jueves, 20 de septiembre de 2007
Es un puente de arco, de hecho así se llama: Puente de Arco. Trataré de describirlo:
Por la parte superior une (claro, es un puente) dos elevaciones del pueblo, para permitir que pueda pasarse de un lado al otro, a pie o en auto (1 por vez), es también un lugar para ver, hacia el este o el oeste principalmente y es una vista gozosa. El norte y el sur también pueden verse, son las partes que se unen, pero nadie se para en medio del puente a ver hacia esos puntos cardinales, que desagradables tampoco son, aunque más bien son los lugares de donde se viene y a donde se va y punto.
El puente, sin embargo y aunque tanto se use (porque se usa mucho), no es indispensable, se construyó tal vez con la finalidad de evitar subirbajar pero de que se puede pasar de uno a otro lado sin él, se puede. Abajo del puente no hay arroyo, río, ni barrancos, o abismos, sino la calle principal.
El puente descansa (o se sostiene) sobre dos arcos, uno grande, del ancho de la calle, unos 7 metros y 10 mts. de alto ; otro bastante más pequeño para los peatones, éste mide unos 3 mts de alto, 5 de extensión y 2 de ancho. Es decir uno camina por la acera de la calle principal y esta se divide en dos, una que sigue como si nada desenrollándose hacia enfrente y otra, que sube y sube –y después baja. He calculado unos 100 metros en lo que la banqueta sube y baja o se desenrolla (que, entre paréntesis lo digo, como bien es visible, también sube y baja aunque no tan pronunciadamente)
Y como estoy segura de que para nada me acerqué al puente, si alguien desea verlo:
www.esmexico.com/fotografias/fotos.php?len=&seccion=estados&Punto_I=Calles&Area=Cananea&Estado=Sonora
lunes, 17 de septiembre de 2007
viernes, 14 de septiembre de 2007
¿En qué territorios vagamos sin hallar el rumbo? Ayer leí un análisis al poema “Se equivocó la paloma”, de Rafael Alberti, que también es cantado por Serrat (dato inútil) … resulta que el análisis me dejó ¿hueca?, aunque me divertí. Los animales NO se equivocan, dice el texto una y otra vez… ¿qué es esto?
Sin embargo, no abundaré en cómo el autor desarrolla tal certeza. El poeta no pensaba en todo esto (yo qué sé de lo que Rafael Alberti pudo pensar), cuántas palabras… pero tal vez sí lo rondó la idea, aunque eso ahora no importa. Ya después del poema, lo que el poeta piense o haya pensado, no importa.
Recordé lo que una vez oí acerca de un animal esquizofrénico y cómo concebirlo, un insecto, o por ejemplo: una mariposa loca, un gusano con conducta esquizoide, una mariquita bipolar ¿tú crees?
araña demente
enredo fantástico en la simetría
sin encontrar el preciso
momento indicado
para cerrar el nudo
para el corte del hilo
para dar media vuelta
y contemplar con ojos
de ternura muerta
su alimento
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Adivinanza
Son las doce y 35 minutos. Hay aquí unos chavos leyendo en voz alta, dictando, creo, acerca de Neptuno, un pequeño planeta helado, sumido (palabra que provoca confusión y cambian a hundido, ja) en la oscuridad por ser el más alejado del sol… bla, bla y bla. Una mujer muy joven está sentada sola, tiene el cabello largo, negro y ondulado: muy largo, muy negro y más o menos rizado, trae un vestido sin mangas que le llega a las rodillas pero con una abertura por el lado izquierdo; al sentarse cruza la pierna y la abertura se va hacia arriba, casi hasta donde el muslo empieza, sus muslos, piernas y demás extremidades (je) son largas, es muy alta y morena… imagínate su pierna larga y morena cruzada dejando ver hasta… trae zapatos ¿dorados? con tacón alto y sin medias; es delgada y enfrente de ella está un joven que busca y busca en una enciclopediota, baja y sube tomos y no he podido pillarlo mirando a la joven ni siquiera de reojo y eso me gusta, este chavo definitivamente me cae bien. Ahora él se pone de pie y se va a los estantes del fondo, indiferente al espectáculo. Ella también se levanta, viene conmigo y pregunta una babosada, lo que no confirma ninguna regla, por supuesto, pero que hace que se me quite un poquito la envidia.
Adivina en qué momento de lo anterior te mentí.
sábado, 8 de septiembre de 2007
estarás en los charcos paridos por la lluvia reciente........... en el globo rojo que vuela con la boca abierta........... en las sucias manos del que vende elotes............ en mi ojo izquierdo que casi no sirve pero que todavía ve.......... en la fila de hormigas llena de fe que se dirige a dónde........... estarás en la gente que come y en la que ya no es
Pero nunca allí
miércoles, 5 de septiembre de 2007
Pozolito tumbador
En Nogales un día nos llegó Iselda, más o menos a las siete al depa arriba del cordovés (¿estás seguro de que ves?) y al ratito llegó un chavo al que le dicen cholo, creo, estábamos los cuatro sentados en un colchón, Ugo y el chavo este, loquísimos; Iselda y yo –yo no tanto, pero- muy circunspectas -¿qué quiere decir esto?-, (es tarde ya, suena el teléfono y yo doy un salto, no era para mí) y qué hacemos y qué rollo, nadie quería quedarse ahí (¿o allí?), el cholo sacó unas pastillas –un chingo de-, caballerosamente ofreciónos y nadie quiso, rarísimo, tampoco Ugo que era incapaz de despreciar algo ofrecido de tan buena manera. Creo que se sentía ya volando y por eso. El cholo se sintió ofendido y, para desagraviarlo, Ugo lo invitó a cenar, no quiso y bueno nosotras sí vamos dijo Iselda, sí, vamos, dije yo, no, dijo el cholofendido yo no voy y Ugo pues qué pedo pinche cholo, vamos ¿no? Y él terquísimo, no, ni madres no voy y no sabíamos cómo sacarlo no era ni amigo siquiera como para que se hubiera quedado solo (además, para esas fechas ya había pasado lo del saxofón y Ugo como que había perdido un poquito de la exagerada confianza que tenía en medio mundo. Esto del sax fue así: nuestra recámara tenía unas ventanotas al patio –especie de no sé qué, como azotea, pero no- donde estaban los cuartos para lavar y tendederos; como las puertas a la calle siempre estaban cerradas con llave, o se suponía que debían estarlo (además en el otro departamento no vivía nadie), no teníamos reparo alguno (mira nada más cómo estoy hablando) en dejar las ventanas abiertas y las dejábamos; y todo adentrito, al alcance de cualquier mano santa que así lo apeteciera; pues sucedió que un día (como dice el poema) llegó un chavo, amigo de Ugo, de cuyo nombre no puedo nunca acordarme, ja, metió sin el menor de los esfuerzos su manita ávida y flaca (era un chavo flaco, pelo lacio y largo, bigote, guitarrista roquero y con mirada torva -¿así se dice?), tomó del atril el saxofón junto con una toalla café, el sax de Ugo y la toalla mía y llevóselos (¡la toalla también!), estábamos en el cine y cuando regresamos el dolor angustia y desesperación de Ugo fue indescriptible (¡qué mamona!) junto con un coraje de los mil demonios (él dijo) y dónde buscarlo… sobre todo dónde encontrarlo. Pasó casi una semana de movilización interbarrial, de pláticas con locos de toda especie, hasta que alguien dijo que el tal, amigo (según esto, mucho) de Ugo andaba por allí ofreciendo a la venta un sax dorado. Luego fue la recuperación, las explicaciones, yo no sabía que era tuyo, alguien me lo vendió, si yo hubiera sabido, pero no, todos sabíamos que el mala onda había sido el ¡Gonzalo se llama! Así que después de un rato más de discusión, está bien dame una madre de esas y vámonos, no pues tienen que ser dos y dos fueron, así bajamos, el cholo no quiso cenar, y allí mismo, enseguida del cordovez (¿seguro que no ha habido otra vez?) había una fonda (se llamaba “Mi fondita” “Tía Lencha” o “Mi Ranchito”, ya no recuerdo) allí íbamos casi todos los días a tomar café, comer tacos o perder-ganar tiempo… ver los músicos originalísimos (o no ¿cómo decírtelo? Entrabas a la fonda y todo cambiaba, ya no estabas en el pinche Nogales, sino en algún sitio desconocido pero mucho más familiar y rico, calientito –por decir de alguna manera-; había rocola –no sé cómo se escribe-, una barra con una cocina aceitosa y oscuridad, el cielo estaba hasta la madre y las lámparas apenas si); te decía, el cholo se fue a seguir en su loquera y nosotros tres entramos. Pedimos Iselda tacos, Ugo pozole y yo quesadillas, tomábamos café o cerveza que para el caso es igual (¿o lo mismo?). Ugo a cada momento se ponía más silencioso, lo que en realidad no se notaba porque Iselda hablaba por los tres, yo pensando babosadas, la verdad. Terminamos, Ugo palidísimo, aquí sí que se puede decir desencajado, rarísimo (ísimo), teníamos que pagar y dijo ten paga tú y yo qué onda qué tienes (aferrada en mi susto) nada, vámonos, paga y vámonos por favor, Iselda según esto muy mujer de primeros auxilios, cruz roja y eso, qué tienes te duele algo, dime para saber qué hacer, y él vámonos a la chingada, yo estaba en el proceso de pagar cuando él intentó levantarse y vi que no podría hacerlo solo, ni ayudado por Iselda y le dije a la seño que bajaba en unos minutos a pagarle, dijo bueno y salimos los tres, yo veía a Ugo y pensaba se va a morir (catastrofista que es uno), su cara parecía máscara cerosa; salimos, dimos unos pasos y de pronto (Iselda y yo lo llevábamos de los brazos) se fue hacia enfrente y casi llegando al suelo lo sostuve y vomitó, Iselda corrió a un lado desde que se nos fue de frente y no quería acercarse, Ugo estaba como muerto, creo que desmayado o algo así, no lo podía levantar y no quería que su rostro llegara al vómito, para entonces ya había un chingo de mirones y nadie me ayudaba hasta que Iselda reaccionó y me ayudó a sostenerlo, no sé cómo lo subimos, eran más de cincuenta escalones oscuros, primero no encontraba la llave de la calle (¿tiene llave la calle?), luego la del depa, por fin entramos, lo depositamos en un colchón, pusímosle una almohada bajo la cabeza y procedimos a ver qué. Entonces se metió un pinche policía quien sin darnos cuenta se había colado detrás, según esto él iba a ver quién le va a pagar a la seño, ella me mandó, decía mirándolo todo con ojo escrutador (¡), yo asustadísima, Ugo como que abría un ojo y cerraba el otro, Iselda espantada y el poli (¡amigo!... jeje) insistiendo y qué le pasó no andará drogado, ¡nooooo, cómo cree!, le cayó mal el pozole que se comió y para evitar más conjeturas me fui con él, le pagué a la seño, dolida con ella de que fuera tan desconfiada aunque claro tenía toda la razón de desconfiar, nos conocía de meses atrás pero eso no quiere decir nada en los negocios ¿no? El poli quería subir de nuevo conmigo y no lo permití, despedíme cortésmente, cerré con llave y subí para encontrarme a Ugo riéndose con Iselda, ya se sentía bien, dijo, seguía pálido y con expresión de muerto (los muertos no tienen expresión ¿o sí?), pero hablaba y se reía, echándole madres al cholo y yo enojada y asustada aún eso te pasa por tragarte toda la porquería que te dan (lo cual no era para nada cierto, pero) e Iselda empezó a decir me tengo que ir, llévenme, no sean gachos, por lo menos encamínenme… y así como a la hora aceptamos encaminarla y… lo que sigue de ahí es otra historia, luego te la cuento, mientras, con un chingo de amor, te beso.
