miércoles, 9 de mayo de 2007

No hay dolor más atroz que ser feliz

Para el Sol. Para Pina.
Para Miguel A. Avilés.
“Y si sentís tristeza
cuando mires para atrás
no te olvides que el camino
es pa’l que viene y pa’l que va”


La luna era de octubre, de seguro fue bella. Todas lo son. No puedo, por más que lo intento (en realidad eso no importa, por eso ni es cierto que me esfuerce tanto), recordar cómo o por qué (vivía en Nogales) estuve en Hermosillo ese día (creo era 1986, gracias Sylvia), ni supe cómo llegué, llegamos, Pina y yo al Auditorio (en ruletero, supongo, y tampoco importa), pero allí estábamos, casi puntuales, y desde luego después de muchos que llegaron antes; eso lo supimos cuando entramos y todo estaba lleno, los conocidos, los desconocidos, allí: sentados, sentándose, buscando asiento; no había ni un solo lugar vacío así que nosotras nos apoderamos de un pedazo de escalón, decisión excelente porque con sólo unos 10 minutos sentadas allí alguien comenzó a sacar sillas y a ponerlas hasta adelante, enfrente de la que hasta entonces había sido primera fila y por supuesto Pina y yo allá fuimos a sentarnos en esa privilegiada posición, no lo creíamos, ya éramos dichosas por estar sentadas en los escalones, no suponíamos que la fortuna nos besaría esa noche más, mucho más.

Allí estábamos, entonces, dos afortunadas y jóvenes mujeres (alocadas e ¿ingenuas?, expectantes, gozosas): en primerísima primera fila, pegadas al escenario, a menos de medio metro, podíamos incluso recargarnos en él, tal vez lo hicimos (“Cierto es que hay muchas cosas / que se pueden olvidar, / pero algunas son olvidos / y otras son cosas nomás.”), Pina llevó una grabadora de reportero, nunca supe si grabó el concierto, pero su grabadora allí estaba, en el piso del foro junto con otras más, incluso alguien nos pidió voltear casete al terminar de grabar un lado.

Qué músicos lo acompañaron, lamento no recordar, ni la ropa que yo traía, ni mi peinado, pero sí lo recuerdo a él, vestido de negro, con su negro cabello untado hacia atrás, lloré cuando apareció en el escenario, tan, tan cerca… No sé con qué melodía inició, ni cuál fue su cierre (creo que no importa, y aunque podría inventarme ese recuerdo, no quiero). Cantó, claro (o tal vez no, qué importa), sus milongas, coplas, zambas, “El violín de Becho”, “Mariposa negra”, “Qué pena”, “Guitarra negra”, “Pál que se va”, “Stéfanie”, “Adagio”, “Nene patudo”… Tan cerca estuvimos que recibimos una petición inusitada del cantante, quien mirando hacia nosotras, divertido nos dijo: ¡aplaudan!, porque Pina y yo, con la boca abierta (así me gusta imaginarnos), no acertábamos a palmotear nuestra aprobación como hacían todos.

Se despidió de nosotros, de Hermosillo, de Sonora, de México (ya antes, en dos ocasiones años atràs lo habìamos visto y oìdo cantar), nos dijo que regresaba a su tierra. Aquel fue un concierto… ¿qué palabras puedo utilizar para poder decir: lindo, emotivo, gratificante, grande? Tal vez ninguno de estos términos alcance. No alcanza.

Salimos todos inmersos en la nube de la satisfacción y no puedo entender, o sí –ahora que escribo esto de la nube- cómo es que me encontré sola, niña perdida siempre, y no sé cómo es que llegué a la casa de Pina, yo, incapaz de saber del norte y del sur (alguien debió llevarme, no recuerdo). Querida Doña Julia, su mamá, me alimentó como tantas veces hizo… recuerdo que comí hígado encebollado, tal vez lo tengo presente tan claramente porque no lo como mucho: al rato llegó Pina preocupada porque nos extraviamos en esa confusión feliz, te busqué por todas partes, tal vez dijo; no te encontré parece que yo dije; nos saludamos como sobrevivientes, exultantes. Ella llegaba con una sorpresa feliz: me trajo el Sol, dijo a mi oído, creo que allí, en esa ocasión, en la sala de la casa de los papás de Pina, supe que él sabía mi dirección en Cananea y agradecí saberlo, supe también la fecha de su cumpleaños, que es la de mi hermana, nunca lo olvidaré pensé. Yo traía un casete de 90 minutos, en el lado A: Ella Fitzgerald, lado B: Mongo Santamaría, casete que Humberto me regaló (Que pena / que no me duela / tu nombre ahora / Que pena / que no me duela / el dolor.), preciado para mí porque además traía la caligrafía peculiar de ese hombre que casi diez años después en una habitación nocturna murió sin luna, tan solo y dolorosamente. El casete se lo presté al Sol, como manifestación de lo maravillosa que la noche era, también gracias a su presencia.
El Sol nos invitó a cenar, salimos rumbo al centro y en la Serdán entramos a un lugar con mariachis (qué absurdo, sé que lo pensé), yo no cené, ellos pidieron brochetas y los tres carnívoros hablamos de los sentidos. El Sol defendió (Quien te querrá / pregunto quien serás / la que yo conocía / no ha existido jamás.) la postura de que el sentido del tacto, mientras yo afirmaba que la vista, Pina tal vez que el olfato… qué sentido nos haría más falta en caso de perderlo, el Sol argumentando que la piel es el contacto, la barrera y la posibilidad de estar inmersos en el mundo (qué de asuntos profundos hablan tres amigos cuando han oído un concierto entrañable, se alimentan de carne y se meten en un sitio con el mariachi desbocado). Años después leí un libro que se llama Diario de una esquizofrénica, quiero que sepas Sol, que lo cuando leía te di la razón porque pensé: hace más de diez años el Sol dijo algo muy parecido a ese infierno helado que es no estar aunque estemos.
Al salir de ese lugar, calientitos por el jolgorio de la música bravía, y aderezados con la charla tan sabrosa y la emoción, aún, del concierto ("Stéfanie, yo ayer estaba solo / y hoy también / pero en mi cama / ha quedado el perfume de tu piel.”), nos recibió como en un sueño malformado la mala noticia: en esa callecita donde el Sol estacionó su auto (un pick up, recuerdo, con ventanita en la ventana trasera) alguien, aprovechando las sombras y la soledad, forzó la ventanita ya mencionada y robó. (discúlpame Sol, que no recuerde si la caja de herramientas, si alguna otra cosa… lo que recuerdo con énfasis es que se llevaron también el casete que recién te había prestado.
Humberto.)

No puedo oír el nombre de Zitarrosa sin que a mi memoria lleguen como brisa, como suave caricia, el Sol, los días aquellos, Pina, Doña Julia, el tacto, Ella Fitzgerald, Mongo Santamaría, Humberto… ¿Antes o después de esa accidentada cena fuimos y caminamos en un parque, con grandes árboles y flores, Pina cortándolas y el Sol diciendo que no, que las flores se mueren si las cortamos?

Alfredo Zitarrosa murió el 17 de enero de 1989 en Montevideo, Uruguay (“Que pensarás / a quien le dirás / que conmigo podías / perdonarte y llorar”)
Stéfanie
(
Alfredo Zitarrosa)
Stéfanie, no hay dolor más atroz que ser feliz.

Decías anoche: "óuvi-me, po- favó,* bésame aquí" (fonético).
Stéfanie, sé que tu corazón "fala yi mi"* (fonético).
Y eso es dolor, Stéfanie…

Stéfanie, yo ayer estaba solo y hoy también
pero en mi cama ha quedado el perfume de tu piel.
Te veo salir, correr por el pasillo del hotel:
la vida es cruel, Stéfanie…

Stéfanie, hay una sombra oscura tras de ti;
de tu ternura, recuerdo la mirada azul- turquí,
los pies calientes, tus palabras de amor en portugués,
pero no a ti, Stéfanie…

Sé más valiente; hazme saber si va a sobrevivir
entre la gente el color de tu pelo, Stéfanie...
Debes vivir la soledad que sales a vender;
sé más mujer, Stéfanie…

Stéfanie, yo tampoco te quiero, mas tu amor,
por el dinero, ha olvidado al obrero y al señor.
Esta canción que pregunta por ti, que no ha dormido,
es puro olvido… Stéfanie…!

* Expresiones fonéticas por "ouve-me, por favor" y "fala de mim", respectivamente, "óyeme (u oíme), por favor" y "habla de mí", en portugués.
(El texto presentado es trascripción fiel de como fue publicado en la tapa del disco Guitarra negra, España, 1977)

martes, 8 de mayo de 2007

No quiero que tu recuerdo siga diciendo mentiras
¿Pero cómo cubrirle la lengua cuando llega
Y me lame?

lunes, 7 de mayo de 2007

A veces siento miedo
de que un día
los pájaros que crías con esmero
me coman la cabeza

miércoles, 2 de mayo de 2007

Con Ugo
Eludible

Ahora
a duras penas sostienen su marcha
encabalgada
los minutos;
cuando, aquí,
las lunas enloquecen
ensordecidas por los ramalazos
muertos
de calles hechas polvo,
arroyos de silencio,
lodo,
cañadas.

Aquí, donde arrastré
las uñas en los cerros
para hacer que las palabras
en jirones,
encaminaran sus pisadas suaves,
amargadas,
sobre un papel grasiento
y en líneas temblorosas.

Aquí,
el verbo se ahorcó
colgando de las ramas
bajas
del mezquite;
así la lengua enferma
reptó hasta las calles
a tejer en nudos
la corbata de las decepciones.

Aquí se concluyó el deseo irrealizable,
se desbarrancó la prisa
de lentas huellas digitales
repletas de manantiales resecos
y despellejadas veredas
acariciadoras en espinas.

Aquí,
luego de rodar en abismos de piedras
y de aceras tapizadas de peatones:
mudos, callados
y cada vez más silenciosos,
vino a quedar sobre la vía del tren,
despedazada,
hecha trocitos,
la risa:
meros retazos de telas de colores.

Aquí,
el habla se extravió,
descoyuntada,
marcada paso a paso,
señalada con un dedo de fuego
lagrimeante
en cada salto,
en cada una de sus manecillas,
de sus ruidos tenues,
sus arrullos inaudibles.

