lo menos yo, aunque creo que fue general…- de desagrado al ver por primera vez al Marco. Rubio, con una bola de rizos en la cabeza y un paliacate amarrado por la frente, su cabello largo, los ojos medio dormidos, en realidad casi bellos, nariz a punto de ser perfecta, bigote y no sé si barba, o barbita… Traía un calzoncito mínimo que se casi perdía entre su gordura blanca y velluda… muy gordo para tal calzón. Fue como el comité de bienvenida.

Todos ellos habían llegado desde el domingo en la tarde: “Qué buena onda que llegaron”, “uta, qué bueno que viniste” y otras variaciones de la misma frase con acento… ¡huy!, ya sabes, mucho más el anarco, cortés a morir, así se lo dije a mitad de la semana y dijo … hubieras tenido que oírlo decir , dice Casildo que ese siempre se lo agradecerá al Marco, fue una de las cosas que de él aprendimos, yo no sabría decirte cómo es, aunque me parecía encantador oírlo… Qué extraño escribir ahora, estoy dispersa, sé lo que intento decirte, pero me parece que no lo estoy logrando (… me olvidaba que el disperso, desparramado, difuso, patuleco y etcétera, eres tú).
Después de esta disertación, sigo con el Marco; estaba en el ala maldita, es decir en el último campamento a mano derecha si estabas de espaldas al mar, nosotros estábamos casi en el extremo izquierdo, casi llegando Alestiv, pero dicen que dios los hace y ellos se juntan y fue con los malditos (lo de poetas malditos como imaginarás o no, fue cosa del Joel y se les quedó, todos les decían así) con quienes más relación, comunicación, roce, contacto o como quisieras llamarlo, tuvimos, sentimos, experimentamos, pasamos o lo que sea… los malditos eran puros hombres, de algunos nunca supe el nombre pero de otros más o menos… el Marco, el Chupio, Pedro, Víctor (elrenoir), Josué (estuvo más de 24 horas sin salir de la tienda de campaña, dormido o no –pues no, ja, loquísimo-) y otros, todos tranquilos, poetas, gritones y buena onda, no en ese orden . El Marco estaba con ellos, llegaron juntos en un camión desde el Deefe, durmió la primera anoche en su sleeping bag (esebé), tirado en la arena, pero desde que llegamos, en las noches agarraba su esebé y se iba camino a nuestro campamento, buscaba un lugarcito junto a la fogata (que con tanto trabajo y entusiasmo preparaban los hombres –Joel, Casildo y Luis- mientras las mujeres –Martha y yo- nos dedicábamos a las labores propias de nuestro sexo –imagina lo que quieras, pero la comida la hacía Don Pino, no había ropa que remendar, niños que criar, jardines que desyerbar, nada que lavar, tender, planchar, doblar…) y agarraba, te decía, el sueño allí, con nosotros. Nos preocupábamos por él cuando no amanecía acompañándonos (a veces el arraigo volátil lo hacía madrugar e irse al ala maldita)… el Joel llegó incluso a la demostración máxima de confianza afecto y bienvenida con Marco al ofrecerle de nuestra dotación de cerveza, no sólo a ofrecerle sino a darle y él, con su tan entusiasta… le dabas todo con verdadero gusto (¡hey! ¿qué parece que dije? …no). En el taller al que asistimos demostró su buen juicio –a pesar de no estar en su- al hacer crítica de los trabajos, yo admiré su coherencia, sus argumentos sólidos, y sobre todo su manera de decirlos, levantando la boca, los labios como si se tratara de besar y hablaba con ese tonito mamón que ya sabes pero que en él era perfectamente oíble.
Él y otros se bañaban en el mar todos los días y solamente. Así que andaban forrados de sal, con costras salitrosas en el pelo, la piel ardida y seca… Mira, la cultura norteña tan distinta, nunca nos metimos al mar, será porque tenemos cerca el mar (yo no, serrana de nacimiento y aún) y nos hicimos del pozo que no sé quien descubrió, adentrado en el monte y que sólo, hasta donde me di cuenta, usamos nosotros.

Una de las posesiones más queridas de Marco, lo demostraba a cada momento, era su pipa, una pipita corta, café que caminó, caminó y dio vueltas por todo carrizosrojos, nunca estuvo deoquis, pero al final fueron tan pinches que se la perdieron, alguien se la quedó , lógico agüite del anarco, como supondrás…

Ahora te abrazo, ahora me voy (ni me voy ni te abrazo ¡qué chingonas las palabras! porque diciéndotelas me voy y te abrazo, aunque no)
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miércoles, 27 de agosto de 2008

escribir es recordar
carrizos rojos (3)

dice el Casildo que los poetas siempre andan pensando en el sexo… ja, los poetas

en Carrizos rojos el sexo entró en un compás de espera (en un paréntesis de engarróteseme allí… je, no albureo)

si tú hubieras ido, el mar, qué rico…

ya me cansé de escribir así y tú ya te cansaste de leer así. Y así asido, ha sido, ácido. ¡Ah! ¿Sido? Tomo el teléfono y te llamo, espérate… ya, no estás. Pero eso debes saberlo tú mejor que yo… Aunque no lo sabes, no sabes que te llamo en este momento que para ti ya requetepasó (cuando lo leas), mientras que para mí es sólo un ratito anterior a éste. No estás.

te tomo y te desgajo
entre mis dedos
escurres jugos ardorosos
que se caen
de gajo
en gajo

(escrito en carrizosrojos, con todo mi agradecimiento a una fresca naranja… esto ni yo me lo creí . pero tú sí, y eso es lo que quiero, que me creas… tú siempre me crees ¿ verdad? ¡qué bueno!)
Lo que sí escribí para publicarlo en la espalda del Joel fue algo muy parecido:
“exprimo / con los dedos sabios / de mi mano torpe / el jugo / que cuelga a jirones / de los gajos / en que te conviertes / cuando exprimo / con los dedos torpes / de mi mano sabia / el jugo que cuelga a jirones…”
sigue hasta donde el espacio lo permita.
El asunto fue este: en algo que tú habrías calificado de snobismo –con toda razón- los poetas –se sentían chingonononones de que les dijeran poetas, ellos, organizadores y otra bola de elementos se fueron a publicar poemas en las rocas, subieron a las pangas y viajaron en busca de la fama pétrea… nosotros, los de Sonora –huy, qué regionalistas, dirás y con razón, pero es que todos los demás eran chilanguísimos, decidimos, casi sin pensarlo pero sí, no ir y en recompensa publicaríamos (¿recompensa, dije?) en la carpa nuestra y en espaldas… no apreciaron nuestra seriedad por eso no pasó de una espalda editada. Tuvimos taller, el Casildo, el Joel y yo, sólo una vez; los demás dos. En el primero hicimos poemas al mar, unos muy buenos, otros no… y algunos, muy malitos. Buena crítica: no me parece, o sí, con argumentos, por esto y estotro, sobre todo ver al Marco –el anarco- oírlo, tengo que escribirte al Marco en otra parte, es especial. Para haberlo grabado cuando habló de este poema que hicimos el Joel y yo (nos reímos rico juntos mientras lo hacíamos, éste y otro, ambos de paternidad compartida y maternidad responsable, jaja):
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La mota se secó
y el sueño es húmedo
replican tus ojos de campana
cuando asamos castañas
en el espejo
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La inmensidad duele
si tus senos están cerca
y mientras
uno se seca
con tanto húmedo sueño
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Tuvimos lecturas alrededor de la fogata tres noches, del segundo escribiré un cuento inspirado en las necesidades fisiológicas del Joel. Tuvimos clausura y baile –el viernes. Tuvimos concurso de cuento, haikús y verso libre. Te diré de los ganadores algún día.
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sábado, 23 de agosto de 2008

Escribir es recordar

Carrizos Rojos (2)

En un principio lo que me llamó la atención de él fue su ropa, traía una camisa blanca de algodón bien rica, fresca y siempre húmeda, y andaba con una especie de turbante también blanco. Cuando nos saludó supimos que no sólo parecía gringo, sino que lo era. El Steve (Elestiv).
Hablaba ya sabes cómo y nos dijeron es poeta y vive en el defe y ya. Parece ser –lo supimos después- que todos en la bahía suponíamos que él estaba en uno de los campamentos y nones, estaba solito, en los manglares, parte derecha del campamento mayor, lejos, con sólo un sleeping bag (esebe, en adelante). Más o menos se comportó dentro de los parámetros “normales” en carrizos rojos, es decir, le puso a todo pero sin hacer desmadre; en el primer taller recreación literaria no participó, en el segundo, según dicen los que saben, llegaron a la bahía unos policías a inspeccionar (yo ni cuenta me di –ni del taller ni de los polis-, así que tú sabrás) y él, muy disciplinado, agarró una libreta y se sentó, sin levantar la vista y trabajó, mientras los polis seguían allí; todo parece indicar que las armas que portaban los servidores públicos (esepe) lo amedrentaron; cuando la legión de esepes amantes de la poesía (¡cómo no!) se retiró, él mandó a la madre el taller, claro… El jueves estuvo con nosotros, Casildo, Marco y yo, jugando a algo que él llamaba con un nombre raro (los pedos de los nopales, me parece recordar) y estaba clavadísimo en ese juego que consistía en eliminar del español el femenino, sólo se permitía decir La Mar, de allí en fuera, cualquier artículo, adjetivo o etcétera femenino dicho sin darte cuenta, te hacía merecedor de un castigo que era un concha, al final quien reuniera más conchas, perdía….yo ni hablé, no lo dijo, pero presentí que lo femenino (yo) no podía hablar tampoco, me limité a verlos, oírlos y reírme (si hubiera intentado participar hablando no sé si hubiera podido hacerlo, además). Bien, el caso es que notamos que un poquito como que se disgustaba cuando un regla no se entendía del todo. Después de un ratote jugando (bolsillos llenos de conchas), se fue, parece que un tanto enojado, claro que a nadie le importó. El viernes, clausura y baile, Elestiv anduvo por atrás de los campamentos, del música y los luces, gritando como águila y volando como. Te digo, tampoco nadie pareció extrañarse de tal (¿tol?) conducta que en otro sitio que no fuera ese bahía, por lo menos hubiera llamado la atención, pero aquello estaba lleno de locos y quien se preocupaba. El sábado por la mañana Elestiv andaba ya por ahí gritando y enojado, cuando pasó por nuestro campamento gritó bola de putas (dos conchas para él), o algo así y ni pedo, nadie dijo nada; al rato fui a buscar café y me lo encontré: andaba todo lleno de lodo, en lugar de sobresaltarme pensé se cayó en los manglares por allá y seguí mi camino, pero antes me di cuenta de que estaba todo café, cubierto, desde el cabeza, pasando por sus tupidos barbas y su pelo largo, su ropa blanco lleno de lodo que le chorreaba hasta los pies y nadie se preocupaba, te digo… Más al rato, Casildo y yo íbamos decididos a bañarnos (no juntos, aunque así suene) con el cubeta, el cuerda, los toallas y demás a caminar hasta el pozo y así lo íbamos haciendo cuando de pronto nos gritan que no avancemos, que hay un loco atrincherado, armado y con su territorio de caza delimitado (¡así nos gritaron!). Fue muy loco, Casildo se enojó, yo creí que bromeaban y seguimos caminando, entonces nos salió al encuentro el psicoterapeuta (un mujer reteloco con unos hijos loquísimos… sabíamos su oficio porque lo traía anotado en un gafete) No avancen, nos dijo y repitió lo del emboscado (para entonces yo pensaba en alguien con granadas, metralletas, lanzas y etcétera, Casildo aún seguía enojado) pero nos regresamos, el mujer psico ya iba de carpa en carpa gritando: “todos a la zona de plástico” (¡imagínate, eso gritaba!) Todos nos mirábamos preguntando dónde es eso, nadie se movía, ella se dirigió al Joel, ayúdame no me creen, sí, yo te ayudo dijo él (no pudo la psico arrimarse a mejor árbol, imagínate el sombra –ya me he ganado uno dos o tres conchas, lo sé)… el caso es que empezamos a conjeturar quién será pensamos en los hijos de la psico (ya me cansé de jugar con Elestiv), en otro chavo que andaba por allí y que decían era esquizofrénico pero ni siquiera miraba, es decir fijaba la vista en ti pero tú sentías que eras invisible, sólo estaba allí sentado, moviendo una pierna y la mano o caminando con paso raro por la playa, pensamos –te decía- en medio mundo… tal vez si Joel mismo no hubiera estado también inmerso en la conjetureada hubiéramos pensado en él, jaja, el caso es que nadie se acordó del águila loca que la noche anterior gritó tanto… y sí, era Elestiv, que juntó piedras y palos y tiraba a dar; según dijeron después, porque la psico se lo decía a quien le preguntara y a quien no también, que el chavo éste, pirado, había estado en Vietnam, que dos años preso, que torturado y con psicosis de guerra, que estaba bajo tratamiento y todos pensamos –afirmación aventurada, pero la sostengo- tratamiento el que se estuvo dando aquí, parece que traía su reserva particular de pastas, los entendidos –muchos- decían que esas piradas apenas con ácido… pues sabe, como el sábado ese delestiv pirado nos veníamos, todos empezamos a desmontar el escenario, recoger del circo carpas, animales y emprender camino: empezaron a llegar las pangas por nosotros y, por otro lado, empezó la organización de brigadas para buscarlo , la psico con un potentísimo sedante para suministrárselo cuando lo agarrraran. Empezaron las pangas a llevar poetas a Cerro Cabezón y delestiv nada, nos fuimos nosotros casi los últimos y nones, no había razón de él, nosotros estábamos en Cerrocabezón y el montón de gente que aún quedaba en bahía de carrizos rojos también llegó y ninguno podía dar razón. Nos fuimos a Corerepe y en la noche llegó alguien que nos dijo que no lo pudieron atrapar porque Elestiv agarró para la sierra y nadie lo alcanzó. El día siguiente nos regresamos a Hermosillo sin saber en qué había terminado todo… hasta días después (yo ya en canapas) nos dijeron que habían tenido que llamar a las autoridades (cosa que desde el principio todos trataron de evitar (poli con poeta mala mezcla) y que fueron a pie y en helicóptero y apenas así lo cercaron, atraparon, sedaron, sacaron de, metieron a cárcel y no sabían qué hacer con él, según parece se lo llevaron por fin a México todo pirado aún; dicen que Elestiv es yerno de un político bastante influyente con muchos billetes y poder sobre todo, así que no ha de haber habido tos ¿no?... Para esto –como dicen las viejitas- no te dije que ese sábado que Elestiv nos ganó el pozo, muy temprano, nos mandó un recado con un chavito, que estuviéramos pendientes porque nos mataría o algo así dijo… a los de Sonora ¿tú crees?
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¡Aguas: viene Elestiv!
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jueves, 21 de agosto de 2008