viernes, 31 de agosto de 2007
jueves, 30 de agosto de 2007
Agridulce sol
Que las ilusiones permiten que nos levantemos y dejemos de llorar, dice mi amiga Pina. Tal vez.
¿Dónde las venden? ¿Quién las regala? ¿Cómo se fabrican?... ¿lo sabes?
Supongo que se necesita soltar un poquito estas amarras… terrestres (mira, eso lo dijo Abigael, muerto querido, dónde se me aparece). Porque con los pies tan pegosteados en el lodoso camino no se puede pretender ni una ilusión, a menos que sea muy pequeña.
Además, estoy comiendo un membrillo, un sabroso fruto amarillo, agridulce y tierno. ¿Qué estarás haciendo? Me pregunto. La última mordida que le ofrezco al que fue membrillo (aún lo es mientras lo recuerde y lo nombre, dicen) me responde que no lo sabré… tal vez nunca.
Recibe un beso con sabor a sol ácido.
martes, 28 de agosto de 2007
sábado, 25 de agosto de 2007
1
Se encaja entre la saliva el olor
las manos resbalan y se llenan de congoja
atorándose en los nudos
2
Abro los ojos
sin culpa
mientras muerdo las almohadas
en lo oscuro del silencio sucio
3
La vereda sigue siendo
piel para afilar los dientes
y precipitarme entre gemidos
al olvido
4
Tironeando de tu nombre
que me tira y que me salva
me voy rumiando
mi hùmeda
venganza
lunes, 20 de agosto de 2007
Empezaste a morir desde hace ya dos meses. Así estás ahora, tirado sobre el sillón polvoso, ocupado en la cada vez más difícil tarea de espantarte el miedo y las moscas.
En un principio fue lento, la muerte no se te veía, pero hoy está presente en cada uno de tus gestos.
Que te estás muriendo se ve claramente cuando te despatarras en el preciso lugar en que estés cuando el dolor te golpea; y te quedas tendido, mientras que, por cuenta propia, tus huesos casi se sepultan en el lodo espeso. Cada vez es más frecuente tropezarse contigo en el jardín, bajo la madreselva llena de aromas; se te ve como a ella, amarillo y agónicamente apenas movido por el aire.
Tu morir se inició junto con las lluvias que este año se adelantaron y que, contra todos los buenos pronósticos, siguen prolongándose.
Ugo se molesta porque el tiempo se me va en mirarte a través de los cristales, con el agua al fondo: el telar hermoso de la lluvia que cae tras las ventanas y todo el día moja el aire, trayendo hasta nosotros el olor.
El olor me recuerda tu llegada hace quién sabe cuánto tiempo, después de aquellos fríos días de invierno en los que, también como en estos de verano, la lluvia llegaba mojándolo todo. Cuando llegaste al barrio, olías a tierra mojada.
Estabas ya viejo, o así lo recuerdo con esta memoria enturbiada por tanta equipata en la que ha nadado. Alguien te golpeó, parecía, y te refugiaste en la casa de madera podrida, vacía y a punto de caer. No creo que te acuerdes que un poco después de tu decisión de venirte a vivir con nosotros, la casa se cayó del todo; ahora ni el menor indicio queda de su ruinosa presencia.
Los niños te visitaban a menudo, llevando alimentos, agua; y cuando escampó te invitaron a salir al sol de nuevo; pero no, esperaste la lluvia nueva para dirigirte con pasos aún temblorosos a esta casa. Respetamos, todos, tu decisión. Menos Ugo, que al principio sintió celos cuando vio con cuánto comedimiento te atendí y recibí con los brazos abiertos, diciendo palabras tiernas, dándote mi compañía para aminorar tu frío. Pasaron meses antes de que Ugo aceptara e incluso aprendiera a quererte, haciendo de tu presencia casi una doméstica costumbre.
Hubiera sido tan grato que alguna vez aceptaras pasar a la casa, pero te aferraste al porche fresco, te acondicionaste el dormir en el sillón y te esmeraste en no darnos molestias. Nuestro empeño porque estuvieras dentro lo borraste cuando entre los dos, Ugo y yo, te metimos a rastras y cerramos la puerta: nos miraste divertido, pero te rehusaste a sentarte, sólo caminabas de un lado a otro, hasta que nos descuidamos y saliste por la ventana.
Por esta ventana te miro y creo que ya no tardas en morirte, aunque Ugo, disgustado, me repita que estoy conjurando la muerte de tanto mirarte y pensarla.
La única explicación a la conducta de Ugo es que no lo desea; claro que yo tampoco, pero él menos que nadie; pienso que ni los niños resentirán tanto como él tu ausencia.
Cuando ya no estés, no vendrán niños a esta casa y Ugo los extrañará en esas tardes huecas del otoño, cuando no tendrá otra cosa que hacer sino contar las hojas acumuladas en el patio, amontonarlas, patear los montones, contar de nuevo las hojas podridas y así sucesivamente hasta conformar los cerros de rutinas que son su única creación. Le harás falta cuando mueras.
No deja de llover y Ugo de nuevo ha retumbado desde la recámara que si qué tanto hago, que si qué hablo, que si con quién…
Y yo no hago nada sino mirar cómo te mueres y pensar qué haré cuando me asome por estos cristales y ya no estés sobre el sillón o dormido debajo del durazno; cuando lo único que haya qué ver sean las gotas rebotando en los techos y sobre las flores.
Ya te estás muriendo, apenas si respiras y cuando lo haces es una batalla que libras contra el aire húmedo. Casi no te mueves, sólo te encoges cada vez más. Parece que tienes frío. Los muertos se enfrían antes que los vivos, le digo a Ugo que se asoma y parece que algo va a responderme; abre la boca con enojo y la cierra percatándose de que no puede negarse a la certeza que ya le está corriendo desde los ojos. Prefiere atrincherarse de nuevo en la recámara.
¿Cuánto tiempo hace que te miro? Todavía llueve y la oscuridad dentro de poco no permitirá que de ti se vea más que la doliente silueta, cada vez más piedra silenciosa.
Ugo sigue llamándome. Iré a decírselo. Que ya no respiras y no te mueves; que te estás poniendo duro tras el cerrado telón de la lluvia tupida.
Sí, le diré que ya nunca volverá a oír tus ladridos.
jueves, 16 de agosto de 2007
miércoles, 15 de agosto de 2007
No es envidia al pene, te equivocas
ni es dolor por tu voz calenturienta
ni alergia de tu sombra
No es un viento remolino
ni una caricia en lo profundo del ombligo
ni se siente, tampoco, un fuego fresco
No es, te juro, ese rasguño
ese metal caliente
esa dolencia en la memoria
Ni es la uña solitaria
ni es el pie, ni la barriga
ni lo perfecto, ni lo repetido
ni lo sincrónico
anacrónico
o diacrónico
ni el tiempo…
Ni lo es ese reloj marcando tus segundos
ni estas manchas
telarañas
arañas en la servilleta
No es el café y sus pesadeces
ni inventar palabras
ni decir las inventadas
ni pensar en el invento
ni inventar el pensamiento
No es la puerta que se abre
ni la ventana que se cierra
ni es salir bajar entrar subir
ni taza con estrellas
ni mango con hilachas
ni las conversaciones con descrédito
ni las potencias de las estaciones
ni el árbol sin las hojas
ni tu cuerpo desnudo y mono
rutinario
Monótono dormir del sentimiento…
jueves, 9 de agosto de 2007
lunes, 6 de agosto de 2007
Toda mi vida he visto llover –escupiste, como si dijeras.