Aquí el sol da media vuelta
en las mañanas
y desencantados frente a la nuca
atardecida,
los sonidos,
uno a uno,
se arrojan de cabeza a los canales
de agua sucia
a flotar con gatos muertos
y basura.
....................................

lunes, 30 de abril de 2007

Camino siempre. Si pudiera volar creo que lo haría, o nadar si tuviera que moverme en el agua o en un líquido sendero. No es el caso, así que camino siempre. Esta vez llevo colgada de mi hombro izquierdo la bolsa, una bolsa café llena de… no diré porque ni yo lo sé (lo supongo y eso es siempre suficiente), baste con decir que en ella también llevo algunos periódicos y muchas plumas, marcadores, monedas, llaves, y papeles.
Con mi mano, izquierda también, sostengo algunos libros (2), y carpetas (5). Mi mano derecha se ocupa de cargar una bolsa con pan dulce, y como no puedo apretar la bolsa muy fuerte, ni estrujarla porque el pan se maltrata, mi mano (derecha) se esfuerza más al contenerse, los dedos me duelen.
Camino y pienso. ¿Qué pienso? Sólo esto, que camino y que cargo cosas. Que me estoy cansando, que quiero llegar. Pero el camino, impertérrito, no se acongoja, ni se reduce, sólo allí está. Y hay que caminarlo para llegar. No puedo hacer que a mi pensamiento entren las flores, tantas, rosas blancas, rojas, lilas, amarillas y rosas…
Camino un poco más y siento que si no me detengo a reacomodar mi carga, ésta se me caerá e imagino el pan aplastado, los papeles que vuelan y llegan primero que yo pero quién sabe a dónde podrían llegar unos papeles liberados, dejados a su suerte… me conduelo de su incierto destino libre, los aprieto y sigo caminando, el hombro (izquierdo) me duele, las manos me molestan. Porque pienso en detenerme no lo hago y continúo. El camino también.
En una esquina, justo la que está antes de que la calle descienda, hay dos hombres jóvenes, sentados a la orilla de la banqueta, uno de ellos se levanta y me cuenta que son extranjeros, su acento es sudamericano (lo que puede indicar que son del sur de México, porque desde acá, todo lo que está al sur es el SUR), que los “echaron del otro lado”, dice, que necesitan un dinero para comer. Y todos estos pensamientos se me hacen rehilete y como se mueven tanto, no sé qué hacer:
· Y si les doy el pan que llevo… no, tal vez quieran comer otra cosa…
· Le pediré que me cuide los libros mientras busco en mi bolsa el monedero… y si decide que tal vez los libros son buen alimento y corre con ellos, mi pensamiento ríe…
· Puedo pedirle que me cuide la bolsa de pan un rato, sólo para localizar…
· Le daré mi bolsa (café) para que…
· Me sentaré con ellos y…
Pero mientras pienso y no puedo decidir, mecánicamente mi mano derecha pone en la punta de los dedos de mi mano (izquierda) la bolsa de pan… luego, toma los libros esa misma mano y de nuevo el pan, y con el mismo movimiento baja del hombro la bolsa café que está colgada del hombro izquierdo… después… la mano derecha coloca la bolsa de pan de nuevo en la izquierda y casi con el mismo movimiento hurga adentro de la bolsa café y saca el monedero… como puede abre el zíper y busca. Hasta entonces es que puedo hacerme cargo de la situación y ayudo a mi mano a encontrar. Todo esto, hasta que le doy al hombre lo que me pidió, deseando le sirva de algo… ¿cuántos minutos pasaron? Breves, pocos. Suficientes para hacer el reacomodo que ya urgía.
Sigo en el camino y no puedo pensar en esas nubes, tan oscuras, ni en la gente que también camina, que viene y que va; no puedo pensar en los hombres que dejé atrás, en su vida que es la vida de todos, emigrando de todo siempre. Sólo este peso y las ganas de llegar ocupan mi pensamiento, pero me doy cuenta, de reojo, de un auto que pasa con música a todo volumen, es un corrido de narcos, no deseo pensar en eso, la violenta muerte ha andado muy fronteriza en estos meses, cruzo la calle, volteo automáticamente hacia la derecha para evitar en lo posible ser atropellada y logro ver la iglesia, alta y blanca, de allá vengo, calle arriba. Sigo caminando, la oscuridad siempre me repele, me pone vulnerable, pero el peso que cargo puede más que mi blandura.
Camino y al cruzar la vía miro allá lejos el tren. No lo veo en realidad, sólo oigo su pitar profundo y alcanzo a distinguir la luz que se acerca, un auto se detiene, cuando paso junto a él, oigo la música, es un ritmo calientito, una voz dulce y masculina que canta y casi olvido la punzada en el hombro (izquierdo), mis resentidos dedos; pero continúo, desde que crucé la vía llegué a mi barrio y me digo que si cerrara los ojos sabría cómo llegar a mi casa, aquí he vivido siempre, sé cada casa, cada árbol y todos los hoyos del camino… Pero no, soy incapaz de caminar a ciegas (ni es cierto), me apresuro y unos metros más allá, llego por fin al sitio donde, luego de abrir la puerta y saludar, puedo poner el pan sobre la mesa, los libros, las carpetas, quitarme la bolsa, la chamarra y creo, anhelo, que sentiré más libertad sin todo aquel peso que encima traía.

No es así. El peso que me aplasta no eran esas insignificantes cosas.

No es.

viernes, 27 de abril de 2007

Ruido mojado

Llueve y llueve

El agua es un ruido cayendo a chorros
desde los techos
limpios ya de tanta lluvia.

Los higos relucen en lo oscuro
escurren su llorar profundo y dulce.

Escondidos tras los botes de basura
los perros sufren y se quejan
del húmedo correr nocturno.

En los arroyos callejones
hay latas desbordando líquidos y mugre
y algunos pétalos naufragan solitarios.

Adentro de las casas todos duermen
Comen
Leen, hacen el amor
O escriben.

Nadie ríe
esta lluvia es algo serio
y moja.

Son las inundadas once de la noche
el cielo truena y se acongoja
hace frío y todo duele.

Llueve y llueve.

martes, 24 de abril de 2007

Otra vez

Para Antonio

Viernes lluvioso de aquel final de julio. Salió de su casa metiéndose meticulosamente en todos los charcos nuevecitos. Aquello de chapotear una y otra vez sin remordimientos le recordaba épocas felices... o menos tristes. No es que estuviera triste, no mucho; de hecho, según estudios de científicos angustiados por el comportamiento y de acuerdo a estadísticas en las que ciertamente no creía, los seres como él no pueden gozar de la tristeza; no, sólo las emociones simples le llegan al corazón y la tristeza, como todos saben, es compleja. Como fuera, el tener los verdes ojos en esas condiciones no le ayudaba a prevenir el agua, menos si ésta se encontraba en el suelo, agrupada en pequeñas lagunitas... Entonces, tal vez no era meticulosidad el desapego por lo seco, sino resignación casi feliz ante la inevitable humedad.Si julio no se acaba pronto, o si lo hace (que lo hará, ya lo sabemos) pero agosto continúa como cascada viniéndosele encima, sus pies terminarán destrozados, lo sabe. El color ya se despidió del pie izquierdo y deja de a poquito el derecho desde la primera llovizna: tela de poca calidad. Y él, ¿qué puede hacer con la mirada al revés? Su única razón de ser es continuar recorriendo las calles de este cuento una y otra vez.
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lunes, 23 de abril de 2007

Veo por la ventana los arboles que se mueven y mueven contra su voluntad ¿O será acaso su voluntad moverse? En qué momento decidieron meterse a la tierra y allí quedarse? La decisión del muerto. Parece que los árboles oyeron mi pensamiento, ahora se mueven queriendo acercarse y tal vez jalarme, meterme entre sus raíces y allí dejarme: apenas latiendo un poco, húmeda y caliente. Esto parece amor. El amor nos hace desear devorar al amado y como no podemos... (porque no podemos), lo besamos, lamemos, mordemos y ya sabes. El hablar es eso. El lenguaje que media entre el mundo y nosotros.
Es la boca, eso tan primario y satisfactorio de lo oral.

sábado, 21 de abril de 2007

Y miro por la ventana las palomas que caminan lentamente sobre un muro. Y me digo: ¿esto es la vida? Y me digo: esto es la vida ¿Qué le vamos a hacer?
Todo parece que se mueve. El gran engaño. Ni siquiera el parpadeo es cierto.
Ya lo han dicho muchos y mejor: ni siquiera estamos.
Yo sólo lo presiento. No me atrevo a sostenerlo.

viernes, 20 de abril de 2007

Gabriel, Miguel, Rafael, Arcángeles y Gudelia...


que apenitas llega con sus pasos lentos y arrastrando un fardo que nadie sabe, menos ella, qué sea...
Gabriel: ¿cómo es que llegas
Miguel: Gudelia tan mojada
Rafael: en esta noche oscura?
Gabriel: ¡Llegas y cómo
Miguel: Gudelia tan oscura
Rafael: en esta noche mojada!
Gudelia que, entre otras cosas, detesta la forma de hablar de Gabriel Miguel Rafael, los besa bruscamente, mordiéndoles la lengua con toda la saña que conoce, para que guarden silencio. La medida, por supuesto, no da los resultados esperados, pero sí los hace dejar de hablar y se dejan hacer, como siempre. Como siempre -piensas y continúas perdida en el oscuro hueco de tus sentimientos hacia los tres...
Nadie como Rafael para mirarte con esa ternura sucia que te estanca en un líquido caliente. Gabriel ya llora porque llueve, Gudelia y aún no te percatas de tu olor a cieno, de tu fangoso arrastrar la lengua sobre el muslo de Rafael, deshaciéndose, arena para tus castillos, globos espumosos sobre tus pezones.
Miguel, mientras tanto, suspira y se desmaya para que en la rutina de tus caderas ya despierte, de nuevo suspire y...
Tiene que ser así, ya lo sabes, ellos no cambian.
Gudelia: llegamos a la hora del alimento
Gabriel: ¿Pero cuál
Miguel: es esa
Rafael: hora
Gabriel: del alimento
Miguel: que has dicho
Rafael: Gudelia?
Gudelia: Depende del alimento
respondes golosamente, chupando un muslo bronceado de Miguel... Hablo del que se va por la boca, aclaran los tres (en esa curiosa y detestable forma de hablar que Gudelia)... precisamente, alcanza a murmurar con intenciones mucho más que claras Gudelia, dirigiéndose con mirada felina hacia Rafael. Tengo hambre, murmuran enojados (con esa curiosa y etcétera).
Les ofrezco en sal mis pechos, mi cabello envuelto en vino y mi boca olorosa a viento y a manzanas. Gudelia se levanta y extiende sus brazos desnudos.
Gabriel: No te burles
Miguel: las tripas nos gruñen
Rafael: ya nos vamos
Gabriel: a buscar
Miguel: algo para comer
Rafael: ¿que ya las tripas nos gruñen?
No sabes qué contestarles, sus repeticiones hartan tu deseo y el placer de tener a tu disposición por una sola vez al año a los arcángeles se esfuma, se disuelve en la torpeza de sus manos. Los cabellos se te enredan con enojo entre sus pies y los lastimas... Rafael se queja roncamente, Miguel y Gabriel se ufanan del aguante que a tus dientes. Y tú, lanzas un alarido casi satisfecho y los asustas.
Gabriel: Ya nos veremos
Miguel: en el próximo
Rafael: calendario

