viernes, 29 de septiembre de 2006
No tienen ya nada que decirse
la última palabra voló cual diente de león
quemada por el sol de algún verano
y buscan entre el lodo y el silencio
gestos
miradas
o saliva
que puedan compartir
hoy que es invierno
siempre lluvioso
cuando te fuiste
me quedé como ventana
abierta
y el mar llegó de pronto
se metió poco a poco
me dejó salada
y fría
para siempre
camino y siento que me miras
no sé qué mirarás
si el cabello
mis zapatos
las huellas que los pies avientan sobre el lodo
las nalgas, mis piernas o el vestido
lo que sea que ahora mires
no volverá
nunca
contigo
Fui la flor, aquella...
Perdida para siempre de tu olfato
ajena de tu tacto para siempre
Alguien pasa y tira piedras
Yo no sé de dónde vienen las pedradas
Todos ríen
A todos les cuentan cuentos
(Cuentos que son como pedradas
en los humedecidos techos del invierno)
Alguien pasa pateando piedras
tratando de esquivar el ruido
de mi llanto
Entibiado como palomita
en las manos memoriosas
duerme el deseo
que por ti movió mi vida
alguna vez
Un día
No creo en fantasías
ya no más
pero a veces
me asaltan
en cualquier esquina
los perros
y son silenciosos animales
que no ladran
sólo me babean
me llenan todo el cuerpo
de sus inmundicias transparentes
y no quiero creer que estos perros existen
pero tampoco que son
producto de mi fantasía
porque ya no creo en fantasías
dejé de hacerlo
hace algún tiempo
anoche dejé de quererte
de improviso
ahora estoy como tortuga
liberada del caparazón
al descubierto
sin ese fardo encima
pero expuesta, desvalida
desde anoche
no tengo escudo
ya no te quiero más
miércoles, 27 de septiembre de 2006
La boca si no besa experimenta en la epidermis los recuerdos y de pronto está rozando al aire,queriendo que el aire la bese... todo pasa y a veces ni nos damos cuenta...
Total, si no besamos a los labios no les pasa nada, se van acostumbrando al desapego, a un mismo sabor, a adormecerse de otra forma. Pero nosotros, si nuestros labios ya no besan ¿qué hacemos?
Sólo una cosa se me ocurre: llorar
martes, 26 de septiembre de 2006
Caminar es algo que hacemos bien, con ganas. Así, íbamos de mañana, Mariana y yo caminando cuando al pasar una esquina, sentí que ella volteó, presentí su sobresalto y no dije nada, dio dos tres pasos más y volteó de nuevo, buscó mi mano y me dijo mamá, la sombra de aquel muchacho tiene cara… mi estómago dio un vuelco, vi ante mí la posibilidad de una maravilla, en un instante pensé qué hacer o no hacer nada… y entonces volteé.
En efecto, sentado en la banqueta, un escalón más bien, estaba un joven, atrás de él, su sombra, oscura como debe ser, con rostro como no debe ser… Flotando en el asombro nos detuvimos las dos a mirar.
Y entonces me di cuenta, aquello no era sombra. Era otro joven sumergido en la sombra proyectada por el edificio frente al que estaban; acuclillado atrás, casi en la misma posición del primero, en la casi oscuridad, sólo se le veía en su cuerpo oscurecido el rostro en penumbras.
Quise no haber descubierto el truco, quise no habérselo dicho a Mariana, pero por el susto se lo dije.
Aunque sé que ella, al igual que yo, disfrutó con emoción ese momento de fantasía que la rutina diaria nos regaló. A las dos.
lunes, 25 de septiembre de 2006
“Insistió en llegar a comprar nieve… Pero si está nevando, dije débilmente… No importa, allí está abierto, vamos, a Ugo le gusta mucho. Vendían en recipientes individuales, salimos de allí con tres.
Antes de llegar, oímos el sax. Las notas desgarraban la mañana como intentaba hacer el sol. Entramos al calorcito del departamento, ella con su alegría desconcertante, yo sin saber, como nunca supe, qué hacer, qué decir. Te trajimos nieve, amor… Veo cómo Ugo se levanta, pone el sax en el atril, me da su mano cálida y su afecto… y besa a su mujer, la que pasó la noche conmigo, la que se sienta sobre la cama a comer nieve y nos invita a que lo hagamos también, mientras se quita de encima el abrigo, el gorro, la bufanda, los guantes…
Ellos se convidan cucharaditas de sus vasos, luego se lamen uno al otro, una gotita aquí, otra más allá, hasta que se olvidan de la nieve y se pierden en los besos, largos, húmedos, calientes y las manos… Cuando empiezan a desvestirse, me convenzo de que olvidaron mi presencia y empiezo a escurrirme hacia fuera. Me acuclillo en el suelo nevado, como perro con sarna y solo. Helándome y sin sentir.
Me comí la desconsolada nieve que yo mismo escogí con pedacitos de nuez melancólica, sus lágrimas me supieron más tristes que el olor salado del saxofón cuando llegamos…”
De Evodio, el diario
viernes, 22 de septiembre de 2006
Íbamos a subir la calle, volteé como lo hago siempre, como siempre debo hacer, para ver el tráfico que allí es sólo en una dirección, de bajada. Allá arriba, como a cien metros pude ver la iglesia y el sol que diariamente nos encandila a las siete de la mañana, medio escondido atrás de algunas nubes grises. De la iglesia salieron volando palomas, diez, veinte, creo que eran más… un gato pasó frente a nosotras y me disfrazaré de gato negro, me atravesaré en el camino de todos para darles mala suerte, dice Mariana gozando anticipadamente con su mirada pícara… la miro admirada y digo casi con desgano , esos son cuentos no te creas… ay, mamá, ya sé me dice ella, más asombrada por mi aclaración a destiempo, luego se ríe. Y me recuerdo no ponerme en su camino cuando ande maullando negramente queriendo asustar. Mi gato de la buena suerte.
El viernes como hoy es de mala suerte y un martes no te cases ni te embarques, ni pases nunca debajo de una escalera, ni tires sal, ni quiebres espejos, ni saques la lengua, ni comas amapolas, tampoco debes mirar al camino de frente, ni picarte la nariz, ni enamorarte de hombres con bigote…
No te levantes con el pie izquierdo, dicen. Santiago es zurdo y amo eso. Los murciélagos siempre dan vuelta a la izquierda cuando salen de una cueva y qué importa saberlo. A mí sí me importa. También me importa que son las once once, no puedo dejar de percibirlo. El número cuatro, o el dos duplicado o cuatro veces el número uno...
Las palomas que salieron volando hoy a las siete de la mañana eran un buen augurio. Eran diez o muchas más. El sol apenas se veía entre las nubes grises y el gato blanco que se nos atravesó también llevaba frío como nosotras, en este primer día de otoño.
miércoles, 20 de septiembre de 2006
Las siete de la oscura tarde, o de la noche temprana. Llego a la casa y está cerrada, no hay nadie; es tan poco usual este fenómeno que no tengo llave, nunca he tenido. Así que me instalo sentada en una silla del porche, a esperar, viendo hacia el jardín y a la gente que pasa y me doy cuenta de que todos van hacia abajo, entrando al barrio después del día. Antes de que la noche nos alcance corremos a refugiarnos a la cueva, digo casa, digo calor, compañía o váyase a saber qué van persiguiendo los hombres y mujeres que por aquí pasan, entran a este barrio, recogiendo las migajas de tiempo que hace horas soltaron para que los ayudaran al regreso.
Oigo las peras caer. Es un sonido peculiar, desagradable, suenan plof. Así nunca hará al caer una manzana o un membrillo, el durazno menos que casi nunca cae. Pero la pera, a la menor provocación ya va cayendo hacia el suelo, en su vocación de desastre inminente se deja robar lo intacto con tal de sentir la velocidad esa única vez, la caricia del gran golpe, plof…
Cerca de mis pies cayó una pera, pequeñita como lo son todas de este peral, peritas de San Juan les llaman, la veo detenidamente, con desconfianza y decido levantarla para verla de cerca, la limpio, intento olerla y casi sin querer la muerdo, la piel es muy delgada, frágil y la pulpa… inofensivamente dulce, solita se va deshaciendo entre los dientes, sin masticarla, en tres o cuatro mordidas se va… y allá está otra pera que ha caído, la recojo… otra más…
Ha pasado casi una hora y aquí estoy esperando, y me pregunto angustiada: ¿me quedaré por siempre en la oscuridad, sola, con frío…. y comiendo peras que ni me gustan?
martes, 19 de septiembre de 2006
para que llueva a gusto”
Tomás Segovia
Hasta que cayó la primera gota: tímida y lejana. Las otras vinieron después, con desenfado y ritmo. Las escuché caer unos minutos, sentí cómo mojaban las hojas de la higuera y resbalaban a la tierra seca, sentí en las manos el descender de cada fragmento acuoso, derritiendo el paisaje, mojando la oscuridad, deshaciendo mi tacto.