Y me redujiste a ser gusano de cebolla, apestoso y llorador*.
Aquí estoy ahora, de pie junto a la máquina que logré construir con tanto esfuerzo, con todos mis ahorros y desvelos, con todos los conocimientos que logré adquirir en las turbias noches de mi esperanza…
Pero si la lluvia que conseguí hacer caer sobre tu huerto no te conmovió, sólo una idea guía mi pensamiento: ¿qué tengo que hacer para que me quieras?
*No quiero detenerme en esto. No sé nada de gusanos, pero si acaso pudiera convertirme en uno en este momento, sería el más apestoso gusano de todos y estaría llorando. Entonces, de cebolla.
jueves, 2 de agosto de 2007
Por razones de praxis doméstica, en esos tiempos yo dormía en la sala, en un sofá que tenía una mesita integrada, sobre la mesita siempre estaba mi máquina de escribir portátil y libros y hojas y basura… siempre leía y escribía hasta muy tarde y nada de esto importa es sólo para precisar el recuerdo, las circunstancias.
Era muy tarde, todas dormían, el barrio entero se sentía dormido, sólo algunos perros, lejanos, me hacían permanecer con sus ocasionales ladridos. Oí pasos que entraban por el camino de la privada en cuyo fondo estaba la casa en que vivíamos, podría decirse que hechas bola o hacinadas (pero no lo diré porque no era así) casi diez mujeres (ufff, eso de casi es sólo porque no recuerdo el número exacto). Cuando escuché las pisadas no me preocupé, creí que era algún vecino trasnochado que llegaba.
El sofá estaba pegado a la pared que daba al pasillo que recorría la privada. La pared tenía un gran ventanal enrejado, unos 3 x 3 metros, y oí que tocaban, creí que a la puerta y me levanté, imprudente, para abrir (a esas deshoras, todas dormidas) y recuerdo que abrí la puerta, me asomé y no había nadie… al regresar a lo que hacía antes de la interrupción, tocaron de nuevo y ahora sí localicé el sonido, era la ventana…
Quisiera saber si me puse de pie o si sólo me hinqué para recorrer la pesada cortina y saber quién era y a quién buscaba o que quería (no creo haber pensado todo eso, cuando un momento así llega, actuamos por impulso, mecánicamente)
Abrí, entonces, la cortina y allí estaba, subido a la reja, lo que ayudaba a que quedara a mi altura el hombre aquel. Se me mostraba con el pantalón y ropa interior bajada hasta las rodillas. El tiempo. Cuánto fue, no sé. Cerré la cortina y apagué la luz.
No se lo dije a nadie, y nunca se repitió.
No le vi el rostro, en realidad no vi nada, sólo abarqué la totalidad. Vi la acción y me sorprendió. No lo que vi o no vi. Aquel hombre subido a las rejas, aferrado a ellas, con riesgo de caer y lastimarse, empeñado en que yo le viera sus genitales, aún me pregunto si quería eso ¿Qué lo mirara? No lo miré ¿Qué gritara? No grité.
A veces, como ahora que, repito, no sé por qué lo cuento, me pregunto si conocí a aquel hombre, él sabía que yo estaba allí, pegada casi a la pared, despierta solitariamente a deshoras, él tal vez me conocía.
Me conmueve pensar si le angustió mi falta de respuesta.
De eso no puedo saber más.
miércoles, 25 de julio de 2007
martes, 24 de julio de 2007
lunes, 23 de julio de 2007
Mientras caminaba ni cuenta me di que traía todas las gotas corriendo, anhelosas (opciones: ni yo lo creo, o sólo yo lo creo) de alcanzarme.
Luego llega Alma, mi amiga, que habla conmigo (aunque yo hablo poco), me encanta (¿encanta?.. no sé: me gusta, pero más que eso) oírla y pescar de entre el río de su voz palabras, frases y me digo mientras la oigo que desearía escribir esto y aquello… pero a veces mi anzuelo se rompe o la red se me llena demasiado y no puedo deshebrar a tiempo lo que he pescado y todo se me convierte en un mazacote lingüístico, otro río al que no puedo llegar.
Y Alma se va y sigo escuchando la lluvia y un gato llamado Hugo, las mujeres complejas (que no complicadas), los amigos hombres, el ángel de la Guarda sin pecar, la literatura y la pornografía… y el agua cae como si todo este temario no le importara en lo absoluto, cosa que sospecho es cierta.
A nadie esto le ha de importar, ni a Alma, parece, que se fue tan quitada de la pena después de lloverme encima todas sus palabras dulces que me empapan de dudas y de ganas de escribir sobre los caballos salvajes y la suerte de los muertos, y el pan de levadura...
Creo que a mí sí. Me importa mucho.
martes, 17 de julio de 2007
¿Sabes cuáles son las criaturas más largas del reino animal?
(alguna ha llegado a medir 40 metros)
no sabes que me caí de una cama a los diez años,
que no puedo oler
no sabes que lloré en una rueda de la fortuna a los 15
no sabes que me gusta chupar la miel de las madreselvas
que amo los truenos y oír las chicharras en la noche
que conocí a Evodio ojos de serpiente
que bailé con Mirna en una triste tarde de octubre
no me gustan las rosas ni los claveles
que mis rodillas tienen muchas cicatrices porque de niña me caía y me caía
no puedo concebir que los muertos estén muertos y espero aún ver a quien ya es polvo o ya es ceniza, o huesos o quién sabe qué
que guardo collares que mi abuela Isabel me regaló hace más de treinta años y nunca he usado, ni usaré
que tengo un lunar en la palma de mi mano izquierda
que no me gustan las peras
que tengo un lunar en la palma de mi mano derecha
Son los sifonóforos y todo lo demás que te conté tampoco importa
viernes, 13 de julio de 2007
Carta para decirte que:
El mar se nos está
creyendo cielo
Alberga recipiente
las estrellas venidas a menos
y al sol cuando se pierde
El mar llena su espacio
y algunos hipocampos se encabritan
y se arma el carrusel
La música no suena
El mar se nos está volviendo cielo
ya pone el azul en cada espejo
cuando firma
El mar de pronto se nos hizo
cielo
a punto de llover
Ya truena
Pd: en vacaciones ahora
seremos
astronautas
martes, 10 de julio de 2007
Imposible saber cuándo escuché por primera vez esa canción. Si fue desde esa vez primera que aquel grito me sobresaltó es muy probable:
"Hace tiempo que no he vuelto a verla
y ya no sé qué será de Noelia.
Por la noche la busco en la playa
y en el silencio yo grito:
¡ ¡ N O E L I A A ! !” *
A mediados de los setenta (siglo pasado ¡caramba!), en Nogales, una noche estuvimos mi hermana, mi prima y yo (niñas aún las tres) asomadas a la ventana que daba a la calle, oyendo primero el ruido de cajas y botes de lámina que eran pateados y tirados desde lejos, hasta que vimos a Pedro, aquel lindísimo muchacho de barba y cabello largo recogido siempre con cuidado en una cola: corría de un lado a otro, buscando a Ana, su novia, se asomaba a los corrales, hurgaba entre los matorrales, jalaba las ramas de los mezquites, lloraba, su cabello libre y despeinado volaba junto con su cabeza alucinada que ahora buscaba algún rastro, adentro de depósitos de basura, levantaba piedras, escarbaba buscando el olor… no olvido su grito antes de que la policía llegara a llevárselo: ¡¡¡ANA!!! Me llenó de pánico. Porque el amor.
Han pasado muchos años de aquello (no necesitaba decirlo). Hace unas noches platicaba afuera de mi casa cuando de pronto desde un auto que pasó, con desgarrada voz -no exagero-, gritaron: ¡¡¡MARÌA!!!
Lo que más me incomoda es saber que la sensación es la misma, igualita, es temor de que alguna vez escuche mi nombre gritado con tal angustia, es incertidumbre de no entender por qué alguien puede gritar así a quien ama, es un vuelco en el interior, el estremecimiento, la amenaza (“No sé qué hará ni si vendrá / mas yo la espero.”*)
*“Noelia” (A. Algueró / A. Guijarro), cantada (¡Oh sí!) por Nino Bravo
lunes, 9 de julio de 2007
Pero llueve y no puedo. Las gotas cayendo se escuchan como húmedos y perturbadores rezos y en la ventana la cortina cuando vuela trae consigo gotas minúsculas que pican en las piernas desnudas y el aire mojado mueve las campanas y no puedo escuchar y preguntarme por qué “ya ni llorar es bueno / cuando no hay esperanza / ya ni el vino mitiga…”
Oigo llover como insecto que se mete en un charco, temerariamente, dejando la vida y el mundo detrás. Sólo la lluvia y “yo no sé qué será de mi vida / que de mí no se acuerda ni Dios /ay, pobres de mis ojos / cómo han llorado / por su traición…”
Llueve y no puedo ni siquiera preguntarme el por qué de la dramática selección musical ¿quién me tiene escuchando letras tan dolientes y sin traguito mediador (o propiciador)? Tal vez fue la promesa, la caricia de lo nublado, los hermosos truenos, el relámpago, “aquel amor que destrozó mi vida / aquel amor que fue mi perdición / dónde andará la prenda más querida/dónde andará aquel, aquel amor…”
Llueve. La lluvia me concede escurrirme en arroyos oníricos, gotear desde los techos, sentir que soy bebida con ansia por la tierra seca de las macetas; ya no oigo esas làgrimas que parecen derretir las bocinas con su sal tan dulce... tal vez con su arrullo hasta pueda dormir escondida adentro de un pedazo de agua...
lunes, 2 de julio de 2007
martes, 26 de junio de 2007
Porque él sabe, le pedí a Manuel me dijera la diferencia entre semilla, grano y nuez. Cariñoso como siempre, y con mucha claridad, me la dijo.