Escribir es recordar.
Carrizos rojos (1)


Quiero empezar a escribirte levecito, sobre todo recordando la carta anterior que te escribí y que se caracterizó por lo mamón. Me dolió escribirte tan fríamente, pero ya no más ¿cómo ves, revés, re vez? Hubiera querido verte el día que regresamos de Carrizos rojos, hubiera querido que vieras cómo venía, hubiera querido darte algo de la loquera que traía, aunque ya era poca… pero abrazarte aún impregnada de lo que fue esa pinche semana loca, llena de amor y buenas ondas (entre otras cosas), besarte con la boca cargada de lo que tú debiste haber vivido conmigo, con nosotros… Te esperé, cada panga que llegaba esperaba verte bajar de ella, y nada… eso fue durante los tres primeros días, ya después me convencí de que nones, no irías, no estarías para compartirnos en ese lugar extraño que a fuerza hubieras tenido que hacer tuyo cuando se iban las pangas y quedábamos solitos frente al mar sin olas y sin ruidos, solitos frente a la noche llena de cerveza y mota… solitos con Casildo, con Joel, con el Anarco y con el Chupio… Solitos tantos locos frente a la luna… hubieras ido… te habría amado (pero te amo, lo sabes)... tal vez tú a mí también.

Es ya jueves, no había podido escribirte, parece que el sol y las fogatas (todas) me jodieron un poco los ojos, no importa, ya mero veo igual que antes, es decir, mal, pero no tanto. Espero que ya te hayan localizado y entregado la cobija (pido disculpas por su estado, pero igual regresamos todos) y el regalito que te traje.
Si allá hubieras estado: Pertenecíamos a la arena filosa y dura, al horizonte estático, a los pelícanos, manglares, a los mezquites secos y a la carencia de agua dulce… ya estábamos unidos a bañarnos en el agua de un pozo, turbia y llena de insectos –muertos- y ramas, fría y rica, a tiznarnos juntos, a joder a quien aún no se sintiera parte de lo que llegamos a ser y hacer allí: un montón de gente ante lo oscuro, ante lo poco que somos… hubieras ido (sido).

Ni te he preguntado cómo estás, lo haré inmediatamente: ¿cómo estás?.... ¿Sabes?: esto no te lo pregunto (ni ahora ni ninguna ora vez) por tradicional, sino porque siento que preguntártelo es deseártelo, conjurarlo. Es un recurso para pensar que estás bien, que me contestas y me dices que sí, que a toda madre. Y sí, estás bien ¿verdad? Allá te hubieras aliviado ¿Qué hiciste –sin mí? Supongo que divertirte. Ojalá.

No sé tú, pero me siento diferente en esto que te escribo. En primer lugar, te lo he escrito en chinga, no he parado ni un ratito para agarrar aire, me emociona hablar contigo. Porque estoy hablando contigo ¿verdad? Y sin embargo, hay tanto que quisiera contarte y que si intentara decírtelo por escrito no terminaría hasta ¿cuándo? Te decía, me emociona escribirte pero estoy casi segura de que de aquí en adelante muchas cosas también me emocionarán un buen. El recuerdo de cosas dolorosas ya no me. Bueno, no tanto.

Leer también es recordar .
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jueves, 14 de agosto de 2008


“Es inútil asomarse al cántaro / si con el rostro le tapas la boca // en su noche de barro húmedo / te volverás loca / buscando una luz…” canción de Nota Roja

Paréntesis
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Al recargarme en el marco de la puerta, dejo abierta la alambrera para poder disfrutar y ver cómo la lluvia que ha caído y sigue cayendo aparatosamente sobre el techo, continúa su caída en una cascada vertical (bueno, no hay cascadas horizontales ¿verdad?... debería haber) desde las ondulaciones que tienen las láminas de zinc (¿ranuras dices?)

Atrás (o enfrente, la lateralidad es tan voluble) de la cascada que recta cae, hay otra lluvia más verdadera (como si lo menos verdadero fuera posible… ¿lo es?), esta es diagonal, desea volar hacia el oeste pero cae, derrotada, finita, y moja porque el agua eso hace. Ya se ha llenado una cubeta con un fragmento de la que cae del techo, se desborda, parece hervir cuando le cae la que intenta ser pájaro, aquélla, la verdadera, la finita

Y la lluvia no me hace olvidar los tiroteos que se escuchan, que llegan desde lejos, las patrullas que pasan, helicópteros, los rumores de muertos, los cuerpos sepultados clandestinamente, la impunidad (ojete y nacional), los secretos que se desparraman llenos de peligro y de sangre (porque nadie debe saber, en este pueblo). Los trompillos se agachan melancólicos y líquidos, no saben del narcotráfico, la silueta de las montañas se difumina entre las gotas, no entiende del dinero y sus demonios, los árboles canturrean humedades, ignorantes del cabrón poder y la avaricia. La huelga lleva un absurdo e inmoral año (¿de vida?). Llueve. Agua en el subsuelo y no en las tuberías. Llueve y se filtra el agua en las tuberías del gas. No cocinamos. Cuánta violencia manchando los caminos tan llovidos y floreados.
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Palabras de mi madre: “qué llover tan eterno” y siempre que lo dice me quedo enfangada en el charco lingüístico de esa afirmación ¿qué significa? Quiero ser capaz de decirla creyéndola. Tengo los pies mojados y los ojos.

A Pina ayer le dije que sólo falta que Godzila venga y nos mee.
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viernes, 8 de agosto de 2008

"Cuando te hayas agotado de extrañarme,
amor mío,
nos sentaremos a la sombra del jazmín
a tomar una taza de té."

Oh Sae Young

¿Quién puede negar que este fragmento de poema contiene, por lo menos, ocho bellas palabras?

Con esas mismas, por lo menos ocho, podríamos decir:

Té de jazmín
a mi agotado amor
en taza de sombra tiene...


Pero, obviamente, el poema no son sólo las palabras
el poema son las palabras y lo que dicen. Lo que esas palabras al lector le despiertan...

Amor, el jazmín propone que agotemos las sombras. Cuando preparo té intento extrañarte, para tenerte.
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En la sombra, el jazmín toma una taza de té de amor. Agotado, te extraña.

Cuando el jazmín en la sombra del amor florece, extrañada, te agoto, como si fueras una taza de té.

No, el poema no son las palabras, siempre falta el poeta...
La poesía es otra cosa (como tal vez diría el Alonso)
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sábado, 2 de agosto de 2008

recièn pasa la lluvia, luego de un dìa caluroso y sàbado
ha dejado tras de sí sus huellas diminutas
tan mojadas

ha traìdo los truenos
y a jalones
se los ha llevado

sòlo los charcos
y las ganas
nos deja en la melancolía
saborear

viernes, 1 de agosto de 2008

Yo no escribí esto:

escribir así como se habla. como se dice. nada. como respirar. mecánico automático. pero para vivir, sin saberlo, es para eso… ¿y tú para qué escribes? le preguntaron… no recuerdo qué dijo y no importa. la respuesta se revuelve. porque si no lo hago me pongo morado, luego negro, después blanco y luego, apesto…

es decir: pudrirse… a eso te lleva no escribir cuando es así… pero también te pudres si lo haces… así

Aunque tal vez sí lo haya escrito una vez, hace tiempo, hace mucho. Es mi cuaderno y es mi letra y se parece a lo que aún siento
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martes, 29 de julio de 2008

dóndecómocuándoporquénoimportacómocuándoporquédóndequémásdacuándoporquédóndecómoeslomadreporquédóndecómocuándoesmiasuntodóndecómocuándoporquémuymipedocómocuándoporquédóndenoaverigües


Entraste a la habitación descosida (¿por qué utilizar este término? Lo hago porque así me lo contaste), y desubicada (también dijiste) y te alegró ver la ventana, casi del tamaño de la cama que ocupaba medio cuarto.

El Humito preguntó ¿quieres que abra la cortina? No, dijiste con sobresalto inmediato (no hay de otro) y fuera de lugar (no hay de otro, tampoco). Me contaste que las cortinas tenían dibujados caballitos de mar (aunque no dijo eso, dijo hipocampos ¿no lo recuerdas?) y líneas moradas. Cuando te mencioné que tal vez eran o fueron cortinas de baño te molestaste como si hubiera sido tu elección.

El Humito diariamente (por al menos diez veces) te preguntó quieres que abra las cortinas y todas esas veces tú respondiste no, con susto consuetudinario, con angustia, casi con dolor. Después el Humito ya no insistió y todo un legañoso mes (término que ella utilizó, dijo el Humito) la pesada y gruesa cortina no se movió, a pesar del sofoco y la pesadez del encierro que también se mudó a vivir con ustedes dos.

