jueves, 31 de enero de 2008

Decires

Me dijo: No es ni feo ni guapo

Le dije: ¿Qué? Porque esas declaraciones contundentes yo no las entiendo

Ella dijo: Te explicaré lo primero: no es orejón, narigudo, panzón, chaparro, verrugoso, ni molacho, no tiene el pelo seboso, ni los ojos torcidos…

Yo dije: ¿Y lo de guapo? –para terminar de entender

Respondió: Eso es más fácil: No es alto, no tiene ojos profundos, ni verdes, ni negros, menos grises, su cabellera no es abundante y sana, su dentadura no es deslumbrante, ni sus labios hermosos, su sonrisa no es maravillosa, ni su cuerpo esbelto… o quién sabe

Pregunté: ¿y entonces por qué lo eliges?
Ella me dio una larga, larga respuesta:

En las mañanas, todas las mañanas, salgo de mi casa a trabajar y en las tardes, todas las tardes, regreso a mi casa. A veces veo gente extraña, común, jóvenes, viejos, niños, a veces no veo nada (estas veces es porque no deseo hacerlo), En ocasiones camino con la cabeza gacha –se oye triste, lo sé, pero no lo es-. Hay días en los que me sorprendo caminando con la cabeza erguida, mirando hacia el frente –parece algo muy vivaz, feliz, pero no necesariamente lo es. Camino para llegar, solamente (me han dicho que habría otras razones para hacerlo, que otros las tienen, no me importa, yo voy a lo que voy: a llegar)

Aquí me acomodo un cojín bajo el codo que sostiene al antebrazo que a su vez es sostén de la mano en la que apoyo mi mejilla derecha mientras escucho la explicación del por qué se elige a uno y no a otro hombre:

Alguien me saluda y puedo responder o no al saludo, depende de lo desprevenida que tal acción me encuentre. La rutina es una alfombra descolorida en la que piso a diario; ocurren hechos que se salen de lo común y yo los veo, participo o no, autos vienen, autos van, llueve, hay sol, viento, polvo, frío y calor. Yo voy a trabajar y vuelvo del trabajo. Esa es mi vida fuera de casa.

Era.

Hace más o menos dos meses me di cuenta de que él allí estaba. Lo vi en el parque un viernes, sentado, sólo sentado, viéndome, y me di cuenta de que un día antes y dos y la pasada semana y tal vez la anterior había estado allí, en esa misma banca, viéndome. Me tropecé con esa certeza y decidí ya no pasar por el parque.
Pero me encontró y lo vi en la calle del oeste y cuando vine por el este allí estaba. Estaba siempre, sentado, de pie, recargado, solo, con amigos, a pie, en auto… tuve que aprender a verlo.

Y aprendí a detectarlo antes de verlo.

-¿Es joven? –alcancé a preguntar…

Como 40, me dijo

-Pero… ¿es joven? Pregunté de nuevo

No sé, me dijo. Y prosiguió:

Pudimos haber seguido así por mucho, mucho tiempo. Ya sabes que a mí ese barranco que se llama tiempo no me atrae ni para tirarme de cabeza, ni para resbalar, asomarme, ni para volar papalotes, vaya, ni tirar basura
Pero ayer. Fue diferente. Él estaba sentado en una barda muy baja que hay en un negocio, hablaba con otros hombres y reían. Quise bajarme de la acera, alejarme y no pude, no te daré detalles técnicos del porqué, autos, gente, aturdimiento, pero de verdad no pude sino tener que pasar. Pasé por allí, tratando de volverme hormiga, avión, fantasma. Nada de esto ocurrió, ya sabes, la vida no regala sino lo que uno no desea, lo demás nos lo vende.
Pasé y sentí su rostro entre mis muslos, esa era la altura que la barda le obsequiaba. Me recuperé y continué aunque sentí caminando tras de mí algo leve y fresco, como una sombra. Era él, me alcanzó sin apurarse y cuando estuvo justo caminando junto a mí, se agachó y en mi oído izquierdo derramó la vida que me ha tenido desde entonces palpitando

-¿Te escupió en la oreja?-bromeando pero no del todo, porque me asustó la posibilidad de que una decisión esté basada en vida derramada adentro de un oído.

Me dijo que él le dijo:
Hueles a vulva recién lavadita… Déjame ensuciarte

Y lo he dejado

Eso dijo.

miércoles, 23 de enero de 2008

Adivinanza: “Quiero que me traigas un mundo,
y dentro del mundo,
el mar.”

Vi con claridad cómo (y/o cuando) los ojos se les derramaron sobre Cristila. Tuvieron razón, así pensé y hoy, luego de años de aquello, todavía pienso. Cristila, joven, francesa, cabellera espesamente oscura, cuerpazo (alta, curvosa) y con bikini minúsculo era bastante mirable.

La idea pareció disparatada, convocan a poetas en una isla, me dijiste un día al encontrarnos por casualidad en una esquina, en cualquier calle, en dónde. Luego de todas las exclamaciones y preguntas posibles dijiste que me llamarías para informar. No lo creí y tampoco tú, claro… pero nos sorprendiste (a ti y a mí) unos días después llamándome: Nombre de la isla: Carrizos rojos, evento: “abrazar a las rocas”. Días: tal y tal, manera de llegar, tol y tol. Convocan: fulanitos y zutanitos… Nos fuimos. Ismael, Pedro, Leopoldo (que eres tú) y yo.

Íbamos pertrechados de lo pertinente. Lo que siempre hay que llevar a una isla lo llevábamos. Hasta la certeza de la poesía. Eso creíamos.