No entendí. Sólo me quedo con una casi certeza y es que todos: grano, nuez, semilla, pueden ser semilla (una, de hecho, lo es...)
Avellanas, almendras, piñones, castañas, pistaches, girasol, calabaza, sésamo, girasol, lino, trigo, anís…
Las semillas de la papaya tienen muchas aplicaciones, entre otras pueden ablandar la carne… no recuerdo haberlas comido, tal vez accidentalmente alguna vez, así como la de sandía, de melón, manzana, pera… (aunque no era mi intención, lo aseguro); e inevitablemente, (ya sabemos que nada es inevitable del todo) la del pepino, y de plátano.
Hay algunas que son mis preferidas: El amaranto y su cercano sabor al maíz reventado, el anís, la linaza y el ajonjolí, con su textura lisa, de joya minúscula.
Comerse un dulce de chilacayote y saborear esa semilla negra entre la pulpa azucarada y casi blanca es un placer… Comer el higo, el kiwi, la fresa (único fruto con la semilla externa), tunas, guayabas, granada, es saborear el gozo de romper y provocar ruidos con los dientes en esos munditos.
Ayer comí bellotas y me pregunto: ¿A qué hambriento o curioso morador de estas tierras se le ocurrió comerlas, cuándo, bajo cuáles circunstancias?
La bellota es ovalada, marrón y por lo general tiene un extremo puntiagudo. Según lo poco que de esta materia entiendo, la bellota es un fruto que es semilla, y está cubierta o protegida por una dura cáscara que cede frente a los dientes del comedor de bellotas. Comer esta semilla es una tradición regional (norte de Sonora) y es una actividad extraña, de temporada (a finales de junio, julio y agosto).
Las bellotas se recogen del suelo antes de las lluvias, después el agua provoca su pudrición (los recogedores expertos, “belloteros”, pueden levantar del suelo kilos –aunque los miden en litros-). Los árboles de bellotas (que no se llaman así, sino encina, roble o algún otro nombre para mí críptico) están desparramados en gran parte de la tierra de este pueblo y de sus alrededores. Ir “a las bellotas” es una labor reconocida, un trabajo cansado pero disfrutable, dicen, y hay técnicas para su desempeño: de rodillas, a cuclillas, acostado bocabajo o más comúnmente, sentados y girando hasta limpiar el pedazo alrededor y casi siempre con un costalito para llenar.
Es costumbre salvaje, según dicen, consumir con placer un fruto (que es semilla), tan amargo (aunque es dulce también), y tan, tan seco (nada qué decir). Con él se pueden preparar suspiros (para interesados en la receta, sólo pedirlo). Pero yo tengo una sugerencia: hay que comer bellotas –siempre que se pueda- acompañadas con una taza de café negro y endulzado… rico.
Muy rico y único.
Pd 1: Hay otras bellotas, más grandes, y definitivamente más amargas que son comidas alegremente (¡ja!) por los cerdos.
Pd 2: Para comer bellotas se necesita saber pelarlas (aunque no falta quién las coma sin tener la menor idea de cómo quitar la envoltura). Romper la cáscara con el menor daño posible (a la cáscara y al fruto-semilla). He conocido, pero ya pasó a formar parte de mi mitología personal a quienes pueden pelar cada bellota teniendo un puño de ellas adentro de la boca (es muy difícil explicar este procedimiento y no lo haré, aunque no por la dificultad)
Pd 3: Algunas bellotas tienen gusano. Hay comedores de gusanos. Se calienta una tortilla de harina y se colocan allí los gusanitos amarillos y gordos (ni parecen animales, sino mantequilla, dicen) y se les pone sal… se enrolla la tortilla y se come con todo y animalitos: también parte de la mitología personal.
Pd 4: Con los gusanos se pueden organizar concursos de resistencia y valor. Los valientes no son, como pudiera pensarse de mi afirmación, los gusanos, sino los concursantes humanos quienes los colocan en la corva o en la parte del brazo donde éste se dobla. Los gusanos, cuando sienten la opresión, muerden. Quien resista más tiempo con el brazo o la pierna doblados, gana (El gusano pierde siempre).
Pd 5: Con las cáscaras de la bellota se pueden hacer concursos para saber quién tira más fuerte y lejos con los dientes la cáscara. No es tan complicado describirlo, pero prefiero abstenerme (¿abstergerme?).
Pd 6: hay bárbaros que juegan a las guerritas con estos proyectiles que alguna vez protegieron a ese fruto y a esa semilla que se llama bellota y que mal mirada parece bala.
Pd 7: Sólo deseaba hablar de las semillas que truenan cuando son mordidas.
jueves, 21 de junio de 2007
Podemos asistir a más de un espectáculo por día
a más de cinco por la noche
comernos entero un gran suceso por segundo
hacer de un gran acontecer la gran noticia diaria
a cada minuto podemos tragarnos un verbo
conjugado en un presente imperfectivo
y el cuerno del gran secreto nos resonará
en las más recónditas veredas
de tu oído y de mi oído
te odia me odias te odiamos nos odias
un odio que resuene tierno
como con las alas rotas
como con la lengua yerta
un odio podremos oírnos por minuto
un odio por palabra
uno por cada uno
uno por persona
uno por cada corazón enteco y dolorido
(y todo nos lo llena el infinito).
miércoles, 20 de junio de 2007
Es noche primaveral, según el calendario (pero ya casi no, también según el calendario, porque el verano). Fresca y perfumada, solitaria y oscura. Voy caminando, la calle asciende durante más de cien metros.
Los miro caminar delante de mí, a unos dos metros; van tomados de la mano, ella habla sin parar y él voltea a verla y le sonríe, aunque habla muy poco.
Él es un hombre joven, viste camisa azul cielo y ella trae un vestido rojo que le llega debajo de sus rodillas y calza sandalias blancas. Él con su cabello muy corto y oscuro y ella con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas. De vez en vez ella voltea y lo ve con adoración, o eso percibo en esta noche que ya dije cómo es, y que como tal, puede engañarme.
A mi derecha las casas, a la izquierda los autos que descienden, nosotros sobre la banqueta, caminando, subiendo una calle de este pueblo. Ella mira hacia mí, me sonríe con sus siete años felices y sé que los amo, a ambos.
La certeza de mi amor me picotea los ojos y me rezago un poco para que mis hijos no me vean llorar en esta, como ya se ha dicho, noche de primavera, llena de perfume fresco…
viernes, 15 de junio de 2007
“No me siento nada bien. Estoy leyendo. Un libro que se llama De la Onda en adelante (entrevistas a novelistas mexicanos). Pero en realidad no leo. Quisiera salir corriendo-literalmente- a la calle, a una larga calle solitaria, a encontrarme al viento que oigo cómo grita y corre fuerte. Hace frío, qué curioso –es junio cananense-. Un rehilete que está en el jardín suena y suena al dar vuelta tras vuelta. Somos un rehilete, nuestros ruidos son las letras, las palabras ¿no crees? Pero allí –aquí, allá- estamos, indefensos, vulnerables frente a la menor agitación del aire, ansiosos de un breve soplidito para poder movernos. No quiero llorar. De veras que no.
Hasta parece que llueve. Rehilete pinche, engañando al deseo. 23 horas con tres minutos dice un locutor lejano y yo sigo viendo… nada, ni las paredes de esta habitación blanca. Sólo veo, quiero ver, hacia mí. Y no me hallo. Musiquita gacha.”
Y este es otro junio y lo único que cambiaría al tal fragmento es que el título del libro que no estoy leyendo, aunque pretendo, es Cosmoagonías, de Cristina Peri Rossi. Todo, incluyendo el viento, el rehilete, los deseos de lluvia y lo demás, están presentes.
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martes, 12 de junio de 2007
sábado, 9 de junio de 2007
Que no podías obrar en contra de tus convicciones (¿recuerdas cuánto nos divertía esto de “obrar”?). Tú estabas adherido (me gusta el término, oh, si, te queda) a la idea de que no existe el más allá. Enfáticamente negabas tal posibilidad. (“No seas terca, si insistes en que los fantasmas existen, volveré a jalarte los pies”, decías…)
Entonces…
Cómo se te ocurre llegar y despertarme a medianoche para darme tan espantoso susto, creí que me moría…. ¿por qué me haces esto, qué andas haciendo aquí luego de tantos años, acaso no sabes que estás muerto?
¿Cómo que no eras tú? No me digas eso. No me lo digas. ¿Quién era el que llegó y se acostò conmigo, enfriándome como un invierno anochecido?- ¿quién se metió en mi cama, poniendo su cuerpo a mis espaldas, sus piernas extendidas atrás de las mías haciendo que mi cabello en la nuca se erizara por el miedo?... No eras tú. ¿Te creo?
Me rehúso a dormir de nuevo.
miércoles, 6 de junio de 2007
martes, 5 de junio de 2007
Era un día como cualquiera, afirmación que no dice nada porque ningún día es como ningún otro. Un día soleado, con excesivo sol debería decir, estoy diciendo.
No lo vi. Pero estoy convencida de que él sí me vio venir, ir, acercarme.
