martes, 5 de junio de 2007

El primero que me mordió fue el diablo.

Era un día como cualquiera, afirmación que no dice nada porque ningún día es como ningún otro. Un día soleado, con excesivo sol debería decir, estoy diciendo.
No lo vi. Pero estoy convencida de que él sí me vio venir, ir, acercarme.
Encajó los colmillos en mi muslo izquierdo, con fuerza, con determinación, con ganas de joder. Me protegió, sólo es un decir, el pantalón de mezclilla que llevaba encima, o yo adentro de él, o él alrededor de la parte inferior de mi cuerpo. Me mordió y se quedó allí, mordiéndome eternamente, en una eternidad que duró algunos dolorosos y paralizantes minutos, durante los cuales, dos tres hombres que cerca se encontraban acometieron a golpes y periodicazos que también es decir golpes pero con un periódico, contra el diablo para que despegara sus armas de mi muslo que ya había dejado de pertenecerme y sin el diablo atenazándome no podía ya moverme, debo decir que con sus dientes tenazas tampoco pude. No grité, no dije nada y tengo que reconocer que el diablo tampoco ladró, gruñó, ni alguna de esas cosas que en esas y otras circunstancias un pinche perro mordelón haría.
Después, por consejos de señoras aparecidas de la nada, lavé la herida y me fui a buscar remedio y consejo a un hospital nada cercano, caminando yo, recién mordida bajo el implacable sol de un día cualquiera, que ya sabemos que eso no significa absolutamente nada, sino que no recuerdo qué día era. Por la conmoción pertinente al recién sucedido acto atrozmente canino, es comprensible que yo no me fijara muy bien dónde ponía los pies, dónde fijaba la vista, qué tanto me alejaba de las paredes y los postes hasta que un aparato de refrigeración enjaulado me sacó violentamente de mi ensimismamiento, abriendo una herida sobre mi ceja izquierda. Las heridas en el rostro suelen presumir de sangradoras, ésta no se quedó atrás, me encontré con roja máscara en segundos y para ayudarme estuvieron otros dos tres hombres albañiles que trabajaban arriba de un techo, quienes me medio limpiaron y regañaron. Luego me prestaron, en calidad de regalado un pañuelo limpio y así seguí mi camino infortunado.
Gracias al diablo tengo una cicatriz sobre mi ceja y gracias a que el mismo diablo estaba vacunado no me picaron feamente para agregar humillación a aquella agresión.
Gracias al diablo temo a todos los perros. Gracias a él y a otros dos que también me consideraron apetecible en otros días cualquiera. Uno, pequeño, se llamaba whisky, y por lo menos cinco veces encajó sus colmillitos en mis piernas a pesar de que procuraba caminar lo más lejos que de él podía. Ya se murió con todo y su record de carne humana por él mordisqueada.
El último y tercero no sé cómo se llamaba, pero como el diablo, era negro y también me mordió con todas sus ganas. O sabe ¿serán ganas eso que hace que los perros muerdan?

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2 comentarios:

Mari dijo...

Qué bonito!
O más bien: qué bo ni to!!!

Me gusta este estilo tuyo levemente distinto. Ah, es que me gusta ver todos los matices que la gente tiene, no sólo somos un "eso" sino muchísimos "esos".

Y buen jugo tiene este escrito, y buen fondo, o no me hubiera gustado la forma... (que si no hay algo sabroso para morder no muerdo aunque sea muy linda la fruta... gustos son gustos...)

Buch dijo...

Y sobre todo, es ortodoxo si los perros soin en verdad perros, porque si lo que son es amantes, ¡¡que carrerón!!