Llovía y te llamé: Amor, está lloviendo. Te sentaste somnoliento y escuchaste, oíste las gotas, oliste la tierra mojada, dijiste qué frío, me medio miraste y acostándote acurrucado, de nuevo te dormiste. Amor –insistí, tienes que cerrar la ventana, el agua se está metiendo. Logré que abandonaras el lecho (el hecho helecho) y cerraste casi con enojo la ventana. Chin, ya me mojé, murmuraste y caíste de cabeza al sueño retomando tal vez el otro sueño, en el que yo no estaba, o sí. Pero claro que no estaba: en esos momentos hacía llover.
No quiero despertar, hice llover tanto hasta que logré cerrar los ojos e irme... deseo disfrutar mi merecido descanso. Pero despierto. Y aún duermes, te sacudo brevemente: amorcito, ya es es hora.
miércoles, 13 de septiembre de 2006
Para Omar Pimienta, porque siempre lo recuerdo cuando veo una bella planta con flores rojas que se llama arete y que mi madre trajo hace muchos años de Tijuana, desde la Col. Libertad.
La noche toda ha sido llovida. Al levantarme, descubro maravillada que estamos adentro de una burbuja nebulosa. Salgo al porche trasero de mi casa y viviendo en la madera hay charcos que no esquivo, me asomo al corral y abajo me espera un gozo: las flores, brocados, laureles, geranios, madreselva, rosas, trompillos morados, lilas, azules… el verdor es un tigre que me salta encima, me engulle y permite que en su interior flote con los frutos, el árbol de arándanos tan esbelto y cargado de bolitas anaranjadas, la granada y sus rojos regalos llenos de sabrosos granos llenos de jugo, los duraznos, el membrillo amarilleando, las peras que caen todo el día, que se derrumban por las noches. Y los higos.
Yo soy el durazno, así se llama un cuento que una flor nos narra acerca de su nacimiento, cómo crece y cambia de color , su madurez, el posterior traslado a un mercado multicolor, la elección de un niño que lo compra entre todos los otros coloridos y olorosos frutos, cómo es comido y saboreado por el niño, que siembra la semilla, lo cuida, riega… y vuelta a empezar, a la flor…
He comido tantos duraznos, mi fruta preferida, diría Mariana con su afán de clasificar, que estoy segura de que huelo a durazno, abro la boca y siento que exhalo el aroma de lo que tanto he comido durante dos meses o algo así. Los duraznos han estado a mi alcance diariamente, duraznos de a de veras, de casa, con taco rojo, con pulpa blanca, con piel amarilla, con gusano, dulces, sin gusano, ácidos, blandos, macizos, en mi casa, en los corrales de las casas vecinas, vendidos en la calle, o casi regalados, o regalados por amigos y parientes… Soy el durazno.
martes, 12 de septiembre de 2006
“Un huracán de tigres contra el mundo,
eso será el final; una rayada hoguera,
alguna lluvia de colmillos mayores,
un torrente de zarpas,
un resplandor solar hecho cuchillos
navajas libres de barbero.”
Eduardo Lizalde
Pero ¿y mi tigre? Estará adentro de ese número y por mí espera como me dijo. O será de los tigres que ya no están contando. Ni números ni letras. Tal vez los tigres que ya no están en esta tierra estarán en Plutón… quién sabe a dónde fueron. Yo deseo que mi tigre no se haya ido muy lejos. Para estirar la mano en alguna noche de estas y poder tocar su zarpa siempre tierna.
lunes, 11 de septiembre de 2006
"Las mujeres se descalzan y yo tiemblo. El polvo rodea sus dedos, acaricia los poros sudorosos y los cubre.
Ellas bailan desaforadamente, con pasos ebrios entre la polvareda y yo ansío, con burbujas anhelantes en la saliva, lamer sus uñas, recoger de entre los dedos la textura lodosa del polvo y el sudor mezclados con el baile…"
De Evodio, el diario
jueves, 7 de septiembre de 2006
miércoles, 6 de septiembre de 2006
A la mañana siguiente le preguntaron como había dormido. "¡Oh! terriblemente mal¡" respondió la princesa. "¡Casi no he podido pegar ojo en toda la noche¡. ¡Dios sabrá lo que había en la cama¡!he dormido encima de algo tan duro que tengo el cuerpo lleno de magulladuras y moretones¡!Ha sido algo espantoso!.
Así pudieron comprobar todos que era una princesa de verdad, ya que tan solo una auténtica princesa puede notar la presencia de un guisante a través de veinte colchones y veinte edredones. ¡Solo una auténtica princesa puede ser tan delicada y sensible!.
De modo que el príncipe se casó con ella, seguro de haber conseguido lo que buscaba. En cuanto al guisante, lo guardaron en la cámara del tesoro, donde debe seguir todavía, si nadie se lo ha llevado. ¡Y esta sí es una historia auténtica y verdadera
Y colorín, colorado...
martes, 5 de septiembre de 2006
Esto me lo dijo una amiga:
Hay niños que dicen que quieren ser bombero, buzo, enfermera. Yo no recuerdo nunca haber deseado ser de grande doctora, ni salvavidas, cocinera, policía, maestra… sé que deseé para mi futuro una casita cerca de algún mar, tener muchos amigos, ser bonita, pintar, ser feliz, esos deseos… no soñaba con profesión u ocupación alguna. Nunca, nunca quise escribir, nunca me dije: “cuando sea grande quiero ser escritora…”
Y sin embargo, aquí estoy, después de todos los años transcurridos; reviso minuciosamente lo que estoy haciendo y descubro con sobresalto que escribo: escribo siempre. Lo único que hago es escribir. Cuando camino por la calle no camino, escribo con cuál palabra mi pie derecho se mueve antes que el izquierdo, pongo una coma antes de cruzar la calle, un punto y aparte al llegar a mi destino e inicio un nuevo párrafo… no miro las nubes, pienso cuáles adjetivos usar para describirlas… y si topo con un perro muerto, mi único temor es no encontrar el verbo que mejor me haga decir aquélla muerte allí tirada… cada mano que muevo para avanzar, la escribo antes, el camino es para mí un cuaderno…
La escuché detenida y cortésmente. No pude decirle que mientras ella hablaba yo me entretenía en construir el borrador de lo que me decía, eligiendo las palabras, colocando con fruición una coma aquí, otra allá, punteando cual si bordara, buscando con afán adverbios para ubicar su narración, coloreando con adjetivos por mí seleccionados sus sustantivos. Pensando aquí va un guión, aquí intercalo exclamaciones, pendiente de acentuar correctamente. Intercambiando las palabras que ella me dice por las que yo uso siempre, como lo hice en los anteriores párrafos. Ja, si mi amiga ni siquiera mencionó el término palabra, ella dijo, literalmente: “siento que no vivo más que cuando puedo hablar de lo que estoy viviendo”, ya luego me explicó por un buen rato su desesperación cuando no encuentra cómo decir su vida.
Y yo me descolgué por esa idea, me resbalé de inmediato por la posibilidad de hablar del hecho de que yo no vivo más que cuando no puedo describir lo que vivo. Cuando no sé qué es lo que siento, cuando algo me maravilla tanto que no puedo vaciarlo o transformarlo por lo menos no de inmediato en palabras, es cuando estoy viva. Todo lo demás es literatura, puro invento.
lunes, 4 de septiembre de 2006
Me levanto aún dormida alguna noche y en la penumbra espesa y fría, me muevo a tientas, buscando, con los brazos extendidos del sonámbulo, del que lleva cubiertos los ojos para jugar la gallina ciega, tratando de hallarte en el universo onírico donde empecé a buscarte. Topo contigo. y te reconozco, allí estás, con tus brazos fuertes que me abrazarán. Apoyo mi cabeza en tu pecho y suspiro porque por fin llegué. A un puerto, yo, barquito de papel que soy, me siento anclada porque tus manos me sostienen, me liberan de la oscuridad, me llevan a aguas seguras, aspiro tu olor dulce, suspiro y me relajo, buscando que me acunes.
Pero inevitablemente despierto. Y es de madrugada y estoy allí, con la frente apoyada en una pared que no me toca, ni me protege ni me da calor, y adolorida, cansada, regreso a la cama, al mar violento del insomnio.
sábado, 2 de septiembre de 2006
Las ventanas son un espacio mágico. Pueden abrirse y pueden cerrarse, pueden seguir siendo ventanas sin realizar ninguna de estas dos acciones. Sirven para ver y para dejar de ver. Pueden usarse para entrar o para salir. Para acercarse a la lluvia, para alejar un poco el calor.
Ahora, sin embargo, me pregunto cómo sería quedarme frente a esta ventana, mirando solamente, sin entrar ni salir, sin sentir frío ni calor, mirando solamente cómo las estaciones pasan y son sólo ráfagas, cómo pasa la vida, cómo se mueve el mundo, cómo corre el tiempo, cómo vuela la nube, como cae la lluvia… solamente mirar.