Encajó los colmillos en mi muslo izquierdo, con fuerza, con determinación, con ganas de joder. Me protegió, sólo es un decir, el pantalón de mezclilla que llevaba encima, o yo adentro de él, o él alrededor de la parte inferior de mi cuerpo. Me mordió y se quedó allí, mordiéndome eternamente, en una eternidad que duró algunos dolorosos y paralizantes minutos, durante los cuales, dos tres hombres que cerca se encontraban acometieron a golpes y periodicazos que también es decir golpes pero con un periódico, contra el diablo para que despegara sus armas de mi muslo que ya había dejado de pertenecerme y sin el diablo atenazándome no podía ya moverme, debo decir que con sus dientes tenazas tampoco pude. No grité, no dije nada y tengo que reconocer que el diablo tampoco ladró, gruñó, ni alguna de esas cosas que en esas y otras circunstancias un pinche perro mordelón haría.
Después, por consejos de señoras aparecidas de la nada, lavé la herida y me fui a buscar remedio y consejo a un hospital nada cercano, caminando yo, recién mordida bajo el implacable sol de un día cualquiera, que ya sabemos que eso no significa absolutamente nada, sino que no recuerdo qué día era. Por la conmoción pertinente al recién sucedido acto atrozmente canino, es comprensible que yo no me fijara muy bien dónde ponía los pies, dónde fijaba la vista, qué tanto me alejaba de las paredes y los postes hasta que un aparato de refrigeración enjaulado me sacó violentamente de mi ensimismamiento, abriendo una herida sobre mi ceja izquierda. Las heridas en el rostro suelen presumir de sangradoras, ésta no se quedó atrás, me encontré con roja máscara en segundos y para ayudarme estuvieron otros dos tres hombres albañiles que trabajaban arriba de un techo, quienes me medio limpiaron y regañaron. Luego me prestaron, en calidad de regalado un pañuelo limpio y así seguí mi camino infortunado.
Gracias al diablo tengo una cicatriz sobre mi ceja y gracias a que el mismo diablo estaba vacunado no me picaron feamente para agregar humillación a aquella agresión.
Gracias al diablo temo a todos los perros. Gracias a él y a otros dos que también me consideraron apetecible en otros días cualquiera. Uno, pequeño, se llamaba whisky, y por lo menos cinco veces encajó sus colmillitos en mis piernas a pesar de que procuraba caminar lo más lejos que de él podía. Ya se murió con todo y su record de carne humana por él mordisqueada.
El último y tercero no sé cómo se llamaba, pero como el diablo, era negro y también me mordió con todas sus ganas. O sabe ¿serán ganas eso que hace que los perros muerdan?
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lunes, 28 de mayo de 2007
El lobo le enseñó. La primera vez fue el susto. Bajo los árboles nocturnos, y sofocada por el canto de los grillos de la pueblerina plaza de su adolescencia sintió su lengua primera. El corazón desbocado, la sorpresa, la maravillosa sensación. Después vinieron otras, muchas veces en las que ella y el lobo buscaban la oscuridad, las escaleras de aquel salón de baile en las que otras parejas también se refugiaron deseando aprehender el temblor, memorizar las olas. En la candorosa clandestinidad los labios aprendieron pronto las lecciones, y buscaron aquella otra textura con anhelo. Ella recuerda cómo en los sueños los labios se encontraban y llevaron a otros mojados sitios, probando los sabores uno y muchos que de la boca nacieron.
Alguien, luego de muchos años de aquella enseñanza preguntó, creemos que con asombro, quién te enseñó a besar, ella dijo casi con orgullo el lobo. Y así fue.
Pero los besos pasan, el aullido corre y nuestros colmillos son otros filos. Nosotros también.
Hace unos días encontró restos de aquel lobo. Seré breve al reseñarlo: estaba sin desearlo (prefiere fiestas donde también haya hombres, no sé ni por qué lo aclaro) en una fiesta para mujeres y al empezar el show travesti encontró, un tanto extraviada tras kilos (nótese la exageración) de maquillaje, la mirada cansada de un lobo viejo. En el maullido lastimero con que concluyó su representación se notó que él también la reconoció. Lo sé. Y no le importa: los grillos, aquellos, están muertos, la plaza perdida, los sueños ausentes.
Yo, para qué mentir, no me acuerdo de él, aunque a veces alguna saliva me recuerda su olor y el inolvidable dulzor de su lengua caliente.
jueves, 24 de mayo de 2007
Me diste un gran regalo al irte
lo disfruté con emoción al recibirlo
enorme y luminoso
y con un moño ingenuamente lila.
Lo puse ante mis labios
para besarlo: se sentía fuerte
limpio y con sabor metálico.
Lo olí y supe que tu ausencia
estaba llena de aromas frescos
de mares y de vientos.
Al moverlo escuché una brisa
como de niños durmiendo:
ruiditos suaves y tiernos.
Me creí feliz y estuve
un rato con tu regalo bailándome
en las manos
pensaba que tu ausencia
era mi patrimonio
la mejor herencia.
Pero hoy no sé qué hacer con el paquete
su peso es algo demasiado duro
no sé dónde ponerlo
no hay mesa, ventana, ni persona que lo aguante
encima
no tiene entrada, ni salida
ni nudo corredizo, tarjeta dedicada, nada.
Me cansa con su aroma suave
mis dedos se enfriaron en el metal de su envoltura
el ruido no es el ronroneo de niños que duermen
sino el suspiro de la carne pudriéndose.
Ven, por favor
lleva tu ausencia lejos
regálala a otra gente
no me la des a mí.
Arrebátamela.
que no es mi santo ni cumpleaños
ni añonuevo ni nada que merezca festejarse
con un regalo
de tal naturaleza.
martes, 22 de mayo de 2007
sábado, 19 de mayo de 2007
Puedo, tal vez, desgarrando mi entendimiento, forzosamente asimilar el que una persona desee sembrar pánico, asustar mucho, hacer que todo sea tan confuso que la gente no sepa qué hacer, a dónde correr. Disfrutar el desorden, gozar con el caos… Eso, casi lo entiendo.
Pero los niños, ya cuándo olvidarán la amenaza. Todo fue así (y no sé por qué esta necesidad de decirlo, tal vez crea que si lo escribo lo borro, lo convierto en signos y me tapo los ojos): luego del día de violentas muertes (más de veinte) y del sobresalto en este pueblo, llegó otro día, que se llamó viernes. A las diez de esa mañana comenzó la húmeda mancha del rumor, extendiéndose como oscuridad pegajosa a través de celulares, gritos, llamadas telefónicas, avisos radiofónicos. La gente corría, se resguardaba. Vi niños llorando abrazados a su maestra, jovencitas angustiadas, madres mortificadas… Toque de queda por unas horas, Cerrado todo: bancos, escuelas, comercios, hospitales, bibliotecas, changarritos…Las armas intimidan, las amenazas, aunque falsas, como lo fue ésta, también. Quién lo hizo. Para qué. Los niños aún tiemblan, se esconden abajo de la cama, no desean salir a jugar.
Más tarde, de regreso al trabajo, encontré gente bromeando sobre lo pasado: Un hombre que conversaba con otro dijo: es que me dañó el cerebro el toque de queda y yo sonreí… seguí caminando y mi sonrisa creció, hasta convertirse en una tímida carcajada silenciosa que se despeñó resbalando atroz entre las piedras y cuando llegué a mi destino, las lágrimas no me dejaban ver, me fui de boca hasta el helado despeñadero del temor… Es tan difícil vivir.
Trabajé.
Por la noche quise bailar, no estar sola, quise reír, hacer el amor, quise ser feliz… pero sólo logré hacer lo que en mi vida puedo hacer: escuchar música. Sólo dos canciones con Víctor Manuel antes de zozobrar hacia la cueva del sueño plagado de pesadillas... Vivir.
viernes, 18 de mayo de 2007
La foto que me sobrecoge y angustia es así: una enorme mantis religiosa sostiene con sus patas delanteras a un colibrí y lo devora, desgarrándole la piel y los músculos del pecho con las mandíbulas…
No puede nadie entender.
Anteayer era miércoles. Muy temprano lo supimos. Muertos, desaparecidos, violencia.
Dicen los diarios, el radio, la televisión. Dice el rumor cada vez más escandaloso y sorprendido y totalmente cubierto por el doloroso miedo y por el doloroso dolor que la vida deja de ser preciada, que la vida vale tan poco que cualquiera llega y la tira en los caminos como si de basura se tratase. Parece ser que sólo basta cargarse de armas, mucho odio, autos costosos e impunidad. Y el resultado son personas golpeadas, marcadas, muertas. Uno, siete, once, 23… Las armas y los uniformes mostraron su poder intimidatorio todo el dìa. Patrullan las calles y el cielo. Se les ve ir y venir. Nadie se siente seguro frente a eso.
Ayer era jueves, estuve en la presentación de un libro*, el autor nos hablaba de que “la literatura es un intento de elevar el espíritu del hombre. El hombre es el hombre: la criatura máxima de la creación. Hay hombres buenos, malos y regulares”, también dijo y todos parecimos comprender, pero de pronto se oyeron las patrullas, ambulancias, sirenas varias que destrozan los mares de lo tranquilo y entonces todos los que antes habíamos creído entender, quisimos correr, saber qué pasaba, no saber, protegernos, estar escondidos. Porque nadie sabe quién es quién. Quién persigue, quien es el perseguido. Este juego de la violenta muerte qué fuerza nos obliga a jugarlo… Los helicópteros se encargan de que no sigamos preguntando por el espìritu del hombre…
El pueblo sigue siendo el pueblo, pero ahora es un pueblo asustado. Es un pueblo que está llorando y que no supo cuándo las reglas del juego de la vida cambiaron. Así nadie gana.
