Ositos
“tres ositos en la cama y el pequeño les gritó:
no quepo, háganse a un lado,
los demás se movieron
pero uno se cayó…”
canción infantil
Fue difícil desde el primer día, la primera noche digo. Cómo dormir, cómo acostarse, posición, lugar… Esa misma noche despertó sofocada, era mucha, demasiada piel al lado suyo y enfrente, atrás… con cuidado para no despertar a nadie, se movió, quiso destaparse, no pudo hacerlo. Fue su decisión dormir en medio.
Sólo una cama, cómo decir no a quien pide cobijo por una noche, dos, poquito tiempo mientras me ubico, la sonrisa mentirosa luego de hablar por largo rato hasta que no se pudo soslayar más el tema. Los celos. El drama. O casi.
Acostaditos los tres, el Humito hacia la orilla, la invitada a la pared, Lía en medio. No puede evitar recordar aquella canción infantil, los nervios traen la carcajada fuera de lugar a su boca.
Ya dormidos, o no. Las manos se mueven, las piernas cambian de posición, la cobija nos calienta, se habla en sueños, se pide. Se da.
El despertar. Nadie quería eso y cómo salir de los engranes, que los llevan arriba, abajo, encima, a un lado, con manos, la boca, las lenguas que se reconocen, el camino tantas veces caminado.
Aquello no podía durar ¿qué se hicieron todas las horas de conversación que antes Lía y el Humito disfrutaban? Con la invitada se acabaron.
A la invitada no le gustan los hombres, siempre lo ha dicho como tarjeta de presentación, pero ha descubierto que la piel de ese hombre en particular se siente diferente, es suave, es dulce, casi es como la de Lía, quien al percatarse de este ajeno reconocimiento, se sorprende inundada por el ardor de los celos y recuerda el montaje aquel que hicieron cuando él insistió tanto para que fuera ella, la invitada, quien cerrara el acto mordiendo una naranja, devorando, le dijo: quiero que la ataques y que al morderla, su jugo te chorree por el rostro y tu cuello, lo recuerda excitado al describir cómo los pequeños dientes harían trizas la piel cítrica y la lengua lamería las gotas que habrían brotado después de la feroz embestida, esa lengüecita… oh, sí, lo recuerda, aventó los celos a la basura tan rápido como aparecieron (o eso creyó, oh). Pero esa lengüecita ahora le hace daño, a Lía, a quien persiguió tenazmente sin nada conseguir. Y ahora, que puede tenerla, compartida, la lastima. El Humito tiene su explicación, los celos le ha dicho, de no tenerla para sí sola… Pero todos, los tres están ahogándose en los turbios arroyos de los celos. El humito cuando se baña cree que ellas harán qué cosa mientras él se pone jabón caliente en su imaginación. Lía mastica por horas la sensación de que la invitada y él se hacen uno cuando ella sale a trabajar
Fue hasta mucho después cuando se dieron cuenta de que ya no estaban solos, de que el precio no querían pagarlo. Entonces se escondieron para hablar, se miraron a escondidas, se citaron en otras partes para poder besarse con sólo dos bocas y dos lenguas y reencontraron aquel amor que se les había extraviado.
Ahora no saben qué hacer con la invitada, tendrán que decírselo ¿correrla? ¿Echarla afuera, a los perros, a la calle nevada? No seas melodramática, dice el Humito, pero tampoco él se atreve.