Inopinadamente (qué palabra) intercaló en su charla insustancial, (digan si no, hablando como estaba del color del cielo y de la necesidad de cambiar de posición la vida), lo siguiente:
- Creo que de verdad soy una perdida –mirándose las uñas pintadas de un muy tenue rosa, uñas verdaderas, acoto
- ¿Por? –decidí no abundar en la interrogante: ¿porquédicesesoquiéntelodijocómoseteocurre,etcétera; ella quería hablar… hablaría
- Cuando Fulano y yo nos separamos, tú sabes que yo sufrí, te consta –me consta, en efecto- y luego él quiso volver y yo no quise, porque ya para qué, dijo que no quería perderme. No regresé, entonces me perdió ¿qué soy?
- mmm, pues…
- Y con Zutano ¿lo recuerdas? Pasó igual, él me perdió… por cabrón, si bastante tiempo extra le regalé –temí que siguiera su diatriba contra Zutrano, muy merecida pero también bastante dicha
- Pero no es ese el verbo, no así (trató de aflorar la función correctora de diálogos)
- No importa, a Mengano le dije orita vuelvo... y es que pensé que volvería pero yo cómo iba a saber… y entonces, pues, no volví. Él de seguro aún dice que me perdió, pobrecito
- Como sea, yo estoy muy bien, así, de perdida ¿ y tú?
Creo que ese es un discurrir lógico y pensé en mi Fulano, Mengano, Zutano y hasta en Perengano, caramba, no puedo evitar sentirme un tanto extraviada, todos me perdieron, literal o metafóricamente… ¿o no?
A manera de EPÍLOGO (o pilón)
De Epigramas, Ernesto Cardenal
Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
