viernes, 18 de abril de 2008

Confesiones de la mujer invisible

No es que me guste mucho hablar con la mujer invisible, pero no puedo evitar oírla detallar alguna de sus estrategias cuando tengo la desafortunada ocasión de verla. De hecho, escucharla es una actividad que detesto, porque como cree que quiero ser de su condición, me cuenta (aconseja, sugiere, recomienda) cosas como esta:

Es muy fácil –me dice, mirándome desde el repetido y acuoso lugar café lleno de peces muertos que son sus ojos. La eliges muy bien: guapa (o no importa qué tanto tú la veas guapa, eso es discutible y como nadie va con etiquetas que digan su porcentaje de guapura, es cuestión difícil determinarlo) que vista de preferencia vestido –un vestido sencillo pero que permita ver sus piernas- y tacones. Con un gran escote (esto del escote es casi garantía de tu invisibilidad, aunque no sea muy profundo funcionará), con larga cabellera (resulta también con otras cabelleras, cortas por ejemplo, aunque lo ideal es que sea larga y que se mueva mientras ella camina), caderas (también moviéndose) y si tiene nalgas protuberantes, proporcionadas, de pie, triunfo seguro. De manera automática, si te colocas estratégicamente a unos dos metros atrás de ella, te vuelves invisible. Ni hombres ni mujeres sabrán que caminas también en esa acera, nadie te verá, algunos hombres sacarán su cabeza del auto cuando pasen junto a ella, las mujeres cuchichearán y se darán codazos: a ti nadie te verá. Serás la mujer invisible.
Es fácil, repite y se va diciéndome un chiste simplón: “¿Cuál es el colmo de la mujer invisible?" En realidad no sé si se ha ido o es sólo que de nuevo ha dejado de ser visible. Me cercioro de lo último cuando escucho juntito a mi oído: "Que le vean la cara, jajaja…"

5 comentarios:

Mari dijo...

=)

Leía tu anterior texto donde contás cómo se te disparan cosas al leer.

A mí no siempre me pasa eso. Pero con este escrito de la mujer invisible se me ocurre mucho.

A veces es tan útil ser invisible... sólo otros ojos invisibles pueden verte. Los que pueden ver más allá de lo evidente, como el Principito viejo y querido? Pué ser.

A veces es muy difícil ser invisible para algunos ojos, te ven y te radiografían. Son pocos, los "ojos radiografiantes".

Los ojos se nos van hacia el brillante y la gota de lodo (vieja poesía! la aprendí en la escuela) pasa desapercibida.

Esa risa de la mujer invisible que te susurra cómo ser invisible... uy, qué rara es esa risa. Esa risa me dice muchas cosas. Es una risa creativa, abundante, llena de cosas. Da un poco de miedo, parece que sabe mucho ella. ¿Decías que eligió ser invisible ella? Es para pensarlo...

También me hace pensar en mí, este escrito. =)

Besos inveíbles...

Buch dijo...

"Lugar café lleno de peces muertos..."
NO sólo es una de las frases más bonitas que he leído, es que está llena de cosas interesantes.

Anónimo dijo...

me estoy volviendo la mujer invisible

Abril Lech dijo...

A veces somos invisibles. Y otras quisiéramos serlo. Generalmente una y otra circunstancia se dan cuando buscamos la contraria. Ley de la vida.

Anónimo dijo...

La mujer que me hizo invisible, a mí que soy un varón bastante visto, resultó un travesti, mientras hacía cola en un banco de cuyo nombre nunca te acuerdas. Casi frente al hotel San Alberto, hace años. Una modelo morena, pantalón pescador (?), tacones de aguja, sombrero extravagante, chaleco sobre blusa vaporosa, mascadas, colores, asomaba su cintura de diosa isleña. La examiné a mis anchas porque el personal del banco, incluido gerente y guardia, parecían maniquíes hechizados. Las dos cajeras, de reojo examinaban ese oscuro objeto del deseo y se mostraban torpes con las teclas. La ropa era de boutique, identifiqué las etiquetas por las pestañas cosidas por fuera de los pantalones, la blusa, la bolsa, por ejemplo. Turista o artista, pensé, alojada en el San Alberto. Su trasero era una manzana negra lustrosa y sus pantorrillas de bailarina o trapecista, firmes, si se colgara de mis hombros -calculé su peso- la aguantaría aunque me tragara como una anaconda (las mujeres siempre me tragan como una anaconda, ahítas aún mastican, pero ese es otro cuento). Traté de recordar los eventos que se presentaban por esos días en Hermosillito Ranch: teatro, circo, baile grupero. En fin, hasta que nos llamaron a las cajas, éramos los dos únicos clientes. La mujer que me atendió me distrajo con mi número de cuenta para depositar el cheque. No tenía cuenta, sólo quería hacerlo efectivo y la cajera no comprendía lo que yo tampoco comprendía. El clon calcinado de Gloria Trevi había desparecido de mi atención, después de todo recién retornaba de un viaje a Santa Bárbara y Los Angeles: Sunset y Hollywood bulevar y Venice, mucho Venice. Long Beach, también, y había paseado entre cientos de mujeres bellísimas y extravagantes y muchos pelos en las axilas y pubis rasurados, huuum, como tortillas de harina light recién hechas. Pero la cajera fue implacable, necesitaba cuenta para realizar la transacción ¿por qué? Porque es de otro banco, señor. Ya cabizbajo y meditabundo –como un tango- las empleadas se apiadaron de mí y trataron de orientarme ¡Sabe dónde está el Parián? Sí. Luego una le preguntó a la otra y hablaban al mismo tiempo. No entiendo, alcancé a balbucear. Hasta que una voz ronca como una caverna sin fondo, se dejó escuchar: “Frente a La Lagunilla”. Me volví a la derecha, a la otra ventanilla. La frase la había pronunciado la mujer deslumbrante y hasta entonces le vi el rostro, parecía hermano de el boxeador Floyd "Pretty Boy" Mayweather. Salí de ahí y mis pies se encaminaron, como caballo viejo, a la esquina que domina, mientras la frase aleteaba en mis oídos y recordaba esos labios hinchados de boxeador, bembones y oscuros como una maldición en viernes santo. Ahora los bancos se esfumaron y sus nombres ni siquiera existieron para mí, sin embargo, de vez en cuando recuerdo esos labios negros y brillantes, aunque siempre terminan por mandarme a La Lagunilla. La mujer que me hizo invisible, a pesar de su rostro, es inolvidable y supongo que ella, a diferencia de las gringas, se rasuraba hasta lo más recóndito del alma, hasta la esquina que domina.

Un abrazo.
Cantúa

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