¿Qué nos hace ser humanos y creernos menos animales? Si todos somos campamochas comiendo vorazmente las chuparrosas
* el libro es Me lo contaron… Lo cuento, de José Jesús Terán Morales
jueves, 17 de mayo de 2007
El dedo humedecido
nada.
Llueve tras la ventana
y los arroyos corren
desde enfrente del sudor.
Llueve
las goteras empapan las almohadas
y la sábana me moja
los cabellos.
Llueve
de los árboles escurren pájaros
con alas derretidas.
la cera de mi piel
en gotas
tiembla,
Afuera llueve
los charcos profundizan los caminos
las manos se deshebran
buscando la ola
en este mar de espuma.
Llueve
el agua corre entre los surcos
mi boca recoge
el olor a tierra mojada
de mi caricia
sola.
lunes, 14 de mayo de 2007
miércoles, 9 de mayo de 2007
Para el Sol. Para Pina.
Para Miguel A. Avilés.
cuando mires para atrás
no te olvides que el camino
es pa’l que viene y pa’l que va”
La luna era de octubre, de seguro fue bella. Todas lo son. No puedo, por más que lo intento (en realidad eso no importa, por eso ni es cierto que me esfuerce tanto), recordar cómo o por qué (vivía en Nogales) estuve en Hermosillo ese día (creo era 1986, gracias Sylvia), ni supe cómo llegué, llegamos, Pina y yo al Auditorio (en ruletero, supongo, y tampoco importa), pero allí estábamos, casi puntuales, y desde luego después de muchos que llegaron antes; eso lo supimos cuando entramos y todo estaba lleno, los conocidos, los desconocidos, allí: sentados, sentándose, buscando asiento; no había ni un solo lugar vacío así que nosotras nos apoderamos de un pedazo de escalón, decisión excelente porque con sólo unos 10 minutos sentadas allí alguien comenzó a sacar sillas y a ponerlas hasta adelante, enfrente de la que hasta entonces había sido primera fila y por supuesto Pina y yo allá fuimos a sentarnos en esa privilegiada posición, no lo creíamos, ya éramos dichosas por estar sentadas en los escalones, no suponíamos que la fortuna nos besaría esa noche más, mucho más.
Allí estábamos, entonces, dos afortunadas y jóvenes mujeres (alocadas e ¿ingenuas?, expectantes, gozosas): en primerísima primera fila, pegadas al escenario, a menos de medio metro, podíamos incluso recargarnos en él, tal vez lo hicimos (“Cierto es que hay muchas cosas / que se pueden olvidar, / pero algunas son olvidos / y otras son cosas nomás.”), Pina llevó una grabadora de reportero, nunca supe si grabó el concierto, pero su grabadora allí estaba, en el piso del foro junto con otras más, incluso alguien nos pidió voltear casete al terminar de grabar un lado.
Qué músicos lo acompañaron, lamento no recordar, ni la ropa que yo traía, ni mi peinado, pero sí lo recuerdo a él, vestido de negro, con su negro cabello untado hacia atrás, lloré cuando apareció en el escenario, tan, tan cerca… No sé con qué melodía inició, ni cuál fue su cierre (creo que no importa, y aunque podría inventarme ese recuerdo, no quiero). Cantó, claro (o tal vez no, qué importa), sus milongas, coplas, zambas, “El violín de Becho”, “Mariposa negra”, “Qué pena”, “Guitarra negra”, “Pál que se va”, “Stéfanie”, “Adagio”, “Nene patudo”… Tan cerca estuvimos que recibimos una petición inusitada del cantante, quien mirando hacia nosotras, divertido nos dijo: ¡aplaudan!, porque Pina y yo, con la boca abierta (así me gusta imaginarnos), no acertábamos a palmotear nuestra aprobación como hacían todos.
Se despidió de nosotros, de Hermosillo, de Sonora, de México (ya antes, en dos ocasiones años atràs lo habìamos visto y oìdo cantar), nos dijo que regresaba a su tierra. Aquel fue un concierto… ¿qué palabras puedo utilizar para poder decir: lindo, emotivo, gratificante, grande? Tal vez ninguno de estos términos alcance. No alcanza.
Salimos todos inmersos en la nube de la satisfacción y no puedo entender, o sí –ahora que escribo esto de la nube- cómo es que me encontré sola, niña perdida siempre, y no sé cómo es que llegué a la casa de Pina, yo, incapaz de saber del norte y del sur (alguien debió llevarme, no recuerdo). Querida Doña Julia, su mamá, me alimentó como tantas veces hizo… recuerdo que comí hígado encebollado, tal vez lo tengo presente tan claramente porque no lo como mucho: al rato llegó Pina preocupada porque nos extraviamos en esa confusión feliz, te busqué por todas partes, tal vez dijo; no te encontré parece que yo dije; nos saludamos como sobrevivientes, exultantes. Ella llegaba con una sorpresa feliz: me trajo el Sol, dijo a mi oído, creo que allí, en esa ocasión, en la sala de la casa de los papás de Pina, supe que él sabía mi dirección en Cananea y agradecí saberlo, supe también la fecha de su cumpleaños, que es la de mi hermana, nunca lo olvidaré pensé. Yo traía un casete de 90 minutos, en el lado A: Ella Fitzgerald, lado B: Mongo Santamaría, casete que Humberto me regaló (Que pena / que no me duela / tu nombre ahora / Que pena / que no me duela / el dolor.), preciado para mí porque además traía la caligrafía peculiar de ese hombre que casi diez años después en una habitación nocturna murió sin luna, tan solo y dolorosamente. El casete se lo presté al Sol, como manifestación de lo maravillosa que la noche era, también gracias a su presencia.
No puedo oír el nombre de Zitarrosa sin que a mi memoria lleguen como brisa, como suave caricia, el Sol, los días aquellos, Pina, Doña Julia, el tacto, Ella Fitzgerald, Mongo Santamaría, Humberto… ¿Antes o después de esa accidentada cena fuimos y caminamos en un parque, con grandes árboles y flores, Pina cortándolas y el Sol diciendo que no, que las flores se mueren si las cortamos?
Alfredo Zitarrosa murió el 17 de enero de 1989 en Montevideo, Uruguay (“Que pensarás / a quien le dirás / que conmigo podías / perdonarte y llorar”)
(Alfredo Zitarrosa)
Stéfanie, no hay dolor más atroz que ser feliz.
Decías anoche: "óuvi-me, po- favó,* bésame aquí" (fonético).
Stéfanie, sé que tu corazón "fala yi mi"* (fonético).
Y eso es dolor, Stéfanie…
Stéfanie, yo ayer estaba solo y hoy también
pero en mi cama ha quedado el perfume de tu piel.
Te veo salir, correr por el pasillo del hotel:
la vida es cruel, Stéfanie…
Stéfanie, hay una sombra oscura tras de ti;
de tu ternura, recuerdo la mirada azul- turquí,
los pies calientes, tus palabras de amor en portugués,
pero no a ti, Stéfanie…
Sé más valiente; hazme saber si va a sobrevivir
entre la gente el color de tu pelo, Stéfanie...
Debes vivir la soledad que sales a vender;
sé más mujer, Stéfanie…
Stéfanie, yo tampoco te quiero, mas tu amor,
por el dinero, ha olvidado al obrero y al señor.
Esta canción que pregunta por ti, que no ha dormido,
es puro olvido… Stéfanie…!
* Expresiones fonéticas por "ouve-me, por favor" y "fala de mim", respectivamente, "óyeme (u oíme), por favor" y "habla de mí", en portugués.
(El texto presentado es trascripción fiel de como fue publicado en la tapa del disco Guitarra negra, España, 1977)
martes, 8 de mayo de 2007
lunes, 7 de mayo de 2007
miércoles, 2 de mayo de 2007
Ahora
a duras penas sostienen su marcha
encabalgada
los minutos;
cuando, aquí,
las lunas enloquecen
ensordecidas por los ramalazos
muertos
de calles hechas polvo,
arroyos de silencio,
lodo,
cañadas.
Aquí, donde arrastré
las uñas en los cerros
para hacer que las palabras
en jirones,
encaminaran sus pisadas suaves,
amargadas,
sobre un papel grasiento
y en líneas temblorosas.
Aquí,
el verbo se ahorcó
colgando de las ramas
bajas
del mezquite;
así la lengua enferma
reptó hasta las calles
a tejer en nudos
la corbata de las decepciones.
Aquí se concluyó el deseo irrealizable,
se desbarrancó la prisa
de lentas huellas digitales
repletas de manantiales resecos
y despellejadas veredas
acariciadoras en espinas.
Aquí,
luego de rodar en abismos de piedras
y de aceras tapizadas de peatones:
mudos, callados
y cada vez más silenciosos,
vino a quedar sobre la vía del tren,
despedazada,
hecha trocitos,
la risa:
meros retazos de telas de colores.
Aquí,
el habla se extravió,
descoyuntada,
marcada paso a paso,
señalada con un dedo de fuego
lagrimeante
en cada salto,
en cada una de sus manecillas,
de sus ruidos tenues,
sus arrullos inaudibles.