Inés (que sólo para saber quién es aunque a nadie le importe, era un fugaz conocido) llegó cantando hace unas horas y dijo ¡ay, qué bonito, una ventanota! Y jaló la cortina abriéndola para siempre (aunque tú dijiste que ella dijo: matándola para siempre)

Tomaste tus cosas y te fuiste. Nadie sabe a dónde has ido (ni el Humito que de ti ya mero lo sabe todo), si allí estás sentada desde entonces, mirando ese lugar que antes cubría las cortinas: un muro gris y seco nos hace muecas, embarrado de mierda de palomas y hace desaparecer casi del todo el recuerdo de los hipocampos rojos navegando en carreteras moradas… dónde, dime… cómo, cuéntame… cuándo, platícame… por qué, con una chingada, contéstame…
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martes, 22 de julio de 2008

Amor eterno
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"Nogales, frontera / por donde quisiera / a mi suelo volver //
frontera querida / yo diera mi vida / por volverte a ver"
Canción: Sonora querida
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"Somos un pedazo de materia estelar que se enfrió por accidente."
Arthur Eddington

Lo que a continuación contaré se parece mucho a un acontecimiento de la vida real… ¿vida real? ¿Qué es eso? ¿Acaso es real porque pasó? El pasado ya no es real. En todo caso, lo que escribiré será real al escribirlo o cuando alguien lo lea. Si algún día alguien llega a leer lo que escribo, lo escrito será real, mas no la historia escrita.
Dejo eso de la realidad o irrealidad de la vida y/o de la literatura (que a casi nadie interesa, por cierto) y retomo:

Decía, pues (dije) que cualquier parecido con un acontecimiento de la vida real no es producto de la casualidad pero tampoco es lo contrario…

Un hombre demasiado grande.
Ese es Leonardo. Una vez al mes, a veces dos, o tres, llega a la casa. Una casa peculiar, sostenida con los recursos de un grupo estadounidense que busca ayudar a refugiados y malqueridos de todo tipo, extranjeros, políticos de izquierda, homosexuales, artistas desamparados. Allí oficia misa, o alguna ceremonia parecida. Sólo importe decir que llega, que preside un ritual, que es grande, que es norteamericano y que es el puente para que a esa poco común casa lleguen alimentos, ropa y dineros. Es, por unas dos o tres de estas especificaciones descriptivas, definitorias, calificativas, que algunas personas lo quieren. Poquito, no exageremos. Le quieren como se quiere la mano que da de comer, la que mece la cuna (ja) –recuérdese pago de renta y mobiliario. Como en días de frío queremos nuestra bufanda. Tal vez alguien le quiere de otra forma. No sé.

Era gordo y rubio.
Eso no importa. Sólo quiero contar que se enfermó lejos del pueblo fronterizo donde estaba la casa en la que vivían aquellos que un poco le querían y que le esperaban pero que no le esperaban tanto, porque más bien esperaban de la vida que los dejara cruzar al otro lado, que pudieran regresar a Guatemala, a Costa Rica, a Michoacán, a Huatabampo, que alguna vez dejaran de ser de oposición, que un día no tuvieran que esconder sus preferencias sexuales, que no se les rompiera el alma por querer decir, todo eso más bien anhelaban. Y Leonardo no volvió pero ellos ya se habían ido, uno a uno, como mazorca desgranada, vaciaron la casa, vendieron los muebles, rompieron las cortinas, se ausentaron, se murieron unos, se perdieron otros, los golpearon, se deshidrataron, malcomieron, cruzaron la línea, se enamoraron, otros se reprodujeron. Leonardo no volvió y ellos ni supieron.

Estaba enfermo ese hombre grande y obeso.
Estaba muy enfermo y en su lecho de gravemente enfermo, moribundo de sabe qué mal desconocido, llamó o encontró o coincidió con Sebastián y Manuel. Les decía una y otra vez: mis cenizas allá, mis cenizas allá, mis cenizas allá…

Quiso que sus cenizas.
Fueran tiradas, derramadas (¿sólo lo líquido se derrama?), desparramadas, esparcidas en Mazatlán, o Bahía de Kino o Puerto Peñasco, ya no recuerdo en que playa pensé en contar que Leonardo había dicho. Una playa mexicana sí dijo.

Como lo previne y anuncié, Leonardo se murió.
Fue cremado. Sus abundantes cenizas en un depósito (caja, bote ¿cómo se llama. Cenizario?). Sebastián y Manuel total y felizmente compenetrados con la misión asignada, viajaron hacia el primer punto (puerto, dijeron) antes de la playa mexicana: aquella ciudad fronteriza del norte donde la casa extraña, los habitantes de la casa desperdigados, donde un bar que se llama Frontera.

Donde decidieron beber un par de tragos.
Teléfono de por medio localizaron a exhabitantes de la rara casa (menos a los muertos, a los ilegales en países ajenos, a los indiferentes, a los demasiado idos mentalmente… a unos poquitos nomás, pues) y citáronlos en la mencionada cantina. Para recordar, honrar, llorar, gozar, gritar, patalear, embriagarse, vomitar, pelear (que se les daba) y despedir a Leonardo. Muchos de aquellos desperdigados granos que alguna vez fueron una mazorca habitacional llegaron, besaron las cenizas (en su contenedor), le cantaron, dijeron chingado cómo te moriste manito, moquearon, entraron al bar, salieron de la cantina, cayeron al suelo, los pisaron, babearon y etcétera. Leonardo, adiós.

No hay moraleja en este texto, creo. Y si la encuentra alguien, no fue intencional (paradoja: la moraleja nace de la intención, ja). Algo se me ocurre al respecto: Si vivos no podemos tener lo que queremos, muertos menos; si vivos no sabemos para qué deseamos lo que deseamos, muertos menos; si vivos creemos que somos parte del universo, muertos más seremos universo (convertidos en polvo, arena, ceniza, materia inclasificable). En otras palabras: uno no puede hablar de lo que no sabe.

Era sábado por la mañanita cuando los vi. Revoloteaban en los cubos de basura. Se nos perdió, oí que dijeron.

Manuel: ¿Se nos perdió?... Se TE perdió
Sebastián: TÚ lo traías
Manuel: No, cuando fui al baño te dije: aquí lo dejo, CUÍDALO
Sebastián: ¡No manches!
Manuel: ¿Dónde estará? ¡Jodido!

Fue una ¿desgracia, tragedia, broma cruel, maldita cosa, puto descuido, peda, cruda…? ¿Todo eso? ¿Para Sebastián, Manuel, para Leonardo?
No lo encontraron.
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lunes, 21 de julio de 2008

salir desde aquí
para ir a dónde
¿al sol que no está?
¿a beber cuál sequedad?
¿refrescar el frío?

ir de la sed a la oscuridad

la puerta no tiene
adentro ni afuera
sólo divide en dos
ésta:
soledad

viernes, 18 de julio de 2008

Antesala onírica
Para Mari
allá
tan lejos


A Mariana le regalaron un reloj despertador. Se entusiasmó. Todas las noches pregunta: mamá ¿a qué hora quieres despertarte? Mi ración de vacaciones escolares consiste en no tener que madrugar, así que me duermo lo más tarde posible, viendo la tele, leyendo…

- A las diez –respondo ilusionada
- Ja, lo pondré a las siete
- No, no, no… a las nueve
-A las ocho nos despertará –concluye, feliz

Mar tiene ocho años. Cuando tuvo tres menos, un día me contó su versión del soñar. Dijo que cuando nos dormimos entramos en un cuarto cuyas paredes están cubiertas de imágenes o cajones o cajitas o cuadros y hay que elegir. Si escoges un bosque, dijo, allí puedes también pedirlo verde o amarillo, de noche, con sol, como tú quieras, mamá. Esa posibilidad me maravilló y no lo olvido.

Suena el despertador. Mar, como si no hubiera estado segundos antes totalmente sumergida en el nocturno descanso, salta de la cama, apaga el reloj y va hacia mi cama, totalmente despierta. Se acurruca conmigo, finjo dormir, tal vez algún día me crea.

-Mamá: aughhh, tuve una pesadilla –casi al oído
- ¿Sí? ¿Qué soñaste?
- No soñé… tuve u-na-pe-sa-di-lla
- Cu-én-ta-me-la
- Soñé que andaba en un corral, no era el nuestro… no sé dónde era
- ¿Bonito el corral?
- Mmmmm… sí… un poco
-¿Y luego?
- Estaba jugando ¿a que no sabes con quién?
-¿Con quién?
- ¡Con Barney!
- Es un sueño lindo
- No, fue una pesadilla… jugar con Barney… ¡augh!

No le digo de aquélla su versión de la elección onírica. Sé que tendría una respuesta.

No río.

Me aguanto.

martes, 15 de julio de 2008

Lunares

Para Elmer. Para Pina.
Y Bruno. Para Sylvia.
Y Guadalupe. Para Carlos.
Para Abigael. Para Elmer
Para Pina y Bruno
Para Sylvia y Guadalupe
Para Carlos. Para Abigael.



“Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro.”
Albert Einstein

Por muchos años viajé de Cananea-Hermosillo-Cananea. Una o dos veces por quincena: después de más de cuatro años seguí viajando, ahora de Nogales-Cananea-Nogales, otros tres años. El tramo carretero Cananea-Imuris fue recorrido frecuente. Ya no. Me lleno de temor cuando lo hago. Casi el mismo temor siento de que en una noche oscura me muerda una araña y me lleve arrastrando envuelta en una telaraña hacia la muerte, o que un gato me saque los ojos, o que un día despierte muerta en otra parte (es decir, que no despierte)… La formación doméstica, lo que nos enseñan o cargamos desde nuestra infancia es algo así como lunares ¿para qué quitarlos? Son parte nuestra, gotitas de pintura que nos hacen distintos. Mientras el lunar no sea gigantesco (racismo, sexismo), lleno de pelos (mata un guacho, no digas groserías), peligroso (no leas mientras comes o viceversa, si te embarazas no salgas al eclipse o viceversa), pueden ser parte de lo que somos como lo es nuestro aroma, nuestro sabor. Tener miedo a los relámpagos, a los truenos, amar el olor a tierra mojada, el café negro, el café en leche, odiar el café, creer en los fantasmas, en la honestidad, en los duendes, ser mentirosos, creer en Dios.


Viajé. A Guaymas. Para llegar allí tuve que recorrer el camino a Imuris ¿quién y cuándo y cómo me convirtió en este ser miedoso? Tanto que casi lloro en cada curva, en cada trailer rebasado por el camión. Dos veces, ida y vuelta. Por ver a los amigos vale la pena. Y valió la pena. Oh, sí.

Festival Mar Bermejo se llamó. Lindo nombre. Viernes lleno de fiesta, baile, música, jolgorio, deseos de divertirse. Los ojos se nos iluminaron al mismo tiempo que el alma copechi alborotada que nos une en la amistad. La bienvenida de Pina y Bruno; saber que Carlos y su hijo, Abigael, están en Guaymas desde un día antes; más tarde llegaron Sylvia y Guadalupe. Nadie se quejó, nadie disgustado por la espera, todos expectantes por el momento feliz del encuentro, solamente. Comer juntos sabequé. Cenar también y casi todos juntos comida mexicana (nomás eso faltaba, estar en una feria de pueblo y comer hamburguesas o hotdogs). Tertulia riquísima a un lado de la alberca del hotel, cervecita, relajación, calor pegajoso. Plática que saltó gozosa de los espantos, la pérdida de los seres queridos a la existencia de las lagartijas besuconas; de la ciencia a San Agustín; de las mamás, de los papás, de los fantasmas de radiosonora, de lo sobrenatural, hasta llegar a los zancudos…¿Qué es más importante, querer o que te quieran? Mis amigos me quieren. Elmer también. Y eso ya es maravilloso. Quererlos yo a ellos es maravilla doble. Y los quiero un chingo.

Sábado, desayuno sobrecogedor, jaja, wafles preparados por Pina la experta, y sabe cuántas cosas más, bellotas y un gusanito que acabó muerto a manos de Guadalupe. Regreso a Cananea, lluvia en el trayecto (“Sonora llovida, tierra consentida de dicha y placer…”). Camino a Imuris… huy, huy, qué miedosa me he vuelto.

