miércoles, 5 de septiembre de 2007

(Desamparo epistolar: Crónicas)

Pozolito tumbador

En Nogales un día nos llegó Iselda, más o menos a las siete al depa arriba del cordovés (¿estás seguro de que ves?) y al ratito llegó un chavo al que le dicen cholo, creo, estábamos los cuatro sentados en un colchón, Ugo y el chavo este, loquísimos; Iselda y yo –yo no tanto, pero- muy circunspectas -¿qué quiere decir esto?-, (es tarde ya, suena el teléfono y yo doy un salto, no era para mí) y qué hacemos y qué rollo, nadie quería quedarse ahí (¿o allí?), el cholo sacó unas pastillas –un chingo de-, caballerosamente ofreciónos y nadie quiso, rarísimo, tampoco Ugo que era incapaz de despreciar algo ofrecido de tan buena manera. Creo que se sentía ya volando y por eso. El cholo se sintió ofendido y, para desagraviarlo, Ugo lo invitó a cenar, no quiso y bueno nosotras sí vamos dijo Iselda, sí, vamos, dije yo, no, dijo el cholofendido yo no voy y Ugo pues qué pedo pinche cholo, vamos ¿no? Y él terquísimo, no, ni madres no voy y no sabíamos cómo sacarlo no era ni amigo siquiera como para que se hubiera quedado solo (además, para esas fechas ya había pasado lo del saxofón y Ugo como que había perdido un poquito de la exagerada confianza que tenía en medio mundo. Esto del sax fue así: nuestra recámara tenía unas ventanotas al patio –especie de no sé qué, como azotea, pero no- donde estaban los cuartos para lavar y tendederos; como las puertas a la calle siempre estaban cerradas con llave, o se suponía que debían estarlo (además en el otro departamento no vivía nadie), no teníamos reparo alguno (mira nada más cómo estoy hablando) en dejar las ventanas abiertas y las dejábamos; y todo adentrito, al alcance de cualquier mano santa que así lo apeteciera; pues sucedió que un día (como dice el poema) llegó un chavo, amigo de Ugo, de cuyo nombre no puedo nunca acordarme, ja, metió sin el menor de los esfuerzos su manita ávida y flaca (era un chavo flaco, pelo lacio y largo, bigote, guitarrista roquero y con mirada torva -¿así se dice?), tomó del atril el saxofón junto con una toalla café, el sax de Ugo y la toalla mía y llevóselos (¡la toalla también!), estábamos en el cine y cuando regresamos el dolor angustia y desesperación de Ugo fue indescriptible (¡qué mamona!) junto con un coraje de los mil demonios (él dijo) y dónde buscarlo… sobre todo dónde encontrarlo. Pasó casi una semana de movilización interbarrial, de pláticas con locos de toda especie, hasta que alguien dijo que el tal, amigo (según esto, mucho) de Ugo andaba por allí ofreciendo a la venta un sax dorado. Luego fue la recuperación, las explicaciones, yo no sabía que era tuyo, alguien me lo vendió, si yo hubiera sabido, pero no, todos sabíamos que el mala onda había sido el ¡Gonzalo se llama! Así que después de un rato más de discusión, está bien dame una madre de esas y vámonos, no pues tienen que ser dos y dos fueron, así bajamos, el cholo no quiso cenar, y allí mismo, enseguida del cordovez (¿seguro que no ha habido otra vez?) había una fonda (se llamaba “Mi fondita” “Tía Lencha” o “Mi Ranchito”, ya no recuerdo) allí íbamos casi todos los días a tomar café, comer tacos o perder-ganar tiempo… ver los músicos originalísimos (o no ¿cómo decírtelo? Entrabas a la fonda y todo cambiaba, ya no estabas en el pinche Nogales, sino en algún sitio desconocido pero mucho más familiar y rico, calientito –por decir de alguna manera-; había rocola –no sé cómo se escribe-, una barra con una cocina aceitosa y oscuridad, el cielo estaba hasta la madre y las lámparas apenas si); te decía, el cholo se fue a seguir en su loquera y nosotros tres entramos. Pedimos Iselda tacos, Ugo pozole y yo quesadillas, tomábamos café o cerveza que para el caso es igual (¿o lo mismo?). Ugo a cada momento se ponía más silencioso, lo que