Hacerme yo misma una ventana, así como en un cuento que se llama “La colina del erizo” y que leí ayer, antier, sabe cuándo, para Mariana. El erizo en cuestión decide, según sus palabras y por amor quedarse “como una colina en el jardín, no necesito más.” Sobre la colina en que él se convirtió creció un musgo verde, brotaron flores amarillas y fresas silvestres.
Convertirme en una ventana, con marco apenas para sostenerme, ser invisible, estar allí, sólo mirando, que de mi cabeza broten cortinas blancas de algodón, dejar a veces entrar la lluvia, permitir que el viento me traspase, no dejar que el frío entre, eventualmente mirar cómo los pajaritos llegan o se van, negarme al polvo, abrir mis brazos para el sol.
Y estar allí, sólo mirando.
jueves, 31 de agosto de 2006
miércoles, 30 de agosto de 2006
Dientes
Oh, si él me besara con besos de su boca.
Cantar de los Cantares
No podemos seguir templándonos sin besos
los dientes son necesarios
tu respiración atragantada con la mía
tú transitando por mis encías
no es verdad que a los dientes no llega el amor
también son sensibles
en la rapidez de las lenguas las trampas se disuelven
todo el cuerpo esclavo de esa zona
mi saliva en tu esmalte
Cuando chocan los dientes ay brevemente
yo he sentido en mis muslos ay
el verdugón que levantan esos latigazos
no podemos seguir templándonos sin besos.
martes, 29 de agosto de 2006
Para el Sol
Cuando llueve, llovizna, nieva o graniza sobre los charcos turbios, los charquitos cristalinos, los arroyos revueltos, los hilos de agua transparentes, ¿qué es lo que se nos regala al contemplar el movimiento, la inquieta humedad, el vaivén, los remolinos y tanto líquido andar?: placer.
Igual pasa con algunos atardeceres dulces (de amaneceres no sé mucho, lo siento), anocheceres luminosos, charlas, contactos espirituales, cercanías carnales, caricias, toques, algún roce a la parte más secreta de otra persona, y también todo aquello que en algún momento solemos nombrar amor, aunque después le llamemos con palabras menos placenteras
Pero luego, a veces, uno no sabe qué hacer con tantos placeres oscuros, placeritos de arcoiris, placerotes grises o morados, redondos, espinosos, cuadrados, blandos... que ha acumulado en cajones, baúles antiguos, alacenas, cuartos fríos, cuartos oscuros, habitaciones acojinadas… placeres, placeres, los mínimos que se nos dan con las pequeñas cosas, una voz en el teléfono, alguna frase dicha en el momento adecuado, aquel aroma que nos da recuerdos, el durazno que comemos, el higo primero, la bellota dulce, el adiós bien dicho, los amigos
Y uno piensa si sería posible regalar. Y busca entonces saber el camino, reconocer las veredas, las señales de cómo el placer le llega a alguien, y elige, desenrolla uno pequeño por aquí, desenvuelve aquel más grande, despierta al que se había dormido. Y ya el placer desempolvado, se le da uno, dos, once placeres, grandes o pequeños a otra desprevenida y vulnerable persona...
Entonces no pasa, como uno había anticipado, que nuestros placeres disminuyan, no, el placer de dar es de los más voluminosos, llega y nos aplasta un rato, nos apabulla, engolosina, embadurna y va de nuevo, la sensación, placentera por cierto, de no saber qué hacer, dónde poner, cómo acomodar…
En ocasiones uno piensa si algunos placeres podrán tal vez deshacerse, desbaratarse, deshojarse, deshilarse… eliminar el placer que nos dio leer aquel libro, el exquisito de mirar aquellos ojos, cancelar los placeres chiquitos, o los demasiado grandes.
Y este placer de las palabras dónde lo pongo que es tan grande que me ahoga, este placer que busco y encuentro de enhebrar una palabra con otra y otra más, hacer nudos, cadenas, escaleras, lianas, amarras, anclarme en una red llena de letras...
sábado, 26 de agosto de 2006
Si volteo y miro hacia el norte, de espaldas a la ventana, veré también adentro de este local la vida: hay gente sentada, parada, leyendo, otros escriben, se rascan, estornudan. Alguien toma un libro, se oyen las teclas que son aplastadas, las luces están encendidas. Una pareja cuchichea allá lejos. Eso es la vida.
Ahora, si yo estoy parada (o sentada que me parece ya dije que no hace diferencia la posición) en medio de la vida, la de adentro, la de afuera, la de los puntos cardinales, no logro explicarme cuándo podré salir de esa línea que me mantiene viendo.
Y tratando de escribir lo que veo.
jueves, 24 de agosto de 2006
“A veces la memoria se niega a revelarnos algunos caminos. La mía, sin embargo siempre ha conservado vivos los días, aquéllos, en que compartimos el espacio escolar, por llamarlo de alguna forma.
No sé si me recuerdes, yo casi te veo entrar por el pasillo de altos Estudios, con tu cabello largo y tu mochila. Oh, sí. Casi te veo.
¿Cómo estás? Supe que has trabajado mucho en tu carrera. Supongo que serás diferente, así como todos cambiamos pero en el fondo seguimos siendo, ya ves, los mismos.
Yo estoy en este pueblo, trabajando también. Sigo escribiendo, como hice siempre. No sé si alguna vez te enteraste.
Ojalá, de verdad me gustaría mucho, respondieras a este mensaje. Deseo que estés bien, que la felicidad para ti no sea algo ilusorio.”
¿Es acaso demasiado cursi? Sí, claro que lo es. Pero no es razón para no responder… ¿o sí?
miércoles, 23 de agosto de 2006
sábado, 19 de agosto de 2006
no sé de algo, alguien, sin nombre, sin definición.
cómo decirlo sin palabra de por medio
no podemos navegar en esta oscuridad de luz hiriente sin el barco de la palabra
nos hundimos en el goloso universo del monólogo tristón fabricado con palabras
ya hay 59 y 3 números
soy con palabras
viernes, 18 de agosto de 2006
clinc got clanc gat clinc got clanc, gat, sentada en su cama oye cómo las gotas caen sin pena, sin alegría, sólo se dedican a eso: Caer
ella para caer tiene que disfrazarse con el dolor, arroparse con la felicidad, atragantarse con la locura... siempre temió volverse loca, ahora tiene pavor a la cordura
¿nunca enloquecerá?
teme que no
y miente
miércoles, 16 de agosto de 2006
martes, 15 de agosto de 2006
(Claro, pienso en los pies y lo que se cansan de sostenernos, caminar, movernos de aquí para allá. Nada es eterno, pues).
Pero los ojos, cuánto lloramos antes de que caduquen, cuántas palabras leerán nuestros ojos antes de renunciar a traducirnos lo que los signos dicen… Estos ojos enrojecidos no responden...
Porque cuando las ganas de llorar (que no son ganas, por supuesto ¿quién puede tener ganas, deseos de permitir que la vitalidad se le salga en gotas, además saladas?) se tienen, es difícil controlar el impulso, que dicen es descanso, desahogo, aunque sepamos que no es así, que luego viene la hinchazón, el no poder con esos ojos que lloraron tanto, leer, escribir, acercarse al mundo, cuidar de no caerse, prevenirnos de perecer atropellados por un auto, no podremos dejar de pisar excrementos por la calle…
lunes, 14 de agosto de 2006
Me estoy quedando sin sombra, lo que querría decir algo así como que estoy sin sosiego, sin lo que deseo… Estoy desombrada
y la sombra es la oscuridad, la falta de luz, entre muchas definiciones
las sombras me llegan, y son tantas
mis favoritas:
la sombra de Peter Pan, que ha tenido que ser cosida al cuerpo que la proyecta
los eclipses de luna, los de sol, que nos hacen ser otros, perdernos
la sombra de los muertos, ¿será fantasma el ver tu sombra a cada rato, Humberto?
La sombra de los árboles, cuando no hay rayos
la sombra de mi padre, que yo, niña casi siempre, espero me defienda
el amor entre sombras, reales y figuradas
la sombra de las nubes sobre las montañas,
la sombra de los móviles infantiles proyectados en la pared
la sombra de los rehiletes, de los papalotes dibujada sobre el pasto, de los molinos de viento, de los insectos voladores
la sombra de las pestañas de Mariana en sus mejillas cuando duerme
el eco es la sombra del sonido
la palabra lo es del pensamiento
y la caricia es del deseo
sábado, 12 de agosto de 2006
Caminar con Mariana en cambio es mucho más: es oírla hablar incansable, alegremente, saltando, mirando.
Caminar con Mariana es caminar en compañía del entusiasmo, gozo, curiosidad y asombro.
No podría acercarme a describir lo que pasear por estas calles sabatinas de la vida junto a Mariana se me regala.
