jueves, 4 de diciembre de 2008

Sepulturas, 1

"Me parece que el tipo de sepultura más antiguo
es aquél en que el cuerpo retorna a la tierra y,
después de ser depositado ahí, es cubierto por ella
como si fuera un manto maternal.”
CICERÓN, Las Leyes, 2, 22-23

En una ocasión, bajo una serie de circunstancias que a la distancia no puedo definir sino como felices, me encontré sentada en un espacio del Teatro Ángela Peralta, en Mazatlán como parte del público asistente a un evento literario (junto a mí estaba sentado un joven casi bello con nombre que creí inventado –ja, todos los nombres son inventados, hasta los nombres de las cosas- y que después supe real: Eros… algún día hablaré de él). Se leían ponencias en homenaje a Gilberto Owen y en una de ellas se mencionó la posibilidad-necesidad de trasladar los restos del poeta a Sinaloa. A partir de esta propuesta, mucho se habló-discutió-argumentó… a favor de la medida. Creo que en mi calidad de sonorense y descreída (no por lo primero lo segundo necesariamente), fui la única en decir-ME que eso era absurdo, sobre todo por lo que lingüísticamente se vertía acerca de las dificultades que entrañaba tal empresa, cuestiones de exhumación y fronteras y porque no encontraba ninguna razón del por qué unos restos orgánicos persiguieran el arraigo.


Los muertos se sepultan, quiero creer, principalmente por dos pensamientos, el de higiene que anticipa el futuro bienestar de los que aún viven (algo así como “el muerto al pozo y el vivo al gozo”); y ese otro pensamiento que nace de la necesidad de sepultar a los muertos en un espacio sagrado, mágico, especial, único, para que esperen allí el juicio final, la vida futura, la otra vida, la eternidad, el pago por sus obras en vida –o lo contrario.
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