Sí, dijo Gudelia, guiñando el ojo zurdo y sacándoles la lengua: ¡Cómo no!

jueves, 19 de abril de 2007

"La facilidad de escribir cartas tiene que haber traído al mundo una terrible perturbación de las almas. Porque la que se va gestando es una relación con fantasmas y no sólo con el fantasma del destinatario. sino también con el propio (...) Escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas, cosa que ellos aguardan con avidez. Los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino." Franz Kafka
Poema para Mirna Elisa

Sentir un olor a jícama .....recién decapitada..... la lengua hacerse ríos..... de lágrima y de espuma..... los ojos llenarse de deseos..... de llorar..... quebrar jícamas de niña..... romper, correr..... echarse de cabeza..... por estas ventanas..... rejas de la jaula..... llevarme de la mano..... a la distancia..... el olor a jícama..... recién decapitada.

lunes, 16 de abril de 2007

Brújula

Te pedí indicaciones, imploré por el rumbo. Intentaste ayudarme con ademanes y mapas garabateados en el aire. Pero al percatarte de mi evidente incapacidad para entender el norte y el oeste de la vida, y el sur y el este de la muerte, como a niñita, de la mano, me llevaste.

Al placer.

Que yo buscaba.

sábado, 14 de abril de 2007

Ida y vuelta

Me fui de todos
desde ese lunes
lloviznado y sucio
de palomas

Al llegar a la segunda esquina
de la calle oscura
como la sombra de la tarde
me escurrí a la ausencia
no sin antes poner en la basura
los papeles rotos
y el olvido
que ya me lastraban
las cosquillas en el vientre

Me fui de todos esa tarde
y regresé
y he vuelto

y todos están
y nada se mueve
las puertas se cierran
con el rechinido de antes
las sillas
los silencios
los maullidos en los techos
son los mismos

Volví para todos
este día sin nombre ni memoria
y en la vuelta
quedaron rezagados
apenas los colores
y unos cuantitos recuerdos

Eso es todo

jueves, 12 de abril de 2007

Foto

Ya ves la lluvia caer sobre los techos y cómo se desliza acariciando al viento. Te agitas entre tu sudor y muerdes esa mueca que te sabe a ruda: quitas la mano de la caricia entre los muslos y recordando al tiempo que amamantaste en aquella arena fría te estremeces. Todo bajo la lluvia difumina su contorno, la luz se esfuma silenciosa, el verde es un recuerdo que también chorrea y tiembla. Salir no es nada difícil: tomar del suelo las manos que olvidaste levantar, soltar tu cabello para que nade, y convencer a tus pies para que te acompañen. Sales con tus mejores galas y te hundes con esfuerzo en la tarde líquida que, solícita, te niega cualquier posibilidad de olvido. Sentada encima de un tronco, pareces una foto sucia y definitivamente echada a perder, con tanta agua rodando, rodeando y metiéndose hasta por tu ombligo: tal vez de pronto te deshagas y pases a formar parte del arroyito turbio que en estos momentos está justo entre los dedos de tu pie derecho, esperando sólo una gota más para seguir corriendo.

lunes, 9 de abril de 2007

Instructivo


Consiste, primero, en sentir que no habrá ninguna otra cosa que puedas hacer. Luego mirar la cama con toda la angustia que has acumulado en las noches más solas y, lentamente, acercarte, separar las cobijas, sentarte en el borde, tomar la almohada y ponerla en las rodillas... Pones expresión pensativa y piensas, desde luego. Que vale más que te hagas a la idea, que tendrás que hacerlo tarde o temprano, que no dolerá más de lo que te han dolido algunas cosas menos necesarias y te acuestas suave, hasta quedarte como piedra lisa, con las manos a los costados, la cabeza sobre la fría almohada que, antes, colocaste cuidadosamente, los pies vacíos y duros como los dientes que ya deben estar castañeteándote, asegúrate de esto. Piensa, piensa sobre todo en eso de lo que te has perdido, en el café que podrías estar tomándote, acurrucado tu cuerpo junto al fuego; acuérdate del hombre con quien pudieras calentarte, de sus manos grandes, de su piel, su ombligo. Siéntete frustrada y luego: tiembla. Cuando ya no resistas el movimiento de tu cuerpo, encógete y cúbrete con las mil cobijas que habrá para sepultarte en esta noche fría y sola; colócate como un nudo de hielo y calor que ya se extiende, las piernas encogidas, las rodillas hasta el pecho, la cabeza inclinada hasta tocarlas y las manos sosteniendo todo, hasta el miedo. Después ya solo queda lo único que queda en esta y en todas las noches por delante: Cierra los ojos y duerme.

martes, 3 de abril de 2007

Líquido cuervo

Para Roberto, el castillo


Desde hace algunos días, no importa cuántos, a nadie le importan esas minucias numéricas, busco al cuervo. He caminado confundida, creyendo verlo entre las nubes, tal vez asustado. La rutina se me ha vuelto búsqueda del cuervo que, quizá perplejo entre las piedras, no deja que lo encuentre.

Esta noche anuncia, promete encuentros, algo nos toca con dedos aceitosos y fríos desde el aire, huele a tierra mojada, ese olor: así debe oler el cuervo. Soy desasosiego, así me llamo. Salgo al porche donde en medio de la perfumada oscuridad, se escucha. Música, de un radio lejano.

Me siento junto a un gato, por un largo rato no hablamos. Él espera, creo, encontrar en los tangos allá lejos, el recuerdo lejano de sus jóvenes días; yo, lejana, anhelo encontrar al cuervo. Creo que nunca hablamos.

No creo que haya a quien le importe saber el porqué de mi búsqueda. Que en realidad es una expectativa. Sé que lo encontraré aunque no lo busque. Igual no sabría qué responder si alguien me preguntara la razón de mi expresión aturdida y de sobresalto, todo se debe al cuervo que está pero no. No sé respuestas, sólo miro sin mirar hacia donde sé que está el níspero esperando porque los años le hagan algún día dar sus frutos, y me atraviesa casi con dolor la certeza de que todos esperamos, sé de quien espera la muerte, la noche, la luz, la quincena, el amor, la desgracia, el taxi, los hijos... no sé si alguien anhele por el cuervo.

Entre lo negro ¿estará acaso ese animal oscuro, mirándonos, curioso?. Sabe que lo busco, lo busco con afán de loca, con toda la cordura que me queda, le he dejado señales por días, soy como la babosa que se escurre frente a nuestra mirada, amparándose, según ella supone, en la ausencia de luz, mientras arrastra su desdén por la escalera de baba que la delata hasta en su ausencia. Alguien dirá, creo, nunca falta quien diga lo evidente, que la babosa no supone, y que la escalera aparece después de su deambular, y aunque es cierto, eso no importa, yo sólo quiero decir que busco la pluma negra, la voz que no es. No deseo encontrar correctores de estilo. La vida es una falta gramatical, un charco lleno de culebras acentuadas, un abismo de reglas ortográficas.

Por fin, allá, atrás de casas y de cerros, atrás de lo invisible, veo. El relámpago, uno, otro, y muchos, perseguidos todos por el trueno. Ahora sí va a llegar, maúlla el gato, o eso creo que me dice, antes de que un terrible retumbar nos haga callar a ambos. Tal vez el cuervo también llegue: me instalo con comodidad en la esperanza.

La lenta necesidad del descanso, cuando todos, los perros, los autos, los padres, madres, hermanos, tíos, primos y sobrinos, amigos y enemigos, millones de desconocidos, se preparan para dormir, para dejarse ir a ese otro mundo, de los sueños, está aquí. Me conmueve pensar en el ritual del aseo, del rezo, de los estrujones a la almohada, y cómo todos estarán repitiéndose una y muchas veces frente al espejo, somos un espejo comunal, lavo mis dientes al tiempo que otros cientos, miles, sus dientes cepillan con esmero. Cuánto esfuerzo por no entrar a la cama desvalidos. Jamás lo lograremos. Me consuelo suponiendo que el cuervo tal vez esté detrás de todos los espejos, me miro fijamente, lagrimeo, pero no logro ver más que un rostro confundido y a punto de llorar.

Me acuesto, cierro los ojos y luego... se escuchan como olas diminutas, así cual salvajes insectos derretidos, tomando por sorpresa una temerosa ciudad, son las gotas, están allí y acá, nacieron para mojarlo todo, hacer su territorio de cada rincón que antes estuvo seco. Llueve. Abro fuerte los oídos para que la lluvia, para que el cuervo.

Por un rato que se me antoja largo, pero que tal vez no lo sea tanto, me aferro al sonido de cada una de esas minúsculas olas encerradas, logro sentir su golpeteo al reventar sobre las hojas de la higuera, me duelo de su parto y casi veo cómo saltan, corren enloquecidas, desesperadas se apretujan, desparraman y derraman sobre la noche. Adentro de lo oscuro.