Tengo que agradecerlo:
Gracias.
jueves, 10 de agosto de 2006
Brígida tal vez o papalote
Remolino casaca trillador
Quizá molino sal taza y humedad
Caracol
Estrella está muy feo solidario y arcabuz también
Y qué decir de marinero persiana o círculo
Cuadrado rectángulo qué feas palabras al igual que perro dinosaurio,
Tirador mascada...
Lo que es no poder decir nada
miércoles, 9 de agosto de 2006
le estorba el aire, ya sabemos que está afuera pero también está adentro de uno, cómo quitarlo de encima, cómo sacarlo, cómo olvidarse de él
le estorban las montañas, las que se ven, las que han desaparecido atrás de la humedad, las que se veían ayer, las que allí de seguro aún están hoy
y como se dice que sucede después de un pase mágico ¿cuál mago, cuál conjuro? Así como si las palabras hubieran sido: “mercurio, obsidiana y laurel, desaparece para siempre”, ya ni siquiera está
ya no se encuentra
a dónde se ha ido
por cuánto tiempo
casi diez años se le fueron
¿a dónde se va el tiempo cuando no lo usamos, esa pelusa de la que Cortázar habló?
¿a tantas horas muertas cuándo les llegó la descomposición?
porque todos esos minutos extraviados apestan
no dejan vivir
eso, a fin de cuentas, se llama pasado
(y no lo recordaba)
martes, 8 de agosto de 2006
A veces me siento como una. Porque me da por oír y no devuelvo, las historias alimentan mi imaginación, el deseo de escribir. Porque cuando alguien me cuenta y se abre las venas y me obsequia su sangre y su argumento sin que yo se lo haya pedido, qué puedo hacer. Yo chupo, me atiborro de vidas, personajes y tramas ajenas.
Se dice de alguien que es lento caracol, que tiene risa de hiena, corre como un galgo, que es fiel como perro, húmedo como babosa, ligero como colibrí, bello cual mariposa. O feo como sapo.
¿A quién no le habrán alguna vez preguntado: qué animal te gustaría ser, si pudieras elegir, si reencarnaras, si fuera un sueño, una película, si fueras sólo palabras en un cuento…?
Un perro, definitivamente, no
Ni vaca, ni yegua, no lombriz, nunca jirafa
No ballena, golondrina, avestruz, delfín tampoco
Algún moralista animal de alguna fábula. Jamás
Tal vez un unicornio, el Ave Fénix, un dragón, alguna araña
O el Minotauro, la serpiente quinta en la cabeza de Medusa
Los sapos, arañas, lagartijas, que escupió la bella y soberbia hermana del cuento de hadas
Quizá el Gato con botas, la golondrina del Príncipe Feliz
lunes, 7 de agosto de 2006
“tres ositos en la cama y el pequeño les gritó:
no quepo, háganse a un lado,
los demás se movieron
pero uno se cayó…”
Fue difícil desde el primer día, la primera noche digo. Cómo dormir, cómo acostarse, posición, lugar… Esa misma noche despertó sofocada, era mucha, demasiada piel al lado suyo y enfrente, atrás… con cuidado para no despertar a nadie, se movió, quiso destaparse, no pudo hacerlo. Fue su decisión dormir en medio.
Sólo una cama, cómo decir no a quien pide cobijo por una noche, dos, poquito tiempo mientras me ubico, la sonrisa mentirosa luego de hablar por largo rato hasta que no se pudo soslayar más el tema. Los celos. El drama. O casi.
Acostaditos los tres, el Humito hacia la orilla, la invitada a la pared, Lía en medio. No puede evitar recordar aquella canción infantil, los nervios traen la carcajada fuera de lugar a su boca.
Ya dormidos, o no. Las manos se mueven, las piernas cambian de posición, la cobija nos calienta, se habla en sueños, se pide. Se da.
El despertar. Nadie quería eso y cómo salir de los engranes, que los llevan arriba, abajo, encima, a un lado, con manos, la boca, las lenguas que se reconocen, el camino tantas veces caminado.
Aquello no podía durar ¿qué se hicieron todas las horas de conversación que antes Lía y el Humito disfrutaban? Con la invitada se acabaron.
A la invitada no le gustan los hombres, siempre lo ha dicho como tarjeta de presentación, pero ha descubierto que la piel de ese hombre en particular se siente diferente, es suave, es dulce, casi es como la de Lía, quien al percatarse de este ajeno reconocimiento, se sorprende inundada por el ardor de los celos y recuerda el montaje aquel que hicieron cuando él insistió tanto para que fuera ella, la invitada, quien cerrara el acto mordiendo una naranja, devorando, le dijo: quiero que la ataques y que al morderla, su jugo te chorree por el rostro y tu cuello, lo recuerda excitado al describir cómo los pequeños dientes harían trizas la piel cítrica y la lengua lamería las gotas que habrían brotado después de la feroz embestida, esa lengüecita… oh, sí, lo recuerda, aventó los celos a la basura tan rápido como aparecieron (o eso creyó, oh). Pero esa lengüecita ahora le hace daño, a Lía, a quien persiguió tenazmente sin nada conseguir. Y ahora, que puede tenerla, compartida, la lastima. El Humito tiene su explicación, los celos le ha dicho, de no tenerla para sí sola… Pero todos, los tres están ahogándose en los turbios arroyos de los celos. El humito cuando se baña cree que ellas harán qué cosa mientras él se pone jabón caliente en su imaginación. Lía mastica por horas la sensación de que la invitada y él se hacen uno cuando ella sale a trabajar
Fue hasta mucho después cuando se dieron cuenta de que ya no estaban solos, de que el precio no querían pagarlo. Entonces se escondieron para hablar, se miraron a escondidas, se citaron en otras partes para poder besarse con sólo dos bocas y dos lenguas y reencontraron aquel amor que se les había extraviado.
Ahora no saben qué hacer con la invitada, tendrán que decírselo ¿correrla? ¿Echarla afuera, a los perros, a la calle nevada? No seas melodramática, dice el Humito, pero tampoco él se atreve.
viernes, 4 de agosto de 2006
miércoles, 2 de agosto de 2006
Hay días, muchos, en los cuales ella no se quiere. No se quiere nada.
Cuando dentro de ella pululan como por su casa, porque es su casa, desvalidos, locos, enfurecidos seres que de pronto brotan abriéndose paso entre su mirada, gritando el llanto, cuando hay agujas que le pinchan lo que es ella en su revés (su anverso pudiéramos intercalar), descoloridas espinas que nadan en la saliva, chapotean en el sudor, van y vienen pinchando, marcando, hiriendo con sus filosas caricias.
Pero ella, aún en esas horas, muchas, cuando no se quiere nada, ni quiere de ella conocer nadita, sabe guardar la compostura.
Y a veces hasta escribe.
lunes, 31 de julio de 2006
(Huella que deja el pie en la tierra.)
Sólo basta un descuido y por la apenas y sabe desde cuando entreabierta ventana de las ocupaciones diarias, de pronto ya estamos pensando… Sí, allí estamos, o allá, dejamos la biblioteca, nos alejamos de ver a los niños que con su seriedad feliz pintan el cielo, la tierra y el infierno: y cuándo una paloma se atravesó en la mirada, y como su revoloteo nos puso en otra sintonía. En ésta.
Qué me hace pensar en tus manos. En la sensación gratificante de que tu mano grande cubra mi cara. Pienso en las huellas de tu mano…
Y ya estoy en otro sitio. Buscando el por qué y el para qué de las huellas. Y no hay tal. Están, se usan para. Sólo sé que esas líneas, arrugas o dibujos, a su vez son huellas del caminar de los mundos líquidos que nos rodearon antes de nacer. Los ríos, arroyos y cascadas amnióticos hollaron nuestra piel, fueron las caricias primeras. Son cicatrices del amor mojado.
(Huella.- Rastro, seña, vestigio que deja alguien o algo.) Tenía que decirlo.
viernes, 28 de julio de 2006
jueves, 27 de julio de 2006
Un verano interminablemente caliente.
Fueron las últimas vacaciones pasadas con sus primos, en California.
Lentas, amodorradas las mañanas; espaciosas comidas a media tarde con parientes, vecinos, gente buscando qué hacer sin mucho esfuerzo, un lugar y espacio donde vaciar ese tiempo que a veces, ya casi nunca, nos sobra.
Allí conoció a Leonel, luego de que como todas las tardes después de la extensa comida, los padres ahuyentaban a los hijos. Que se fueran lo más lejos posible, pero cuidadito, decían, en una inútil y rara vez escuchada advertencia.
Y ella recuerda que la casa de madera blanca de su tía había sido construida con escondites a granel que siempre les despertaban a manotazos las rojas ganas de jugar “¡a las escondidas!”, gritaba siempre alguien, se mencionaban las reglas, siempre las mismas, siempre diferentes, y el juego se desenrollaba como una alfombra roja por la que desfilaban gritos, sobresaltos, empujones, llantos, carcajadas silenciadas con algún pellizcón de los más fuertes y represores.