Luego conocimos a Cristila. Aunque para no faltar a la verdad desde el día que llegamos conocimos a todos y todos nos conocieron, porque estábamos en una isla, en el mismo pedazo de isla, aunque en campamentos diferentes y tuvimos que vernos cada quien a todos los demás (“Cuatro gatos en un cuarto cada gato en un rincón cada gato ve tres gatos adivina cuántos son.”) desde el desembarco (¿cómo se dice bajarse de una panga: desempangar? ¿Aterrizar es sólo cuando se viene del cielo?) A menos que alguien haya llegado con los ojos cerrados que creo ya es muy tarde para preguntar, no miento. Nos conocieron y conocimos.

Puedo decir y contar (inventar, fabular, conjeturar) de todo lo que en aquellos días se vivió. Quiero, sin embargo, hablar sólo de Cristila. En realidad no de ella sino de todos los que no éramos ella (y qué bueno, porque la diversidad y esos consuelos). Ismael y Pedro se volcaron en halagos y en intentos nada discretos para propiciar algún acercamiento. Leopoldo (tú) fingiste indiferencia.

Había una asombrosa diferencia entre el número de hombres y de mujeres (¿debo decir que no había igualdad de géneros?). Ejemplificando con nosotros, que ya dije quiénes tres y yo, así era la desproporción en aquel, pedazo de Carrizos rojos. Y si continúo con términos seudoestadísticos puedo afirmar que el 88.36% de las hormonas masculinas corrían, nadaban o volaban en pos de los favores de cristila. Esa es una frase muy desafortunada porque pareciera que se otorga limosna. La mujer no obsequia favores, elige a quién darse y de quién recibir –no siempre coherentemente, hay que decirlo… pero ¿favores? A otro perro con ese hueso, a otro oído con ese cuento, a otra piel con esa caricia…. En fin-

Los favores de Cristila, en eso estaba. Hasta serenatas le llevaron, que hacer eso en una isla, un pedazo de mundo ensartado en agua salada, es como serenatear a todos los isleños temporales (si quisiéramos divagar, diríamos que todos somos isleños y todos estamos de manera temporal o transitoria o de paso y si así vamos, todos sobre tierra rodeada de mar).

Estaba infectado de poetas este pedazo a que me refiero constantemente, así que le llovieron en su milpita (otra pero ahora muy afortunada y tierna frase en la que no abundaré) los poemas a nuestra cristila. Su respuesta se paseó desde la indiferencia al desdén, pasando por el aburrimiento. Así que las metáforas fueron y vinieron como lo hicieron y espero que aún lo hagan las olas que nos cercaron durante cinco días.

Yo vi, con estos ojitos que algún día se han de comer los gusanos (¿qué es esto, con qué otros ojos puede uno ver, si no es con los suyos?, cualquier otra afirmación es poesía, puro invento… ¿ganas?). Vi que Cristila nunca, a ninguno de los ardientes isleños pasajeros, elegiría.

Y ahora me dices, me cuentas, me tratas de envolver contándome aventuras con mujeres fabulosas, que tú fuiste el elegido. Que esto que me dices no lo supieron nunca ni Ismael ni Pedro.
Yo del destino no sé mucho y no entiendo por qué, luego de tanto tiempo vengo a toparme contigo en esta esquina de ningún lado, lugar sin nombre al que tienes harto con tus desplantes. Te lo diré porque quiero irme y dejarte saboreando esto que tal vez imaginé.

¿Será ficticio mi recuerdo? (entonces no es recuerdo): Cristila, con su bikinito y su poco español, embarraba su desprecio hacia lo masculino con tanto donaire en aquella islita plagada de poetas porque no llegó sola (veo tu desconcertado rostro) y cada noche, desde la primera yo la vi. Díselo a Pedro, él le dirá a Ismael. Seguro encontrarán en la información consuelo. No me estoy riendo. Sólo te lo digo, mira, estoy seria: ¿recuerdas el poema hermoso aquel que hablaba de los pelícanos que desfilaban? Sí, de Mirta, compañera sentimental de Cristila y que de seguro le cubría las orejas con su cabellera pelirroja cuando las serenatas desentonaban llenas de arena y jejenes. Mirta que escribía mejores poemas que la mayoría de candidatos que nunca lo fueron. En fin, Leopoldo antes querido, ya sabes, no vayas por allí diciendo, no mientas si pudiera haber testigos. No me burlo, ni lo pienses. Somos islas, recuérdalo.


Pd: Respuesta: ¡El coco!

lunes, 7 de enero de 2008

Yo siento pena por él porque no te tuvo adentro y el mar ni siquiera se imagina que estás muerto. Pero no te tuvo adentro y ni siquiera imagina que estás muerto. Siento pena por el mar.

viernes, 4 de enero de 2008

Por el rabillo constantemente veo sombras que pasan insectos oscuros moviéndose
He platicado esto preocupada (aunque no mucho) y me dicen que no es nada que imagino cosas que los lentes que mis ojos sin embargo sigo viendo cómo la vida me pasa al lado o los recuerdos o lo que aún no llega lo que tal vez no vendrá nunca sino como animalito sin luz moviéndose con cautela para que yo no lo vea pero asegurándose que lo mire siempre

miércoles, 26 de diciembre de 2007

"11 Los usos del no

Treinta radios
Se juntan en el cubo.
Eso que la rueda no es,
Es lo útil.

Ahuecada,
La arcilla no es olla.
Eso que no es la olla
Es lo útil.

Traza puertas y ventanas
Para hacer una habitación.
Lo que no es habitación,
Ese es el espacio que queda para ti.