Y siento claramente cuando el cuervo se coloca con plumosa suavidad sobre mi cuerpo, dentro de mí, sus patas son mis pies, mis dedos sus garras, las manos se transforman, puedo, si quisiera, mover las alas, el cuervo desearía, tal vez, coger con estos dedos, quitarse de encima la sábana, algo estrujar. El cuervo líquido me arropa. Ya no tengo boca, mis labios son un pico que junto con la que fue mi nariz se dedica con fruición a soñar que grazna en esta lluvia oscura que por fin me lleva al sueño, volando, como el cuervo que soy, sobre el agua.


(No para de llover. Y tengo miedo. El cuervo ya casi no se va. Se ha convertido en sombra literal de mi cuerpo. No sé qué temo. Lo busqué por tanto tiempo. )

sábado, 31 de marzo de 2007

Nota a pie de pàgina

Suicida: Caracol que asciende al cielo
amparándose en la baba

huella que lo sigue
y lo penetra

jueves, 29 de marzo de 2007

Instancias para dormir un poco

Hazte lo más pronto que se pueda
veintisiete heridas
en la piel recóndita
del último cabello
de tu frente.

Donde más te duela y acongoje
colócate un boquete tierno
a jalones saca tu sonrisa
y échala en un vaso a nadar un rato
con la dentadura.

Pon las yemas de los dedos
de tu mano izquierda
sobre el fuego
y lanza un alarido suave
cuando oigas los gemidos
de tu carne ardiendo.

Tócate sin miramientos
la llaga de tu ombligo
y verás brotar a chorros el cansancio
cuando llegue la cosquilla.

Tal vez entonces
lentamente
los ojos se te cierren
y caiga tu conciencia como losa
sobre el sueño.

Y luego
duerme

sòlamente
un poco.

martes, 27 de marzo de 2007

Fructifica la memoria del niño
que fui
que fuiste
y arrodillado al margen
te hundes en el deseo de nadar
en aquella risa espumosa
que tenías
que tuviste.

Duermes.

jueves, 22 de marzo de 2007

El ángel torpe

Este poema abre la boca
y se le escapan palabras
que huelen dulce y nombran
con énfasis gusano, ajonjolí
y verano desganadamente.
Está pudriéndose.

......Ya estoy aquí frente al metal
......y al gancho
......tengo escalofríos
......es tarea muy difícil aceptar el rumbo
......que decide seguir la carne
............(¿mi carne…?
.............¿qué es eso?
.............¿es acaso este montón
.............de orgánica materia que tiembla?)
......Hermano muerto, voy a platicarte
......estaba conservadita para consumirme en el invierno
......adentro de un frasco cubierto con encajes
......y decorado con yeso
......pero…
......ayer la pedrada hizo que la luz
......de pronto la sintiera negra.
......Rodé con los cristales rotos
......por los escalones
......caracol escalera cuestionándome
......¿qué he hecho?
......¿cuándo pronuncié mentiras?
......¿dónde quedó mi rostro yerto?
......Como supondrás, nadie respondía
......ay, hermano, y qué bueno.


......Abrí los ojos al silencio y escuché la palabra
......falsa que hizo nido en mi vientre
......y me dije:
......Que se vaya a la madre el asqueroso anhelo
......de dar a luz en huevos
......el amor arrastrado con penurias
......en esos lodosos caminos
......que ya no recuerdo.

......Desde entonces, hermano ya desde cuándo
......bien muerto
......el espejo se cree que soy otra
......las muecas y los ademanes turbios
......que a veces ensayo frente a su mirada que mira
......quién sabe qué lejanos muertos
......nos consuelan a veces
......de tanto desolado panorama
......y tanto discurso sin acento.

......Bueno, te decía que el gancho
......penetró con lujuria entre mis omóplatos
............(hueso triangular situado…
.............¿mis huesos, qué es eso?
.............¿acaso este montón de orgánica
.............materia
.............que no tiembla?)
......provocó el derrame caliente de mi sangre dulce
......pronto entre mis nalgas corrían los chorros espesos
......no puedo negar que fue satisfactorio reconocer
......en tal empuje
......el grito enfurecido de tu miedo.

......Mas ¿de qué te sirve
......me pregunto
......tener un ángel expuesto en el escaparate del viento
......si ya ni siquiera intenta las alas
......ni las plumas las recuerda?

......Cuando mi amante toma en la punta de su dedo gordo
......la certeza
......de mi angelical prestancia
......carcajea su deseo
......y mi vientre suelta espumas voladoras
......¿qué le queda?

......Le soplo mi cálido aliento corrompido
......a una pluma sucia
......que habita debajo de la cama
......tiritando
......y perdida entre recuerdos de ausentes vuelos.

......Mira, mis terrenales sudores se evaporan
......flotan desde que soy ángel
......mis gemidos no se escuchan
......sino en otra parte
......no en este lugar de humo y de niebla
......¿Y qué más decirte si ni me oyes?
......Tu olvido ni una sola vez ha parpadeado
......desde que te hablo
......con esta lengua emplumada
......que poquito a poco me asfixia
......las ganas
......de tenerme.

......La luna se arroja de bruces hacia el pozo oscuro
......para protegerse de mi feroz
......embestida
......desde que soy ángel
......la lluvia me perfora las alas
......agujera mis intentos de vuelo
......no quiere molestar –supongo
......sólo quiere juguetear
......pero cómo y qué bien jode
......esta ausencia reversible
......que nos moja
......y cuánto.

La piel a este poema cada voz que pasa
se le resquebraja más
no puede ya bailar
lo intenta y llena los pasillos de polvo
de alas de ángel

si tan sólo pudiera tocar y ser tocado…

Su ombligo tiene la forma
de una flor carnívora
retacada de insectos moribundos.

Por eso y otros incontables desencuentros
sellaré con clavos blandos
el ataúd de este poema muerto
para que ya no cante
el pobre
que la lengua
le apesta.

miércoles, 21 de marzo de 2007

La soledad, a veces…

Este hueco enorme
plagado de espantos

Cuando en la memoria y en el pecho
se recuerda un desabrazo
que nos pisotea como a tierra
recién lloviznada

viernes, 16 de marzo de 2007

Dulce

Estás sentado frente a mí. (Pude haber dicho: estoy sentada frente a ti. Pude, tal vez, iniciar diciendo: sentados frente a frente…
Escribir es decidir, no cabe duda. Muchas otras actividades menos lúdicas también lo son. Otras menos desgastantes también. Algunas menos solitarias igual. Siempre hay que elegir)

Hay un libro sobre la mesa, y una taza con café muy caliente –esto lo sé porque vi cuando lo sirvieron-, el libro es de poemas –y lo sé porque acabo de regalártelo- el libro y la taza están abiertos, esperan por ti… ahora te inclinas y lees con el rostro empecinado que pones cuando quitas los velos que cubren las palabras escondidas tras los signos, haces que los significados floten hacia ti como suspendido se dirige hacia tu boca el vapor del café.
Levantas la taza y das un esbelto trago, volteas sorprendido a mirarme como si yo supiera qué es lo que esa porción líquida te dio y sonriendo dices: no tiene azúcar. Ahora te veo endulzando tu café, con delicadeza haces girar la cuchara que apenas se ve, envuelta como está con tu mano grande. Dejas el café tranquilizándose después del remolino que le regalaste y vuelves a la lectura.
Yo, como tú sabes, miro pasar las palomas, los niños, el aire.
Yo, como sé yo, te miro a escondidillas y saboreo cada fragmento endulzado de tu cuerpo, de tus movimientos.
Pasas la página, tu expresión parece ser de desconcierto, lees lo que calculo son tres versos más, tomas la taza de café y das un trago que me parece largo y muy caliente. Y dulce.
Dejas la taza, cierras el libro, e inclinándote hacia mí pones en mi boca las palabras. Usas tu boca con sabor a café para depositarlas, son como esos poemas calientitos que acabas de leer.

jueves, 15 de marzo de 2007

¿Cómo extender las manos en desuso
y pretender que te encuentro
en esta lluvia?

Todo está mojado.
La gota no perfora ni el silencio.

¿Cómo abrir los labios
sin sentir que me alimento
de tu ausencia?

lunes, 12 de marzo de 2007

Olvido

Simplificando:

dos fuentes cristalinas
donde orinen los murciélagos
un globo perforado
medio grano de azúcar
y un quejido
bastan

(si puedes
agrégale fisuras de cristal
y sal

tendrás con eso
suficiente)

sábado, 10 de marzo de 2007

Por esta ausencia que ya pesa

Porque ya todo esto no resulta
nio es dìa todo lo que està lleno de sol
ni hay noche cuando duermo
ni hay sueño ni gato ronroneando

porque ya los dìas no tienen ni siquiera
un poco de color
guardado al menos en un frasco

todo està frìo y el silencio
me queda demasiado lejos si te espero

y cuando estoy mirando el aire
nunca pasas
sòlo minùsculos desiertos
pasan aplaudièndome la ausencia

y me siento en el borde de la acera
a mirar en los arroyos turbios
esperando verte navegar y nada
ùnicamente pasan sin siquiera parpadear
indiferentes los insectos muertos
y enlodados barcos de papel
sin rumbo y sin pañuelo
que al borde del naufragio
me tiren un adiòs y un beso

lunes, 5 de marzo de 2007

Discurso de recompensa

Accederemos a todas sus demandas
satisfaremos
con larguísimas palabras
sus justísimos deseos.

Haremos con las eses y con las vocales
una gran palabra
que cubra sus solicitudes simples.

(para sentir las piernas apoyadas
para tener los brazos aferrados...)

Les daremos lo que quieren:
los bosques
las perlas encantadas
los sapitos.