Aquel día. Ella lo recuerda como si de una película vista repetidamente se tratara. Todo como aquí lo he contado. Y como seguiré:
Corrieron a esconderse, ella no sabe cómo se le ocurrió meterse a aquel enorme ropero donde estaban colgadas algunas invernales prendas, detrás de ella entró Leonel, con su cabeza de león, sus garras y colmillos que imaginó despedazándola. Quiso salir, pero ya habían entrado 3, 4, 5, no sabe cuántos más, ni quiénes. Buscando borrar la incomodidad movieron piernas y brazos, las manos encontraron su cuerpo acurrucado atrás del olvidado invierno, quién la tocó primero, nunca lo sabrá, después lo hicieron todos. Las manos eran olas subiendo y frotando, lastimando alguna de ellas, con temor alguna otra.
Dijo no, dijo qué tienen, dijo suéltenme, dijo voy a gritar. Cuánto sería, diez ardorosos minutos solamente. Quizá más, ella no quería que la tocaran. Ella no deseaba que dejaran de acariciarla.
Susurros, alguien dijo ya me voy, otro dijo yo también. Salieron como gotas encandiladas hasta que sólo Leonel se quedó ocupando todo el espacio que ella no ocupaba. Leonel que la miraba en la oscuridad con los brillantes y felinos ojos. Leonel que se ocupaba de revisar para reconocer esa piel de ella que alguna vez había soñado, Leonel que bailaba alguna melodía flotando en el mar de los ahogados, Leonel besándola, a ella, a quien no había nadie besado. Un beso grande que le quitó la ropa que ya ardía, una lengua que entró en su cuerpo y aún ahora se mueve en su vientre cada vez que toca un abrigo…
miércoles, 26 de julio de 2006
Cuánto calor para llegar a Kino. Y para acomodarnos. Las tantas personas que éramos, todos convertidos en líquidos y humeantes, con el puro anhelo de encontrar la sombra frente al mar, el alimento junto al mar, de encontrar ese montón de sal y agua que se viene y que se va…
Mariana conoció el mar. Y el mar la conoció, conocieron sus pies yendo y viniendo las olas, la arena de la playa, las gaviotas. Oyeron sus carcajadas las conchitas, y sus gritos las algas. Mariana fue feliz el domingo en el mar. Santiago disfrutó con ella. Yo fui feliz viendo la felicidad de mis hijos.
(Pero el mar es aquello que nos espera
luego de nuestra playa que creemos es eterna
Y nos abrigará después de todo el frío
y de la ausencia
Seremos un pedazo de alga, un granito de la arena
que está allá, en el fondo
sin sentir, sin ver, sin nada
una partícula más entre millones…)
martes, 25 de julio de 2006
"Hablar de uno / avergüenza / Se pierden / los momentos / sacudiendo mentiras / Nos miramos / y sabemos lo que somos / Y eso / Eso jode"
Jacqueline Goldberg
Inventamos constantemente. A diario. En ocasiones creyendo nuestros embustes; otras, carcajeándonos. No sabemos decirnos, construimos para eso el andamiaje de las palabras.
Así, porque no puedo (me duele, lastima, cansa el intentarlo),decir quién soy, tejo con esmero, paciencia, y pulcritud, máscaras de materia lingüística, una para cada ocasión, para cada día, para cada interlocutor. Esto me sirve para no mirarme. Para que no me miren.
miércoles, 19 de julio de 2006
Soy eclipse anulado / no hay gallina / que se eche a dormir en mi presencia
Anochece la lluvia entera / y me dispongo a soltar los nudos / para recordar tus gotas
De Ugo
No aprendí del ajedrez / más que tus dedos / moviendo los alfiles
Ven
A ver si vuelvo a sentir algo / a ver si con tus manos / me transformo en polvo lloviznado
Ven / a ver si con tu voz /sobre mi lengua / me vuelvo agüita azucarada
Ven / A ver si resucito / con tu aroma
Al morir
en el recuerdo aglutinado
quedará tu mordida sigilosa
no habrá sangre escurriendo
ni nube deshilada
sólo canicas rebotando
estarán allí para olvidarme
te tiré al polvo / te aventé al olvido / pisoteé con silencios / tu recuerdo
Qué será de esa piedrita / que se llevó el río / y que tuviste feliz / entre los dedos
dónde están tus dedos / devorados /con paciencia / en los gusanos de la muerte
qué fue de tu felicidad
aquélla / que fue mía / cuando fui una piedrita / feliz entre tus dedos
martes, 18 de julio de 2006
Quiero contarle a alguien. Decirle del nombre del rojo cinabrio. Hablarle de elefantes y dragones, de la sangre que se derrama en la tierra.
El cielo es lila o gris, las gotas no tienen color, se resbalan en el incoloro vidrio de las ventanas, los árboles son el verde moviéndose, la barda ploma sólo se moja. Llueve.
Leo y leo acerca del color y descubro a un cervecero británico que debió vivir en Sonora y que creó, gracias a su cerveza, el tintómetro de Lovibond.
En otras, muy distintas palabras y estilo, un libro me habla de por qué veremos siempre un corazón rojo, una hoja verde, un cielo azul, aunque esté en penumbras, casi a oscuras. Tus ojos tan dulces, tu lengua siempre húmeda, las palabras iluminadas...
Me maravillo de saber que: No existe el negro, es sólo una sensación no un color.
Y el libro que tal vez nunca terminaré (porque sé que otros libros me están ya jalando con más fuerza), es Los lenguajes del color, de Eulalio Ferrer.
lunes, 17 de julio de 2006
Ninguno de los dos se dio cuenta cuando el otro se fue.”
Ámbar Past
Ella era mujer y él hombre
Ninguno de los tres se dio cuenta cuando el otro llegó
Ella era virgen y él soñador
Ninguno de los dos se dio cuenta cuando el otro murió
Ella era luciérnaga y él oscuridad
Ninguno de los dos pudo calentarse jamás
No me da para más. O sí. Pero por hoy prefiero abstenerme. Y decir que trabajar con niños es muy fácil pero tan difícil. Es decir, sigo en el plagio, pero otro
viernes, 14 de julio de 2006
Dos poemas sin dedicatoria (dedicación -diría el Gato)
Suave te toco, amor.
Dormido
Estás como en tinieblas
suspendido en el sudor
del deseo indiferente
casi
del sueño
en que me sueñas
te sueño
y nos soñamos
Ambos a uno
Sueño contigo
sueñas conmigo
y estamos en mutua compañía
en nuestro dormir
en esta cama
silenciosa
que no sueña
ni soñamos
Todas estas horas que me paso recordando
tu mordida
el olor dulzón de tus axilas
la mirada que tuviste
al irme...
Todo este sabor salado
y escurrido
me revienta el alma
y el deseo
de que el tiempo no transcurra
Que no siga transcurriendo
y se devuelva
que volvamos a estar juntos
mi amorcito
mi dolor pa’ siempre
Pd: Recado para el Sol: no puedo creerlo: toda esta semana he salido con una sombrilla.
jueves, 13 de julio de 2006
Mary decía del cielo, el paraíso... la biblia. Me dejó esperando ya no supe qué y me regaló una revista. La vi mientras se iba agitando su mano, despidiéndose de una pecadora como yo que ni siquiera pude responder si creía en Dios.
Todavía tuve tiempo de ver cómo el pecador taxista se carcajeaba con amigos, allá afuera.
miércoles, 12 de julio de 2006
martes, 11 de julio de 2006
algo que no es hombre
Ni mujer
Algo que los hombres tampoco encuentran”
Ámbar Past
Se camina porque se busca.
A veces el camino es cruel y solitario.
En otras ocasiones caminamos sobre almohadas, encima de las plumas, y cada paso es pura miel.
A oscuras creemos avanzar, a veces con la luz nos encandilamos creyendo que hemos llegado.
Pisamos con cuidado para no ensuciar a veces, a veces para no lastimar a los que se han tirado de puro agobio dolorido, a veces para no lastimar nuestra pisada con la espina, siempre hemos de ser caminantes cuidadosos.
Pero vamos y vamos caminando como si de verdad creyésemos que caminar nos hará llegar. Como si caminar nos ofreciera la posibilidad de encontrar. Como si al momento de encontrar lo que no sabemos que buscamos lo pudiéramos reconocer y decir hasta aquí llegué, no necesito más caminar, ni buscar. Lo he encontrado.
No. Algo que no es hombre ni mujer, ni es seco ni mojado, ni de aquí ni de allá, no es tiempo, no es espacio... Algo que no es. Algo que nunca encontraremos.
Anoche no dormí. Casi no pude. Los sueños no dejaban que buscara. El sobresalto no me dejó encontrar. La soledad me picó toda la noche los ojos.
lunes, 10 de julio de 2006
-¡Y cuál es? –preguntó Dorotea-. ¿El granjero Mascón que te hizo?