Aquí el sol da media vuelta
en las mañanas
y desencantados frente a la nuca
atardecida,
los sonidos,
uno a uno,
se arrojan de cabeza a los canales
de agua sucia
a flotar con gatos muertos
y basura.
lunes, 30 de abril de 2007
Con mi mano, izquierda también, sostengo algunos libros (2), y carpetas (5). Mi mano derecha se ocupa de cargar una bolsa con pan dulce, y como no puedo apretar la bolsa muy fuerte, ni estrujarla porque el pan se maltrata, mi mano (derecha) se esfuerza más al contenerse, los dedos me duelen.
Camino y pienso. ¿Qué pienso? Sólo esto, que camino y que cargo cosas. Que me estoy cansando, que quiero llegar. Pero el camino, impertérrito, no se acongoja, ni se reduce, sólo allí está. Y hay que caminarlo para llegar. No puedo hacer que a mi pensamiento entren las flores, tantas, rosas blancas, rojas, lilas, amarillas y rosas…
Camino un poco más y siento que si no me detengo a reacomodar mi carga, ésta se me caerá e imagino el pan aplastado, los papeles que vuelan y llegan primero que yo pero quién sabe a dónde podrían llegar unos papeles liberados, dejados a su suerte… me conduelo de su incierto destino libre, los aprieto y sigo caminando, el hombro (izquierdo) me duele, las manos me molestan. Porque pienso en detenerme no lo hago y continúo. El camino también.
En una esquina, justo la que está antes de que la calle descienda, hay dos hombres jóvenes, sentados a la orilla de la banqueta, uno de ellos se levanta y me cuenta que son extranjeros, su acento es sudamericano (lo que puede indicar que son del sur de México, porque desde acá, todo lo que está al sur es el SUR), que los “echaron del otro lado”, dice, que necesitan un dinero para comer. Y todos estos pensamientos se me hacen rehilete y como se mueven tanto, no sé qué hacer:
· Y si les doy el pan que llevo… no, tal vez quieran comer otra cosa…
· Le pediré que me cuide los libros mientras busco en mi bolsa el monedero… y si decide que tal vez los libros son buen alimento y corre con ellos, mi pensamiento ríe…
· Puedo pedirle que me cuide la bolsa de pan un rato, sólo para localizar…
· Le daré mi bolsa (café) para que…
· Me sentaré con ellos y…
Pero mientras pienso y no puedo decidir, mecánicamente mi mano derecha pone en la punta de los dedos de mi mano (izquierda) la bolsa de pan… luego, toma los libros esa misma mano y de nuevo el pan, y con el mismo movimiento baja del hombro la bolsa café que está colgada del hombro izquierdo… después… la mano derecha coloca la bolsa de pan de nuevo en la izquierda y casi con el mismo movimiento hurga adentro de la bolsa café y saca el monedero… como puede abre el zíper y busca. Hasta entonces es que puedo hacerme cargo de la situación y ayudo a mi mano a encontrar. Todo esto, hasta que le doy al hombre lo que me pidió, deseando le sirva de algo… ¿cuántos minutos pasaron? Breves, pocos. Suficientes para hacer el reacomodo que ya urgía.
Sigo en el camino y no puedo pensar en esas nubes, tan oscuras, ni en la gente que también camina, que viene y que va; no puedo pensar en los hombres que dejé atrás, en su vida que es la vida de todos, emigrando de todo siempre. Sólo este peso y las ganas de llegar ocupan mi pensamiento, pero me doy cuenta, de reojo, de un auto que pasa con música a todo volumen, es un corrido de narcos, no deseo pensar en eso, la violenta muerte ha andado muy fronteriza en estos meses, cruzo la calle, volteo automáticamente hacia la derecha para evitar en lo posible ser atropellada y logro ver la iglesia, alta y blanca, de allá vengo, calle arriba. Sigo caminando, la oscuridad siempre me repele, me pone vulnerable, pero el peso que cargo puede más que mi blandura.
Camino y al cruzar la vía miro allá lejos el tren. No lo veo en realidad, sólo oigo su pitar profundo y alcanzo a distinguir la luz que se acerca, un auto se detiene, cuando paso junto a él, oigo la música, es un ritmo calientito, una voz dulce y masculina que canta y casi olvido la punzada en el hombro (izquierdo), mis resentidos dedos; pero continúo, desde que crucé la vía llegué a mi barrio y me digo que si cerrara los ojos sabría cómo llegar a mi casa, aquí he vivido siempre, sé cada casa, cada árbol y todos los hoyos del camino… Pero no, soy incapaz de caminar a ciegas (ni es cierto), me apresuro y unos metros más allá, llego por fin al sitio donde, luego de abrir la puerta y saludar, puedo poner el pan sobre la mesa, los libros, las carpetas, quitarme la bolsa, la chamarra y creo, anhelo, que sentiré más libertad sin todo aquel peso que encima traía.
No es así. El peso que me aplasta no eran esas insignificantes cosas.
viernes, 27 de abril de 2007
Llueve y llueve
El agua es un ruido cayendo a chorros
desde los techos
limpios ya de tanta lluvia.
Los higos relucen en lo oscuro
escurren su llorar profundo y dulce.
Escondidos tras los botes de basura
los perros sufren y se quejan
del húmedo correr nocturno.
En los arroyos callejones
hay latas desbordando líquidos y mugre
y algunos pétalos naufragan solitarios.
Adentro de las casas todos duermen
Comen
Leen, hacen el amor
O escriben.
Nadie ríe
esta lluvia es algo serio
y moja.
Son las inundadas once de la noche
el cielo truena y se acongoja
hace frío y todo duele.
Llueve y llueve.
martes, 24 de abril de 2007
Para Antonio
Viernes lluvioso de aquel final de julio. Salió de su casa metiéndose meticulosamente en todos los charcos nuevecitos. Aquello de chapotear una y otra vez sin remordimientos le recordaba épocas felices... o menos tristes. No es que estuviera triste, no mucho; de hecho, según estudios de científicos angustiados por el comportamiento y de acuerdo a estadísticas en las que ciertamente no creía, los seres como él no pueden gozar de la tristeza; no, sólo las emociones simples le llegan al corazón y la tristeza, como todos saben, es compleja. Como fuera, el tener los verdes ojos en esas condiciones no le ayudaba a prevenir el agua, menos si ésta se encontraba en el suelo, agrupada en pequeñas lagunitas... Entonces, tal vez no era meticulosidad el desapego por lo seco, sino resignación casi feliz ante la inevitable humedad.Si julio no se acaba pronto, o si lo hace (que lo hará, ya lo sabemos) pero agosto continúa como cascada viniéndosele encima, sus pies terminarán destrozados, lo sabe. El color ya se despidió del pie izquierdo y deja de a poquito el derecho desde la primera llovizna: tela de poca calidad. Y él, ¿qué puede hacer con la mirada al revés? Su única razón de ser es continuar recorriendo las calles de este cuento una y otra vez.
lunes, 23 de abril de 2007
Es la boca, eso tan primario y satisfactorio de lo oral.
sábado, 21 de abril de 2007
Todo parece que se mueve. El gran engaño. Ni siquiera el parpadeo es cierto.
Ya lo han dicho muchos y mejor: ni siquiera estamos.
Yo sólo lo presiento. No me atrevo a sostenerlo.
viernes, 20 de abril de 2007
que apenitas llega con sus pasos lentos y arrastrando un fardo que nadie sabe, menos ella, qué sea...
Gabriel: ¿cómo es que llegas
Miguel: Gudelia tan mojada
Rafael: en esta noche oscura?
Gabriel: ¡Llegas y cómo
Miguel: Gudelia tan oscura
Rafael: en esta noche mojada!
Gudelia que, entre otras cosas, detesta la forma de hablar de Gabriel Miguel Rafael, los besa bruscamente, mordiéndoles la lengua con toda la saña que conoce, para que guarden silencio. La medida, por supuesto, no da los resultados esperados, pero sí los hace dejar de hablar y se dejan hacer, como siempre. Como siempre -piensas y continúas perdida en el oscuro hueco de tus sentimientos hacia los tres...
Nadie como Rafael para mirarte con esa ternura sucia que te estanca en un líquido caliente. Gabriel ya llora porque llueve, Gudelia y aún no te percatas de tu olor a cieno, de tu fangoso arrastrar la lengua sobre el muslo de Rafael, deshaciéndose, arena para tus castillos, globos espumosos sobre tus pezones.
Miguel, mientras tanto, suspira y se desmaya para que en la rutina de tus caderas ya despierte, de nuevo suspire y...
Tiene que ser así, ya lo sabes, ellos no cambian.
Gudelia: llegamos a la hora del alimento
Gabriel: ¿Pero cuál
Miguel: es esa
Rafael: hora
Gabriel: del alimento
Miguel: que has dicho
Rafael: Gudelia?
Gudelia: Depende del alimento
respondes golosamente, chupando un muslo bronceado de Miguel... Hablo del que se va por la boca, aclaran los tres (en esa curiosa y detestable forma de hablar que Gudelia)... precisamente, alcanza a murmurar con intenciones mucho más que claras Gudelia, dirigiéndose con mirada felina hacia Rafael. Tengo hambre, murmuran enojados (con esa curiosa y etcétera).
Les ofrezco en sal mis pechos, mi cabello envuelto en vino y mi boca olorosa a viento y a manzanas. Gudelia se levanta y extiende sus brazos desnudos.
Gabriel: No te burles
Miguel: las tripas nos gruñen
Rafael: ya nos vamos
Gabriel: a buscar
Miguel: algo para comer
Rafael: ¿que ya las tripas nos gruñen?