Así, el provecho de lo que es
Se halla en el uso de lo que no es. "


De Laozi (
chino: 老子, "Viejo Maestro"), también llamado Lao Tsé, Lao Tzu o Lao Tsi
Dao De Jing o Tao Te Ching (道德經), Tao Te King

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Lo mismo puede decirse del vaso que contiene al agua, de la ventana que nos permite asomarnos, que deja entrar al sol, de la puerta por la que salimos o entramos, de todos los marcos que rodean el espacio para la pintura, la foto, el espejo… El espejomaravilla que es un hueco para que el reflejo exista, para que la luz se multiplique.

El corazón ¿cómo decir que no es? La víscera es motor, bombeando siempre. ¿Pero el amor, dónde? Donde no es sangre, ni cuerpo, máquina, lo que no es y que contiene el sentimiento.
Dónde el pensamiento?¿donde no es el cerebro?

La ausencia, la memoria, la distancia, la sepultura. Grandes Nóes.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Mirar desde atrás de las ventanas, hablar en Internet, oír que llueve ¡cuánto desperdicio!
Yo quiero mojarme, oír a quien me habla, tocar a quien le hablo, vivir.
Las palabras no sirven si son sólo palabras.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Narrador omnisciente

Ella camina pensando en él. Pero también acaricia el pensamiento del deseo. ¿Qué es el deseo para una mujer? Debe ser distinto según el género que nos habite o en el que habitemos, piensa, porque las necesidades básicas y las funciones y los aparatos son distintos. ¿Aparatos? Así se llaman según le enseñaron desde su escuela elemental. ¿O no?
Ella camina pensando en estar con él. Con él adentro de ella. Estar con él y compartir humedad y piel. Darse a él. Recibirlo. Cuando camina su mente no lo hace, su mente se recuesta en un prado lleno de hierba soleada a florecer en los sentidos. Imagina su cercanía, las manos que la inventan cuando la recorren. A cada paso que da siente más euforia y menos frío porque la piel está al acecho, caliente y dulce. A cada paso que da piensa en una caricia más, en un movimiento, en acomodarse. Darse a él. Las mejillas le arden, los ojos chispean, su paso es leve y lento, parece flotar. Piensa que gime. Gime ligero. Suspira porque siente cuando él llega…
Luego las ve. Piensa que vienen levitando, felices. Se ven inmersas en la felicidad por las coloridas faldas llenas de flores que tocan sus rodillas y también por sus rostros resplandecientes, parece que las baña el sol, se dice, mirándolas cuando con sus anhelosos dedos abre un hueco entre el ritmo que imagina. Limpias, las cinco mujeres que caminan hacia ella, piensan que la mujer se ve feliz con los ojos que le brillan y las mejillas rojas; a pesar de la ropa neutra y sin adornos, parece que flota, se dicen, porque ellas no saben que en ese momento la mujer que ven está casi en éxtasis, porque la imaginación sabe lo que hace con ese cuerpo que camina. Y lo hace con fruición, detallista. Esa imaginación cabrona se deleita.
Cuando se encuentran la invitan, santas levitantes, a recibir a Jesús. Le dicen lugar y fecha de la venida, sonrientes, como ella que feliz, les dice que sí, que irá, irá a esa venida, claro. Siguen cada cual por su camino, las unas levitando, la otra flota. Todas han encontrado el gozo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Aritméticos

En los hoteles siempre
me invade la embriaguez
me pierdo
todo se confunde ante mi vista
olvido los espejos
que ya he visto
de pronto mi imagen asustada
me sorprende
las puertas me parecen planos laberintos

demasiado espacio
dividido
que se multiplica

camino dando tumbos
no encuentro
sentido al geométrico acomodo
de las habitaciones
y el comportamiento absurdo
de los que allí se hospedan
los hace parecer
oriundos de un bizarro mundo

martes, 11 de diciembre de 2007

Siempre no

Ahora nieva y lo lamento tanto pero no puedo hablar de los pedazos helados de cielo blanco que se desploman con lentitud flotante. He pensado el día entero en el arrepentimiento ¿Qué es? Es dolor o pesar por alguna vez haber hecho o dicho algo, creo. Nunca me ha gustado esa idea, porque casi no sirve de nada salvo para estancias lejanas a este nuestro estar diario. Otro asunto es desear haberlo hecho mejor, o diferente. Esto último sí nos ayuda porque podremos intentarlo de nuevo y tal vez con mejores resultados. Pero desear no haberlo hecho, porque estamos seguros de que aquello echó todo a perder… eso sí que es una certeza que jode.

El arrepentirse jamás cambiará las cosas, un acto que fue presente y que irremediablemente se convirtió en pasado fue la causa de otros presentes y de algo que no existe y que nunca existirá y que se llama futuro.

¿Por qué entré ese día en ese callejón soleado? Todo lo que en los casi diez años posteriores ha sucedido fue resultado de esa decisión… Toda nuestra vida dizque presente es producto de una serie de actos, palabras, pensamientos. Pero hay ciertos actos anodinos, insignificantes, que desencadenan con mayor fuerza toda la bola de nieve que pudo haberse quedado guardada para siempre a derretirse sin lastimar.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Entrevista hecha a la mujer lluviosa en la feria invernal

¿Y por qué te gustan tanto los días lluviosos?

Porque en ellos puedo perderme

Explícamelo

Nadie me ve y si acaso alguien lo hiciera sólo distinguiría una figura difuminada en el telar del agua, rayoneada por las gotas

¿Y por qué no te agrada que te vean?

Si alguien voltea a verme cuando camino pienso que no me quité el pijama, tal vez no me peiné, quizá soy verde, soy un erizo caminando

¿Cómo crees?