-No –replicó el espantapájaros-. Una cerilla encendida.”
El mago de Oz, L. Frank Baum
Igual, supongo, podría responder un libro, ni modo que de quemazones no sepa, enterado como está de incendios, intolerancia y miedos (que es lo mismo). Un libro sabe, más que un espantapájaros (que, además, tiene la cabeza rellena de paja, como sabemos), lo que es la combustión, la historia, la ignorancia, cómo es que las llamas crecen, cómo alimentamos hogueras con papel…
Pero si yo fuera un libro, que nunca lo seré, y no sé si decir: afortunadamente, o por desgracia, temería si no igual que al fuego, sí de una manera muy cercana, al agua.
Al agua que moja y devora la tinta, al agua que convierte en pulpa al papel.
A la lluvia temimos por estos últimos tres días. Un ruido tremendo, que sonó a golpe, porrazo, quebradura, caída, desastre, nos gritó que algo había ocurrido en los techos de esta biblioteca. Visitas de expertos en techos, escaleras, y el anuncio, desde el viernes: “si llueve se va a meter toooooooda el agua”, nos dijeron. La rotura de lámina ubicada encima del depósito de libros, del centro de cómputo, de los archivos. Nada hicimos porque nada se podía hacer. Sólo pensar en los libros flotando, hundidos, nadando, naufragados en la lluvia de este verano.
Lunes: láminas nuevas, martilleo, deshacerse de lo roto, desgastado, viejo, y muerto. El anuncio: “ya quedó listo”
Y a pesar de los truenos, de las nubes negras y gordas, de las lloviznas que son precursoras de, no llovió. No cae el agua. Nada nos moja.
Ahora, como no soy un libro, desgraciadamente, o por fortuna, mi temor es que no llueva. Y saldré a las calles de mi corazón a cantar, a pedir porque la lluvia, a bailar para que el agua vuelva.
Pd: Mariana me ha pedido por tercera ocasión que lea para ella El mago de Oz. No quiero saber por qué le gusta tanto.
viernes, 7 de julio de 2006
Porque pasado un rato lo olvidé porque el viento, porque un papel, porque los libros, porque pensé cuánto falta para noviembre y me dio gusto, porque supe que es viernes y me asusté, tomé agua, vino a mi memoria algún durazno, me pregunté qué pasa con los muertos, con algunos. Me olvidé.
Despertar es recordar nos dicen. Pareciera que en el sueño o en el dormir nos olvidamos de nosotros y es tan fácil irse, caminar otros caminos, dejarnos como asunto ya solucionado en una carpeta, aventar nuestro cuerpo en una cama para olvidar cómo es el tacto de esa piel, cómo es que vemos con aquellos olvidados ojos ahora cerrados, no recordar sino hasta la mañana cómo la sombra nos persigue sin cansarse (por lo menos no aparenta estar cansada). Al dormir no estamos. El olvido es eso.
Despertar sería lo contrario, pero en algunos casos no se puede, ya no hay marcha atrás. Lo olvidado ya no vuelve.
jueves, 6 de julio de 2006
En los setenta, a finales de esa década, hubo en Cananea una discoteca, la primera de este pueblo, se llamaba “Crazy Horse”. Allí, el niño que diez años antes era pequeñito y yo que en ese entonces jugaba más que antes, bailamos… No rompas mi corazón
1994. Fila larguísima mientras veíamos las nubes que más que presagiar amenazaban con derramar su lluvia sobre las elecciones. Y lo hicieron. Qué votación más inútil, salieron a tirar su voto adentro de las urnas personas que nunca antes lo hicieron… allí, cuando el diluvio anunciado llegó, todos o los que pudimos, corrimos hacia un sitio para escampar… la tía de aquel niño me contó, me dijo llorando: anoche a Raúl lo golpearon, está muy grave. Llamé a Hermosillo. Creo a Pina, le dije visítalo, no sé, el tiempo nos lleva a inventar, casi ni estoy segura de los sustos, los bailes, los besos, las pláticas, las cartas que me envió, las que yo le envié, las fotos, su rostro cuando fue niño. Estoy cierta de que se murió. Oh, sí. Se murió.
Pinches elecciones tristes, es todo cuanto de ellas recuerdo. Inútiles, llenas de agua corriendo como pocas veces por las calles y la triste, lamentable y dolorosa muerte del Raúl, “Caballo loco” para siempre.
La tristeza está aquí otra vez.
martes, 4 de julio de 2006
Una lluvia que se antoja dulce, como nieve de arándanos, o de níspero, de higos… o lo que es lo mismo, otra versión de “¿y tu nieve de qué la quieres?”
Como si pedir fuera tan fácil. Como si después de algunos años uno creyera en el pedir. Como si al pedir realmente esperásemos respuesta.
Dar, en cambio, sigue siendo fácil. Y natural. Como dejar que los frutos caigan, que las hojas vuelen. Dar es como llover.
viernes, 30 de junio de 2006
Estampas de la democracia
Hay una diferencia muy grande entre la teoría y la práctica, no es mi intención filosofar. Pero entiendo los libros de civismo y la Constitución, entiendo cuando busco definiciones en el diccionario; sé lo que es política, elecciones, campañas, candidatos. Mas no puedo asimilar la política, no puedo aprehender las elecciones, digerir las campañas. Sé, por ejemplo lo que es morir, pero nunca lo sabré hasta que muera (y en realidad entonces es cuando menos lo comprenderé)*. Votaré, ya sé por quién, oh sí. Y veré todo ese espectáculo desde mi no entender. Así es, a estas alturas no aspiro a más.
Ayer fue el último día de campañas. Eran cerca de las diez de la noche, y de pronto, en el silencio pueblerino que me rodeaba (y me rodea siempre a esas horas), escuché una triste voz diciendo desde un auto, con micrófono en mano y bocinas mediocres: soy fulano de tal y soy candidato a, por el partido tal. Me dieron ganas de llorar, salir a recorrer las oscuras y solas calles a decir palabras inútiles junto a ese hombre solitario que no ganará elección alguna. Su voz era cansada y llena de melancolía, ofrecía disculpas, como si de verdad fueran necesarias, por no haber podido hacer las suficientes visitas domiciliarias, como si esa fuera la razón de su futura derrota…
Aquí hay una esquina que se llama (afán de este pueblo de sobrenombrar las cosas, los hechos y los hombres) “La esquina de la Democracia”. Y ha sido tomada. O lo fue en estos últimos casi treinta días. Un personaje, estrambótico o extravagante, loco o cuerdo, quién sabe, desde las seis de la tarde se colocó en la esquina mencionada, la por él tomada, con unas potentes bocinas y mucha saliva a hablar. Y hablar. ¿Algún tema, argumento? Ninguno, sólo frases, repetidas una y otra vez: "la mafia del pri, su candidato a presidente municipal está engañando al pueblo y todo el pueblo se tiene que enterar y su cuñado el zutanito, también y todo el pueblo se tiene que enterar la mafia del pri, su candidato a presidente municipal está engañando al pueblo y todo el pueblo se tiene que enterar y su cuñado el zutanito, también y todo el pueblo se tiene que enterar la mafia del pri, su candidato a presidente municipal está engañando al pueblo y todo el pueblo se tiene que enterar y su cuñado el zutanito, también y todo el pueblo se tiene que enterar la mafia del pri, su candidato a presidente municipal está engañando al pueblo y todo el pueblo se tiene que enterar y su cuñado el zutanito, también y todo el pueblo se tiene que enterar…"
Las delicias de vivir aquí.O allá, tienen razón.
* "… ciertos procesos universales que todos experimentaremos al morir. La parada de la circulación, el transporte inadecuado de oxígeno a los tejidos, el deterioro progresivo de las funciones cerebrales hasta su total interrupción, el fallo funcional de los órganos, la destrucción de los centros vitales: estas son las armas de todos los jinetes de la muerte.”, dice Sherwin B. Nuland en el libro Cómo morimos
martes, 27 de junio de 2006
Algunas palabras para D. H. Viajamos en un tren, dijimosno sabemos dónde ni cuándo bajaremos Te hablé del tigre con alas que me espera en alguna estación desconocida Tú me hablaste de otro animal místico que por ti sueña Y en las palabras que venían y que iban lo supe, también se transportaban pedazos de esperanza de que tu animal y el tigre que por mí ya espera sean vecinos de una misma selva y vuelen juntos en una esmeralda dulce, llena de agua Anoche, cuando platicábamos (anoche es un lugar del tren, lo sabes) |
lunes, 26 de junio de 2006
Como un árbol. Esa es la sensación en la que se navega cuando uno vive y vive y vive por años en un lugar. El mismo. Sensación que de tan cómoda, es difícil. De distinguir y definir. Solemos definir lo que queremos distinguir. Pero si el sitio es el sitio siempre, nos perdemos de pronto lo que acontece y que hace distinto un espacio de otro porque solemos cerrar los ojos para caminar y de pronto, al abrirlos exclamamos:
¿Y allí, no había, cuándo, ayer, hace diez, mil años, una montaña, una enorme mole, quién la quitó, a dónde se fue?