En el frontón de la Iglesia de San Fernando de Guaymas dice: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

Y para que esto no sea lo último que en este texto escribo (que se oye como si yo lo dijera), debo decir que Manuel, guaymense a quien sólo de pasadita y por una coincidencia miré y besé casi de reojo en el hotel, me dice que tenía para mí tortillas y queso cocido… hmmm, qué rico

viernes, 4 de julio de 2008

¿Cómo se llama la obra?

--Mujer que llega con bebé y se sienta para usar computadora. Bebé que no desea estar detenido, agitándose en sus brazos. Madre que pone a bebé en piso y se olvida de él; bebé que, a gatas, desconecta computadoras. Usuarios disgustados. posibilidad de bebé electrocutado latente. Madre que duerme a bebé ofreciéndole de su pecho quién sabe qué.

--Perros (3) en el porche de la biblioteca juegan a pelear, fingen que se muerden, se olisquean y ruedan por el piso. Mujer muy guapa que se ve desde la ventana, camina con un perro (otro) hacia la biblioteca. Los perros juguetones se transforman y se lanzan precisos y llenos de furia ladradora sobre el perro –intruso, el cuarto-. Éste, sobresaltado, temeroso, corre hacia la calle y es atropellado; se levanta, se sacude dolorosamente –ja- y se va trotando, remedo de caballo maltratado. Mujer acompañante –o acompañada- entra y pide un vaso de agua por favor porque qué susto, dice, cuánto peligro en las calles… dice que regresará a su casa a ver al perro. Fue mi culpa, sale diciendo casi murmurando, debí encerrarlo, susurra.

--Mujer muy guapa –otra, aunque es la misma pero sin el susto y eso la convierte en otra- vuelve. Habla intermitente, interminable, inigualable, inagotablemente, llena todas las paredes y los libros de sus palabras que hablan de accidentes, muertos, sangre, personas decapitadas, puentes sin usar; me cuenta de su caminar, comenta de los camiones, las calles empinadas, los zapatos de tacón, clases de mecánica, aceite en las uñas, cheques que no ha podido cobrar, bancos en su pueblo… una computadora se desocupa y ella deja de hablar y se pone a escribir, escribir…

--Jóvenes que teclean como si las teclas fueran producto que caducará este día, a esta hora, en este lugar. Imágenes en las pantallas llegan y se van. Los jóvenes también.

--Los abanicos giran, aburridos, no saben qué hacer. ¿No saben hacer qué?

--Personas que entran y vacían sus preguntas. Parece que no les interesa la respuesta: ¿Y las de ISEA no han llegado? ¿Va a venir el Profr. Fulano? ¿Zutanita y Menganita no vinieron? ¿A qué hora se desocupan computadoras? ¿De quién son esos perros? ¿Y ese carro verde es de usted?

--Sólo UNA persona, casi aplaudo, entra y pregunta por un libro. Que NO tenemos. No desea oír de otras opciones literarias.

--Madre que llega con dos niños estrenando celulares de juguete. Insoportable musiquita que hace pensar en geishas robóticas con ojos rojos, azules, parpadeantes…

--Mientras todo esto pasa. O durante este tiempo que en la biblioteca nada pasa sino esto, bibliotecaria supone que lee acerca de “Los viajes en la Edad Media” o que escribe un texto casi chiste que se llama:

Tarde que llega tarde: (Biblioteca atardecida)

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jueves, 3 de julio de 2008

"La incoherencia sólo es un defecto para los espíritus que no saben saltar. Naturalmente, sólo pueden practicarla los espíritus que saben saltar."

Carlos Díaz Dufoo, hijo, en Epigramas y otros escritos
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miércoles, 2 de julio de 2008

¿Fronteras insaciables o melancolía fronteriza?

Yo no sé mucho de fronteras

Cómo pudiera distinguir entonces
entre el amor que duele tanto
o la piel que necesita de tus dedos

Como saber si es que te extraño
tanto
o es demasiada el hambre que a esta hora de la tarde
en esta central de autobuses
de Nogales
tengo

Tanta

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lunes, 30 de junio de 2008

Moon Donna L ru y Do (3)

Llegó el vecino y me pidió que le marcara un número telefónico, tengo que localizar al de las ventanas, así dijo y sacó un arrugado papel de un bolsillo del pantalón… Marqué. El teléfono llamó y el vecino dijo dígale usted de las ventanas, por favor (creo que este “por favor” lo invento)…

- Bueno
- ¿Es usted el señor de las ventanas? –bastante original mi manera de abordar al desconocido oyente, lo sé.
- No, pero me encantaría
- Ooh… entonces, discúlpeme, marqué un número equivocado.
- No cuelgue ¿necesita ventanas, me dice?
- No, en realidad, no es que necesite ventanas, pero ¿usted es?
- Me gusta su voz
- (Silencio)
- ¿De aluminio o de madera?
- ¿Es usted?
- No… pero pudiera, si usted me lo permite
- (Silencio 2)
- Su voz es muy bella
- (Silencio 3)
- Creo que podría aprender el oficio

Río nerviosamente y cuelgo. Con la sensación de que el arrepentimiento no tarda en llegar, con la certeza de que ya me estoy arrepintiendo ¿qué número marqué? No me atreveré a llamar de nuevo ¿o sí? mi vecino dice chingadas madres me dieron mal el teléfono y se va… Yo siento la necesidad imperiosa de tener ventanas, de aluminiodemaderaconcortinasinvidriosredondascuadradas. Imagino ser una gran ventana que necesita un marco…

… Porque su voz lejana. Era tan agradable y cálida. No tanto sus palabras: su voz.

La voz por la voz, no por la palabra. La palabra por el sonido no por el significado. El sonido como parte de lo que nos rodea y nos integra y surge de nosotros y entra y sale como si fuéramos una especie de caracol construido con materia esponjosa. Un espacio lleno de poros que dejan entrar y permiten salir los sonidos, la voz, los suspiros, el ruido de nuestro organismo al funcionar, las quejas del estómago, el susurro rítmico del corazón, el líquido ronronear del cerebro.

Quiero esta noche oír a Yo-Yo Ma, a Bobby Mc Ferrin. Escucharlos juntos. Oh, sí. Eso deseo.

Quiero ser una ventana llena de ventanas por las que puedan entrar todas esas voces lejanas, oir todo lo que no entiendo, ópera, otros idiomas, gozar los sonidos.

Ser una “sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire.” Que es lo que dice un diccionario que es el sonido.

Y así, entrar en ti.
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miércoles, 25 de junio de 2008

El cielo es gris (“parece que va a llover / el cielo se está nublando…” así canta Pedro Infante –la canción es cubana- desde esa primitiva antimateria cerebral de los mexicanos situada a un ladito del hipocampo, casi adentro pero no) y yo trato de escribir el dos… Pero truena y pocos eventos del vital proceso natural me gustan más que los truenos.

“Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas;
oigo lo que se fue, lo que aún no toco,
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.”

Nos dice desde sabe dónde Ramón López Velarde.

… Si hasta la palabra es bella: trú- e- nnnnno. True / No.

True true, true, truetruetruetrue… Y no.

TRUTRUTRUTRUTRUTRU y el cielo quiere venirse cuando oye.


Mundana Ru (2)

Llegaba siempre y como lluvia con algo para regalarnos.

Mi abuela Isabel.

Vivía en Naco, pueblito polvoriento y siempre a punto de desvanecerse, cercano a Cananea, a menos de una hora de distancia por carretera. Gocé sus visitas como parte de mi infancia. Mi abuela contadora de cuentos. Platicante de fantasmas y de muertos. Isabel cocinando melcochas para sus nietas. Isabel bellísima regalándonos su presencia, collares y pulseras que aún atesoro –tal vez para Mariana- y sus caricias. Mi abuela regalándonos la certeza de la Llorona. Ella y mi madre en este diálogo:
- Anoche no pude dormir, oí ruidos en la cocina (mi madre)
- Era tu hermana, siempre viene en las noches a visitarme (mi abuela hablando de su hija, Estéfana, ya muerta)

Hay algo, sin embargo, que me llena como pocas cosas la memoria de alegría. En la noche, cuando se suponía que mi hermana y yo dormíamos y mi padre también ya descansaba, mi madre y su madre, Isabel, llenaban la casa de murmullos, toda la oscuridad se convertía en (sinuosos) senderos susurrantes:

Pude haber llorado en aquel rincón infantil de mi nocturna vida cuando lo inundaban las voces femeninas diciendo misterios, palabras desconocidas, sonidos articulados en idiomas adultos, indescifrables y tan bellos.

Tal vez lloré al escuchar las melodías de esas conversaciones mágicas, de conjuros salpicados de oscuridad, letanías o recetas, leyendas o rezos.

Lloré con mi nocturno llanto porque las palabras ininteligibles que salían de gargantas tan amadas me llenaron de placer el sueño de esas noches niñas, cuando imaginé que hablaban de amores secretos, de personajes oscuros, de la maravillosa vida que ya me inventaba, mientras dormía y dos mujeres hablaban.
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viernes, 20 de junio de 2008

Mundanal ruido 1

Nunca quise aprender o siempre me negué a aprender ¿será lo mismo?

Al vivir en una frontera en la que el inglés era y es parte de la vida diaria, esa negación supuso una decisión tomada desde no sé qué recóndito lugar donde se alojan mis certidumbres: no quería, no quise, me opuse. Nunca tuve para ello, ni tengo, argumentos de tipo social, cultural o histórico. Puro ¿instinto?

Sin embargo y a pesar mío, algo aprendí y sigo aprendiendo. Me gustaba escuchar radiodifusoras gringas, de AZ sobre todo… Escuchar cuando se identifica alguna estación de Bisbee, Sierra Vista, Tucson, Phoenix, me llena de placer auditivo, por el recuerdo. No sé qué dicen, me rehúso a saber, pero el tono de locución y ese transmitir la soledad del que habla desde una cabina, que imagino a oscuras, frente a un micrófono, me estremece, sobre todo si yo estoy oyendo en mi recámara oscura, frente a la enorme noche solitaria. Sintonizaba y oía, la música, las palabras-sonido, sin sentido, así las quise, las quiero. A veces.

Para poder tranquilizarme, gozar la música, las canciones, las prefiero en otro idioma, no en español. Padezco de una enfermedad sin nombre que me hace descuartizar los textos, aún los de las canciones más simplonas. Y en lugar de oírlas me pregunto por qué dijo pan si podía muy bien y mejor hablar de tortillas, cosas así… o pienso en las contradicciones, en las mentiras, en el absurdo que esconden algunas frases como: “De piedra ha de ser la cama / de piedra la cabecera / la mujer que a mi me quiera / me ha de querer de a deveras" (me gusta, eso no obsta para que conste, como dicen... lo siento por las princesas, Pina, que princesas como son no aguantarían un guisante, menos una cama ¡de piedra! y además ¿qué es eso de querer de a mentiras?) o, en el caso opuesto, me maravillo por la poesía, la sabiduría de aquellas, algunas hermosas y coherentes letras… y no oigo la música, no saboreo el ritmo, salvo el de las palabras y para eso está la lectoescritura, si oficializamos el asunto.

Las canciones de los cincuenta y sesenta, desfasadas de mi vida, las oí y las oigo, inventando lo que tal vez nunca quisieron decir en español ni en idioma alguno, construyo historias, modelo arcillosas palabras y oigo lo que quiero decir ¿no es eso una canción? El espejo.