Les pondremos a los ojos
esa muerte por la que suspiran
los sepultaremos
plantaremos flores
(y eucaliptos, por supuesto)

Luego están los agradecimientos,
ya lo saben.

jueves, 1 de marzo de 2007

Esta noche casi me convenzo
de que estoy inmune a las ausencias:

inmune a las ausencias
ausente del dolor
doliente acongojada
congoja de perderte
perder la sensación
sentir:
que ya estoy curada de espanto
en esta ausencia
y no necesito un diente de ajo
en el ombligo
en cada pérdida

lunes, 26 de febrero de 2007

...............Nieve
Estas nubes van que vuelan para nieve
se les ve en los pies las ganas
de quebrarse como jicarita de agua
dulce
se les nota
aunque lo disimulen
anhelos de caer remotamente
como plumas

no llegar al suelo nunca
sino al rato

se les nota
¿cómo te dijera?
el ansia de volvernos un poco más amables
con su frío caliente

Estas nubes no pueden ya disimular
los deseos que tienen de dejarse
ir
de ser un roce de blancura
en este invierno.

estas nubes de plano
ya no quieren
seguir siendo nubes.

viernes, 23 de febrero de 2007

Pastel
Al caminar hay varias opciones simples para la mirada; tres sitios en donde posarla. Una, hacia el frente y si así lo hacemos podremos ver árboles, autos, gente, casas. Otra, es dirigir la vista hacia el cielo y entonces lo que vemos son nubes, inventamos el color azul, creemos en el vuelo de los pájaros, se nos atraviesan los cables de la luz, del teléfono… hasta el arcoiris que en realidad no existe podemos verlo, (porque lo vemos es únicamente que existe)
A veces estas opciones se reúnen en una misma mirada y parece pastel de varios sabores: las montañas azules, verdes, gris oscuro, una capa de nubes, crema esponjosa que sombrea la tierra que hay debajo y la capa superior es un azul que sólo el cielo y nuestros ojos suponen.
La tercera opción es hacia el suelo, caminar mirando la calle, el pavimento, los charcos, hojas secas, lodo, excrementos. Así caminé hoy, elegí esta posibilidad porque las nubes me apabullaron, son tan hermosas y casi perfectas en su ser efímero que me sentí aturdida, y porque la gente, porque los autos, porque los árboles no me dijeron ven… Caminé, entonces, viendo la basura tirada, vidrios rotos, de colores, transparentes. De reojo veo el movimiento que me indica si hay que cruzar una calle, si hay que detenerse. Veo huellas en la arena, en el polvo, marcadas en el que fue cemento fresco, hay fragmentos de papel, escritura mutilada, números enlodados, insectos, trozos metálicos, chicles masticados, colillas. Así voy, clasificando aquello que piso o que podría haber pisado si no tuviera el cuidado de mirar. Cruzo una calle y a la mitad me detengo: una figura extraña atrae mi mirada, la amarra y me quedo anclada viendo: allí en el pavimento, donde hay manchas, goterones de aceite, hay otra figura, la analizo y descubro que es una rata.
Aplastada en el cemento, parece fundida en él, como si fuera un dibujo, una acuarela de grises… no, pastel con marrones y negro, con tinta rellenada, con hollín, coloreada con lodo. Una rata que tal vez recibió encima un auto, dos, un camión cargado, un autobús, un tren no pudo. Mide unos treinta centímetros o más, me impresiona su posición, como si posara, con su cola extendida, las orejas levantadas, los bigotes… y estoy mirándola y pensando que si miro al cielo jamás podré tener esta visión porque hasta los pájaros descienden en la muerte y cae también la lluvia y la gravedad nos dicta cómo hacer. He mirado perros muertos*, gatos, cucarachas despanzurradas en las esquinas, tanta muerte tirada, pero nunca he visto algún cadáver en el aire... Han pasado algunos minutos, me saca de mis pensamientos un claxon, estoy parada a media calle filosófica... mientras me escurro aturdida hacia la banqueta me pregunto si esa rata tal vez se detendría anoche a mirar cómo en la calle un pinacate yacía muerto, casi como dibujado entre las sombras...

*para saber de perros muertos, leeremos a Carlos querido en http://sonarquevemos.blogspot.com del día martes 20 de febrero de 2007: "Los perros que no ladran"

lunes, 19 de febrero de 2007

Negra pisada


Él despertó en la madrugada, el cuarto estaba totalmente a oscuras; escuchaba quejas, una respiración sosegada por el sueño, risas lejanas, portazos, jadeos, golpes, voces disgustadas. Pensó que no quería dormir o que no podía, se levantó de la cama y así como se mete un primer pie dentro del mar, pisó la madera crujiente y fría; se sobrepuso al impacto, intuyó el baño y hacia él se dirigió. Antes de llegar, tropezó con el atril y rápidamente lo sostuvo para que no alcanzara a caer y hacer ruido (todos los ruidos venían del exterior, sólo la sosegada respiración estaba allí, cerca), chocó con el lavamanos y se llevó entre los pies descalzos un zapato rojo (aunque, en lo oscuro, todas las pisadas); al localizar por fin y a tientas la puerta, la abrió, entró de reojo y con la mano derecha encendió la luz encandilándose. Por eso mejor cierro los ojos, para no ver lo aprendido: el tubo enlamado mal llamado regadera, la taza, las paredes siempre mojadas y verdes. Oriné. Al terminar, dio la vuelta y parado en el umbral entreabrió los ojos y entonces la vio con la escasa luz que salía de la puerta entornada del baño y que la mojaba de penumbra: estaba acostada. Se había corrido un poco a la orilla, buscando el calor repentinamente perdido entre las brumas del sueño cuando él se levantó: medio cubierta por las cobijas, su rostro casi oculto por espesa sombra, un trozo de la camiseta blanca con la que siempre duerme y que sabes es la única prenda que la cubre, un muslo, la pierna derecha. Intuyo, por la posición de esos fragmentos de carne visibles, que su cuerpo está con los brazos abiertos, permitiéndome imaginar la noche que afuera se escucha. No tengo sueño –piensas en despertarla y hablar con ella. Yo no quiero hablar –susurras y por un instante de duda casi apagas el deseo junto con la luz sucia. Lo piensa mejor y se encamina a la cama sin mover la puerta, pera verla sin despertarla con claridad o ruido. Ella duerme pero siente mientras vaga por las calles del que sueña, que algo va a pasar. Casi sientes en tus sueños cuando él llega, te mira desde su estar de pie y despierto, y lo imaginas, casi lo sueñas, rubio, casi hueles su ombligo que un poquito más rozarías con tu lengua, hasta sentir en tu saliva su estremecimiento cuando le mordieras el vello rizado. Pero estoy dormida mientras él llega y pensativo, me ve desde arriba, antes de decidir sentarse suave a un lado de mi pierna. Suave para no despertarla, mi mano derecha llega hasta su pierna; no dejo de mirar su rostro, por si abre los ojos. Subo mi mano poco a poco por su pierna tibia hasta llegar a la parte interna del muslo visible, la cobija se hace a un lado, sin ruido y ella se mueve un poco ¿y si despierta? De pronto siento frío ¿dónde está la cobija?... hay una mano que me cubre y arrulla sin apenas moverse. Duermes. Ya se tranquiliza, su respirar es lejano. Duermo. Toco con aparente descuido la oscuridad de su cuerpo, está caliente, se estremece y cierra las piernas. Pero las separas de nuevo, esa puerta que sin cerradura estorbosa permite que tu mano se adentre, se mueva sobre los muslos. No me importa ya si despierta, pero no lo hace, sólo cambia su respiro y, desde muy lejos, casi se queja con calor. Ahora está metiendo la mano debajo de mi camiseta, un roce caliente y breve en mi ombligo, lo suficiente para suspirar y continuar subiendo. Mi mano se mueve sola hasta llegar a su piel caliente que me espera bajo la camiseta y se eriza mientras la toco; su cabeza se mueve en un quejido ronco que me impulsa a meter la otra mano y apropiarme de la carne firme y redonda que me encuentra mientras la busco y oprimo suave los pezones duros… Mi quejido casi me despierta pero sigo flotando mientras sus manos acarician el cuello, mis pezones, el cabello que se mueve de un lado a otro. Él se inclina, su cabeza busca entre las piernas abiertas y las manos se mueven debajo de la camiseta; se oyen portazos, risas, pisadas corriendo y cerca, mucho más cerca, quejas, respiraciones aceleradas. Con toda la sed busco el líquido, que corra entre mi lengua; quiero el líquido, beberlo. Sientes su bigote, la suave barba acariciando los muslos y no puedes despertar, aunque quisieras verlo mientras te mueves y tus manos no logran tocarlo, moviéndose arriba y abajo, errando en el calor de su piel que se te escapa. No ha despertado, aunque quisiera, lo sé por sus manos que a veces rozan mi espalda y no pueden permanecer en la caricia, se van al sueño y ella no puede ordenarles que se pongan en mi cabeza, que busquen mi cuerpo; esta noche es húmeda y caliente, quiero ya estar en ella. Él se mueve para reposar su cuerpo encima de ella, entre sus piernas que con llamas lo atan. Ahora entraré a esta oscuridad caliente y me perderé junto con ella. Al penetrar con fuerza en esta noche mojada, ella abre repentinamente los ojos. Él duerme a su lado, el cuarto está a oscuras, se escuchan quejas, una respiración sosegada por el sueño, risas lejanas, portazos…

sábado, 17 de febrero de 2007

Volver

Nadie tendrá como destino ese lugar

Jamás

No irán hacia el pasado tus palabras
ni las mías
que en algún lugar remoto
de lo que ya no está
se encontraron y recogieron juntas
migajas de felicidad
en el suelo de ese parque
aquel
que ya no está
que no estará


Una manta ahumada es el único recuerdo
del señalerío
que te enviaba
que te envié
cuando deseaba

lunes, 12 de febrero de 2007

Infierno Copretérito

No puedo imaginar qué haces cuando duermo. Los grillos cantan, se dice que cantan, ya sabes, esas cosas figuradas. Estás junto a mí en la cama, tu rostro no me dice nada, es la imagen de la relajación aunque ocasionalmente parece que parpadeas, sonríes o haces pucheros. ¿Qué haces tú cuando yo duermo?, tendrías que dormir, no puedo asegurarlo. De seguro también tú crees que duermo cuando tú lo haces.

Tal vez no duermas. Tal vez te pones a pensar ¿en qué piensas? Estoy dormida y tú estás pensando en tu trabajo, tus amigos, en tu día que ya se acabó, que ya se fue para siempre, piensas en esa manía detestable de los días que se van, no vuelven. Me has platicado que todo va bien, pero yo pienso en tus ojos apagados cuando hablas, en el tono tan cansado y de seguro me estarás mintiendo, no quieres preocuparme. Quisiera ser un grillo. Cantar nomás porque sí. En la noche, entre los árboles. No mirar tu respirar, no estar al pendiente de tus ojos que miran no sé qué colores cuando duermes.