No sabes qué contestarles, sus repeticiones hartan tu deseo y el placer de tener a tu disposición por una sola vez al año a los arcángeles se esfuma, se disuelve en la torpeza de sus manos. Los cabellos se te enredan con enojo entre sus pies y los lastimas... Rafael se queja roncamente, Miguel y Gabriel se ufanan del aguante que a tus dientes. Y tú, lanzas un alarido casi satisfecho y los asustas.
Gabriel: Ya nos veremos
Miguel: en el próximo
Rafael: calendario
Sí, dijo Gudelia, guiñando el ojo zurdo y sacándoles la lengua: ¡Cómo no!
jueves, 19 de abril de 2007
Sentir un olor a jícama .....recién decapitada..... la lengua hacerse ríos..... de lágrima y de espuma..... los ojos llenarse de deseos..... de llorar..... quebrar jícamas de niña..... romper, correr..... echarse de cabeza..... por estas ventanas..... rejas de la jaula..... llevarme de la mano..... a la distancia..... el olor a jícama..... recién decapitada.
lunes, 16 de abril de 2007
Te pedí indicaciones, imploré por el rumbo. Intentaste ayudarme con ademanes y mapas garabateados en el aire. Pero al percatarte de mi evidente incapacidad para entender el norte y el oeste de la vida, y el sur y el este de la muerte, como a niñita, de la mano, me llevaste.
Al placer.
Que yo buscaba.
sábado, 14 de abril de 2007
Me fui de todos
desde ese lunes
lloviznado y sucio
de palomas
Al llegar a la segunda esquina
de la calle oscura
como la sombra de la tarde
me escurrí a la ausencia
no sin antes poner en la basura
los papeles rotos
y el olvido
que ya me lastraban
las cosquillas en el vientre
Me fui de todos esa tarde
y regresé
y he vuelto
y todos están
y nada se mueve
las puertas se cierran
con el rechinido de antes
las sillas
los silencios
los maullidos en los techos
son los mismos
Volví para todos
este día sin nombre ni memoria
y en la vuelta
quedaron rezagados
apenas los colores
y unos cuantitos recuerdos
Eso es todo
jueves, 12 de abril de 2007
Ya ves la lluvia caer sobre los techos y cómo se desliza acariciando al viento. Te agitas entre tu sudor y muerdes esa mueca que te sabe a ruda: quitas la mano de la caricia entre los muslos y recordando al tiempo que amamantaste en aquella arena fría te estremeces. Todo bajo la lluvia difumina su contorno, la luz se esfuma silenciosa, el verde es un recuerdo que también chorrea y tiembla. Salir no es nada difícil: tomar del suelo las manos que olvidaste levantar, soltar tu cabello para que nade, y convencer a tus pies para que te acompañen. Sales con tus mejores galas y te hundes con esfuerzo en la tarde líquida que, solícita, te niega cualquier posibilidad de olvido. Sentada encima de un tronco, pareces una foto sucia y definitivamente echada a perder, con tanta agua rodando, rodeando y metiéndose hasta por tu ombligo: tal vez de pronto te deshagas y pases a formar parte del arroyito turbio que en estos momentos está justo entre los dedos de tu pie derecho, esperando sólo una gota más para seguir corriendo.
lunes, 9 de abril de 2007
Consiste, primero, en sentir que no habrá ninguna otra cosa que puedas hacer. Luego mirar la cama con toda la angustia que has acumulado en las noches más solas y, lentamente, acercarte, separar las cobijas, sentarte en el borde, tomar la almohada y ponerla en las rodillas... Pones expresión pensativa y piensas, desde luego. Que vale más que te hagas a la idea, que tendrás que hacerlo tarde o temprano, que no dolerá más de lo que te han dolido algunas cosas menos necesarias y te acuestas suave, hasta quedarte como piedra lisa, con las manos a los costados, la cabeza sobre la fría almohada que, antes, colocaste cuidadosamente, los pies vacíos y duros como los dientes que ya deben estar castañeteándote, asegúrate de esto. Piensa, piensa sobre todo en eso de lo que te has perdido, en el café que podrías estar tomándote, acurrucado tu cuerpo junto al fuego; acuérdate del hombre con quien pudieras calentarte, de sus manos grandes, de su piel, su ombligo. Siéntete frustrada y luego: tiembla. Cuando ya no resistas el movimiento de tu cuerpo, encógete y cúbrete con las mil cobijas que habrá para sepultarte en esta noche fría y sola; colócate como un nudo de hielo y calor que ya se extiende, las piernas encogidas, las rodillas hasta el pecho, la cabeza inclinada hasta tocarlas y las manos sosteniendo todo, hasta el miedo. Después ya solo queda lo único que queda en esta y en todas las noches por delante: Cierra los ojos y duerme.
martes, 3 de abril de 2007
Para Roberto, el castillo
Desde hace algunos días, no importa cuántos, a nadie le importan esas minucias numéricas, busco al cuervo. He caminado confundida, creyendo verlo entre las nubes, tal vez asustado. La rutina se me ha vuelto búsqueda del cuervo que, quizá perplejo entre las piedras, no deja que lo encuentre.
Esta noche anuncia, promete encuentros, algo nos toca con dedos aceitosos y fríos desde el aire, huele a tierra mojada, ese olor: así debe oler el cuervo. Soy desasosiego, así me llamo. Salgo al porche donde en medio de la perfumada oscuridad, se escucha. Música, de un radio lejano.
Me siento junto a un gato, por un largo rato no hablamos. Él espera, creo, encontrar en los tangos allá lejos, el recuerdo lejano de sus jóvenes días; yo, lejana, anhelo encontrar al cuervo. Creo que nunca hablamos.
No creo que haya a quien le importe saber el porqué de mi búsqueda. Que en realidad es una expectativa. Sé que lo encontraré aunque no lo busque. Igual no sabría qué responder si alguien me preguntara la razón de mi expresión aturdida y de sobresalto, todo se debe al cuervo que está pero no. No sé respuestas, sólo miro sin mirar hacia donde sé que está el níspero esperando porque los años le hagan algún día dar sus frutos, y me atraviesa casi con dolor la certeza de que todos esperamos, sé de quien espera la muerte, la noche, la luz, la quincena, el amor, la desgracia, el taxi, los hijos... no sé si alguien anhele por el cuervo.
Entre lo negro ¿estará acaso ese animal oscuro, mirándonos, curioso?. Sabe que lo busco, lo busco con afán de loca, con toda la cordura que me queda, le he dejado señales por días, soy como la babosa que se escurre frente a nuestra mirada, amparándose, según ella supone, en la ausencia de luz, mientras arrastra su desdén por la escalera de baba que la delata hasta en su ausencia. Alguien dirá, creo, nunca falta quien diga lo evidente, que la babosa no supone, y que la escalera aparece después de su deambular, y aunque es cierto, eso no importa, yo sólo quiero decir que busco la pluma negra, la voz que no es. No deseo encontrar correctores de estilo. La vida es una falta gramatical, un charco lleno de culebras acentuadas, un abismo de reglas ortográficas.
Por fin, allá, atrás de casas y de cerros, atrás de lo invisible, veo. El relámpago, uno, otro, y muchos, perseguidos todos por el trueno. Ahora sí va a llegar, maúlla el gato, o eso creo que me dice, antes de que un terrible retumbar nos haga callar a ambos. Tal vez el cuervo también llegue: me instalo con comodidad en la esperanza.
La lenta necesidad del descanso, cuando todos, los perros, los autos, los padres, madres, hermanos, tíos, primos y sobrinos, amigos y enemigos, millones de desconocidos, se preparan para dormir, para dejarse ir a ese otro mundo, de los sueños, está aquí. Me conmueve pensar en el ritual del aseo, del rezo, de los estrujones a la almohada, y cómo todos estarán repitiéndose una y muchas veces frente al espejo, somos un espejo comunal, lavo mis dientes al tiempo que otros cientos, miles, sus dientes cepillan con esmero. Cuánto esfuerzo por no entrar a la cama desvalidos. Jamás lo lograremos. Me consuelo suponiendo que el cuervo tal vez esté detrás de todos los espejos, me miro fijamente, lagrimeo, pero no logro ver más que un rostro confundido y a punto de llorar.
Me acuesto, cierro los ojos y luego... se escuchan como olas diminutas, así cual salvajes insectos derretidos, tomando por sorpresa una temerosa ciudad, son las gotas, están allí y acá, nacieron para mojarlo todo, hacer su territorio de cada rincón que antes estuvo seco. Llueve. Abro fuerte los oídos para que la lluvia, para que el cuervo.
Por un rato que se me antoja largo, pero que tal vez no lo sea tanto, me aferro al sonido de cada una de esas minúsculas olas encerradas, logro sentir su golpeteo al reventar sobre las hojas de la higuera, me duelo de su parto y casi veo cómo saltan, corren enloquecidas, desesperadas se apretujan, desparraman y derraman sobre la noche. Adentro de lo oscuro.
Y siento claramente cuando el cuervo se coloca con plumosa suavidad sobre mi cuerpo, dentro de mí, sus patas son mis pies, mis dedos sus garras, las manos se transforman, puedo, si quisiera, mover las alas, el cuervo desearía, tal vez, coger con estos dedos, quitarse de encima la sábana, algo estrujar. El cuervo líquido me arropa. Ya no tengo boca, mis labios son un pico que junto con la que fue mi nariz se dedica con fruición a soñar que grazna en esta lluvia oscura que por fin me lleva al sueño, volando, como el cuervo que soy, sobre el agua.
(No para de llover. Y tengo miedo. El cuervo ya casi no se va. Se ha convertido en sombra literal de mi cuerpo. No sé qué temo. Lo busqué por tanto tiempo. )