Recuerdo mi dicha al escuchar grabaciones musicales de pigmeos. La maravilla que recibí cuando escuché a Laurie Anderson que hablaba de quién sabe qué y cantaba no sé qué fantasmas que en mi traducción jamás para ella existieron. Caetano Veloso cantando en inglés, aunque quisiera, que no quiero, nada le entiendo, perfecto para una noche terrible. Canciones en francés, qué hermosas, en idiomas africanos, de la India… Todos cantamos. Los seris y los yaquis, los mayos. La búsqueda de los sonidos, el encuentro de un ritmo que nos ayude a latir en este universo nos reconcilia con los porqués y con el cuándo.

sábado, 14 de junio de 2008

Nostalgia secadora

  • Hay tres canciones que me gustan. No, las canciones que me gustan son más, muchísimas más. Estas tres a que me refiero se parecen, pudiera decirse que son tres versiones de un mismo acontecimiento (Tooodas las canciones son versiones de un mismo acontecimiento: la vida… En fin). Sin embargo hay entre ellas matices, colores significativos que no pueden permitir que nos confundamos. Van (fragmentos):

    “Ya la higuera se secó / Ya tiene la raíz de fuera” Ya… es como si llegara lo inevitable, aquello que se nos dijo pasaría más temprano que tarde… “Ya mi prieta no me quiere / Porque ando en la borrachera” qué puede hacer el que canta sino seguir bebiendo, el destino ineludible: la higuera se seca, él bebe, no lo quieren, fatalismo.

    “Y este capiro ya se secó / Teniendo lágua en el pie” El estupor ¿cómo es posible que se haya secado, si está dentro del agua. “Tal vez sus hojas tengan razón / Pero el Capiro...por que” No entender cómo es que llega la muerte, si no estaba escrito, no aún. La oposición ante el fin. (Si yo no hice nada mal, cómo es posible que no me quieran)

    “Ya la enramada se secó / el cielo el agua le negó.” La explicación. Este sí que sabe que a toda causa hay un efecto. “Así tu altivo corazón / no me escuchó.” Se anuncia. Es otra enredadera, ese altivo corazón es lluvia que al no llegar lo secará.

Somos tan iguales, nada nuevo bajo el sol, los mismos temas, aquí y allá. Plantas que mueren, por ley natural de la vida, descuido o quién sabe por qué. Amor que no se entrega, que no es correspondido. Así cante Antonio Aguilar, Gilberto Valenzuela, Miguel Aceves Mejía o Javier Solís, están nostalgiando lo que se tuvo o no, lo que no se desea ya tener, lo que nunca se tendrá, por eso las canciones, a todos, nos dicen tanto. Por eso mismo, hay a quien no le dicen nada.

Pd: No pude evitar, Pina, recordar cuando a Darío le traté de hacer (me esforcé tanto) un trabajo presentable, que comparaba las distintas traducciones a un poema de Safo. La literatura comparada… recuerdo que esos afanes me entusiasmaban.

jueves, 12 de junio de 2008

Jueves de calor.

El sudor es el hiriente color que nos deslumbra. Alguien llora, se le oye desde hace rato… su llanto, infantil, entra por entre las persianas, las mueve ¿o será el vientecillo que intenta refrescarnos?

Imagino las letras derretirse. En realidad el calor no es tanto y el vientecillo es más que eso. Uno puede decir apreciaciones del mundo. (Es jueves, dos niñas juegan y ríen, el viento se lleva el calor un poco más lejos, la tarde es lenta, su caparazón nos mueve sin querer llegar). Nunca decimos lo que es. Lo que es no es. Nada es.

Percepción.

jueves, 5 de junio de 2008

las puertas transparentan
la presencia del murmullo
y nos encuentra
en la fragancia de los calcetines
recién recogidos del huerto
desprendiendo trozos de sol y de aire mañanero

nos encuentra siempre
la vida

jueves, 29 de mayo de 2008

“Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento siempre esté detrás de ti, y la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga en la palma de Su mano.”


Ayer, miércoles 28 de mayo, en Tamaulipas, murió Emilio Izaguirre, amigo queridísimo.

Emilio, cuando supe, todos los pedazos de vida que contigo compartí se me cayeron del cajón donde los había guardado por quién sabe qué razón y por cuánto tiempo y ahora los tengo en los ojos, dándome tu manera de tocar la guitarra y cantar junto a Mirna. Te veo hablándome de filosofía, te oigo hacerme preguntas complicadísimas y sin darme, por fortuna, tiempo a hablar (nunca supiste que fui incapaz de responder con coherencia ¿o sí?). Aún me maravilla tu obsequiosidad, bondad y desprendimiento… no sé qué más decir sin llorar…

Esto te gustaría. Anoche, desmenuzando los recuerdos, me sorprendí pensando: ¡diablos! ¿Ahora cómo le aviso a Humberto?

sábado, 24 de mayo de 2008

"Después, quizá mordiendo un llanto /quedate siempre, me dijiste... /Afuera es noche y llueve tanto... / y comenzaste a llorar..." (Tango "Por la vuelta")
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No un maullido atormentado y desnutrido como a veces. Ni perros ladrando desorbitadamente como en ocasiones los perros –y sólo ellos- ladran. No la pesadilla, ni el bello sueño. No fue un ruido común.
Fue la lluvia.
Abrí los ojos y oí. Llovía.
Sin despertar del todo recordé la ropa tendida y me levanté tibiecita y a tientas, subí la escalera y corrí hacia el baño, abrí la puerta que da al porche trasero y al abrir supe que aunque se llama primavera eventualmente aún es invierno y que uno no puede salir así, desamparada. Entonces regresé por la chamarra, me puse de la misma el gorro y salí para quitar de los tendederos la ropa, que ya estaba algo goteada. La lluvia era tenaz cortina que mojó pronto mis pantunflas rojas aún en la oscuridad. Metí la ropa y la maltendí y colgué donde pude.
Regresé a la cama, miré el reloj: 3:30. Me dormí pensando en mi insensatez.

Eso no se hace.

viernes, 16 de mayo de 2008

“a través de mi llorar y sus siluetas al pato Donald vi.
¡Ay, ay, ay, ay!
el cine triste me haces recordar
¡Ay, ay, ay, ay!
las caricaturas también me hacen llorar

Pongo el disco, (Lisa Ekdahl) apago la luz de la lámpara, me acuesto y cubro con sábana y cobijas. Estoy acostada de lado, hacia la derecha, de frente a la pared. Cierro los ojos y espero dormir. Pero no. La música, como un repentino martillazo de agua instantáneamente me:

· transporta
· coloca
· desplaza
· ubica
· pone
· traslada
· sitúa

En un:

· sitio
· lugar
· espacio
· (a) ubicación

Un cuarto:

· diminuto
· estrecho
· muy alto
· y rosa
· rosa viejo
· con cenefa de encaje negro

Sé que no estoy allí., lo dice mi consciente. Mi inconsciente, en cambio, place en la humedad del cuarto musical.

Mi mano izquierda como si supiera qué hacer –lo sabe- se coloca despacito en mi rostro con la palma hacia arriba (extraña manera estrena mi mano de explotar el tacto, con el dorso) y recorre en un camino de caricia mi nariz y llega, sin irse de la nariz que tanto le gusta, a mis labios, que se entreabren queriendo apresar los dedos que ya no son de mi mano. Entonces veo de quién son los dedos, de quién es esa cálida mano que me camina:

Estás allí mientras bailo sobre la cama y haces que mi mano sea tu mano porque tú estás sentado en la esquina, en una silla, viéndome y es como si tu mano tuviera el don de la ubicuidad y estando en tu brazo también estuviera en este sendero llovido y oscuro de mi rostro. Con tu pierna derecha cruzada sobre la izquierda y fumando un cigarro sin filtro, tus ojos son agujas verdes metiéndose en mi vientre que danza.

No puedo resistirme al llanto. Esta habitación no existe me digo y abro los ojos. Veo entonces la cortina blanca frente a mi cara. Blanca con rombos rojos y amarillos y sobre cada figura geométrica rostros, de personajes de caricatura. No puede ser ¿cómo dejé ir un ataque de melancolía y nostalgia , la onírica certeza de tu presencia y preferí ver:

· al gato silvestre
· piolín
· buggs bunny
· el pato lucas?

Me recrimino que por el dolor haya escapado de la danza que danzaba contigo-para ti en el imposible aparador de la memoria. Me:

· reconvengo
· regaño
· reprocho
· y prometo castigarme

si no estás cuando de nuevo cierre los ojos.

viernes, 9 de mayo de 2008

Paso del Norte 3

“Desde el puente veo la tarde cómo se vuelve una naranja.”
Karla Sandomingo

Por la vía no se puede caminar. Hay letreros que indican que es propiedad privada y etcétera (entonces, no es que no se pueda, no se debe). Muchas personas lo hacen sin embargo. Porque se reduce el tiempo a la mitad y el esfuerzo a la tercera parte.

El tren va y viene (¿Qué todos los trenes van y todos los trenes vienen? ¿A poco?) y el riesgo depende de la velocidad, del oído, del lugar de la vía donde uno se encuentre…

Caminar sobre la vía ofrece premios. Desde allí y por el hecho de que se encuentra a todo su largo en alto, Cananea es un paisaje, dos, tres, muchos, sobre todo si nos detenemos sobre el arco del puente (allí que el tren no te agarre porque), y miramos hacia el norte, todo el barrio de Cananea Vieja, la calle del Puente, las otras callecitas y callejones, las casas tan de pueblo minero y más allá el Cerro de la Cruz, la Fundición, el Grasero, las montañas, la Mariquita, el Observatorio… hasta mi casa desde allí se ve. Si parados allí, sobre el puente volteamos hacia el sur, vemos El Ronquillo, la Mesa Sur, el Cuartel Militar, tantos árboles, y lejos un poco hacia el oeste, los represos, agua muerta, producto de la extracción del cobre, aunque parezca desde allí, del puente, un lejano mar.
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En muchas ocasiones regresábamos a casa después de irnos al baile mi hermana, amigas y yo, por esa calle, la del Puente, solitaria vereda pavimentada, casas oscurecidas, metidas en el sueño, frío la mayor parte de las veces. Entrábamos al puente haciendo ruido, tal vez hasta gritando. Sé que al llegar a la esquina donde doblábamos para subir a la otra calle, la de nuestra casa, justo en ese metro cuadrado, la banqueta estaba hueca, y con nuestros infaltables tacones resonaba el pavimento como en un tablado. Silbábamos aquella melodía de Bonanza (absurda exactitud del recuerdo) y bailábamos jóvenes y bellas. Sobrias, por supuestísimo. Vírgenes, a morir. Felices: ¡a huevo!! (¿webo, güevo, güebo?)

Hoy camino por allí con Mariana, vamos a la panadería, salimos del barrio, pasamos por el puente y ella grita para oírse en el eco. Después nos gusta regresar por allí mismo, repetir los pasos bajo el arco, subirnos a la estrecha banqueta que está a medio metro de la calle por la que los autos caminan, de uno en uno y sólo en una dirección, entrante (esa no es una dirección, al norte sí que lo es). Entrar a nuestro barrio, voltear y mirar el arbolito solitario, arriba, vigilante… Algunas veces, muy pocas, hemos tenido la suerte de pasar por abajo del puente mientras, arriba, el tren, a su vez, traqueteante pasa.

jueves, 8 de mayo de 2008

Paso del Norte 2

Me contó que por allá por 1943, él, junto a otro amigo aproximadamente de su edad, tenían la encomienda dada no sé por quién, de abrir las válvulas del agua de unos hidrantes o algo parecido que estaban uno a cada lado del inicio de la calle, muy angosta, a unos pasos después de cruzar el puente, entrando así a Cananea Vieja.
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La callecita, en ese tiempo de terracería, tenía a ambos costados -¿márgenes, orillas?- casas, la mayoría de madera. En donde actualmente están las banquetas había zanjas, construidas para que el agua de las lluvias corriera por ellas y no inundara las casas. Entonces era así, a determinada hora vespertina, mi papá y ese otro niño que no sé quién fue, abrían cada uno la válvula que le correspondía y los potentes chorros brotaban y llegaban de un lado a otro de la calle e inundaban cada zanja contraria, formando otro puente, éste de agua… ¿y para qué hacían tal cosa? Le pregunto asombrada. Y él, azorado, luego de mirarme buscando en mi rostro la respuesta, dice: para limpiar las zanjas, se acumulaba basura, papeles, piedras a todo lo largo de la calle que estaba y aún está en declive… Luego, casi sin transición a menos que así se llame el tiempo que se toma para mirar un poco alrededor suyo, aparentemente consultando las sombras de su pasado, pasa a decir que una vez, por aquellos mismos años sucedió algo que no vio pero un testigo presencial le contó.
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Muy noche. Estaba un hombre totalmente embriagado, sentado a la orilla de la zanja, con las piernas y los pies metidos en ella y otro hombre con quien tal vez discutía aunque no lo cree porque el briago estaba casi dormido, allí sentado, lo decapitó. La cabeza rodó desde el cuello del borracho hasta la zanja, mi padre piensa que la sangre corrió igual que el agua de la lluvia… tal vez

miércoles, 7 de mayo de 2008

Paso del norte 1

No conozco un puente maravillosamente grande, o levadizo, o antiguo o que arquitectónicamente sea un desafío...