Te levantas, tratas de no despertarme, no lo haces, te paras frente a mí, me miras fijamente, me haces muecas de repudio… no puedo creer que estoy imaginándolo, tú no eres capaz ¿o sí? Me miras mientras duermo y quizá sientas ternura, amor, dolor ¿por qué te dolerá mirarme? Te parezco lejana ¿puedes ver en mí a aquella mujer de hace unos años? Creo que los grillos lloran, no tienen lágrimas y por eso optan por el ruido.

Cuando hacemos el amor antes del sueño, estarás despierto en la satisfacción ¿frustrada? ¿Pensabas en otra?, acaso la añoras, reniegas de haberme tocado, entrar en mí cuando quisieras vivir en ella. Otra mujer en nuestra cama, no puedo creerlo. El chirriar de los grillos está enloqueciéndome. No te has movido, descansas, ajeno a mi pesadilla.

He despertado, algunas noches, sobresaltada, buscando tu presencia y allí estás, dormido. Creo que cierras los ojos cuando sientes que voy a despertar, finges como un experto. ¿Desde cuándo fingirás todo conmigo? Pero no, despierto y siempre estás dormido, roncando incluso. Deseo abrazarte, asegurarme de tu existencia, con tu piel anclarme, pero temo que me hables entre sueños cuando sientas mis brazos y digas otro nombre, o alguna palabra que me lastime.

Los grillos parece que se callaron ¿se dormirían también? Tendría que despertarte. Verte a los ojos, encontrar allá escondidos tus pensamientos, preguntarte con quién soñabas, pedirte que me lleves a tu sueño, rogarte que no me dejes tan sola en esta almohada, naufragando entre las sábanas que para ti son barca que te lleva… ¿a dónde te vas remando para alejarte de mí mientras duermes?

sábado, 10 de febrero de 2007

Nube deseada

Me soñè tierrita seca bajo un inclemente sol de mediodìa
y pensè en ti al despertar, de mañanita

miércoles, 7 de febrero de 2007

Quién sabe cómo reconoceré mi aliento
mañana que despierte removida
luego de este húmedo penar
que me ha llevado de la mano
por tantas veredas cristalinas
y llenas de agujeros fríos

Después de este soñar contigo
quién sabe si podré quitarme
el llanto de la cara
y levantarme para un mismo día

martes, 6 de febrero de 2007

Todos los caminos
que llevan al mar
son húmedos
son llanto
gota
lluvia
saliva
...............y charco


Todos los caminos
que vienen del mar
son secos
son desierto
grieta
arruga
lagartija
...............y cacto

sábado, 3 de febrero de 2007

Con ella en el espejo


Un rostro sorprendido te descubre
despide señales agobiadas
mueve sus alas con furor
tratando de llegar a ti.
Acumula en tu mirada
avaricioso insecto
gestos.

En los párpados anidan barcos
caricias perezosas
recorren tu silencio.
Con su mano en el cabello
caballo marino
flotando
te peina.

Gota de mercurio volcada en el viento
en sus pupilas
se reflejan chispas delatoras
te espía.
Fogata apagada con llanto
envía mensajes
noticias te llegan de lluvias remotas.

Tu imagen revive tras el hueco líquido
cometa exiliada de húmedos dedos.
desconoces ese guiño cruel
que te cierra un ojo
tu ojo
ido para siempre a la otra orilla
arena silenciosa hundida en la niebla.

Cajas de madera repletas de grillos
resuenan en la noche turbia.
puedes ver tu eco en esta luna
que te reproduce y castra
quebradiza arruga
penetras dormida
y callas.

Frente a ti la boca
interrogante muda
murmura.
perfecta copia de tus labios
casi
lago congelado
botella con un niño muerto adentro.

No puedes dejar de hacer
lo que el simulacro transparente dicta.
Lengua cristalina
serpiente de río
de perfil el ser
de las dos
cabezas.

jueves, 1 de febrero de 2007

sQuisiera ser un fiordo
que nadie supiera lo que soy
y si alguien lo desea saber
tenga que ver en algún diccionario
para averiguarlo

perdería interés
porque
quién quiere tomarse tantas molestias
por alguien que es un fiordo
que quisiera serlo

miércoles, 31 de enero de 2007

El angelito

Llegó lentamente al baño, con esa manera lenta con la que sólo al baño y no a otro lugar, puede llegarse.
Con movimientos rápidos y suaves se quitó la ropa y miró angustiado hacia la tina: un esqueleto deforme y perfecto, cubierto de carne, de sangre, y de agua. En la tina está el arcángel Rafael, el arcángel Miguel, el arcángel Gabriel y está muerto: se rompió las venas y su piel y los vellos de las manos, sus muñecas. Gabriel Miguel Rafael llegó al baño lentamente y rápido se quitó la ropa, mientras con los ojos angustiados miraba al arcángel Gabriel, al Rafael arcángel Miguel muerto en la tina; tomó una navaja de quién sabe qué parte y después de rendirle culto a sus brazos, a sus muñecas, en un gesto dulce, tierno, y apresurado, cortó primero el aire, sus vellos, la piel, las venas y, con su cuerpo deformemente perfecto, se metió en la tina. Llegó lentamente al baño.

lunes, 29 de enero de 2007

Me lo dice el sueño que no llega

Como si uno anhelara saber
qué gusanos
pudren el alma
de las cosas.

Como si uno pudiera olfatear
el hediondo brillo
de las lunas huecas.

Como si la ausencia pudiera
tocar para mí
tu epidermis.

Como si la lluvia no deshilachara
las ventanas
abiertas.

Como si las ganas de dormir
bastaran.

Como si ya no estuviera
muerta.

sábado, 27 de enero de 2007

Dos poemas hablando de lo mismo:

uno

la huella no detiene
al frágil pie
que la dibuja

y dos


el muerto resucita
en cada diente de león
que rompe el vuelo

viernes, 26 de enero de 2007

Breve descripción de gestos copiados a la noche

El brazo tenso y móvil
en lo terso
de la piel
oscura

los ojos metidos
hasta el borde
del mirar desnudo:

el papel de pieles
agotadas
la tinta
de sudores repetidos
los dientes mutilados
dejados al descuido
en el ombligo
y el placer helado:

el gesto de vivir
dormidos
clausurados
de ventanas y de ríos:

Somos la suma mal sumada
del nocturno llanto
de los niños

miércoles, 24 de enero de 2007

martes, 23 de enero de 2007

Chingaquedito

Anoche soñé con nieve, me dice Omar.
Así, como si Nieve fuera una mujer, se me ocurre pensarlo.
Como si Omar soñara a aquella mujer de cabello blanco que todos alguna vez hemos soñado, aunque no siempre la nombramos Nieve.

Y recuerdo cuando alguna vez soñé con Dragón, tal vez sólo era un incendio que volaba el que soñé. Y lo nombré Dragón y recordé su escama dorada sobre el pecho rojo, y los ojos verdes que en el sueño me miraban invitándome a volar y a quemar enemigos de papel.

Ayer la nieve me cayó encima, despacito, como caería el vapor si cayera, como se desplomaría un suspiro (los suspiros de bellota se deshacen en la boca). Parecía que no me tocaba, como si rozara mi ropa y resbalara flotando hacia la nieve acumulada del suelo, como si dijera con su boca de algodón: shhhhhh, shhhhhhh, calladita, no corras, no te haré nada, sólo te acariciaré, déjame, no me detengas, shhhhhhh. Y yo caminaba por las calles blancas que poco a poco se dejaban reinvadir, sin darse cuenta, como yo, que metiendo los pies en la blandura casi ni cuenta me daba que los pies se humedecían a pesar de calcetas y zapatos, shhhhhh.

Y despacito me cubrió, penetró dulcemente en mis guantes, mojó mis manos, el gorro, la cabeza, heló mi nariz, las orejas, me llenó de frío. Y adormecida por su tentaleo lento llegué aterida a mi casa y allí me percaté de pronto de lo mojada y fría que estaba, de que casi no sentía los pies, los dedos, la nariz. Sin embargo sonreí porque disfruté. Fue tan sabroso ponerme a disposición de Nieve, esa, la que Omar soñó. Shhh, duerme. Nieve llegará a arroparte.

lunes, 22 de enero de 2007

Está nevando. La nieve es un rehilete de espuma. Es agua disfrazada de estupor.

Nevó anoche y hoy las calles son un peligro peatonal. Nieva desde hace horas y yo me pregunto cómo haré para caminar hasta mi casa, si permitiré que la nieve sea mi guía, si caeré en las aceras, sobre el hielo, si mi rostro se cubrirá con la impasible máscara del frío, si podré algún día decir la nieve.

Porque no hay palabras que digan cómo cae, cómo se posa, cómo cubre hasta los hilos, cables, alambres sin la menor violencia. Cómo uno quisiera limpiarse, quitarse la ropa y los zapatos y penetrar en ella, que es dulce, que es blanda, que parece no estar fría.
Pero está.
Y voy hacia la ventana y observo fascinada los pinos cargados, algunos abiertos (no hay otra palabra, están abiertos) porque no soportan tanto blanco peso y pasa algún ocasional andante y no puedo saber cómo se siente porque camina como estatua blanca, y pasan autos, todos blancos y no sé a dónde van, de dónde vienen…

La nieve no cesa y me voy a caminar, a perderme en esa blancura que desconozco a dónde me llevará…
Pienso en ti como tocándote
y mi cerebro es un cuaderno
lleno de tus huellas dactilares

sábado, 20 de enero de 2007

"Ella no busca a alguien / y al encontrarlo se marcha." Rafael Cadenas


Y me pregunto, amor: ¿Por qué he de buscarte cuando quiero que me encuentres?

viernes, 19 de enero de 2007

La lluvia es. Siempre ha sido. Salgo a cualquier cosa y en el camino las gotas me alcanzan. Regreso mojada. Cómo pretender que no somos más que un vaso reteniendo el agua. Cómo pretender que no somos más que agua, retenida en un vaso…

Emilio Prados tiene una bella versión:

“No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene,
lo que está roto es el vaso
y el agua al suelo se vierte.”


Santiago Genovés lo cita en su libro El cuento de la violencia.

