viernes, 20 de junio de 2008

Mundanal ruido 1

Nunca quise aprender o siempre me negué a aprender ¿será lo mismo?

Al vivir en una frontera en la que el inglés era y es parte de la vida diaria, esa negación supuso una decisión tomada desde no sé qué recóndito lugar donde se alojan mis certidumbres: no quería, no quise, me opuse. Nunca tuve para ello, ni tengo, argumentos de tipo social, cultural o histórico. Puro ¿instinto?

Sin embargo y a pesar mío, algo aprendí y sigo aprendiendo. Me gustaba escuchar radiodifusoras gringas, de AZ sobre todo… Escuchar cuando se identifica alguna estación de Bisbee, Sierra Vista, Tucson, Phoenix, me llena de placer auditivo, por el recuerdo. No sé qué dicen, me rehúso a saber, pero el tono de locución y ese transmitir la soledad del que habla desde una cabina, que imagino a oscuras, frente a un micrófono, me estremece, sobre todo si yo estoy oyendo en mi recámara oscura, frente a la enorme noche solitaria. Sintonizaba y oía, la música, las palabras-sonido, sin sentido, así las quise, las quiero. A veces.

Para poder tranquilizarme, gozar la música, las canciones, las prefiero en otro idioma, no en español. Padezco de una enfermedad sin nombre que me hace descuartizar los textos, aún los de las canciones más simplonas. Y en lugar de oírlas me pregunto por qué dijo pan si podía muy bien y mejor hablar de tortillas, cosas así… o pienso en las contradicciones, en las mentiras, en el absurdo que esconden algunas frases como: “De piedra ha de ser la cama / de piedra la cabecera / la mujer que a mi me quiera / me ha de querer de a deveras" (me gusta, eso no obsta para que conste, como dicen... lo siento por las princesas, Pina, que princesas como son no aguantarían un guisante, menos una cama ¡de piedra! y además ¿qué es eso de querer de a mentiras?) o, en el caso opuesto, me maravillo por la poesía, la sabiduría de aquellas, algunas hermosas y coherentes letras… y no oigo la música, no saboreo el ritmo, salvo el de las palabras y para eso está la lectoescritura, si oficializamos el asunto.

Las canciones de los cincuenta y sesenta, desfasadas de mi vida, las oí y las oigo, inventando lo que tal vez nunca quisieron decir en español ni en idioma alguno, construyo historias, modelo arcillosas palabras y oigo lo que quiero decir ¿no es eso una canción? El espejo.

Recuerdo mi dicha al escuchar grabaciones musicales de pigmeos. La maravilla que recibí cuando escuché a Laurie Anderson que hablaba de quién sabe qué y cantaba no sé qué fantasmas que en mi traducción jamás para ella existieron. Caetano Veloso cantando en inglés, aunque quisiera, que no quiero, nada le entiendo, perfecto para una noche terrible. Canciones en francés, qué hermosas, en idiomas africanos, de la India… Todos cantamos. Los seris y los yaquis, los mayos. La búsqueda de los sonidos, el encuentro de un ritmo que nos ayude a latir en este universo nos reconcilia con los porqués y con el cuándo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

qué encanto!
es muy parecido a lo que sentí cuando terminó su lectura Brandon Sesnat en Horas de junio.

Buch dijo...

Desbrozar las canciones para ver lo que llevan dentro no es un error, es un hecho. Pero deberías escuchar las clásicas jotas obscenas castellanas. A me me matan de risa, me encanta imaginar en que circunstancias se le ocurrió a alguien algo como:
"Si quieres clavarme flechas
no me las claves n'el pecho
clávamelas en el culo
que tengo el "bujero" hecho"

NO me creerás, pero a mi esto hasta me conmueve.

Y, si, Arizona debe ser lo más literario que tienen los americanos. ¿Verdad?