Cuando la gente sale en la lluvia se ocupa de ver los charcos, se afana en impedir que el agua penetre a los ojos, no anda por allí, mirando lo que no le incumbe

Todo eso que me cuentas es muy triste

No ¿por qué ha de serlo? Tú me preguntas, yo te respondo ¿Acaso te dije: pregúntame de la lluvia? No. Si hubieras preguntado por qué no me gusta el sol, mis palabras serían, ahora, otras. Estoy para responderte pero no busques en mí perfecciones.Todos somos imperfectos y es bueno saber por qué… Ya ves a la lluvia, pecera protectora, bella habitación transparente, una especie de vientre cálido…

¿No es perfecta, la lluvia?

En invierno no: moja

¿Y por qué lloras?

Porque deseo borrarme

¿Borrarte para qué?

Para que ya no me preguntes; déjame correr en aquel arroyito ¿lo miras? Corre y baja, se va.

Creo que lo que deseas es ser lluvia

Por lo menos me encantaría que me dijeras chingaquedito. Así me dicen, aunque llore.

Ya no pregunto, la lluvia sigue borrando al día.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Mina
I (¿uno, primero, antes que los demás?)


La silicosis es una enfermedad crónica del aparato respiratorio, frecuente entre los mineros, canteros, etc., producida por el polvo de sílice. La sílice es un mineral formado por silicio y oxígeno. Si es anhidro, forma el cuarzo y, si está hidratado, el ópalo.

Aprendo varias cosas cada día, que lo que la volátil palabra anhidro significa es que no tiene agua, que la sílice puede ser cualquiera de dos bellos cristales, uno más valioso monetariamente que el otro (y que la diferencia la hace el agua que lo compone o no), que si pudiera, elegiría un ópalo y no un cuarzo. Que la sílice mata.

Que todo lo anterior pude haberlo dicho así: Aprendizaje diario:
Sílice anhidro = deshidratado : cuarzo
Sílice con agua: Ópalo
Elijo el dos, si puedo
El silicio y oxígeno en los pulmones es mortal.

II(¿dos, segundo, después del uno, primero?)


Íbamos por lo menos dos veces al año (bianualmente pude decir): día de madres y día de muertos, aprendí desde niña que allí estaban mis abuelos paternos, Josefa y Miguel. Conozco, aún ahora, todas las tumbas que rodean la suya.
Un día, un año de esos, intempestivamente como una de las cachoras (lagartijas pude), que acostumbran corretear animosamente en tierra muerta y nos sobresaltan (véase seca, polvosa, recalentada, de panteón, pues), supe.
Que no cumplió cincuenta años, que le faltaron dos (sé que sería más fácil si dijera: se murió a los 48), que transformó a su esposa en viuda y a sus hijos (ocho hijos) en huérfanos. Qué sorpresa dolorosa saberlo aún joven y ya muerto.

III (¿tres, tercero, después del uno/ primero, y dos/segundo?)


Se llamaba Miguel, también. De su silicosis sí que supe de cerca. Por las noches y como dolor recurrente y familiar (de familia y también de lo que se tiene por muy sabido o conocido) estaba su tos, allí en la casa vecina. Murió y aún lloro al recordar sus noches sentado, sin dormir, presa de una vengativa tos de pesadilla.
Hermano de mi padre también, como Ramón y Tiburcio. Todos se metieron a la mina, sacaron la sílice en los pulmones. Se murieron antes de tiempo. No es cierto, nadie muere antes ni después. Ja. Sé que eso no significa nada porque igual se aplica a cualquier maldita cosa circunstancia o persona. Yo escribo esto ni antes ni después ¿o no? Lo escribo cuando lo escribo. La gente se muere cuando se muere, claro. Mi amado padre, poca, pero también tiene sílice (no lo ha matado pero problemas respiratorios serios, lo acompañan siempre)en sus pulmones.

IV (¿cuatro, cuarto, después del uno/primero, dos/segundo, tres/tercero, y todos los anteriores?)

Hace muchos años (y se nota) escribí este poema:

Con eme

Para Miguel y Ramón
asesinados sin sorpresa
por la silicosis


De muerte.

De máscara que guillotina convertida en humo
en agujero oscuro
en eme.
De mina.
Con eme de mula que vuelve de la noria
de música que tose y sangra
con eme de mirada que sale de un desgarramiento en los pulmones
con eme de los muchos cuerpos macerados
(doblados encima de la voz estrangulada
deshechos por insomnios respirando negro.
ahogos
que van anegando la vida
con accesos)
Los hombres que sacando muerte de la tierra
mueren.
Con eme de mundo sepultado
de manoseada imagen de un entierro.

Con sueño
con manos cubiertas de frío y de cansancio.

Con eme de muerte y de misterio diarios
con eme de mentira que maja y vuelve macilento el cuerpo
de mandato que mancipa vida y la convierte en muerte
de margen, orilla cubierta de espanto
de miedo…

viernes, 23 de noviembre de 2007

Gastró
nomas


"Chiltepín: Aunque su principal uso es alimenticio, también tiene uso medicinal y ceremonial entre algunos grupos indígenas de la sierra de Sonora.

En Sonora, es inconcebible sentarse a la mesa a degustar cualquier platillo sin tener a la mano un frasco con chiltepines. Ya sea en fresco, seco, ó en vinagre, este condimento es infaltable en la cocina sonorense. Su uso agrega un toque muy picoso a los platillos, sin hacerlos perder su sabor original.
El chiltepín brinda identidad regional a los sonorenses, ya que para algunos es símbolo de valentía, hombría, fortaleza, y coraje.

