martes, 3 de abril de 2007

Líquido cuervo

Para Roberto, el castillo


Desde hace algunos días, no importa cuántos, a nadie le importan esas minucias numéricas, busco al cuervo. He caminado confundida, creyendo verlo entre las nubes, tal vez asustado. La rutina se me ha vuelto búsqueda del cuervo que, quizá perplejo entre las piedras, no deja que lo encuentre.

Esta noche anuncia, promete encuentros, algo nos toca con dedos aceitosos y fríos desde el aire, huele a tierra mojada, ese olor: así debe oler el cuervo. Soy desasosiego, así me llamo. Salgo al porche donde en medio de la perfumada oscuridad, se escucha. Música, de un radio lejano.

Me siento junto a un gato, por un largo rato no hablamos. Él espera, creo, encontrar en los tangos allá lejos, el recuerdo lejano de sus jóvenes días; yo, lejana, anhelo encontrar al cuervo. Creo que nunca hablamos.

No creo que haya a quien le importe saber el porqué de mi búsqueda. Que en realidad es una expectativa. Sé que lo encontraré aunque no lo busque. Igual no sabría qué responder si alguien me preguntara la razón de mi expresión aturdida y de sobresalto, todo se debe al cuervo que está pero no. No sé respuestas, sólo miro sin mirar hacia donde sé que está el níspero esperando porque los años le hagan algún día dar sus frutos, y me atraviesa casi con dolor la certeza de que todos esperamos, sé de quien espera la muerte, la noche, la luz, la quincena, el amor, la desgracia, el taxi, los hijos... no sé si alguien anhele por el cuervo.

Entre lo negro ¿estará acaso ese animal oscuro, mirándonos, curioso?. Sabe que lo busco, lo busco con afán de loca, con toda la cordura que me queda, le he dejado señales por días, soy como la babosa que se escurre frente a nuestra mirada, amparándose, según ella supone, en la ausencia de luz, mientras arrastra su desdén por la escalera de baba que la delata hasta en su ausencia. Alguien dirá, creo, nunca falta quien diga lo evidente, que la babosa no supone, y que la escalera aparece después de su deambular, y aunque es cierto, eso no importa, yo sólo quiero decir que busco la pluma negra, la voz que no es. No deseo encontrar correctores de estilo. La vida es una falta gramatical, un charco lleno de culebras acentuadas, un abismo de reglas ortográficas.

Por fin, allá, atrás de casas y de cerros, atrás de lo invisible, veo. El relámpago, uno, otro, y muchos, perseguidos todos por el trueno. Ahora sí va a llegar, maúlla el gato, o eso creo que me dice, antes de que un terrible retumbar nos haga callar a ambos. Tal vez el cuervo también llegue: me instalo con comodidad en la esperanza.

La lenta necesidad del descanso, cuando todos, los perros, los autos, los padres, madres, hermanos, tíos, primos y sobrinos, amigos y enemigos, millones de desconocidos, se preparan para dormir, para dejarse ir a ese otro mundo, de los sueños, está aquí. Me conmueve pensar en el ritual del aseo, del rezo, de los estrujones a la almohada, y cómo todos estarán repitiéndose una y muchas veces frente al espejo, somos un espejo comunal, lavo mis dientes al tiempo que otros cientos, miles, sus dientes cepillan con esmero. Cuánto esfuerzo por no entrar a la cama desvalidos. Jamás lo lograremos. Me consuelo suponiendo que el cuervo tal vez esté detrás de todos los espejos, me miro fijamente, lagrimeo, pero no logro ver más que un rostro confundido y a punto de llorar.

Me acuesto, cierro los ojos y luego... se escuchan como olas diminutas, así cual salvajes insectos derretidos, tomando por sorpresa una temerosa ciudad, son las gotas, están allí y acá, nacieron para mojarlo todo, hacer su territorio de cada rincón que antes estuvo seco. Llueve. Abro fuerte los oídos para que la lluvia, para que el cuervo.

Por un rato que se me antoja largo, pero que tal vez no lo sea tanto, me aferro al sonido de cada una de esas minúsculas olas encerradas, logro sentir su golpeteo al reventar sobre las hojas de la higuera, me duelo de su parto y casi veo cómo saltan, corren enloquecidas, desesperadas se apretujan, desparraman y derraman sobre la noche. Adentro de lo oscuro.

Y siento claramente cuando el cuervo se coloca con plumosa suavidad sobre mi cuerpo, dentro de mí, sus patas son mis pies, mis dedos sus garras, las manos se transforman, puedo, si quisiera, mover las alas, el cuervo desearía, tal vez, coger con estos dedos, quitarse de encima la sábana, algo estrujar. El cuervo líquido me arropa. Ya no tengo boca, mis labios son un pico que junto con la que fue mi nariz se dedica con fruición a soñar que grazna en esta lluvia oscura que por fin me lleva al sueño, volando, como el cuervo que soy, sobre el agua.


(No para de llover. Y tengo miedo. El cuervo ya casi no se va. Se ha convertido en sombra literal de mi cuerpo. No sé qué temo. Lo busqué por tanto tiempo. )

2 comentarios:

Mari dijo...

Esa fue una noche rara, sí.

Yo no encontré un cuervo, sino un relámpago.

Besos para vos.

Máximo Ballester dijo...

Esto es un lujo, Fita. Encantador que me ha encantado.

Que diria ahora el cuevo de poe?

Metafora de que, de que mas entre sombras mezclandoseme con la negra presencia a la que habra de darle de comer so peligro de que perdamos los ojos.


Te beso.