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Pero sí conozco uno que se llama "Paso del Norte" Y éste no une ciudades, tampoco países, ni permite caminar sobre las aguas. Separa barrios y tiene una peculiaridad, si es que así puede llamarse (tal vez no): arriba los trenes, abajo los peatones y los autos, uno por vez. Primero fue de madera y a finales del S. XIX fue construido con los materiales actuales (aunque está fechado en 1907) para transportar en vagones el cobre extraído de la mina. Se aprovechó una pendiente para colocar la vía que llega hasta la estación del ferrocarril. Esta misma pendiente ocasionó, hace años, que un vagón mal trabado o frenado o como se diga que está un vagón de tren sin caminar, se dejara venir o ir (para el caso es igual), desde la puerta de embarque o carga y sin control corrió y corrió mientras toda la gente que vive cercana a la vía trataba, inútil pensamiento, de evacuar, detener, conjurar la tragedia que ya estaba dibujada con todos sus grises colores en la góndola veloz que descendía (“El tren que corría / sobre su ancha vía / de pronto se fue a estrellar / contra un aeroplano / que andaba en el llano / volando sin descansar.”) y que ya casi llegaba a la estación .

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El vagón, cargado de mineral, solo, sin ninguna rienda fue deteniendo su carrera un poco; allí (allá) la vieron venir un padre y su hija que caminaban, tomados de la mano, a un lado de la vía, casi paseaban. El padre logró escapar, no así la niña porque el vagón decidió voltearse justo hacia donde ella, paralizada, lo vio llegar.

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Hace pocos años, se vació sobre la tierra de los lados de la vía, las pendientes del cerro, cemento (como se hace con las manzanas caramelizadas, los plátanos con chocolate congelado). El puente está actualmente pintado de color naranja y arriba, en el centro del arco crece un árbol que parece de película de terror para niños.
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Al cruzar el puente hacia el norte, viniendo del Ronquillo (un barrio, comercial hace cien años, ahora un tanto venido a menos), se entra a Cananea Vieja (en femenino porque el nombre de este pueblo cuando aún no lo era fue "La Cananea"), el barrio más antiguo, alguna vez lugar donde vivían y tenían su comercio los chinos, siempre pobre, barrio obrero y conflictivo. Deja de ser cruce de puente y se convierte en calle, igual de angosta y con banquetas recogiditas, la calle se llama... ¡adivinaste! Calle del Puente y sigue hasta que se acaba luego de dar y dar algunas vueltas un tanto laberínticas.

miércoles, 30 de abril de 2008

“Yo siempre he pensado que la literatura es un fenómeno de tres, es decir el que escribe, el editor y el lector, mi bronca es escribir el libro, la bronca del editor es publicarlo y la bronca del lector es leerla, yo nunca me pongo en las broncas de los otros dos, si me publican bien y si no, no pasa nada” Daniel Leyva

viernes, 25 de abril de 2008

Insaciable el viento
lame toda la humedad.

Como mal amante

a cambio deja
la burla,
la grieta

viernes, 18 de abril de 2008

Confesiones de la mujer invisible

No es que me guste mucho hablar con la mujer invisible, pero no puedo evitar oírla detallar alguna de sus estrategias cuando tengo la desafortunada ocasión de verla. De hecho, escucharla es una actividad que detesto, porque como cree que quiero ser de su condición, me cuenta (aconseja, sugiere, recomienda) cosas como esta:

Es muy fácil –me dice, mirándome desde el repetido y acuoso lugar café lleno de peces muertos que son sus ojos. La eliges muy bien: guapa (o no importa qué tanto tú la veas guapa, eso es discutible y como nadie va con etiquetas que digan su porcentaje de guapura, es cuestión difícil determinarlo) que vista de preferencia vestido –un vestido sencillo pero que permita ver sus piernas- y tacones. Con un gran escote (esto del escote es casi garantía de tu invisibilidad, aunque no sea muy profundo funcionará), con larga cabellera (resulta también con otras cabelleras, cortas por ejemplo, aunque lo ideal es que sea larga y que se mueva mientras ella camina), caderas (también moviéndose) y si tiene nalgas protuberantes, proporcionadas, de pie, triunfo seguro. De manera automática, si te colocas estratégicamente a unos dos metros atrás de ella, te vuelves invisible. Ni hombres ni mujeres sabrán que caminas también en esa acera, nadie te verá, algunos hombres sacarán su cabeza del auto cuando pasen junto a ella, las mujeres cuchichearán y se darán codazos: a ti nadie te verá. Serás la mujer invisible.
Es fácil, repite y se va diciéndome un chiste simplón: “¿Cuál es el colmo de la mujer invisible?" En realidad no sé si se ha ido o es sólo que de nuevo ha dejado de ser visible. Me cercioro de lo último cuando escucho juntito a mi oído: "Que le vean la cara, jajaja…"

martes, 15 de abril de 2008

Daniel Leyva dice: “pienso en ti cada vez que pienso”

Esto, que puede parecer algo exagerado, estrambótico, hiperbólico, extravagante, excesivo, disminuye su rumbo (sé que dirán el rumbo no disminuye, cambia) con un “casi”:

Casi pienso en ti cada vez que pienso

Pienso en ti cada vez que casi pienso

Pienso en ti casi cada vez que pienso

Pienso casi en ti cada vez que pienso

Pienso en ti cada vez casi que pienso

Pienso en ti cada vez que pienso. Casi

Ahora lo absurdo se convierte en esa palabra: “pienso”, alimento para el ganado

¿Y si agregamos un "no"?:

No pienso en ti cada vez que pienso
Pienso, no en ti, cada vez que pienso
Pienso en ti cada vez que no pienso
Pienso en ti. No cada vez que pienso
No, pienso en ti cada vez que pienso

Hice esto mismo agregando “tal vez”, “nunca”, “posiblemente”, “amor”… Esto no es escribir ¿o sí?

Debo leer sin inmiscuirme. Nunca he podido.

Daniel Leyva también dice:

“Pienso en ti cada vez que pienso
Tu nombre se esconde entre mis dientes
Como un pez entre el coral
El color de mis ojos es tu cara
Tu piel ocupa el espacio de mi lengua
Terrespirocomoquetebebocomoqueterrespiro…”

Ni saben la de cosas que se me ocurre hacer. Sobre todo con este último verso. Para mí, a veces, esto es leer.

miércoles, 9 de abril de 2008

Parece carta pero es borrador

Las 12:53 de este día lleno de viento, ventana, ventanal, vendaval, vendimia, ven conmigo, ventila, ventea, ventisca, verdea, versifica y ventisquéame… en este miércoles nueve de abril del cero ocho año… ¿Dónde estarás, allá, cuando esto escribo… allí?

(Allí o allá, yo lloviendo es decir llorando, llegando y yéndome, ya ves, la luna llena, llamando a la llama, llenemos de llovizna el llanto. Ay, la llaga)

El viento es solamente “Corriente de aire producida en la atmósfera por causas naturales”, pero un viento empecinado y pertinaz que llega y se queda por más de tres meses no cabe en esa definición escueta y parca.

Ahora ha traído nubes, hace frío.

Mi padre siempre me ha dicho que el viento es algo serio. Me cuenta que siempre pudo trabajar, con nieve, sol, frío, con lluvia… pero el viento, dice, vuelve loca a la gente, hasta los perros enloquecen bajo las garras descarnadas del aire que se acorrienta y vuela…. El viento se mete a la cabeza, aturde, confunde, uno siente que todo lo hace mal, concluye mi padre.

Y ayer un hombre que siembra habas y tiene algunas vacas me decía que el viento hace que sus depósitos de agua estén llenos, pues los molinos no dejan de dar vueltas… pero el viento no es tan bueno, también me dice, casi susurrando... seca la tierra, se lleva la humedad, arrasa con las flores. Eso me dijo y yo viendo su rostro pensé que el viento agrieta la piel, endurece el cabello, deja los ojos resecos, nos vuelve locos, sí.

Hace días, no se lo achaco al viento (aunque ahora que lo pienso…) ¿conoces el dicho “estoy de un poeta subido”? pues bien, yo no, en todo caso digo que “estoy de un poeta bajado” o algo así, no sé qué me pasa, algo aquí adentrito (tú sí que podrías meter mano para componerlo, estoy casi segura), se me está deshilachando, algo se está haciendo jiritas adentro de mí, húmedas y minúsculas tiras deshiladas, deshabitadas, desoladas serpentinas arrugadas… ya no me uno… me paso los días pensando, deseando, de verdad ansiando escribir...

No corregiré esto porque siento que al quitar, agregar o cambiar, lo que uno quiso decir termina convertido en lo que uno puede querer que los demás lean. Y no siempre coinciden ambas cosas.

Barlovento, sotavento, ventilador, ventosa, ventarrón, ventolera, rompevientos, aventar, lindas palabras…

martes, 8 de abril de 2008

Acertijo (¿hacer tijó?)

cansancio
can
san
cio
(todas las palabras terminadas en cio, cia, cie, se escriben con C)

y es casi lo mismo que cansera (la sinonimia no es perfecta)
can
se
ra
(¿será can?)

Inenarrable cansancio, hastío, fatiga, ausencia de fuerza, tedio, hartazgo, fastidio, aderezado con dolor inlocalizable y deseos de llorar... ¿cómo se llama esto?

viernes, 4 de abril de 2008

Respuesta a un recado- pregunta dejado en este blog en octubre 23 de 2007 (el comentario está en un post de 2006, octubre 13... lo lamento, no lo vi sino hasta ahora y por casualidad):

Marcela, oboista (Alvear): Sí, supongo que puedo asegurar que el Humberto Lavín que buscaste por 20 años es el mismo a quien dedico el poema. En el perfil de este blog está mi correo, puedes escribirme, o en un comentario por favor puedes dejar el tuyo, y yo te digo de Humberto.

lunes, 31 de marzo de 2008

Súplica de la gota:

Estoy aprisionada
en este vaso
cadena transparente
que no permite que corra
cuando cae la lluvia


Ya déjame salir
es demasiado tiempo
sin mirar arroyos

viernes, 7 de marzo de 2008

El país de marzo
En la foto está una niña, de pie. Tendrá tal vez 5 años, no más. Pulcra, lleva un vestido sencillo, a cuadros, retocado en color verde, calcetines con discreto olán, zapatitos blancos algo puntiagudos, no mucho. En su cabeza cabello lacio oscuro, peinado en dos colitas algo paradas a los lados. Su expresión es peculiar, extraña, rara, difícil, no hay sinónimo que diga de lo que su cara expresa. Enojo, quizá. Mira un poco con la cabeza baja y sus ojos hacia arriba, sus labios carnosos están haciendo una mueca parecida a un puchero, parece que ya lloró.

Sin embargo no es eso lo que me detuvo en la foto, sino lo que atrás de la niña hay. Un pequeño librero de madera pintada de blanco. En el librero no hay libros, hay algunos juguetes, fotos (una de las fotos es de la misma niña, sentada en una andadera lo que hace pensar que la tomaron cuando apenas tenía cosa de un año). Y también hay revistas, de algunas se ve el título, son revistas de las llamadas “del corazón”.