P
recaución: si utiliza los dedos para tronar el chiltepin, este causará gran irritación en las mucosas como los ojos, nariz y piel sensible, por lo que se recomienda utilizar una servilleta y desecharla"

Se conocieron desde niñas. Físicamente se parecían, aunque tal apreciación no diga mucho, porque su parecido radicaba en que ni una ni otra tenía nada destacable, ni morenas, ni blancas, ni delgadas ni gordas, ni altas o chaparritas, ni feas ni bonitas. Hubo siempre entre ellas amistad, aunque no esa que nace del afecto sino la peculiar que nace de la necesidad de crear estrategias para sobrevivir. Conocer a otros nos permite manipular sus reacciones. María y Santa eran amigas. Así.

Tuvieron amiguitos, novios, amantes, esposos, nunca compartidos, parte de su unión era la fidelidad como escudo, la lealtad como coraza. María enviudó, Santa fue dejada. Sin hijos, solas, ambas se ocuparon en llenar sus noches de licor y de hombres. Un tiempo.

Luego María conoció a Francisco y pareció que las noches eran charcos llenos de placer seguro.Pero nada permanece, nada se detiene, la arena cae, el agua corre, todas esas obviedades… Y Francisco conoció a Celia. Entonces fue el ahogo, el patalear en el pantano para hundirse y tragar arena mojada de despecho. Siempre con Santa, la noria, acuciosa, acezante, moliendo. Y Francisco se les iba de las manos y ellas suponían con razón, que con ella, aquélla, la otra. Más bella por supuesto, más joven indudablemente, más lista quién sabe, porque Francisco no era, nunca fue lo que se llama un buen partido, feo, flojo, barrigón, sangre pesada. Aún ahora, María se pregunta qué es lo que la ató sin remedio a ese mal hombre, infiel hasta la médula… como todos los hombres, apunta Santa desde una esquina.

La idea fue de Santa, claro. No, manita, no puedes permitirlo dijo un día y planearon el desquite.
Sabían dónde trabajaba Celia, la siguieron varios días, supieron horarios y que el jueves Francisco no la vería. Ese día será, decidió Santa, brillándole en la saliva el desquite por su propia y maltratada vida. Y allí estuvieron, esperándola afuera, en la oscuridad. Cuando Celia salió de trabajar la abordaron y argumentando que había que hablar lograron sin esfuerzo que se subiera al auto. Celia se sentó en medio de ambas con la valentía de quien se sabe bella y la ganadora en ese concurso donde compite con dos mujeres insignificantes, par de feas y mediocres, incluso se dijo. Pero no sabía.

Celia empezó apenas a sobresaltarse cuando, en absoluto silencio, el auto se alejó del pueblo, hacia la oscura soledad de las afueras. El rosario de preguntas: a dónde me llevan qué quieren qué van a hacer a dónde van que quieren de mí qué buscan, luego el de amenazas: van a ver le diré a Francisco para que se las arregle no saben con quién se meten se van a arrepentir; cuando detuvieron el auto, el rosario era de súplicas: por favorcito déjenme no me hagan nada…
No sabía, no imaginaba.

Hasta que estuvieron allí, estacionadas a un lado del camino, las dos mujeres voltearon a ver a Celia e iniciaron con su letanía de insultos y acusaciones, hasta traidora le llamaron y eso es curioso porque Celia ni las conocía, nunca habló con ellas antes. Del traidor verdadero nadie habló, sólo dijeron al respecto para que ya no te metas con hombres ajenos, o eso te enseñará a respetar a hombres que tienen dueña.

María y Santa lo hicieron casi mecánicamente, con pasos ensayados, aprendidos de memoria. Celia, como ni siquiera en sus pesadillas vio antes el libreto, no supo nunca qué decir, sólo gritó.

Tápale la boca, se oyó ordenar a Santa. Lo único difícil para las amigas fue quitarle la pantimedia. Hecho esto, lo demás fue sencillo. Celia creyó que moriría, sintió que se moría, quiso morirse: Aquellos chiltepines molidos que restregaron en sus genitales y la hicieron arder, no le dejaron oír las frases soeces, méteselos decía María, que le enchilen todo. No escuchó las preguntas no que te gustaba mucho, aguántate, las groserías, no que muy caliente…

Celia gritó y lloró hasta que no pudo. La encontraron inconsciente cerca del pueblo, tuvieron que hospitalizarla, dejó de trabajar casi un mes. María y Santa se fueron a dormir y de sus casas las llevaron presas. Ya salieron, sin pizca de remordimiento. De Francisco nadie sabe nada.


PD: “Un chilito 'caliente' » La palabra "Chiltepín" se cree que se deriva de la combinación de las palabras "chile" + "tecpintl" (de la lengua náhuatl), significado "Chile pulga" en alusión a su mordedura aguda.




martes, 20 de noviembre de 2007

Nieveoscura

“Muchas veces el invierno / me ató desde el pasado

la soga del recuerdo / y yo siempre me he soltado

como un potro mal domado...”

Tango: “Qué me van a hablar de amor”


Para Omar G. G.