¿Y las nubes, cuándo llegaron y de dónde que no las vi transformar a este cielo que hace cuánto era sólo el azul y ahora es la gris esperanza de la lluvia?
¿Y la casa que ayer estaba habitada, por qué y cómo se deshizo? ¿Cómo es que ahora mis raíces están abajo del polvo que antes fueron sus paredes?
Sólo imaginar tus pasos acompañándome cuando subo y bajo por estas calles interminables que son siempre la misma calle y siempre el camino sin conocer me quitan el arraigo, sólo por tus pies que a veces siento al lado de los míos es que me esmero en darme cuenta, en percibir olores, saber de qué color son las fachadas de las casas, y saber de los perros atropellados, de las golondrinas que construyen nidos, de la gente que se muere, de los que nacen, de los autos que se multiplican, del sabor de los albericoques...
sábado, 24 de junio de 2006
viernes, 23 de junio de 2006
jueves, 22 de junio de 2006
| Tengo encima un don o una mala carga. Desde que era niña, muchas personas consideran que quieren darme y contarme su vida, costumbres, obra y milagritos. Así, me he enterado de algunas historias chuscas, ridículas, grotescas, terribles, tristes o espantosas. Relatos que involucran a personas que desconozco y desconoceré por siempre, historias de muertos a quienes nunca vi, anécdotas de ausentes que no volverán. Tal vez nadie lo crea, pero caminando alguien que no sé quién es me ha detenido y me ha dicho que quiere platicar conmigo, contarme algunas cosas, problemas, alegrías, platicar. Personas que me dicen que saben que yo sé escuchar, que lo presienten. Sé que es difícil de creer, parece invento. Algunos de los hechos que me han narrado son, de verdad, inconfesables y no entiendo cómo es que una mujer, o un hombre pueden, de pronto, como si se abrieran el cofre del pecho dar ese regalo, vaciar ese golpe a una desconocida que tendrá que cargar con él para siempre. Lo peor es cuando los personajes de esos argumentos tan espontáneamente desperdigados son personas conocidas y lo que me han contado de ellos es denigrante, o penoso, o divertido. No puedo verlos a la cara sin preguntarme si será cierto, si se orina en la cama, tan grandote, si habla sola, si llora cuando hay luna llena, si se viste de rana, si no se baña, si no toca a su esposa, si es virgen, si le apesta horrible la boca, si tiene hongos en los pies, si nunca lee, si tiene un pelo como crin en la espalda, si tiene las rodillas verdes, si es impotente, si es frígida, si nunca duerme... También hay quien obsequia maravillas, ciudades hermosas, animales fantásticos, emociones gloriosas. Algún día tal vez me atreva a escribir tantas verdades. Algún día me atreveré a escribirlas como mentiras. Algún día encontraré la llave para abrir el cajón donde he guardado tanta vida ajena. |
miércoles, 21 de junio de 2006
Llueve aún. Llueve. Llueve. La ciudad es otra. Distinta a la de ayer. La noche será fresca porque ahora llueve. Los grillos lo dijeron, anunciaron la metamorfosis.
| Siempre que llueve llega el estupor despacio y se instala con sus redes de agua hasta que no sabemos qué decir. Este es el caso. Una paloma camina con tiento sobre la barda llovida. Quisiera que fuera un cuervo. Así tendría el pretexto para decirle un abrazo a Roberto. Este día dicen que llegó el verano. Llueve desde ¿hace dos, tres horas… una? Lo suficiente para refrescar tanto este pueblo que el día más largo prometido se ha hecho breve como algodón de azúcar en charco. Estuvo nublado tan oscuro que parecía eran las siete de la tarde a mediodía. Todo es hermoso como pintura de maestro. Todo es frágil como repentino sueño. Todo, en fin, parece que es mentira. Nosotros nos difuminamos. |
martes, 20 de junio de 2006
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lunes, 19 de junio de 2006
| "Llueve desde arriba de una isla. El mar está siendo inundado de agua dulce." Pienso si, tal vez, algún día, te encontraré en otro ser. Y en un parque, sentados en la banca más alejada, tomaremos vino. O, frente a una playa nublada, sobre la arena, beberemos una cerveza, o dos, o tres. O un café caliente, en una fonda oscura y solitaria... un vaso de agua... un traguito. Y brindaremos. |
sábado, 17 de junio de 2006
Leer para Mariana Bella labor que emprendo con esmero y diligencia desde que nació (Y lloraba, lloraba mucho, no puedo creerlo, es como si el recuerdo fuera falso, pero así fue, era una niña que lloraba siempre, tanto, tanto, por eso la profusión de cantos, poemas, cuentos y charla…). Estamos en la lectura de Cajón de cuentos, de León Tolstoi. Anoche leí primero “La niña y los hongos”, “que raro cuento” fue la expresión de esa niña que disfruta tanto de la lectura. Ahora -le dije- te leeré “Esto ocurre con el rocío sobre la hierba” y me dijo: “¿Te pido un favor, mamá?, léeme de nuevo el la niña y los hongos y después me lees ese de la hierba. Claro. Cuando concluí la lectura -son dos textos muy breves-, Mariana dijo: “me gustaron mucho los dos, gracias, mamá” y se durmió. Debo decir que todo lo anterior es para explicar la sensación de bienestar y gozo. Me sentí orgullosa como si yo hubiera escrito esos cuentos. Y sí, en efecto, son “cuentos raros”, porque no son fáciles o lo son demasiado: dos niñas corriendo para escapar del tren, imagen dramática que hace contener el aliento, poesía cuando vemos a la niña menor recoger los hongos tirada abajo del tren que sobre ella pasa… alivio porque sale ilesa. Ilesa como mi Mariana que duerme una tranquila y fresca noche llena de viento y campanas, soñando con niñas que recogen hongos y beben el mejor néctar, dice Tolstoi, el rocío. |
jueves, 15 de junio de 2006
"tres dedos de mi mano izquierda
suspiran
por acariciar tu lengua"
"Pero el azul de los pequeños mares
que acongojan tu alma
no son motivo suficiente
para naufragar en ellos"
"Nada se echa a perder. Sólo deja de ser lo que era y es otro (ver un libro de texto de física, química, filosofía o de civismo). Así, la pesadilla no es, como aseguran, un sueño podrido. Es otro universo, lunas diferentes que no suelen gustarnos porque continuamos mirándolas con ojos de sueño."
"De la locura / los ojos varias veces picoteamos juntos / las uñas afiladas / la saliva dulce"
"Cuando te tuviera aquí
hubiera sido tu boca
el único vaso
del que yo bebiera
Cuando te hubiera tenido
miércoles, 14 de junio de 2006
"Un hombre sin mujer es lo mismo / que una mujer sin hombre, / el desperdicio de los sentidos / una tristeza larga / y la embestida de un tiempo que no descansa / hasta dejarnos como un girasol / a las 6 de la tarde. // No hay que resignarse, / digo que no hay que resignarse, / es una broma de Dios este maltiempo. / ¿Dónde están los hombres que he amado? / ¿En qué camino buscan lo que he perdido?"
Leo: "50 personas caben de pie en la lengua de una ballena azul". Y allí estoy, de inmediato, paradita en esa superficie mojada, que imagino será rosa... oh, sí, un escenario infantil con tonos pastel. ¿Qué haremos allí parados? ¿quiénes estaremos? Empiezo la lista: Santiago, Mariana, Pina, Emma, Miguel Ángel, Roberto, Carlos, Antonio, Samantha, Tania, Josué, David, Enrique, Bruno, Marcos, José María, Alfonso, Omar, Renée, Luis, Rogelio, Ramón, Sofía, Alma... no puedo incluir a muertos porque ellos no ocuparían necesariamente un espacio, estarían adentro del espacio que nosotros ocupemos, o algo parecido, así que no incluyo a Humberto ni a Francisca que estarían conmigo ... 50 personas son muchos cuerpos. Sentados cabríamos menos pero estaríamos más cómodos, creo. Acostados, ni se diga.
¿Y la ballena? ¿cuánto tiempo soportaría nuestra presencia de pie, sentados o acostados, antes de decidir que somos molestia insoportable?
¿Para qué caber en una muerte tan llena de sal?
