martes, 3 de noviembre de 2009

¡Guau!
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Nunca he sentido especial simpatía por ellos, tampoco lo contrario. Soy indiferente a los encantos que tienen para otras personas. Preferiría un gato, en todo caso (pero no lo prefiero, mejor no imagino cosas).

Los perros y yo coexistimos en sana paz. Me conduelo, eso sí, de ellos, soy capaz de alimentarles y llorar por ellos si la ocasión lo amerita, reírme de sus gracias, los veo como a seres vivos... un perro enfermo y en la calle es una piedra en el zapato de lo que casi pudiera ser felicidad rutinaria; una perra en celo me perturba, somos habitantes del mismo barrio planetario. Pero nunca estaré con un perrito en brazos o colgado de una bolsa...

Tres me han mordido (¿no que sana paz, pues?), dos de ellos negrísimos, uno se llamaba diablo el otro no sé, el tercero era café y se llamaba wiski ¿Por qué me mordieron? cada uno, de acuerdo a su tamaño y el de sus dientes y a la circunstancia -el diablo de verdad me hizo daño- eligió morderme... nunca sabré por qué. Puedo conjeturar pero hoy no quiero.

El happy vive en nuestra casa desde hace casi quince años, para su tamañito esos son muchos años de perro. Sabe cosas que yo no sabía que los perros podían saber ¿saber se aplica a los perros?
(encuentro esto en el diccionario: "Saber estar alguien: fr. Comportarse adecuadamente en un determinado ambiente")

A veces lo vemos desde la sala, por la ventana y él no se da cuenta -a veces sí se da, de esas veces no hablo- y está tirado sobre su tapete con ella, la deja comer de su plato, beber de su agua, juegan ambos, se nota que se sienten a gusto (¿sentirse a gusto aplica a un perro?) juntos. En las noches no sabremos, porque su casa está en el corral, muy lejos de cualquier ventana discreta o no. He llegado a ver, cómo, fugazmente, como si se tratara del rescoldo de alguna pasión olvidada (¿pasión, olvido, aplican a un perro?) el happy pretende que la monta.

Se comporta de manera ¿humana? cuando, tirado junto a ella (esas veces que no sabe que llevamos rato viéndolo), casi haciéndose piojito uno al otro, abrimos repentinamente la ruidosa puerta... él salta, ella también, él ladra, ella corre, él pareciera perseguirla, ella aparenta huir... Ejecutando sus papeles como si el abrir la puerta significara: ¡cámara, acción!

Todo porque el happy sabe o cree, adivina o presiente que no nos gustan los gatos.
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3 comentarios:

Buch dijo...

¿No que sana paz? Eso...¿Como lo dices? Muy valorado el saber estar, (Lo mejor que tiene es su saber estar, creo que lo dicen mucho de Caterine Deneuve, que lo que le pasa en realidad es que es guapísima, y ya.) ¿Era café y se llamaba wiski? Un traidor. Me gustan estas historias. Vivan tus ojos de ver historias.

Máximo Ballester dijo...

Acá hay otro que no le gustan (¿gustar se aplica acá?) los gatos. O al menos no conviviría con uno. Y menos con más de uno.
El Happy. Me encantó el nombre!
Y me encantan tus dudas de aplicar, si va o si no va. Todo un estilo Josefa.
Besos!

jose fá dijo...

-Buch, mira quién habla de los ojos de ver historias ¿será que tú no las ves, las oyes, imaginas...? Vivan las historias

-Máximo, llegaron muchos gatos al barrio, de pronto, como si alguien hubiera ido a tirarlos, son gatos callejeros (como todos), sin dueño, sin casa, sin nombre y viven de corral en corral, se pasean por los techos y jardines, han tomado el barrio...
El happy es un miniperro feliz (¿aplica la felicidad en un perro?), por eso se llama así, desde cachorro esa es su principal característica, yo nunca lo he visto triste (¿tristeza, melancolía, aplican?)