lunes, 15 de septiembre de 2008

Escribir es recordar
Carrizos Rojos (5)

La raza que venía del sur no se conocía de antes, entre ellos, digo, pero como venían en el mismo camión, allí, en el viaje, como que más o menos se vieron las mañas (es un decir), se hablaban entre ellos, se conocían por su nombre, pero no del todo.
El Chupio me regaló un dibujo que hizo en papel con tinta negra y gis rojo (“válgame, dijo el Luis, así que tiene gracia”). Lo conocí el martes, estaba tirada (yo) adentro de la carpa donde dormían Martha y Luis, después e un lunes muy especial, un calorón y esperando por la cerveza, y él llega y en cuclillas a la entrada (mi cabeza estaba precisamente en la “puerta”)me pregunta por la vidaloca, que si a cuánto y cuál de los dos números (Luis un día antes hizo la presentación de la revista) le recomendaba y platicamos un montón, es de Michoacán, tiene un acentito padre, muy rico. El caso es que se quedó te digo como dos horas, compró los dos números de la vidaloca y en la noche volvió. Llegaba muy callado, se ponía junto a mí y allí se quedaba. Íbamos a su campamento a veces por provisiones (los lúmpenes o malditos nunca tenían cerveza pero enterrados en la arena tenían galones de curado de almendra, cosas, cosas así) Yo le daba de mi cerveza porque después de una… mmm..., pendejada, gachada, algo que nos hicieron algunos mamones, la cuestión de la cerveza fue una cuestión de honor, además nadie tenía para comprar (nosotros sí) y la panga nos surtía todos los días. Entonces, tomamos un acuerdo, ja, de que el que no puso no toma, “La Ética del Campamento”, dijo el Joel sentado arriba de la hielera. En las noches, cuando había un montonal de gente en nuestro campamento, pues sí estaba medio gacho que sólo nosotros bebiéramos ¿no? Pero tampoco podíamos invitarle a todo mundo, eran un chingo, así que aprovechando la oscuridad le dábamos al Marco a veces y yo le daba de la mía a Artemio que se llama también Chupio y se apellida Rodríguez; luego nos íbamos él y yo a su campamento por atrás de todos los otros, es decir por el lado de los mezquites no de la playa, cosa que a mí me parecía loquísima pero al Chupio le gustaba andar por lo oscuro (todos elestiv). Llegábamos al ala maldita y luego de intercambiar oro por cuentas preciosas nos regresábamos a veces mejor a veces peor. Luego te diré más de este maldito que me cayó muy bien.
Y aquí un poema que escribí viendo a Casildo esperar por la panga, mientras yo esperábala también pero viendo a Casildo que ya dije qué esperaba…


Describir una espera

Los vellos de su pierna derecha
parecen aquietar el azul
lejano
del mar

Los pies desnudos que casi ya se enraizan
en esta arena turbia
buscando una manera cruel de perecer

Calientes como el agua ensolecida
Sus manos transpiran amarillo

Junto a su rodilla
un machete airado se sostiene
de pie
pese a la ausencia de razones

Luego el mar
con su azulado balanceo
persigue con rutina laboral
el escenario

Las frustradas olas
con su casi soledad inmóvil
se mueren de mojada envidia
cuando nos miran
solitarios

Y la joden
empiezan a mover sus antenitas
remueven, cambian de lugar los muebles
las cortinas;
el color al mar le difuminan
las olas
cuando deciden
enfrentar su vida como gritos acentuales
en un diccionario roto

La panga no llega
y tus piernas prosiguen
silenciosamente
a la espera

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Chale.. toda la vida he lamentado por qué no fui a este
camp-poeta-amento. ¿Por qué no me invitaron?

Jé... seguro es que disfruté ese tiempo en otro lugar y con otra gente, pero no ha dejado de ser un mito ese encuentro que no termina de narrarse tanto pro ti y por personajes de otros lugares en muy distantes épocas...
gracias por seguir refrescando la memoria de esa Idem.

Máximo Ballester dijo...

¿Dónde -y cuánto- hay que poner para beber una cerveza en la carpa? Me encantó tu relato. Lo hacés todo tan... no sé, familiar, amistoso, querible.

El poema es un precioso instante.
Y quedó muy bien pese a la ausencia de razones.

Que el mar no se lleve este beso que te dejo aquí.