sábado, 13 de septiembre de 2008

Por hacerte leer esto

Mariana nació ese año, era 1999. Pina vino a Cananea a conocerla, creo que en diciembre. Y en la noche, cuando ya todos incluyendo a mi niña, tan difícil de tranquilizar, tan pequeña, dormían, Pina y yo hablamos... poquito, en voz baja. Secreteándonos. No recuerdo que más dijimos, de qué hablamos antes, sólo sé que de pronto oí: "¿supiste que murió?" quién, quién, le dije con angustia porque sentí una espina en el corazón; una sin nombre pero dolorosa sensación de pérdida anticipada.

Humberto, dijo ella con toda la calma que vio hacía falta para decírmelo.

Lo vi por última vez en Tijuana, en 1995, en medio de una noche que recuerdo como cubierta de gasa y secretos, me llevó al Zacazonapan, y después tocó para mí algunas partes de una pieza con ese nombre que estaba escribiendo (¿componiendo?) y hasta hicimos planes de volvernos a ver, ven en vacaciones dijo, está conmigo dos semanas pidió… quiéreme otra vez. Nunca dejé de quererlo y se lo dije.
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Las palabras no son nada. De veras que no. Porque no volví a verlo.

En las horas de junio de hace dos o tres años alguien llegó de Tijuana y trajo un libro, a veces en un libro leemos el índice, la portada, la introducción... sin querer alguien me lo prestó y empecé con desgano por las dedicatorias... allí estaba su nombre, entre muchos otros a quienes se dedicaba el libro.

Pregunté al autor, le supliqué (así sentí, que le estaba suplicando) me dijera si él sabía cuándo, si sabía cómo, si sabía por qué y me dijo, que en los últimos días, meses estaba entrampado en la heroína y que ya ni se lo veía, que estuvo viviendo en un sótano con otros más... que lo cremaron, que se lo llevaron, que
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lo encontraron muerto un día. Pienso que murió solito y eso me duele como no me duele su muerte entera. Solo, él tan abierto a saber el porqué de las cosas, tiene que haberse dado cuenta de que ya era todo, de que hasta allí, de que ya nunca... ¿qué pensó?, quiso tener a alguien cerca, que alguien tomara su mano... nunca se puede saber nada de eso y quisiera, de verdad, hablar con él y preguntarle... decirle que miré a Evodio en Nogales y me preguntó por nuestro hijo, pinche Evodio, cuál hijo le dije (porque, de verdad: ¿cuál hijo?) y en la mirada le vi el dolor cuando le dije de su muerte...

y poder ver a Humberto y decirle que: el Oscar te soñó, Humberto, tal vez el día en que moriste, ese mismo día estaba él, persiguiéndote en un camino onírico lleno de magueyes, así me dijo muy preocupado al preguntar por ti…

Decirte, Humberto, que hace unas dos semanas estuve en Nogales y no quería, te lo juro, pero caminando por el centro, sin tener qué hacer, fui a dar al hotel aquel, qué feo está, sucio y ya no es el mismo aquel donde vivimos que, no lo niego, ya era viejo y feo, pero hoy… de pie frente a él, rodeada de basura y perros, revoloteo en la memoria y no creo mentir si digo que así no era, ni el hotel, ni el pasaje este, ni Nogales aún siendo todo lo que era se parece… ¿y tú, en qué te has convertido?
..

3 comentarios:

Anónimo dijo...

ay, Fita... qué triste/qué lindo!
¿por qué lo triste tiene que cargar irónicamente con lo lindo?

abrazos postlowenianos
y posthumbertianos

Miriam García dijo...

J. me emocionó tu texto, me dio miedo pensar en mi propio humberto. ¿a caso todas tenemos uno? ¿nos duele la soledad del otro porque nos reconocemos?
¡qué ganas de salir corriendo a repartir abrazos!

m.



"¿qué se hace a la hora de morir?", me acordé.

Máximo Ballester dijo...

A veces -esta- cuando te leo siento que estoy en Comala. Pero es ahora que me estás susurrando al oído muertos tan vivos y que hay poca luz y que estamos vos y yo y Pina y me contás de Mariana y Pina me dice que yo soy su alma gemela porque nacimos el mismo día y yo le digo que con vos, Fita, somos hermanos de letras mientras los muertos -los tuyos, los míos, los nuestros- amanecen solos con una mano tendida por si llegamos a pasar en algún momento.

Qué bello y triste y vuelto a bellear es tu telato. Gracias.

Te dejo un beso.