en realidad no se notaba porque Iselda hablaba por los tres, yo pensando babosadas, la verdad. Terminamos, Ugo palidísimo, aquí sí que se puede decir desencajado, rarísimo (ísimo), teníamos que pagar y dijo ten paga tú y yo qué onda qué tienes (aferrada en mi susto) nada, vámonos, paga y vámonos por favor, Iselda según esto muy mujer de primeros auxilios, cruz roja y eso, qué tienes te duele algo, dime para saber qué hacer, y él vámonos a la chingada, yo estaba en el proceso de pagar cuando él intentó levantarse y vi que no podría hacerlo solo, ni ayudado por Iselda y le dije a la seño que bajaba en unos minutos a pagarle, dijo bueno y salimos los tres, yo veía a Ugo y pensaba se va a morir (catastrofista que es uno), su cara parecía máscara cerosa; salimos, dimos unos pasos y de pronto (Iselda y yo lo llevábamos de los brazos) se fue hacia enfrente y casi llegando al suelo lo sostuve y vomitó, Iselda corrió a un lado desde que se nos fue de frente y no quería acercarse, Ugo estaba como muerto, creo que desmayado o algo así, no lo podía levantar y no quería que su rostro llegara al vómito, para entonces ya había un chingo de mirones y nadie me ayudaba hasta que Iselda reaccionó y me ayudó a sostenerlo, no sé cómo lo subimos, eran más de cincuenta escalones oscuros, primero no encontraba la llave de la calle (¿tiene llave la calle?), luego la del depa, por fin entramos, lo depositamos en un colchón, pusímosle una almohada bajo la cabeza y procedimos a ver qué. Entonces se metió un pinche policía quien sin darnos cuenta se había colado detrás, según esto él iba a ver quién le va a pagar a la seño, ella me mandó, decía mirándolo todo con ojo escrutador (¡), yo asustadísima, Ugo como que abría un ojo y cerraba el otro, Iselda espantada y el poli (¡amigo!... jeje) insistiendo y qué le pasó no andará drogado, ¡nooooo, cómo cree!, le cayó mal el pozole que se comió y para evitar más conjeturas me fui con él, le pagué a la seño, dolida con ella de que fuera tan desconfiada aunque claro tenía toda la razón de desconfiar, nos conocía de meses atrás pero eso no quiere decir nada en los negocios ¿no? El poli quería subir de nuevo conmigo y no lo permití, despedíme cortésmente, cerré con llave y subí para encontrarme a Ugo riéndose con Iselda, ya se sentía bien, dijo, seguía pálido y con expresión de muerto (los muertos no tienen expresión ¿o sí?), pero hablaba y se reía, echándole madres al cholo y yo enojada y asustada aún eso te pasa por tragarte toda la porquería que te dan (lo cual no era para nada cierto, pero) e Iselda empezó a decir me tengo que ir, llévenme, no sean gachos, por lo menos encamínenme… y así como a la hora aceptamos encaminarla y… lo que sigue de ahí es otra historia, luego te la cuento, mientras, con un chingo de amor, te beso.

6 comentarios:

Buch dijo...

Esto está buenísimo, no entiendo un cacho por lo de la manera tan mex, pero estoy disfrutando del ritmo que no veas. UUUhhhh!!. Escribir así es escribir rockero Isabel. ¿no?

Cuando ,o termine vuelvo, y cuando lo relea vuelvo también. Vuelvo siempre a la fábrica de las palabritas bien pegadas...

JeJo dijo...

¡ Que quilombo !
Maravilloso ...

Máximo Ballester dijo...

Que cosita tan divertida escribiste aquí. Me perdí en algunas palabras e imagino el significado de otras.¿Chingo? ¿Pozole?¿Un beso?

Si, claro.

JeJo dijo...

Volví.
"escribir con todo detalle todo lo que se está haciendo, en el mismo momento de hacerlo", o despúés, al rato, o a la mañana siguiente, o al mes, y así y así ...
Eso es lo lindo de escribir.

Mari dijo...

Qué bonito...
Esa que habla en este escrito es una persona muy humana, podría ser mi amiga Vero, por ejemplo... Lindo lindo, Jo.

Besos

Don Gato dijo...

Sigues escribiendo, tan bien como siempre, me tienes impresionado. Saludos desde Sinaloa.