Y ahora, tengo que decir que todo indica que nevará… mañana escribiré con copos y traeré un frío feliz en el cabello. Sonó a promesa. Y no lo es.

jueves, 18 de enero de 2007

Este es un día de invierno, un día invernal, el invierno diurno (las palabras, qué compañía tan grata). El cielo es gris como en película dramática, hay pájaros que se mueven metidos en ese vuelo dulcemente ensayado durante años.
Los árboles son una ruina aparente, sólo tronco y ramas, de colores cafés, gris, blanco, sucio, desvalidos, fríos, secos. Hay, sin embargo, verdor, algunas plantas se resisten al despojo de sus hojas, empecinadas en la eterna primavera (ingenuas habitantes del reino vegetal), la hiedra que aquí es abundante, algunos laureles, y los muchos pinos ( por el suelo ruedan las piñas y la pinaza que de ellos caen). Las pináceas, coníferas (las palabras, qué bellas). Perenne es un término botánico que se describe con esdrújulas simbólicas, el acento que siempre se coloca. ¿Siempre tendrán sus hojas? Con dos años sin caer ya se llaman perennes. Tú me amas ¿por cuánto tiempo durarán verdes las hojas de tu amor?
Los troncos que ahora nos hacen condolernos al ver su vulnerable desnudez se llenarán de hojas, tal vez de frutos, ojalá de flores cuando ya de primavera se hable, y sean el verano y el sol y no las bufandas, los guantes, la chamarra, las cobijas, la chimenea quienes nos calienten. (Te abrazo, Sol, te abrazo queriendo, de veras abrazarte).

El viento parece que no tiene nada más que hacer que llegar golpear irse y volver llegar golpear e irse. Llega acompañado de humedad que por la amistad que los une, me digo, se ha transformado en agujas, que vuelan como pajaritos minúsculos, balanceándose entre el aire que corre (porque eso es el viento ¿verdad?). Me gusta que esas aves minúsculas se estrellen en mi rostro y me regalen la sensación de traer una máscara helada cubriéndome. El frío es mi máscara de protección, nadie puede saber lo que pienso o siento cuando mi cara ha sido transformada en hueco impasible por los picos helados que vuelan en el viento.

miércoles, 17 de enero de 2007

......Noche de lluvia

Toda esta calle
es una tortura.
Es un lodazal.
Un charco.

Caigo.

Me hago polvo
olvidado entre las gotas
y soy arroyo oscuro.
Caminando.

lunes, 15 de enero de 2007

el punto más negro de la noche
se encuentra escrupulosamente
.............................agazapado
con toda exactitud
en un rincón silencioso de tu ombligo
y confunde levemente el paseo
.............................de mi tacto
enturbia mi gemido
la lengua se me nubla
.....................a punto de llover
y me hago arroyo
lavando tus guijarros

sábado, 13 de enero de 2007

.....Tenemos cinco o seis y siete
.....(y hasta ocho)
.....Posibilidades para ser felices:

El cinco son estrellas.
Al seis pongámosle silencio.
El tres y el dos digamos que es nostalgia.
El uno, como siempre, será olvido.

El seis tendremos un hueco como luna
redondo pero más hiriente.

El siete asestaremos una puñalada
con los versos…

Y el ocho será el momento preciso
para pensar en ser felices


(pensarlo por lo menos)

martes, 9 de enero de 2007

Lo confieso como si fuera algo vergonzoso (pero no lo es, claro que no, aunque pudiera serlo, si me esmero un poco), hay algo que me produce placer: conocer la letra de quien me interesa, porque es como atisbar su despertar y atraparlo en el instante en que se mira en el espejo y no se reconoce. La escritura manuscrita es una lluvia de símbolos personalizados que nos dicen de las personas más que sus palabras y podemos tirarnos como motita de polvo y ponernos a gozar bajo y sobre esas gotas de tinta en el papel, oh sí. Lo hago. He sido polvo lloviznado. Soy.

Cómo olvidar aquellas cartas (las que ya nadie envía) en las que desde aquellos lejanos días y antes de abrir el sobre yo revisaba el remitente y buscaba el temblor o la firmeza, interpretaba el uso de tal o cual color de tinta, las mayúsculas, minúsculas, faltas ortográficas…

Y ahora, cuando es tan difícil ver de alguien la letra, tengo a veces que recurrir a artimañas como pedir direcciones que nunca usaré, pedir que me firmen de recibido, que me escriban una receta, que me den el e-mail, el teléfono, el nombre de una canción, a veces, frustrantes veces, no sé cómo conseguir un pedazo de palabra escrita, un trozo de vida plasmada en unas letras manuscritas…por eso me gusta tanto que dediquen un libro para mí, sí, más que ninguna otra cosa, por la letra…Aunque, claro, me parece que estoy mintiendo un poco en mi afán de describir mi amor por esas líneas, curvas, ángulos, puntos, círculos...

Pero la pretensión de la
grafología de averiguar, por las particularidades de la letra, las cualidades psicológicas de quien la escribe no es lo que me interesa. No, no, yo no pretendo eso. En realidad nada pretendo, sólo acercarme. Sólo conocer, sólo saber que mi amor está encaminado. Sólo tocar de cerca a alguien a quien la mano nunca tocaré, quizá.

Saber quién te enseñó a escribir que haces esa ene tan extraña que no parece letra, quién te enseñó a trazar las letras de derecha a izquierda, quién permitió que aprendieras a escribir trazando las letras de abajo hacia arriba, cuándo renunciaste a que tu letra fuera bella y decidiste dejarla en funcional…

Quiero saber por qué son tan redondas todas tus vocales, incluso el punto de las íes y las olas de la u, por qué escribes tan chiquito, por qué tan grande, por qué arrastras la ese, por qué no tildas la eñe
Saber por qué casi rompes el papel con la pluma, por qué casi no distingo tu letra de tan leve que es tu trazo

Hay letras que no olvido y reconozco rápidamente, la de Pina, otras inconfundibles, la de Conrado, de Casildo, la amada letra pequeña de Humberto (escrita hacia la izquierda y hacia la derecha, con tal desorden), la de Santiago, letra de zurdo (que tanto me gustan los que con la izquierda escriben, verlos escribir me maravilla). La bella y cuidadosa letra cursiva de Abigael (sé su secreto para hacerla)

Omar con su ge mayúscula como seis, el Roberto, letrita tierna y dulce, que se ve como dibujos de pájaro en la arena…

Y tu letra, para mí tan nueva y ya como tatuada en mi memoria, con mayúsculas abiertas, libres…

¿Quién me manda una cartita, quién me recadea, quién viene a firmar un libro de visitas…? ¿quién me da el regalo enorme de su letra?
Principios de la década de los setenta. Estaba en secundaria cuando nos entregaron algunas cartas de niños del país para que las respondiéramos, no hubo ninguna niña tan entusiasmada como yo por hacerlo. De las que respondí, recuerdo dos: un niño que se llamaba (deseo de todo corazón que aún se llame) Ambrosio Santiesteban Arzate (cómo olvidar ese nombre), su dirección era en Tijuana y nos escribimos dos tres cartas; otro, José Carlos Cabrera, en el Defe, Col. Clavería, luego en la Narvarte, muchas cartas, años intercambiándolas, crecimos escribiéndonos, por lo menos cuatro años lo hicimos, gracias al azar que hizo llegar a mis infantiles manos su primera (dónde estará, qué hará, cómo será, nunca lo conocí, él a mí sí, yo una provinciana de los fríos, él un niño de la ciudad –la única ciudad, decía Humberto-. José Carlos era músico, baterista, y me envió fotos, muchas- de su escuela, tarjetas navideñas, invitaciones a tocadas de su grupo… ¿dónde, José Carlos, que no supe nunca?). Después, empezó mi peregrinar entusiasta en el envío de cartas, escribí a personas que ponían (botellas al mar) su dirección en la revista “Rutas de Pasión” (actores italianos que moldearon mis gustos masculinos…jajaja ¿será?) Y así, me carteaba con Max (¡hola, Máximo argentino!) Luis Da Costa, de Brasil, decía que era poeta (o eso quería entender yo, porque portugués…); a Monterrey le escribí por muchos años (más de cinco) y me escribió Walter Fematt (siempre sospeché que ese no podía ser un nombre auténtico, por eso lo elegí para escribirle); cartas y cartas iban y venían (¿dónde ese que ya debe ser un hombre, tal vez con nietos?) y recuerdo que él insistía no pidiendo mi foto que igual no se la hubiera enviado, sino solicitando un rizo de mi cabello, así decía: “un rizo” y de dónde, cabello más lacio que el mío, pocas veces ( tal vez Mariana)… jamás consideré la posibilidad de complacerlo (luego, a esa mi tierna e impresionable edad alguien me dijo que con mi cabello me embrujaría y la idea de estar en Monterrey con alguien de nombre tan dudoso no me sedujo… bromeo, pero no del todo)…
Todas las cartas las conservo… Esas –de desconocidos cercanos- y las otras, -las de conocidos cercanísimos, y no tanto-, del Raúl (caballito), de Pina (muchísimas), de Arturo (el gato), Lupe, Vicky, Lupita, Ramón, Enrique (tantas), Darío… las cartas de Humberto (ya nunca las leo… porque no)

miércoles, 3 de enero de 2007

Sombras nada más

Estás acostado mirando el techo. A tu derecha, la luz suave de una lámpara que no recuerdas haber encendido (ni apagado, por cierto). Volteas a tu izquierda y ves la pared en la que tu perfil recién se ubica con desasosiego. La sigues viendo de reojo, distingues tus lentes, las enormes pestañas, una gran nariz que no parece tuya y, más abajo, la boca que ahora abres lo más que puedes. Levantas la mano derecha y la bajas con el dedo índice dirigido hacia el hueco entre tus labios. No has dejado de ver la pared donde también estás tú viendo un techo ausente. Tu dedo negro baja y entra en tu boca abierta. Te sorprendes al darte cuenta de la transparencia que es tu boca. Mueves el dedo dentro del orificio húmedo y tibio; tu dedo se mueve, lo ves moverse dentro de la cueva oscura y sientes cómo la lengua te acaricia la yema, la lame y rodea casi con avidez. Hasta entonces, cuando la ternura rueda de tu dedo y de tu saliva hasta el ombligo, te permites un pequeño vómito metafísico entre tu vida y la mía. Las lágrimas no tienen sombra, puedes deducir a tientas al apagar la luz.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Al pie de la letra

Esta noche me acosté como al descuido, mecánicamente, no sé si cerré la ventana antes, si sacudí las sábanas, si acomodé la almohada. "En un papel que habré traído todo el día entre mi sostén y la piel, sobre el pezón izquierdo, escribiré su nombre". No sé. Me acosté porque presentí que era la hora de dormir. Así me dormí también: casi sin querer, sin darme cuenta. "Untaré sobre las letras recién hechas, saliva jugada largo tiempo entre los dientes". No sé si cerré los ojos aún despierta esperando que el sueño llegara o si, despierta, me dormí aún con los ojos abiertos. No sé si escuché música, si fue el silencio lo que me arrulló. No sé qué marcaba el reloj cuando sentí.