Cuando éramos niñas, mi padre compró para nosotras, mi hermana y yo, una enciclopedia (Mi Amigo, creo). Suceso maravilloso que no describiré. Entre sus tomos traía uno de Literatura Universal, mitos, leyendas, cuentos, poemas, fragmentos de novelas y como regalo cuentos en edición de lujo y formato muy grande, Alicia en el país de las maravillas, las mil y una noches ¿y? (no recuerdo). Mi padre y su amoroso cuidado.

Puedo afirmar que lo que primero leí fue esa enciclopedia, una y otra vez, del principio al final y del final hacia ninguna parte. Intercalaba su lectura con las revistas, con las de monitos, “Alarma”, de vaqueros.
En Cananea no había bibliotecas (de lo que así se llamaba no hablaré) y librerías, al igual que ahora, sólo había puestos de publicaciones periódicas que se llamaban pomposamente así. En la secundaria y preparatoria solamente recuerdo haber leído en libros de texto fragmentos de los clásicos, literatura universal en trozos, rompecabezas de los grandes escritores (y fotonovelas “Rutas de pasión” donde me aficioné a los niños de tipo italiano, tan bellos, y a las historias de amor, a sufrir…)

Ya para terminar prepa alguien a quien amé fugazmente (porque sus “ojos verdes como la albahaca”) me regaló un libro, Leonorilda eleva el pensamiento a las alturas, de un pintor, Felipe Orlando, novela ganadora de un premio nacional… Sé, sé que nadie la ha leído (ni siquiera quien me la regaló, de pronto me percato), aunque en ella aparecían (aparecen si alguna vez vuelvo a ver mi ejemplar) personajes extravagantes y hasta entrañables, el viejo que hacía almanaques con tripa de gato para saber del clima, la poetisa de la bacinica de oro, la vía del tren, los vagones… aquel pueblo. Pasó tiempo, no mucho, y me topé con aquel otro libro: El país de octubre, de Ray Bradbury… cuánto lo disfruté, una y dos veces, tres, tal vez cuatro… no más. Lo tengo al alcance de mi mano, a ver si algún día puedo tirarme de cabeza al mundo aquel, de amantes que flotan en las alcantarillas, enanos en el tiempo del espejo.

Esto que cuento fue antes de la academia. Oh, la academia .

Continúa…

jueves, 28 de febrero de 2008

Olvido


Recuerdo claramente el día que vi mi primer alacrán.

El pasado existe porque lo recordamos, leí hace poco en no sé dónde o pensé hace mucho en tampoco sé dónde. Entonces el futuro no existe porque no podemos recordarlo. Igual no podemos recordarlo porque no existe.

En este juego de palabras va resultando que el pasado existe porque lo inventamos.

En verdad que ni siquiera sé si al alacrán lo vi.

Era tarde noche, jugábamos a las escondidas. Frente a nuestra casa había un territorio que ya se fue a la basura, un cerro que hacía que las casas quedaran más debajo de la calle que aún no era calle y en la parte central de esa calle que aún no, había una construcción de tres paredes bajas, de ladrillos y descubierta en la parte superior y que era el lugar donde se depositaba la basura.

Por allí corríamos, bajando y subiendo los cerros. Sé que alguien gritó: ¡un animal! Y todos fuimos como si hubieran pedido un animal y todos lo fuéramos. Era un día caluroso, según invento, y algunos corrían descalzos.

Yo no era ya ninguna niñita, tenía acaso diez años (digo, fui mucho más niñita que eso) y los alacranes formaban parte sólo de mi acervo de animales cuasifantásticos, en este caso de Durango, sitio que sigue siendo parte de mi imaginería particular. Dijeron: allí, tras esas piedras, quítense, los picará, váyanse, corran, miren qué grande… contradictorias instrucciones que impiden recomponer aquella imagen que no sé si estuvo en mi retina alguna vez.

No sé si lo vi pero mi memoria tiene el hecho registrado con el rótulo de: “Día en que vi por primera vez a un alacrán (en vivo, y vivo)”. Tenemos pasado porque somos capaces de inventarlo (véase recordar)

Anhelo recordar mi futuro (¿“Los recuerdos del porvenir”, Elena Garro?). Toma mi mano y léeme las líneas que tal vez algo recuerden de lo que pasará. Échame las cartas, hazme recordar lo que aún no vivo.

Dame tu amor, no dejes que olvide el futuro.

lunes, 25 de febrero de 2008

Esquina lingûìstica


La veo al doblar la esquina. Está parada con otro, no hacen nada, aunque se mueven, pareciera que nerviosos. Caminan en la misma dirección que yo lo hago, aunque ellos avanzan por la acera contraria. Se detienen, otro se les une y continúan. Los miro mientras camino y me doy cuenta de que ella es muy peculiar.

Es una perra.

Blanca, tamaño regular, en su cara, cubriéndole el ojo derecho tiene una mancha negra. Lo que la distingue de otras perras y perros es el ojo que está tras esa única mancha negra en su pelaje blanco… es azul cielo, tan claro que parece blanco; el otro ojo, en cambio, es común, negro o café. Entonces, al mirar, perturba esa extraña percepción bicolor que parece tener, aunque quién sabe.

En la esquina siguiente me detengo para verlos, uno de ellos intenta montarla, parece que con demasiada anticipación porque es rechazado. Entro en una tienda a comprar algo que absolutamente nada tiene que ver con esto y al salir veo que siguen allí, ella y cinco perros, parece que echan a la suerte quedarse con ella, hacen fintas, suben uno primero sus patas sobre su lomo y luego otro, en lo que parece un cortejo tumultuario, no hay violencia sin embargo, no ladran ni accionan como he visto hacer a otros perros, no parecen tene prisa.

Ella no parece darse cuenta de que los perros están allí por sus ¿encantos? La huelen buscando lo que perdieron hace siglos, pero esa perra parece desconocer esas razones, sólo se queda allí, como si no existiera, con su expresión de peluche.

Y me pregunto por qué será que a veces se utiliza la expresión “eres una perra” refiriéndose a una mujer. Lo único que apresuradamente puedo responderme antes de seguir mi camino es: le dicen perra a la mujer que trae tras de sí a hombres que la siguen como perros, babeando. Y con sólo una cosa en ¿mente?

Ouch, què dije.

viernes, 22 de febrero de 2008

Matutino almíbar

Mariana, Mariana, amorcito, buenos días… susurro y quito el edredón. En la penumbra, Mariana no se mueve, veo la respiración tranquila, el rostro profundamente dormido, su belleza.
Canto un pedazo de canción, casi siempre la invento, pero alguna otra vez es del folclor mexicano, las mañanitas, la cucaracha, la llorona… y quito una cobija. Mariana se mueve, es queja y ronroneo el suyo.
Tomo una de sus manos, que no puedo evitar decir que es una tibia paloma amodorrada y la pongo despacio sobre su rostro… ¿qué es esto? –pregunta la mano. Es la nariz más hermosa de entre todas las narices del mundo, contesta también la mano, mientras ayudada por mis dedos recorre el rostro y toca los labios ¿y esto, qué es? Es una boca, y es perfecta, dice la mano haciendo cosquillas ¿qué no ves?
Mar, Mar, digo acercándome a su mejilla dulce… y quito la última cobija. Siento que a mí llega el calor que guardaba, dulce y perfumado. Quiero acostarme también y cubrirnos ambas con todas las cobijas del mundo (exagero) y dormir en esta fría mañana de invierno. Ella se retuerce, ay, qué frío murmura, intentando cubrirse de nuevo. Levántate, amor, ya es hora. Con una condición, me dice repentinamente despierta: hazme reír ¡diez veces!
¿Qué, me ves cara de payaso?... primera risa
Hago cosquillas leves en su cuello, se carcajea – esa contó por cuatro, digo
Dos, me dice. Cuatro, insisto. Ni tú ni yo, tres – es buena para regatear.
Le doy besos ruidosos en su ombligo, trata de cubrirse, mueve pies y manos, casi luchamos, pero su risa la vence… ufff, dice al fin, ya sólo faltan dos (buena para contar, sumar, restar).
Dame tu pie, le digo ¿para qué? Cautelosa. Para que estés con un pie despierto ya. Aunque duda, decide sacarlo de la cama, cosa que aprovecho para tomar el otro y acercarme a sus rodillas para cosquillearle con mis manos. Tramposa, mamá tramposa, dice retorciéndose. Su risa escandalosa no deja imaginar cuán metida en el descanso nocturno estuvo apenas hace ¿cinco minutos, menos? Hasta parece que todo esto lo invento.

Pero no.

miércoles, 20 de febrero de 2008

“Cansado del cerezo,
cansado del mundo entero,
me siento frente al turbio sake
y al arroz negro.”
Matsuo Bashō

Casi, casi no puedo. El planteamiento me asombra. Ocho cosas que deseo hacer antes de morir. ¿Antes de? Todas las cosas que deseo hacer espero hacerlas antes, después no creo que se pueda…

Cuanto tuve unos 15, 16 años pensaba que podía vivir por lo menos 10 años en París, irme a Jalapa, trabajar en Tijuana, correr como el guepardo, moverme como la carabela portuguesa, cantar. Ni modo de pensar lo mismo, ya no puedo.
Me parece que es algo así como plantearse la última cena del condenado a muerte. Difícil situación ¿qué pedir: vino, cerveza, agüita? ¿coger, comer, correr?

He escuchado decir: “no me quiero morir sin antes ir a conocer al Papa”… o tajantemente afirmar: “no me voy a morir sin tener una camioneta tal y tal, roja” Como ya lo dijo el poeta, mis deseos no son de esos.

Uno, a fin de cuentas desea o quiere hacer cosas para vivir. Pensando en eso, todo lo que se pueda hacer, hay que hacerlo con ganas, porque sin ellas es como hacer para la muerte (hasta parezco libro de superación personal, chin, chin)

Puedo hablar de lo que quiero seguir haciendo de ahora hasta mi muerte (huy!): amar, agradecer y disfrutar ser amada, no hacer daño (menos a sabiendas), comer duraznos, higos, guayabas y chilaquiles, leer con placer hasta el final (doble huy), lo que sea… ¡escribir! también lo que sea y también placerosa como he hecho siempre. Creo que ocho y muchas más veces quiero seguir viviendo. Casi me parezco al anciano moribundo de aquel cuento excelente de Inés Arredondo, “La Sunamita” a quien el deseo, la lujuria revive una y otra vez. A él pudo preguntársele: ¿qué cosa deseas hacer antes de morir?

