Para Omar, bibliotecario
“Te diré un secreto –continuó, mientras caminaba junto a ella-. Hay una sola cosa en el mundo que me da miedo.
-¡Y cuál es? –preguntó Dorotea-. ¿El granjero Mascón que te hizo?
-No –replicó el espantapájaros-. Una cerilla encendida.”
El mago de Oz, L. Frank Baum
Igual, supongo, podría responder un libro, ni modo que de quemazones no sepa, enterado como está de incendios, intolerancia y miedos (que es lo mismo). Un libro sabe, más que un espantapájaros (que, además, tiene la cabeza rellena de paja, como sabemos), lo que es la combustión, la historia, la ignorancia, cómo es que las llamas crecen, cómo alimentamos hogueras con papel…
Pero si yo fuera un libro, que nunca lo seré, y no sé si decir: afortunadamente, o por desgracia, temería si no igual que al fuego, sí de una manera muy cercana, al agua.
Al agua que moja y devora la tinta, al agua que convierte en pulpa al papel.
A la lluvia temimos por estos últimos tres días. Un ruido tremendo, que sonó a golpe, porrazo, quebradura, caída, desastre, nos gritó que algo había ocurrido en los techos de esta biblioteca. Visitas de expertos en techos, escaleras, y el anuncio, desde el viernes: “si llueve se va a meter toooooooda el agua”, nos dijeron. La rotura de lámina ubicada encima del depósito de libros, del centro de cómputo, de los archivos. Nada hicimos porque nada se podía hacer. Sólo pensar en los libros flotando, hundidos, nadando, naufragados en la lluvia de este verano.
Lunes: láminas nuevas, martilleo, deshacerse de lo roto, desgastado, viejo, y muerto. El anuncio: “ya quedó listo”
Y a pesar de los truenos, de las nubes negras y gordas, de las lloviznas que son precursoras de, no llovió. No cae el agua. Nada nos moja.
Ahora, como no soy un libro, desgraciadamente, o por fortuna, mi temor es que no llueva. Y saldré a las calles de mi corazón a cantar, a pedir porque la lluvia, a bailar para que el agua vuelva.
Pd: Mariana me ha pedido por tercera ocasión que lea para ella El mago de Oz. No quiero saber por qué le gusta tanto.