Mis pies. Alguien, como el rocío, toca mis pies. Son manos. Están frías, rodean los tobillos, sin apuro, o así lo siento, sacan mis calcetines, me estremezco al quedarme desvalida sin ellos. "Envolveré en el papel su foto, un cabello de la nuca, una pestaña y un pelo de mi pubis, arrancados". El roce sube ¿estoy sudando?, mis piernas están húmedas, es vaho sobre la piel caliente. Los dedos que caminan en mi piel arden, siguen ascendiendo. La humedad. "Quemaré el papel y todo lo que envuelve mirándome al espejo". Los ojos, no puedo abrirlos. Estoy confundida, los muslos se me queman. Las manos que acarician las rodillas piden ¿qué? Hago descender mi propia mano para saber de lo mojado y mis dedos son chupados, penetran en una boca que deja regueros de lengua acariciante entre los poros, mis rodillas se separan. "Y pediré por que esta noche vengas". Casi me muero cuando sé que es una lengua, la suya la que llega y lame como algún día prometiera. Quiero abrir los ojos. Ver...

Entonces me incorporo en un gemir y digo: Ugo...
Y desapareces. Y desapareces. Desapareces.

"No hablaré, jamás diré su nombre. Ya está escrito."

miércoles, 20 de diciembre de 2006

La virgen

De Clara Hilda aunque haya sido ausencia.
Para ella aunque no.

Quería alcanzar tantas alas volando. Y todos los pétalos derrumbados, sollozados por el viento. Y el batir de todas las frutas, llenando con sus alas de perfume, todo el aire. Y el olor de la lluvia cada vez más cercana le daba miedo. Y la desearía dentro del vientre, le picotearía con sus afiladas gotas las entrañas y le escurriría dulzura entre las piernas. Y poder querer y desear. Y que alguien la quisiera.
Todo eso quería y le daba miedo alcanzar alguna vez esas alas batiéndose y que fuera en retirada y que todos los pétalos azotados, aullados por el aire. Que todas las frutas volaran y se incrustaran en otras nubes y que no lloviera sino allá, y que el vientre se le apergaminara, seco, y a sus piernas jamás las mojara el dulce sabor de las gotas. Y no desear y que nadie nunca te quiera
.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Gotas


Cagar. Con todas mis fuerzas. Terca, empecinadamente lo intentaba. Mi rostro rojo lo decía. El sudor corriendo por la frente, también. Mis gemidos deben haberse oído hasta la calle... Entonces escuché caer la primera gota, la otra y las demás: la lluvia... Con un repentino vacío cardiaco, desnudo, me puse en pie y me recargué en el marco de la puerta a ver pasar la lluvia. Pero sólo veía el agua resbalar de los techos, rodar sobre las hojas de los árboles más altos... el agua chisporroteaba al zambullirse entre los charcos diestros que con prontitud nacieron... Y te recordé: tus ojos limpios, los labios mojados, el cabello diminuto sobre el cráneo casi redondo. Y eché de menos tu lengua. Extrañé con goteante olvido tu ombligo en mi saliva... el perdido olor de tus axilas removió mis tripas y regresé a sentarme. Aquí estoy, perdido en la añoranza de tus dientes en mi sangre, y satisfecho porque, retacado en la lluviosa condición del día y el fangoso recuerdo de tus nalgas duras, puedo, por fin, suspirando, cagar.
tu voz es la manzana que muerdo
cuando tus dientes me regalan
el agitado modo en que respiro

jueves, 14 de diciembre de 2006

Tres poemas casi melancólicos


Solitarios zapatos enlluviados

dos dedos para alcanzar la nube
tres para la lluvia
con cinco llegará el granizo
con seis dedos lo nublado
y con siete
vientos mojados

sólamente cuatro
para llegar hasta el rocío
con ocho
la nieve acariciamos

(¿la espuma?
no se alcanza ni con nueve)


La noche

se llevó consigo

el aire manchado

y el tierno

sabor del olvido.


Cuando el agua cae
haciendo nudo la garganta
y el aire se divide
....................en trozos luminosos
te recuerdo

martes, 12 de diciembre de 2006

Explicación


“Como si la mitad repentina de su rostro cubierto por la cabellera negra se hubiera trasladado caliente debajo de mi ombligo. Ven, me dijo su media mirada.


Y fui.”


De Evodio, el Diario

lunes, 11 de diciembre de 2006

Retrato del veneno


Ella lo miraba desde arriba..... él tenía los ojos cerrados y expresión de angustia..... ¿qué piensa? se preguntó ella repetidamente mientras..... ¿qué siente?..... Mírame...aquí estoy.... quiso decirle pero no podía hablar.... ¿sabría que allí estaba ella?....que lo veía a ratos entrecerrando los ojos y entreabriendo la boca..... que lo veía desde arriba.... él abajo..... la pared ¿blanca? enfrente..... Ella se lo preguntó.... él dijo que no necesitaba abrir los ojos para verla..... Ella no le creyó..... y pensó que estaba equivocada al permitir el regalo de su lástima..... Él fingía que le regalaba placer..... Y sí, pero con lástima..... la lástima envuelta en el coloreado placer.... atada con esas manos fuertes que sostenían su cadera mientras ella lo veía darle su lástima..... desde arriba ella no podía dejar de pensar.... de sentir que sólo era lástima.... pero a su cuerpo esas consideraciones no le importaban..... si estaba tan bien él adentro.... si su lástima era caliente a su cuerpo no le preocupaba ningún razonamiento...... Ella no se lo dijo..... él lo negaría.... tal vez se escudaría en el enfado.... y ella se sentiría aún peor si él se enojaba con ella así... que siguió permitiendo que su lástima se moviera adentro..... que la hiciera líquido.... que no abriera los ojos.... que pensara que no era ella la que lo rodeaba y mojaba..... Ella sufrió..... tal vez él también..... Ella lo duda..... Quiere que no.......... Fin

viernes, 8 de diciembre de 2006

Melodía

Estaba dormida cuando te oí, te moviste junto a mí, tarareabas una dulce melodía que desconozco… y te pregunté, somnolienta: ¿me hablaste?
Y tú.

Olvidando el protocolo de la vida y de la muerte, dejando de lado las reglas elementales del decoro y la cortesía, olvidando que un muerto no puede aparecerse ni hablar sino sólo en sueños, me besas y dices: “No, mi amor, duerme.”

jueves, 7 de diciembre de 2006

Estoy, si decirlo pudiera
como aquel a quien por las mañanas
se le despuntan las ideas
de tanto filo al alba
de tanto sol
en pleno ayuno

así como a quien se le van las risas
en las noches
de todo ese querer nocturno
de todo el llanto negro y estrellado
en plena sábana…

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Para Miguel Ángel
Morir

He visto muchos perros muertos, algunos ya pudriéndose.
Nunca, sin embargo, había visto cómo atropellan y muere un perro. Estábamos, como si una tarde oscurecida cualquiera fuera (eso era), mi padre, Mariana y yo, afuera, en un jardín o no sé cómo llamarlo de enfrente de la casa, antes de que empiece la calle. Oí el tronido antes que ver: al perro girando un poco como en cámara lenta, luego cayendo, rebotando en el cemento, mero enfrente de nuestras miradas, moviendo las patas y empezando a soltar toda su sangre. Debo confesar que casi me desmayo, vomito o no sé qué. Mariana quería salir y ver de cerca esa muerte, muchos niños sí corrieron a ver como aquel animal dejaba de serlo. Como si hubiera estado ensayado y aquello fuera sólo una representación, los niños más grandes después se lo llevaron, lo colocaron adentro de una bolsa y desapareció, alguien sacó una manguera y lavó la mancha que siguió corriendo, cada vez más diluida mancha roja y corredora…

Luego, Mariana ya dormida, sentados mi padre y yo en el porche, él me contó de una vez que estuvo por horas lavando la mancha de sangre de un compañero minero que murió. Me contó que estaban adentro de la mina y que el hombre que pronto moriría colocaba cargas de dinamita entre unas piedras, muy alto el espacio arriba suyo, y vacío. Una piedra cayó y le tiró el casco de seguridad… la segunda piedra lo mató, pequeña pero que cayó desde muy arriba… estaba solo y se desangró. Sus compañeros lo supieron o presintieron cuando llegó hasta ellos, que estaban muchos metros abajo, el hilo de sangre, mensaje que los hizo correr, llegar, avisar y sacar a aquel minero ya muerto. A mi papá le dieron la orden de lavar y lavar, hasta que no quedara rastro de aquello. Recordó otras cosas después. Cuando él cayó no sé cuántos pies (los mineros de aquí miden en pies), inconsciente a una especie de embudo donde se trituraba el material y cómo su salvación fue precisamente la sangre suya que corría y llegó hasta abajo del embudo avisando que no siguieran con el trabajo… Amo estar con mi padre y agradezco que él busque estar y hablar conmigo.

Así le decía a Miguel y él me contó de otra sangre que corrió cerca de él, en otro tiempo, en este mismo país. Nuestra vida se sostiene con historias, la vida ya pasada es nuestro esqueleto, y el andamiaje de lo que estamos o queremos construir.

Para vivir.

lunes, 4 de diciembre de 2006

...dos casi iguales
.......(pero no)

..........uno
¿qué voy a recibir del aire
cuando atraque la luz
y me incendie?

..........y otro
fugaz y volátil luciérnaga
¿qué menjurje frotarás
con temor
en mis alas
esperando tal vez
un incendio?