Los conocí no sé cuándo, no sé cómo, ni en dónde. A pesar de toda esta ignorancia actual, en aquellos días apreciaba mucho su compañía y los buscaba constantemente. Por lo mismo.
Intenté practicar las pocas dotes musicales que creí tener para encajar mejor en el ambiente de Ugo, pero no fue algo que disfrutara mucho, estaba errado en cuanto a tener dote alguna, sin embargo, lo que sí disfrutaba y como nada en esos días (fueron unos grises días), era estar con su mujer. Su mujer. Ella casi no hablaba, no conmigo, pero siempre me daba tranquilidad compartir con ella el espacio. Con su voz, su respirar. Con sus ojos aunque nunca me mirara me aplacaba como si yo fuera un animal (eso era yo en aquellos, ya lo dije, grises días). Cuando llegaba a visitarlos, a visitarla, invariablemente me decía sonriendo: Evodio, bienvenido, ¿quieres café? Siempre dije que sí. Aunque el café no me gustaba, ni me gusta. Sólo a veces lo tomo para recordar el roce caliente de sus dedos cuando me entregaba la taza.
Ha pasado mucho tiempo. No he vuelto a verlos. Dicen que se separaron, que ella vive en Tijuana, dicen que él murió en Jalapa, dicen tantas cosas que no sé. Eso no importa. Por aquí estuvieron hace no sé cuántos años. Y los conocí. Eso es lo importante, por lo menos para mí.
Un día de invierno. Recuerdo que era invierno porque nevaba copiosamente hacía ya más de una hora, estábamos en la casa que Ugo y su mujer rentaban, refugiados en el calor que nos daba una estufa de leña, comiendo duraznos en conserva. No lo olvido, porque ella decía con placer evidente qué delicia en cada mordida que daba y porque después recortó un poema de no sé dónde para regalarme, el poema habla de... aquí lo tengo, bien guardado en la memoria:
“Encajar los dientes, apretar / recoger con la lengua / el jugo que se viene / el aroma que se vierte / la textura, acidez, el dulzor de aquel durazno / mordido en dónde / comido cuándo...”
Igual puedo equivocarme y tal vez el poema no dijera eso. Estábamos, digo, en casa de ellos cuando a Ugo se le ocurrió que tenía hambre, ya basta de tanto almibaramiento, comamos algo chino, así dijo, y rápido sugirió, vayan ustedes dos, yo los espero. Nunca habíamos salidos solos, pero a ella pareció no importarle la novedad, tomó su bufanda, chamarra y rápido estuvimos fuera. Fuimos en mi auto, dificultosamente nos movíamos por las calles lodosas, admirando la blancura en las aceras, la perplejidad de los pocos caminantes, el mundo transformado en nieve; pregunté a dónde y ella, metida en esa extraña calma en la que habitaba, dijo sonriendo vamos al hotel, porque yo vivía en un hotel (lo del hotel sólo interesa para dar un contexto de lo que pasó). Fingí, no permití que me brincara a los ojos la sorpresa, o a la voz el contento por esa petición inusitada y obedecí.
Pero Ugo siempre estuvo allí, nos miró desde el espejo cuando de pie nos desvestimos y yo miré por fin su piel y su cabello, parecía un racimo de uvas, una lechuga ardiendo, no sé qué parecía, mis manos me decían, querían explicarlo, y era más de lo que yo había nunca imaginado, así como la nieve negra que se ve en las noches de invierno, cuando creemos soñar. Ugo se asomaba por entre las cortinas cuando ella se transformó en ola y me cubrió, para siempre, he de reconocerlo. Lo descubrí en la oscuridad del baño, con los ojos llenos de luz cuando me deshice y me convertí en astillas penetrando las múltiples hojas de esa mujer árbol y libro. Aunque en realidad tal vez no estaba, él se quedó ensayando con su clarinete y comiéndose el resto de los duraznos.
Ya era muy tarde cuando por fin regresamos. Ugo no preguntó por la comida, dijo hola, cómo les fue, dijimos bien, creo que eso dije, ella sólo lo besó y ambos me miraron. Con amor, aún no puedo creerlo. Muchos meses me cuestioné por qué yo, por qué a mí. ¿Qué me hicieron? ¿Para qué? Mientras aturdido iba por la vida preguntándome, permitía que ella me llevara y me trajera de la mano por el mundo caótico de su pulcra geografía y me perdí en los pensamientos de ser usado, en el bosque, y soy cogido, manejado, y naufragué en los mares de la manipulación, y fui pirata amado mientras se suponía que vivía, y trabajaba para sobrevivir (días grises aquellos). Meses de permitir que mi ofrenda de amor fuera un espectáculo, porque, y esto sí que no lo imaginé, Ugo allí estuvo. Todas las veces.
Ahora ya no pregunto nada, sólo me acongoja el no saber por qué después de tantos años su aroma aún está en esta bufanda negra que una vez dejó en mi cama. Sólo me confunde el porqué tengo que mirar debajo de la cama, cerrar todas las puertas y asomarme a la ventana cuando una mujer, otra, entra a este cuarto. Solamente esta sensación de títere con los hilos rotos me corta la vida. Sólo a veces, como ahora, me pregunto qué fui en sus manos, quién fui en los ojos que tantas veces me miraron ahogarme en la nieve oscura del aquel cuerpo.


(De Evodio, el diario)

viernes, 16 de noviembre de 2007

(Desamparo Epistolar: Crònicas)

Un recuerdo es una configuración de conexiones almacenada entre las neuronas del cerebro… Nomás.

Esto es pasado: “De la chingada, amor, de la chingada. Pero qué le vamos a hacer. Aún no hace tanto frío de todas formas. Hace mucho tiempo estábamos tú y yo en un momento embriagador, en un espacio de borrachera, en un sitio pedo (¿te fijas que no hay manera de decir que estábamos etílicos sin parecer que me arrepiento?… y no) y vimos un video de M. Jackson en la tv, la sensación que me golpea si hoy de nuevo lo veo es que lo soñé y lo más curioso es que siento que lo soñé junto a ti, como si de la mano se pudiera acceder al sueño (al sueño se va solo, eso hace mucho lo sé), pero así se almacenó en mi memoria… Bueno, en aquel entonces te comenté que el video me traía un recuerdo(o sea que este es un recuerdo de un recuerdo de otro recuerdo, algo así): a principios de la década de los setenta (siglo y milenio pasados, huy), como todos los años hicimos por más de una década, estábamos en California, en Escondido, en Del Dios, para ser más exacto, un sitio donde vivían mis tíos y primos en esa época.

