miércoles, 25 de junio de 2008

El cielo es gris (“parece que va a llover / el cielo se está nublando…” así canta Pedro Infante –la canción es cubana- desde esa primitiva antimateria cerebral de los mexicanos situada a un ladito del hipocampo, casi adentro pero no) y yo trato de escribir el dos… Pero truena y pocos eventos del vital proceso natural me gustan más que los truenos.

“Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas;
oigo lo que se fue, lo que aún no toco,
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.”

Nos dice desde sabe dónde Ramón López Velarde.

… Si hasta la palabra es bella: trú- e- nnnnno. True / No.

True true, true, truetruetruetrue… Y no.

TRUTRUTRUTRUTRUTRU y el cielo quiere venirse cuando oye.


Mundana Ru (2)

Llegaba siempre y como lluvia con algo para regalarnos.

Mi abuela Isabel.

Vivía en Naco, pueblito polvoriento y siempre a punto de desvanecerse, cercano a Cananea, a menos de una hora de distancia por carretera. Gocé sus visitas como parte de mi infancia. Mi abuela contadora de cuentos. Platicante de fantasmas y de muertos. Isabel cocinando melcochas para sus nietas. Isabel bellísima regalándonos su presencia, collares y pulseras que aún atesoro –tal vez para Mariana- y sus caricias. Mi abuela regalándonos la certeza de la Llorona. Ella y mi madre en este diálogo:
- Anoche no pude dormir, oí ruidos en la cocina (mi madre)
- Era tu hermana, siempre viene en las noches a visitarme (mi abuela hablando de su hija, Estéfana, ya muerta)

Hay algo, sin embargo, que me llena como pocas cosas la memoria de alegría. En la noche, cuando se suponía que mi hermana y yo dormíamos y mi padre también ya descansaba, mi madre y su madre, Isabel, llenaban la casa de murmullos, toda la oscuridad se convertía en (sinuosos) senderos susurrantes:

Pude haber llorado en aquel rincón infantil de mi nocturna vida cuando lo inundaban las voces femeninas diciendo misterios, palabras desconocidas, sonidos articulados en idiomas adultos, indescifrables y tan bellos.

Tal vez lloré al escuchar las melodías de esas conversaciones mágicas, de conjuros salpicados de oscuridad, letanías o recetas, leyendas o rezos.

Lloré con mi nocturno llanto porque las palabras ininteligibles que salían de gargantas tan amadas me llenaron de placer el sueño de esas noches niñas, cuando imaginé que hablaban de amores secretos, de personajes oscuros, de la maravillosa vida que ya me inventaba, mientras dormía y dos mujeres hablaban.
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1 comentario:

María dijo...

yo quiero que alguien me hable como lo haces tu -en este post- con una emoción sabia.

Por eso me gusta venir a leerte.