Ah, quiero, antes de morir, decir todas las groserías que siempre quise y mandar a chingar a su madre a algunas personas (siempre y cuando después me muera porque no quiero soportar reproches ni revanchas, je) Y decir lo que en el párrafo anterior no dije (la idea de que Santiago lo lea me cohíbe, aunque debo reconocer que no mucho ni siempre)…

Esto lo he escrito a punto de la carcajada lacrimosa, por sugerencia de Sylvia y quiero manifestar mi invitación para que escriban sus ocho cosas que desean hacer antes de morir, a Pina, Elmer, Navomar, Sylvia Teresa, Mari, Buch, César, Lenin. De ninguna manera es obligación, jajaja, no me imagino obligándoles ¿y cómo?
-
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Pd: Si puedo decirlo -estoy pudiendo- y como cosa que quiero hacer, aunque no es tal: una casita junto al mar ¿se puede?

lunes, 18 de febrero de 2008

Toco madera
dijiste

y asì

me quitas de encima
la posibilidad
estorbosa
del reencuentro

viernes, 15 de febrero de 2008

Instante preciso de la nieve
Se llama nieve y es agua helada que se desprende de las nubes en cristales sumamente pequeños, los cuales, agrupándose al caer, llegan al suelo en copos blancos. Copos que si no fuera por la ventana que está frente a mí, atrás de la computadora, formando parte de la pared, podría tocar: caen a menos de 2 metros. Caen y caen, plumas que se desvanecen tocadas por un airecillo que las hace danzar en leve pendiente del oeste al este. Son de un blanco contagioso, las cosas y personas se van poniendo del mismo color a su paso. Los autos parecen, los que van hacia el este, ser empujados por ese ánimo blandito y blanco; los que van hacia el oeste son salmones empujando las líneas punteadas que cubren el espacio blanco que antes era gris.
Suspende casi el corazón su trabajar para mirar, hundirse en los cristales que se derrumban, pedacitos congelados de nubes…

jueves, 7 de febrero de 2008

Te encontraré cuando la lluvia
convertida en charco sucio
empiece a evaporarse

sábado, 2 de febrero de 2008

Mentiras y qué más

Sólo hay de dos: lo real y lo ficticio. Sólo el decirlo me da miedo y risa y ganas de llorar, dormirme para siempre, nunca, dormir nomás.
Cómo saber qué es lo uno y qué lo otro. Tanta saliva, tinta, cuánta para no saber decirlo.
Ojos, tú eres una ficción.
Eres una realidad que no palpo, no puedo comprobarte.
Eres tan real, sin embargo, que he tenido tus labios y tu lengua, he olido tu piel en la oscuridad.
Soy ficticia, tú lo sabes. Yo apenas lo adivino, pero me he dado a ti en el borde mismo de la frontera que divide al estar e imaginarse.

jueves, 31 de enero de 2008

Decires

Me dijo: No es ni feo ni guapo

Le dije: ¿Qué? Porque esas declaraciones contundentes yo no las entiendo

Ella dijo: Te explicaré lo primero: no es orejón, narigudo, panzón, chaparro, verrugoso, ni molacho, no tiene el pelo seboso, ni los ojos torcidos…

Yo dije: ¿Y lo de guapo? –para terminar de entender

Respondió: Eso es más fácil: No es alto, no tiene ojos profundos, ni verdes, ni negros, menos grises, su cabellera no es abundante y sana, su dentadura no es deslumbrante, ni sus labios hermosos, su sonrisa no es maravillosa, ni su cuerpo esbelto… o quién sabe

Pregunté: ¿y entonces por qué lo eliges?
Ella me dio una larga, larga respuesta:

En las mañanas, todas las mañanas, salgo de mi casa a trabajar y en las tardes, todas las tardes, regreso a mi casa. A veces veo gente extraña, común, jóvenes, viejos, niños, a veces no veo nada (estas veces es porque no deseo hacerlo), En ocasiones camino con la cabeza gacha –se oye triste, lo sé, pero no lo es-. Hay días en los que me sorprendo caminando con la cabeza erguida, mirando hacia el frente –parece algo muy vivaz, feliz, pero no necesariamente lo es. Camino para llegar, solamente (me han dicho que habría otras razones para hacerlo, que otros las tienen, no me importa, yo voy a lo que voy: a llegar)

Aquí me acomodo un cojín bajo el codo que sostiene al antebrazo que a su vez es sostén de la mano en la que apoyo mi mejilla derecha mientras escucho la explicación del por qué se elige a uno y no a otro hombre:

Alguien me saluda y puedo responder o no al saludo, depende de lo desprevenida que tal acción me encuentre. La rutina es una alfombra descolorida en la que piso a diario; ocurren hechos que se salen de lo común y yo los veo, participo o no, autos vienen, autos van, llueve, hay sol, viento, polvo, frío y calor. Yo voy a trabajar y vuelvo del trabajo. Esa es mi vida fuera de casa.

Era.

Hace más o menos dos meses me di cuenta de que él allí estaba. Lo vi en el parque un viernes, sentado, sólo sentado, viéndome, y me di cuenta de que un día antes y dos y la pasada semana y tal vez la anterior había estado allí, en esa misma banca, viéndome. Me tropecé con esa certeza y decidí ya no pasar por el parque.
Pero me encontró y lo vi en la calle del oeste y cuando vine por el este allí estaba. Estaba siempre, sentado, de pie, recargado, solo, con amigos, a pie, en auto… tuve que aprender a verlo.

Y aprendí a detectarlo antes de verlo.

-¿Es joven? –alcancé a preguntar…

Como 40, me dijo

-Pero… ¿es joven? Pregunté de nuevo

No sé, me dijo. Y prosiguió:

Pudimos haber seguido así por mucho, mucho tiempo. Ya sabes que a mí ese barranco que se llama tiempo no me atrae ni para tirarme de cabeza, ni para resbalar, asomarme, ni para volar papalotes, vaya, ni tirar basura
Pero ayer. Fue diferente. Él estaba sentado en una barda muy baja que hay en un negocio, hablaba con otros hombres y reían. Quise bajarme de la acera, alejarme y no pude, no te daré detalles técnicos del porqué, autos, gente, aturdimiento, pero de verdad no pude sino tener que pasar. Pasé por allí, tratando de volverme hormiga, avión, fantasma. Nada de esto ocurrió, ya sabes, la vida no regala sino lo que uno no desea, lo demás nos lo vende.
Pasé y sentí su rostro entre mis muslos, esa era la altura que la barda le obsequiaba. Me recuperé y continué aunque sentí caminando tras de mí algo leve y fresco, como una sombra. Era él, me alcanzó sin apurarse y cuando estuvo justo caminando junto a mí, se agachó y en mi oído izquierdo derramó la vida que me ha tenido desde entonces palpitando

-¿Te escupió en la oreja?-bromeando pero no del todo, porque me asustó la posibilidad de que una decisión esté basada en vida derramada adentro de un oído.

Me dijo que él le dijo:
Hueles a vulva recién lavadita… Déjame ensuciarte

Y lo he dejado

Eso dijo.

miércoles, 23 de enero de 2008

Adivinanza: “Quiero que me traigas un mundo,
y dentro del mundo,
el mar.”

Vi con claridad cómo (y/o cuando) los ojos se les derramaron sobre Cristila. Tuvieron razón, así pensé y hoy, luego de años de aquello, todavía pienso. Cristila, joven, francesa, cabellera espesamente oscura, cuerpazo (alta, curvosa) y con bikini minúsculo era bastante mirable.

La idea pareció disparatada, convocan a poetas en una isla, me dijiste un día al encontrarnos por casualidad en una esquina, en cualquier calle, en dónde. Luego de todas las exclamaciones y preguntas posibles dijiste que me llamarías para informar. No lo creí y tampoco tú, claro… pero nos sorprendiste (a ti y a mí) unos días después llamándome: Nombre de la isla: Carrizos rojos, evento: “abrazar a las rocas”. Días: tal y tal, manera de llegar, tol y tol. Convocan: fulanitos y zutanitos… Nos fuimos. Ismael, Pedro, Leopoldo (que eres tú) y yo.

Íbamos pertrechados de lo pertinente. Lo que siempre hay que llevar a una isla lo llevábamos. Hasta la certeza de la poesía. Eso creíamos.

Luego conocimos a Cristila. Aunque para no faltar a la verdad desde el día que llegamos conocimos a todos y todos nos conocieron, porque estábamos en una isla, en el mismo pedazo de isla, aunque en campamentos diferentes y tuvimos que vernos cada quien a todos los demás (“Cuatro gatos en un cuarto cada gato en un rincón cada gato ve tres gatos adivina cuántos son.”) desde el desembarco (¿cómo se dice bajarse de una panga: desempangar? ¿Aterrizar es sólo cuando se viene del cielo?) A menos que alguien haya llegado con los ojos cerrados que creo ya es muy tarde para preguntar, no miento. Nos conocieron y conocimos.

Puedo decir y contar (inventar, fabular, conjeturar) de todo lo que en aquellos días se vivió. Quiero, sin embargo, hablar sólo de Cristila. En realidad no de ella sino de todos los que no éramos ella (y qué bueno, porque la diversidad y esos consuelos). Ismael y Pedro se volcaron en halagos y en intentos nada discretos para propiciar algún acercamiento. Leopoldo (tú) fingiste indiferencia.

Había una asombrosa diferencia entre el número de hombres y de mujeres (¿debo decir que no había igualdad de géneros?). Ejemplificando con nosotros, que ya dije quiénes tres y yo, así era la desproporción en aquel, pedazo de Carrizos rojos. Y si continúo con términos seudoestadísticos puedo afirmar que el 88.36% de las hormonas masculinas corrían, nadaban o volaban en pos de los favores de cristila. Esa es una frase muy desafortunada porque pareciera que se otorga limosna. La mujer no obsequia favores, elige a quién darse y de quién recibir –no siempre coherentemente, hay que decirlo… pero ¿favores? A otro perro con ese hueso, a otro oído con ese cuento, a otra piel con esa caricia…. En fin-

Los favores de Cristila, en eso estaba. Hasta serenatas le llevaron, que hacer eso en una isla, un pedazo de mundo ensartado en agua salada, es como serenatear a todos los isleños temporales (si quisiéramos divagar, diríamos que todos somos isleños y todos estamos de manera temporal o transitoria o de paso y si así vamos, todos sobre tierra rodeada de mar).

Estaba infectado de poetas este pedazo a que me refiero constantemente, así que le llovieron en su milpita (otra pero ahora muy afortunada y tierna frase en la que no abundaré) los poemas a nuestra cristila. Su respuesta se paseó desde la indiferencia al desdén, pasando por el aburrimiento. Así que las metáforas fueron y vinieron como lo hicieron y espero que aún lo hagan las olas que nos cercaron durante cinco días.

Yo vi, con estos ojitos que algún día se han de comer los gusanos (¿qué es esto, con qué otros ojos puede uno ver, si no es con los suyos?, cualquier otra afirmación es poesía, puro invento… ¿ganas?). Vi que Cristila nunca, a ninguno de los ardientes isleños pasajeros, elegiría.

Y ahora me dices, me cuentas, me tratas de envolver contándome aventuras con mujeres fabulosas, que tú fuiste el elegido. Que esto que me dices no lo supieron nunca ni Ismael ni Pedro.
Yo del destino no sé mucho y no entiendo por qué, luego de tanto tiempo vengo a toparme contigo en esta esquina de ningún lado, lugar sin nombre al que tienes harto con tus desplantes. Te lo diré porque quiero irme y dejarte saboreando esto que tal vez imaginé.

¿Será ficticio mi recuerdo? (entonces no es recuerdo): Cristila, con su bikinito y su poco español, embarraba su desprecio hacia lo masculino con tanto donaire en aquella islita plagada de poetas porque no llegó sola (veo tu desconcertado rostro) y cada noche, desde la primera yo la vi. Díselo a Pedro, él le dirá a Ismael. Seguro encontrarán en la información consuelo. No me estoy riendo. Sólo te lo digo, mira, estoy seria: ¿recuerdas el poema hermoso aquel que hablaba de los pelícanos que desfilaban? Sí, de Mirta, compañera sentimental de Cristila y que de seguro le cubría las orejas con su cabellera pelirroja cuando las serenatas desentonaban llenas de arena y jejenes. Mirta que escribía mejores poemas que la mayoría de candidatos que nunca lo fueron. En fin, Leopoldo antes querido, ya sabes, no vayas por allí diciendo, no mientas si pudiera haber testigos. No me burlo, ni lo pienses. Somos islas, recuérdalo.


Pd: Respuesta: ¡El coco!

lunes, 7 de enero de 2008

Yo siento pena por él porque no te tuvo adentro y el mar ni siquiera se imagina que estás muerto. Pero no te tuvo adentro y ni siquiera imagina que estás muerto. Siento pena por el mar.

viernes, 4 de enero de 2008

Por el rabillo constantemente veo sombras que pasan insectos oscuros moviéndose
He platicado esto preocupada (aunque no mucho) y me dicen que no es nada que imagino cosas que los lentes que mis ojos sin embargo sigo viendo cómo la vida me pasa al lado o los recuerdos o lo que aún no llega lo que tal vez no vendrá nunca sino como animalito sin luz moviéndose con cautela para que yo no lo vea pero asegurándose que lo mire siempre