Del Dios era una colonia, barrio, no sé cómo llamarlo de Escondido, CA, ciudad donde crecieron mis primos (y donde aún viven, de hecho). Mi tío trabajaba en la pizca (¿con zeta?), e íbamos a veces con él a pizcar limones, naranjas. Enfrente de su casa pasaba una mini carretera (pasaban los autos sobre el camino que el camino no pasa, está) y al cruzarla, brincando un cerco y muchas ramas, se llegaba a una inverosímil –eso lo pienso ahora- laguna (luego me enteré que era artificial ¿qué significa eso?) y allí nos íbamos mi prima Vicky y yo a pescar, había muchos peces feos y apestosos –más lo primero- Pero el recuerdo es más bien esto: Había varias direcciones desde las que podía llegarse a la casa de mis parientes, una era desde el oriente, el camino, al carretera descendía en una curva. En una ocasión (mi tío tenía una camioneta azul cielo, larga y amplia), en la parte de atrás íbamos recostadas mis dos primas –Magdalena y Victoria, mi hermana Lupita y yo, comiendo no sé qué, pero que tenía queso amarillo – es lo que más viene a mis neuronas, el sabor fuerte- y en la radio se escuchó una canción que me gustó y me hizo sentir tal melancolía, nostalgia o no sé qué chingados que nunca (¿nunca? eso no existe) olvidé ese momento: era M. Jackson, aquel que fue niño negro cantando con sus hermanos y yo, no sé, fue una sensación difícil de asimilar, un lleno insoportable, en ese momento, en ese verano, tenía todo o tuve todo en ese instante, en la bajada del camino, ya casi para llegar a la casa de mis tíos, en esa camioneta, con ese sabor –que ni me agrada tanto, por cierto- la música, tuve deseos de estallar ¿cómo es posible no faltarle a uno algo? Bien, en ese ¿segundo?, no me faltó nada. Fue horrible y muy hermoso. Tenía doce o trece años. Imagínate. El asunto es que ahora, cualquier cosa que coma con sabor a queso amarillo me transporta al niñito aquel cantando, a aquella tan lejana y dolorosa sensación de plenitud adolescente…

¿Por qué todo lo anterior? No sé. Ojala no te hayas aburrido. Me gustaría contarte más de Del Dios. Lo haré luego. Espero no olvidarlo.”

PD mucho muy posterior: Hace unos días algunos lugares cercanos a ese recuerdo se quemaron, incluso creo que Del Dios en partecitas de su bosque, también.

martes, 13 de noviembre de 2007

paso la noche entera yéndome a sueños incoloros viajes a bordo de trenes polvorientos en barcos empantanados manotazos de onírico sopor viniéndome en la mañanita

lunes, 5 de noviembre de 2007

Temporal

Con los ojos al revés. Puedo pasar mucho tiempo así, la cabeza colgada mirando al mundo de cabeza. El mundo de cabeza y yo también.

Algún día, muchos años después, Humberto me dirá que estoy loca, cómo se te ocurre hacer eso y disfrutarlo, sentí que me moría, dijo, incorporándose, asustado. No sabía porque nadie sabe, creo, que para cuando yo escribiera (transcribiera) sus palabras, él ya estaría muerto. Pero esa ausencia llegó más tarde. O muy temprano: el tiempo es una palabra.

Hoy cuelgo mi cabeza de 5 o 6 años; la mirada recorre el techo, el pasillo frente a mí, quisiera caminar. Corrijo: no quiero caminar como mosca. Quiero que el mundo esté al revés, pisar el cielo, estirarme para poder tocar el piso.

Cuando después miré aquella película, la tragedia del barco que se voltea, aluciné, creí, en un chispazo aún infantil, percatarme de que no hay nada nuevo, todo está pensado, dicho… todo el deseo se repite, es la historia de la humanidad, el motor que nos reproduce, dijera algún libro de texto: sentarse en las lámparas, hurgar aquellas esquinas reservadas a la araña.

En qué momento, cuándo enderecé los ojos, no puedo saberlo. Ya no puedo acostarme en una cama y tirar la cabeza hacia atrás y afuera para ver el mundo al revés. Sin embargo, aquellos eran, fueron, serían, otros días y aquí estoy: en este, aquel día, con 5 años, mirando un patudo recorrer la pared frente a mis ojos, sin imaginar siquiera que muchos años después recordaría cada una de aquellas patas moviéndose.


(extraresumen de novela)

jueves, 1 de noviembre de 2007

Recado para Humberto:

“Los espíritus inmortales de los muertos
hablan en las bibliotecas públicas.”
Plinio

Hemos puesto un Altar de Muertos. Es miércoles, tardenoche. En el altar hay limas, estoy casi segura de que todo huele a lima, y a libros, como debe ser. El Altar está dedicado a algunos escritores, destaca una fotografía de Lucina quien fuera bibliotecaria muchos años y periodista, amiga querida. También están Abigael Bohórquez, Rosario Castellanos, Julio Cortázar, Elena Garro, Juan García Ponce, compartiendo limas, cañas, y dulces de cajeta y coco. Mañana traeremos flores, cempasúchiles y margaritas.
Mañana, cuando los muertos recorran sus lugares, tal vez Lucina pueda hablar con Rosario y preguntarle por Chiapas hoy que está siendo tan llovido: Juan García Ponce y Julio Cortázar hablarán de arte y de conductas en velorios, ellos que tanto saben. Jaime Sabines cuida la luz de las velas y veladoras, protege las imágenes religiosas, las cruces, sabe tanto de la muerte. Abigael le contará a Elena del desierto, tal vez le diga que recuerda que antes de morir estuvo en este este sitio leyendo sus poemas y ella le hablará de persecuciones, soledad y gatos y entonces Juan y Julio sentirán que son llamados a la charla… oh, sí… es un consuelo haber inventado este día para que los muertos vuelvan.
El día 28 es para "los que murieron matados", el 30 para las almas en el limbo (los niños que murieron sin ser bautizados); los muertos chiquitos el 1 de noviembre, y el 2, los muertos grandes.