Ni seguiré la lista (Tiene que haber otra oportunidad -más dulce y menos mojada- de estar juntitos)
martes, 13 de junio de 2006
| La parte trasera de mi casa es un porche que está en alto; abajo, el corral, pequeño, donde conviven apretadamente un árbol de arándanos, un granado enano, un naranjo desadaptado, el laurel, duraznos, rosales y una higuera enorme que ha acompañado mi vida; también vive allí el “Happy”, perrito de Santiago. En el corral de la casa vecina había desde siempre un gran membrillo, de tronco ancho y alto, lleno de ramas, viejísimo. Lo cortaron. Sacaron su raíz del todo, dejaron un cráter en el suelo y un hoyo en el paisaje. Ahora conozco muchas casas que antes nunca había visto. He visto a una señora amasar en la mesa de su cocina, he visto saltar a unos niños sobre una cama, gente subir, bajar, caminar, pelear… Y allá, más lejos, veo La Mariquita, y en su cumbre, el Observatorio. Recuerdo a Lamar diciendo cómo pensaba que desde allá podían verla si se desvestía frente a la ventana, se imaginaba, creo, a un astrónomo, con un potente telescopio escudriñando las rutinas de los habitantes de este pueblo. Y a ella, babeando mientras la veía cómo se quitaba el vestido. Ja. Y miro hacia aquel lugar ¿podrá ser cierto?. Después de cerciorarme de la ausencia de cercanos mirones que pudieran sorprenderme saco la lengua a aquel que tal vez me mire desde aquellas lejanías, kilómetros de distancia me separan de aquel interlocutor que pudiera estar respondiendome con un gesto obsceno. Me arrepiento y a continuación aviento un beso cariñoso… Por si de verdad me están mirando. Leí hace tiempo un poema que algo así decía: “me están viendo / desde todas las habitaciones / me están viendo / en la calle no puedo sino percatarme del ruido / del mover de las cortinas y telones para verme // Y estoy dormida y me están viendo / penetran las miradas en el sueño / y me pregunto / si en la muerte / seré vista cuando me desnude para despedirme / del sol…” para nada era así, claro. Es un poco el deseo de hacernos invisibles a ratos. Y me pregunto. En el poema de Roberto querido ¿los invisibles quiénes son? ¿Aquellos, abundantes en las calles de su texto, los que viven y mueren, que no se dan cuenta que están en esa aglomeración que construye una ciudad doliente y llena de gozo? ¿O los que hacen el amor y no saben sino estar perdidos en el laberinto de ser en otro? ¿Quiénes le dan título a ese poema? ¿Los poetas a quienes no se ve? ¿Los habitantes del poema? ¿Los lectores que sólo podemos asomarnos a la gran palabra que inunda el pantano de letras, el arroyito de signos, el charco de acentos...? Oh, a veces la posibilidad de ser invisible suena prometedora. Pd: “Los Invisibles”, de Roberto Castillo |
lunes, 12 de junio de 2006
Ya está harta. Cómo es posible que todas le tengan que decir cómo peinarse, que le sugieran la ropa que hay que ponerse, que le cubran las ojeras, le den color a sus mejillas. Y sus labios ¡qué agonía! Los presiente carnosos, antojables ¿por qué no ha de verlos? Untarse ella misma el color que los hará más seductores
Lo peor, sin embargo son sus lenguas, dobles y apestosas. Diciéndole:
- ¡Has engordado, querida!
- Ya tienes arrugas…
- Ese color no te favorece
- Qué mal amaneciste, no te ves bien, tienes que descansar, tu rostro no tiene vida, tu piel parece de roca …
Y ¿cómo descansar si tiene esos terribles sueños?, en ellos se ve volar como caballo, correr como manantial, dar vueltas como el viento atronador, asustando hombres, enmudeciéndoles, dejándolos sin movimiento.
Y ahora ellas, conversan cuando intenta dormir y acuerdan aturdirla con sus críticas. Amparadas, claro, en sabe qué conjuro pueden decirle eso y más. Pero se está cansando, algo desde sus ojos, que yo tampoco podré nunca mirar, me lo dice. Y anhela que se hagan polvo pero no sabe aún cómo conseguirlo sin desbarrancarse con ellas en la letanía de la piedra rodando…
sábado, 10 de junio de 2006
viernes, 9 de junio de 2006
Imagen de Dionisio A Javier Lo que atrajo mi mirada fue el charco amarillento abajo de las sillas. Con la atención ya despierta, percibí el olor. Sobre la silla dormía, lo más fetalmente posible, dado lo precario del soporte, aquel hombre. Pequeño y ebrio, oscuro y orinado. Aquel era un lugar extraño, por decir lo menos, que lo más sería afirmar que parecía una cantina, parecía un edificio abandonado, parecía una cueva, una escenografía mal hecha, un burdel, pero no era nada de esto, era un centro cultural de raro nombre y era también todo lo demás. Chavela Vargas cantaba escondida desde alguna bocina en alguna esquina que no pude localizar. Flotábamos en una discusión lenta encharcada en conceptos alcoholizados que pretendían ser intelectuales, los peores. Luego, el hombre despertó. Hablamos de dios. O con él. Por lo menos Dionisio eso me dijo. Y escuché. Casi creo recordar que dios le respondía. Dionisio, que así se llamaba el hombre, o que así no se llamaba, mantenía una diaria comunicación con el divino. Eran consultas recíprocas, me platicaba. Confieso haberle creído siempre. Así como mantuve siempre la boca abierta a la espera de las gotas de aquella poesía de la que él bebía. Casi logré, si no ver a dios, saludarlo de lejecitos o conversar con él, aficionarme al estado expectante de Dionisio. Sin embargo, él lo encontró antes que yo, en el filo de la banqueta de una calle fronteriza, que pegó en su nuca y lo dejó mudo para siempre. |
jueves, 8 de junio de 2006
Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer extraña, muy solitaria, indiferente, con pájaros en la cabeza. Si me quieres –le dijo-, yo no sé si pueda quererte. –Y, ¿cómo podré convencerte de que me quieras?- preguntó el hombre. –Yo no conozco el mar –dijo la mujer-, no conozco el bosque ni la selva. Sueño con orquídeas desde que las oí mencionar. He vivido en mi casa desde que nací. No he ido más allá de los límites de mi jardín. En los ojos de la mujer había algo semejante a una tristeza serena, a un aburrimiento domesticado, a una desesperanza ya vieja y sin solución. Y, sin embargo, como quien trata de pescar ballenas en el manantial del traspatio, se atrevió a pedir: - Llévame a ver el mar. - De acuerdo –dijo el hombre.- Empaca y nos vamos. - Pero quiero ir a pie, descalza, desnuda y con una venda sobre los ojos. - No verás el camino. - Tú me guiarás. - Pero entonces no podrás ver el bosque y las selvas, no conocerás las orquídeas. No gozarás al contemplar por primera vez el mar. - Quizás sí pueda verlos y conocerlos a través de tus ojos. - Y entonces, ¿me amarás? - Antes de quitarme la venda me describirás el mar. Luego, cuando yo lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo amarte o no. Del Libro de los Frenápteros Marco Tulio Aguilera Garramuño, en Cuentos para después de hacer el amor |
miércoles, 7 de junio de 2006
Mariana me esperaba viendo la lluvia desde el porche. Eran más o menos las siete treinta y recordé los globos amarillos que había que llevar el día siguiente a la escuela. Le dije quieres mojarte anticipando su respuesta afirmativa y gozosa y allí fuimos, las dos a buscar globos amarillos en una mojadora barca que nos regresó media hora después rezumando amor y frío. Pd: dolor pinche |
martes, 6 de junio de 2006
No deja ni siquiera decir. Ni escribir. Sólo es que llueve. Llueve mucho.
lunes, 5 de junio de 2006
No puedo sino intentar compartir esta lluvia que ahora se nos ha dejado venir encima, acompañada de truenos y me ha dado el regalo de sentir las ganas de salir, de irme montada en alguna de esas gotas que apenitas cae y ya junto a otras son arroyito, charco, lodo. El olor, incomparable, aunque puede parecerse a ese aroma peculiar de los hijos, a la chimenea, a alguna arena ya desperdigada, al amor extraviado
Aquella es una mujer. Es una mujer que va pensando. Piensa que no desea coger, hacer el amor, tener sexo. Así que siente que la obligarán, violarán, forzarán. Es una mujer que tal vez no piense eso, yo cómo podría saberlo, tendría que ser ella para estar segura. No quiero, sin embargo y por supuesto. Pero se me ocurre creerlo porque es una mujer que considera que en ese día lleno de nubes lo que desea es estar sentada en una silla del porche, esperando por la lluvia. Pero yo tampoco puedo saber qué es lo que ella puede o no considerar. O desear. El deseo es vivir. Ella, se me antoja pensarlo, no cree necesario vivir, no como yo lo creo. Mas cómo podría otra mujer saber lo que aquella, cuando camina, desea. Una mujer, otra, no aquella, habla de la posibilidad de deseos, pensamientos y consideraciones ajenos, quizá para olvidar el dolor. Parece que lo consigue. Nadie puede saberlo. Sigue creyendo que aquella mujer que camina no desea hacer lo que hará. No puede, no le corresponde saberlo. Yo no sé nada, tampoco. Ni siquiera de lo que yo misma siento, deseo, considero, espero. Sólo sé que me duele. |