Ya está el pan de muertos, se antoja, mañana pondremos cafecito, tal vez cigarros y licor. Cerca del altar en una mesa anexa hemos puesto libros que hablan de la muerte, científicos, literarios y filosóficos, fotos de altares de muerto en otras partes de México, poemas de Netzahualcóyotl, de Sabines, de Paz, cuentos breves…

Afuera, los niños corren pidiendo halloween, unos se asoman, no creen que tengamos dulces para dar, pero sí, y le daremos a quienes entren, sean duendes, brujas, muertes, demonios, hadas, princesas, momias, calabazas, vampiros, power rangers u hombres lobo...

En la celebración de la muerte la gran beneficiada es la vida.

lunes, 29 de octubre de 2007

jueves, 25 de octubre de 2007

(Desamparo epistolar: Crónicas)

Traducción

Ay, me duelen estos dedos (los otros también, aquéllos) pero nunca como el frío sentido en el camión (a bordo del) ¡qué bruto! Mira, como me di cuenta de que te estaba dando mucha lata, mejor ya no te llamé. Darío estuvo un rato con nosotras y luego ya se fue; a las diez y cuarto me vendieron los boletos, Luci aun tenía habre (hambre: dedos torpes y congelados, o torpes por congelados o congelados por torpes, o etc, a quién le importa, ni a los dedos) y decidimos ir a cenar ¿pero a dónde?.. después de mucho regatear con el taxista carero y de recomendaciones del ídem (era tarde), llegamos, nos llevó el requeteìdem al Calinda (como los asesinos, je, yo regresando al lugar del crimen, je), comimos algo (era más tarde) y decidí volver a molestarte, hablar contigo, te llamé de allí superenchinga y tu voz “marcaste el etcétera” y mi lengua a punto de soltarlo y decirte (no a ti, que por eso no) que cae más pronto un hablador que un cojo, que te diría un poema, que abrieras bien tu lengua para recibirlo, que tal vez dolería un poco, sobre todo al principio, que después te garantizaba que placerías, que ya nos íbamos, que un beso, que dos, que si seguía nos dejaba el camión, y por eso a fin de cuentas no te dije nada, no le dije nada al que dice “marcaste el tal y tal y etcétera”. Tú sabes. Nos regresamos a la central camionera y llegamos barriditas al camión pero sin hambre. Asientos 15 y 16 y ufff, qué bien, salimos de Hermosillo y Luci empezóme a contar de una ocasión en un viaje a Matamoros, de noche, y el camión casi vacío, una pareja haciendo el amor (follando, dirían los traductores españoles de Erica J.) en los asientos de atrás, yo intrigadísima por el procedimiento, si la chava iba para el pasillo y él para la ventanilla; ya después de resolver tan peliagudo dilema (si te digo que a inocente, ingenua y cándida no hay quién me gane), intenté dormir y he ahí cuando descubro el FRÍO, ¡qué cabrón! Parece que traían abiertas no sé qué rejillas o qué, la calefacción no servía. Como yo para la ventanilla, me di cuenta que había una grieta en el cristal por donde se colaba TODO el frío, sentía que ya se me caía al suelo, congelado el ojo derecho, la rodilla ídem, el pezón y todos los aditamentos derechos, mientras el lado izquierdo (qué absurdo, no podemos tener lados, ni que fuéramos triángulos… aunque hay cada figura geométrica respirando que…) paulatinamente se me convertía en ajeno. Mucho antes de Benjamín Hill, Luci metióse un pantalón, rápidamente se quitó su vestido ¡con crinolina! Y púsose un suéter… yo, ni podía hablar… en Santa Ana que se me prende el foco (apenas) y acuérdome de otro pantalón en mi maleta, sácolo y métomelo (sí, muy feo se oye) encima del otro (más feo) una camiseta más o menos cubridora, mi capa y qué me hace el frío, pensaste, pues pensaste mal, pinche frío, hasta un arete perdí en las acurrucadas que me daba intentando resguardarme, pero así ni la virtud se puede… con ese frío nadie, nunca, nada. Llegamos a Canapas a las cuatro de la mañanita (nochezota aún) y todos los cristales de todos los carros estaban escarchados, hielo tenían, imagínate al bajarnos. Otro taxi, este cananense, llevonos al hogar, caliente hogar. Me acosté y al ratito, en la radio escucho la voz del locutor que dice que la temperatura está a dos grados, protéjase del frío, las cinco de la mañana y me dormí. A las nueve no me quedó otra más que despertarme aunque me levanté más tarde. Y tú ¿qué cuentas? Si todo esto lo hubiera hablado, no hubiera podido respirar (así lo escribí ¿se nota?)

martes, 23 de octubre de 2007

Los pinos duermen
cuando la nieve baila
su blanca danza

risa caliente
tu voz pidiéndome
que te desnude

triste o feliz
oía los pájaros
la salamandra